Ceniza en el espejo

Sesenta vatios, ochocientos lúmenes. Dos bombillas de luz blanca, por fin. Hacía tantísimo tiempo que se había propuesto cambiar las luces del espejo del aseo, que siempre que había ido de compras había olvidado hacerse con ellas, como si la obtención de las mismas constituyese un vago recuerdo de una aspiración ya pasada. Pero aquel día, repentinamente, sucedió: al llegar a la caja del hipermercado en el que su esposa y él habían realizado la compra de la semana, en el expositor que reposaba a su derecha, se exhibía orgullosa una cohorte de estuches en oferta cuyo contenido se hallaba en disposición de iluminar de manera más efectiva su cuarto de baño. Fue el punto de inflexión ineludible en el que su ciertamente añeja voluntad de adquirir aquellos focos se convirtió en una obligación inapelable. Resultó un momento un tanto cómico para Adrián y Lucía: tras tanto tiempo aludiendo esporádicamente a la necesidad de cambiar las bombillas del aseo para, a continuación, olvidar dicha voluntad, conseguir súbitamente aquel hito se asemejaba absurdamente al hecho de dar un paso importante en su relación; he ahí lo divertido del lance. Llevaban casados casi una década y disfrutaban de un primogénito, Víctor, al que pronto darían un hermanito o una hermanita. En realidad, en lo respectivo a aumentar su descendencia, si transcurría demasiado tiempo más ya no considerarían nunca esa posibilidad: era una cuestión tan delicada que, de la manera más incongruente, parecía forzosamente condenada a ser procrastinada. Y no obstante, a pesar de la abismal diferencia en la repercusión en sus vidas de aquellos dos asuntos tan dispares, la oportunidad de adquirir esas nuevas luces para su cuarto de baño acababa de adelantarse a la de concebir un nuevo heredero en la lista de prioridades trascendentales. Resultaba tan sumamente disparatado que incluso podía llegar a tener algún sentido.

¡Ochocientos lúmenes, quién iba a poder imaginar que una mera cifra fuese susceptible de obrar algo tan parecido a un milagro! Adrián acababa de cambiar las bombillas anteriores y pudo comprobar que las mismas no habían llegado a conocer la época de la obsolescencia programada. Tenían veinte vatios menos, su luz incandescente despedía una tonalidad amarilla y llevaban serigrafiada en el vidrio de su parte superior la marca a la que pertenecían, homónima a la de una cadena de supermercados desaparecida hacía ya varias décadas. Eran bombillas de otra era, de un milenio anterior, pero con un oficio innegable: si las hubiesen permitido proseguir con su labor, habrían continuado bañando con su luz hosca cualquier habitación desde la lámpara a su cargo durante unos años más. Habrían seguido dando guerra si se lo hubiesen permitido, aquello estaba fuera de toda duda. No obstante, como exige la existencia, tras una vida entera cumpliendo eficientemente con su duro trabajo, una nueva generación las iba a fagocitar. ¡Y de qué manera! En cuanto Adrián sustituyó aquellas antiguas bombillas, enroscando los casquillos gruesos de las recién adquiridas en los portalámparas del espejo que coronaba el lavabo, apenas pudo creer lo que advirtieron sus ojos. En teoría, al presionar el interruptor de la luz, debía haber distinguido a su alrededor exactamente el mismo e idéntico escenario que antes de dicha operación, hacía apenas unos cuantos segundos: el mismo lavabo, el mismo techo, las mismas paredes, los mismos tres cepillos de dientes en su mismo vaso de plástico. Y sí, se veían, pero la sensación difería sobremanera de la acostumbrada durante toda esa vida compartida con su esposa en aquella casa. Adrián llamó a Lucía para que se asomase a aquella habitación y pudiera contemplar lo mismo que él, y ella quedó tan asombrada como su marido. Era como si aquel cuarto de baño fuese descubierto por primera vez: aquella luz tan soberbia, tan altanera, les permitía ver una estancia más amplia y mucho más hospitalaria. Era como si hasta aquel justo momento, sin darse cuenta, hubiesen albergado en su hogar un lóbrego cuchitril en el que, paradójicamente, se habían encargado de mantenerse pulcros y aseados. No habían estado convenientemente preparados para tan grata sorpresa: les había dado la impresión de haber rentabilizado en apenas diez segundos el dinero invertido. Incluso las contrariedades parecían ser positivas. Sí, porque también existían contrariedades: con aquella nueva iluminación se podía divisar con meridiana claridad que la pequeña grieta del techo no era tan insignificante como parecía con las anteriores bombillas. Además, la pareja consiguió entonces detectar una clamorosa fractura en un azulejo de la pared que se antojaba impensable no haber visto hasta ese momento, por deficiente que fuese la anterior iluminación. ¿Y cómo resultaba posible que la parte superior del rodapié estuviese tan sucia? ¿Desde cuándo estaba así? No obstante, el hecho de desenmascarar todos aquellos defectos también albergaba su parte positiva, porque por fin conocían la existencia de los mismos y consideraron que, aunque las noticias fueran malas, siempre era mejor saber que no saber.

A la mañana siguiente, Adrián se levantó de la cama mientras Lucía permanecía todavía dormida, lo cual no solía ser lo habitual. Se dirigió al aseo y, aún un tanto adormilado, se sorprendió sobremanera con la luminosidad que le devolvieron aquellas nuevas bombillas, en un momento en el que sus ojos todavía no se habían acostumbrado a la claridad. No había recordado que la iluminación del baño se había potenciado de una manera tan manifiesta en comparación con la de la mañana anterior, y sus indefensas pupilas fueron víctimas de su falta de memoria. Cuando sus sentidos lograron aclimatarse a aquella intensa luz procedió a lavarse la cara, como siempre, y tras ello se fijó en la imagen que habitaba en el espejo. Era la reproducción simultánea de su rostro, pero advertía que algo había cambiado en él. Aproximó su cara al cristal, para atender mejor a aquello que le había llamado la atención en la franja central del semblante que aparecía allí plasmado. La arruguita que partía desde su entrecejo hacia su frente ya no parecía tal. Siempre la había percibido como una minúscula línea vertical apenas marcada, pero esa definición no se correspondía con el frunce que en ese momento escudriñaba minuciosamente. Lo que se encontraba contemplando se le antojaba el prototipo de una pequeña grieta. La profundidad de la misma no concordaba con la raya que siempre había distinguido en aquellas coordenadas faciales. Sabía que su discernimiento estaba desorbitando lo que sus ojos le transmitían, pero no podía dejar de vislumbrar algo semejante a una depresión de terreno cutáneo que amenazaba con escindirse, como si dos placas tectónicas estuvieran desplazándose en direcciones opuestas. Adrián se mostraba incapaz de entender qué estaba ocurriendo en aquel momento, qué podía haberle sobrevenido a su cara en las escasas siete horas que había permanecido aposentado entre los brazos de Morfeo, pero inmediatamente recordó que en aquella habitación residían unos nuevos e inanimados inquilinos, aunque enérgicos a más no poder, que lo tenían todo que ver respecto a aquella nueva perspectiva.

Hasta ese momento no había existido la suficiente luz en aquel aseo para atender de una forma realmente definida a los rasgos de su cara, pero aquellos ochocientos lúmenes acababan de hacer acto de aparición con la intención de testificar en contra de su asidua percepción. Y aunque Adrián sabía que tal vez no era la mejor idea que tendría en su vida, se dispuso a indagar minuciosamente en todas y cada una de las facciones de su rostro.

Fue como si, después de mucho tiempo, se estuviera descubriendo por primera vez, o quizá por enésima primera vez. Sus ojos. ¿Qué había sucedido alrededor de sus ojos? Había sido consciente de que, con la edad, habían brotado algunas diminutas líneas de expresión en ellos, pero en ese momento descubrió que se trataba de una desmedida invasión de dérmicos surcos. Habitaban arrugas tanto bajo los párpados inferiores como también desparramándose desde la parte exterior de cada ojo hacia su correspondiente pabellón auditivo, como si se dispusiesen a imitar una suerte de maquillaje egipcio, orquestado para carcomerle la piel en lugar de simplemente tiznarla. Las persiguió con la mirada, pero esta repentinamente se precipitó a escudriñar su frente, como si siguiera un guion predeterminado perpetrado por un apuntador desconocido, y cuyo libreto fuese absolutamente ignorado por el propietario de aquel rostro. El espejo no tuvo piedad de él: las cuatro arrugas que cruzaban de este a oeste la parte superior de su semblante se manifestaron como si correspondiesen a una serie de cicatrices originadas por un arma blanca. Su apariencia era tan descorazonadora que Adrián ni siquiera tuvo la valentía de detenerse a examinarlas más de un par de segundos.

Toda aquella situación le resultó excepcionalmente surrealista: era consciente de que no había cambiado en absoluto desde la noche anterior, pero toda su realidad se había tornado radicalmente distinta. Su partida de nacimiento marcaba que ya había cumplido treinta y ocho años, pero, en su mente, su edad se había detenido a los veinticinco, como si nada hubiese mutado desde entonces. Sí, era cierto: era plenamente consciente de que en él habían brotado algunas marcas de expresión, como era normal y lógico, y también había conmemorado hitos vitales que solían rubricar que el tiempo ya había transcurrido sobremanera en el calendario. Por ejemplo, su boda hacía ya casi una década, o el nacimiento de su hijo Víctor seis años atrás. Pero su perverso juicio le había embaucado, ofreciéndole una mentira más cómoda que la evidente realidad: ya no tenía veinticinco años en ningún contexto imaginable. Puede que se hubiera sentido así hasta aquel momento, pero la luminosidad de aquellas nuevas bombillas desdecía, de manera categórica, toda aquella falsa objetividad germinada en su cabeza tras haber traspasado cronológicamente el cuarto de siglo. La luz fría de aquellos pequeños focos había logrado encender de forma instantánea una implacable hoguera, una pira en cuyas llamas se había carbonizado en tan solo un instante la juventud que la persona reflejada en el espejo llevaba imaginando durante el último tercio de su vida.

Adrián se sintió envejecer años, lustros, décadas, en un solo segundo. Distinguía en la imagen revelada un rostro demacrado, ajado, viejo, y se desenmascaró al reconocerlo como propio. Estaba magnificando desmesuradamente las taras que recién había descubierto en su cara y en realidad era plenamente consciente de ello, pero era así como lo sentía, depauperado, y eso convertía ese marchito rostro en auténtico. De repente, pensar en esa deplorable careta que exhibía sin recato al mundo trasladó su pensamiento hacia la faz de su esposa, lo cual le hizo sentir la mayor vergüenza que había experimentado jamás. Lucía, al menos para él, parecía seguir siendo tan preciosa como el mismo día en que la había conocido, sentada en una mesa de la cantina de la Facultad de Magisterio. Quizá fuera porque se había dedicado desde muy joven a combatir con vehemencia, por medio de innumerables productos cosméticos, los estragos de la edad mucho antes de que atisbaran siquiera su aparición, y es que la previsión era una de las virtudes que caracterizaban de manera certera a Lucía. Sin embargo, eso no variaba un ápice la objetiva supervivencia de su juvenil belleza: su rostro seguía siendo indiscutiblemente hermoso. Ambos tenían la misma edad, y eso resultaba ser lo más humillante de todo: mientras que las facciones de ella se encontraban en un natural y exquisito proceso de maduración, las suyas se abocaban a una caducidad más próxima de lo que él jamás habría podido concebir. Al darse cuenta de que aquella beldad, aquella contemporánea Helena de Troya, estaba condenada a contemplar la demacrada fachada de su marido todos los días, Adrián se sintió abochornado. Parecía como si de esa forma él hubiese estado insultando jornada a jornada el cuidado que Lucía se había procurado con tal de no percibir en su cautivadora tez los destrozos germinados por la edad, dado que la de su esposo le presentaba el paso del tiempo y la amenaza de la vejez en riguroso directo cada mañana, desde que despuntaba el alba y hasta que la luna se erigía como dueña y señora del cielo nocturno.

Apenas habían transcurrido treinta segundos desde que Adrián había comenzado a escudriñar su cara en el espejo, pero, durante ese mismo período, para él su existencia había avanzado más de una década, y esos aproximadamente trece años constituían un lapso de tiempo desorbitado, demasiado como para conseguir obviar dicho descubrimiento. Ochocientos lúmenes habían resultado ser demasiados para su rostro. De hecho, ochocientos lúmenes habían resultado ser demasiados para su vida. Adrián estuvo tentado de accionar el interruptor para apagar la luz y acabar de una vez por todas con ese desolador trance, pero inmediatamente después comprendió una amarga realidad. Por mucho que aquellas bombillas dejasen de funcionar, la efigie reflejada en el espejo nunca viajaría medio minuto hacia atrás en el tiempo.

Esa imagen jamás rejuvenecería de nuevo.

Adrián se desdijo de lo sentenciado la noche anterior, y consideró que no siempre era mejor saber que no saber.

Ceniza en el espejo

1º Premio Relato corto III Certamen de Poesía y Relato corto de la Red de Bibliobuses de Guadalajara

Con este relato damos por finalizada la temporada 17/18 en el Otro Mundo, tras la que toca impepinablemente tomarse un agosto bloguero sabático: las vacaciones no se perdonan en ningún ámbito ni ningún mundo, por muy Otro que sea. Volveremos a veros en algún momento de septiembre, cuando planeemos con más detalle un asunto que ya conocen los que nos siguen también por redes sociales. ¿Nos falla la memoria o realmente prometimos sortear el primer ejemplar de la segunda edición de LCDOM que cayese en nuestras manos? El día que nos aclaremos con las bases las anunciaremos a bombo y platillo, hasta entonces… a disfrutar del estío (o de cualquier otra cosa que os haga felices, ya que lo del verano depende del hemisferio y aquí somos un poco de todas latitudes).

¡Felices vacaciones y pasad un agosto a gusto!

Lo mejor está por llegar

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67 comentarios en “Ceniza en el espejo

    1. Gracias por la enhorabuena, Juan Miguel. Como dices es un relato que sencillamente cuenta una historia cotidiana, un momento vital a través de un acto tan simple como comprar un par de bombillas y mirarse en un espejo. No obstante, los seres humanos podemos sentirnos de mil maneras a través de actos tan usuales, y así quería reflejarse en el relato.
      ¡Feliz agosto para ti también!

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  1. Genial relato. Sobrecogedor, eso sí, que los que hemos pasado el medio siglo sabemos muy bien qué es eso de mirarse en el espejo sin reconocer a la persona que queremos ver. Aunque, releñes, debo reconocer que me perdono mucho y que tampoco me agobio en demasía.
    Por poner una pega, que si no no sería yo, y aunque no soy en absoluto un inquisidor de los «-mente» ni de los adverbios, que me parece que quedan bien si están bien empleados y que para eso existen, sí que he tenido la impresión de que hay un exceso de tales «-mente»; en algún caso, incluso tres o cuatro seguidos.
    Pero magnífico y sobrecogedor relato, insisto, sí señor. ¡enhorabuena por el premio!
    Y a descansar. Nos leemos en septiembre.

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    1. Pues gracias por las loas, y también por la crítica constructiva. Con respecto a esta última, tiene una explicación, que no excusa, porque hecho está y si no es del todo correcto, es lo que hay: se asume y p’alante como los de (la provincia de) Alicante.
      Y la explicación es la siguiente: sinceramente (otro ‘-mente’ más para la colección, no tengo remedio), nunca había tenido ni idea de que el uso de todos estos pobres vocablos estuviese “prohibido” bajo pena de nefasto escribano. Durante toda mi vida de lector no me había molestado ni fijado en que fuesen malvados, y mira que cuando uno aspira a escribir se fija mucho en todo lo que no le gusta de lo que lee para no caer en ello. Ya te darías cuenta en LCDOM que plasmar adverbios no era un problema para los autores, pero a ambos nos ha pasado lo mismo. No teníamos ni idea de que estuviese mal visto. Yo me enteré hace poco del tema, y, la verdad… Me sigo fijando y no me molestan ni leyendo ni escribiendo. Soy un bicho rarete, pero no lo sabía.
      ¡El desconocimiento no exime de responsabilidad! Soy culpable, y lo sabes, y yo sé que lo sabes, y tú sabes que yo sé que lo sabes. En fin, ya veremos cómo nos sale dicho tema en la siguiente novela. Nunca se deja de aprender si uno quiere.
      ¡Pues nos leemos en septiembre!

      (O en algún comentario más próximo, claro)

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      1. Vamos a ver, que yo estoy de acuerdo, que yo uso el lenguaje conforme lo voy necesitando. Y si necesito la 10 – 11 la uso, y si necesito la inglesa, pues también, aunque se cabree el jefe de mantenimiento. El único problema que le he visto es que en algún párrafo me parece —verbo que indica claramente lo subjetivo, por tanto discutible y nunca discutido— que hay alguno de más. Que es que hay veces que se establecen normas sin ningún sentido, y esa de los «-mente» tiene de poco a nada —vale, soy un ignorante en esto de escribir, pero mi impresión sigue siendo ésa— de sentido.
        Ahora, que el relato tiene su bien merecido primer premio, vamos, eso sí que es objetivo e indiscutible. Y yo que me alegro de que así haya sido —aquí va el icono de festejarlo a dos manos, con su confeti y sus aplausos, que no lo sé poner—.
        Lo dicho, hasta septiembre o hasta algún comentario 😉

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      2. Está claro que las cacofonías dañan la vista y los escritos sea lo que sea que se repita, con lo cual si has detectado demasiados -mentes en un reducido corralito es normal que te haya chirriado. Supongo que el tema del -mente per se ya es otro cantar. Al parecer, aparecieron ilustres personajes que decidieron que utilizar mucho el -mente en un escrito convertía al autor en un cenutrio que debería sustituirlos por otras maneras de expresar lo mismo. Bien me parece. Hay muchos analistas, expertos, escritores y demás lectores que están de acuerdo con esa afirmación, y si leen lo que consideran como varios/muchos -mente lo detectan como error. Me parece menos bien, pero eso ya es subjetivo. Finalmente hay cazurros como nosotros que no entendemos por qué resulta una fatalidad. Más subjetivo aún. Todos contentos, excepto los puristas. Habrá que adaptarse todo lo que se pueda a esas normas sin perder el estilo propio: lo que salga a continuación ya se verá si vale.
        El premio será más o menos merecido, eso depende del jurado y las otras obras presentadas, pero hay una verdad impepinable:
        es mío y solo mío. ¡Que me lo quiten si pueden!
        No llegaremos a septiembre con tanto comentario cruzado, no…

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    1. Quizá, como queda reflejado de alguna forma en el relato, el arma definitiva para contrarrestar a dichos espejos chivatos, sea aprovisionarse de bombillas incapaces de alumbrar más allá de una amalgama de sombras faciales. Aunque la auténtica arma es aceptar sin más que no tenemos la edad que teníamos… No hay nada de malo en atesorar años, ¡mejor cumplirlos que no hacerlo!
      ¡Un saludo, Júlia!

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    1. Hemos exprimido unas pocas arrugas del prota y las dos bombillas desde el primero hasta el último de sus ochocientos lúmenes. Ha sido una suerte que no quemasen mucho, y que los bibliobuses de Guadalajara fuesen magnánimos con otros bibliotas.
      Mejor verano para ti, Luna, en cualquier sitio al azar. ¿Calpe?

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      1. Buena elección Galicia, simplemente porque allí no os habréis cocido como todas y cada una de las personas que habitan por estos andurriales.

        O frito. Lo de cocidos era un eufemismo.

        En realidad podéis traer salsa barbacoa para la sesión de canibalismo, porque os vais a convertir en churrascos conforme piséis la terreta.

        No puedo seguir, el teclado se está derritie

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    1. Probablemente esa sea la opción más funcional, sí. Hay otras alternativas, como deshacerse de todos los espejos de la casa o enfrentarse a los mismos con una buenas gafas de sol. La opción de cambiarlos por cuadros bonitos hasta que los espejos se vendan con filtros embellecedores como la cámara del móvil también tiene lo suyo.
      Y toda esta parrafada para volver al “sí, tu opción es la mejor”. Así somos de liantes por el Otro Mundo…
      ¡Un saludo!

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  2. Una de las crudas realidades de este mundo, tal vez en otros esto no exista: “… y consideró que no siempre era mejor saber que no saber.” ¿Cómo saberlo? De seguro a vuestro regreso tendreís y una respuesta, tal vez no. Mientras tanto: buen viaje.

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    1. Lo cierto es que el protagonista del relato elaboró dicha sentencia al sufrir un duro revés de autoestima tras medio minuto frente al espejo. Es decir, puede que tras unas horas reflexionando con más calma cambiase de opinión, pensando que era una lección de vida que necesitaba aprender para integrarla y seguir adelante, o que habría necesitado ingerir poco a poco esa verdad que el espejo le había revelado, descubriéndose los cambios de la madurez en su rostro en pequeñas dosis diarias, mensuales o anuales; de la forma en que se produjo, siempre recordaría ese día con amargura.
      Pero ¿quién sabe? Adrián es un personaje y somos nosotros los que interpretamos cuál será su próxima reacción a través de lo leído sobre él. A título personal, yo veo a Adrián de tal manera que infiero que le costará unos pocos años asumir lo vivido dicha mañana.
      Gracias por tus deseos, Raúl. ¡Un saludo!

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    1. Nos gustaría disfrutar las vacaciones, sí, pero las vamos a tener que tomar en el Otro Mundo, que se está más fresquito. ¡Madre mía, qué calor! Ahora mismo estoy escribiendo con una sola mano, porque anteayer el astro rey me iluminó de refilón la otra a las cuatro de la tarde… y se me derritió.
      Esperamos que tú disfrutes las vacaciones con las dos manos, si es posible. ¡Feliz verano!

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    1. Nos congratula que te haya gustado, muchas gracias. Como humanos que somos, cualquier pequeño detalle, cualquier banalidad como bien dices, puede desencadenar a la postre una respuesta emocional que no esperábamos. ¿Es una montaña de un grano de arena o es una respuesta lógica ante una revelación traumática? Puede depender de la bombilla y el espejo, o quizá solo de quien se mire en él.
      Muchas gracias por los deseos, ¡y felices vacaciones para ti también!

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  3. Buenos días,
    Me ha gustado, tanto en contenido como en continente. Sí; en cuanto a este último, además de una ortografía impecable, veo soltura narrativa. No iba a poner Me Gusta porque al ver lo extenso del relato no pensaba leerlo entero, y no doy MG ficticios, pero al final lo he leído de cabo a rabo.
    Espléndidas vacaciones para Vd.

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    1. Le damos doblemente las gracias pues, por animarse a leer el relato a pesar de su extensión y, al mismo tiempo, por su positiva crítica acerca del mismo. Siempre es un orgullo que alguien considere que un relato propio es digno de ser leído, y, si además es apreciado, la alegría es completa.
      Le transmitimos los mismos deseos para usted acerca de sus vacaciones.
      Un saludo.

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  4. Enhorabuena por el premio y, sobre todo, por un relato que te mantiene pegado a la pantalla del ordenador. Os deseo también felices vacaciones y, de paso, aprovecho para informaros que he nominado a LCDOM para el premio “Mystery Blogger Award”, por la originalidad y contenido del blog. Podéis comprobarlo pinchando en el siguiente link https://julioalejandre.com/2018/08/07/mistery-blogger-award/
    Espero que os agrade la nominación y participéis en el proceso.
    Un abrazo,
    Julio

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    1. Gracias varias, Julio: por tu opinión sobre el relato, por tus deseos para las vacaciones y por considerarnos dignos de recibir ese galardón.
      No solemos participar en este tipo de iniciativas porque nos parece que no cuadran con los contenidos que ofrece el blog, pero no dudes que apreciamos de corazón tu nominación.
      Y, por cierto, ¡felicidades por recibir tu merecida nominación!

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      1. Jejeje… Sí, culpables son las bombillas! XD Pero cada línea o surco en nuestro rostro, tiene su historia… Huellas de lo vivido! Y pues la juventud no es solo la apariencia de la piel ni el reflejo en el espejo. Es lo que seguimos llevando dentro y proyectando… Pero obvio también hay que colaborarle con una vida sana, jajaja… Abrazoo!! 😉 🙂

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  5. ¡Magnífico texto! ¡Felicidades por el premio!

    Sin duda mejor vivir en la ignorancia… eso me recuerda la novela que estoy leyendo “Los propios Dioses” de Isaac Asimov, donde es, en la tríada, el racional el que acumula todo el conocimiento y él es el que define el inicio de la vida de la tríada y su fin.

    ¡Un abrazo para todos!

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  6. ¡Vaya! hace unos cuantos días cambié la lámpara del baño y ahora me siento deslumbrar cada vez que entro en él… Menos mal que no me he detenido en el espejo, porque seguramente seguiría llorando por las esquinas intentando descubrir qué ríos han circulado por mi cuerpo para haber esculpido unos cañones tan impresionantes.
    Y ahora, después de haber leído vuestro relato, me voy a detener mucho menos, o pongo un velo delante para que matice todo lo matizable.
    Espero que hayáis tenido un buen verano, por aquí nos veremos. Que sepáis que estuve con Iker, mi nieto de vacaciones en Santander y terminé por fin el libro, hasta lloré por mi perro preferido…
    Un abrazo.

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    1. Quedémonos con lo bueno, con que con la iluminación de más has ganado espacio en el baño (vale, es mentira, pero los rincones oscuros ahora sí parece que están) y así tienes más huecos para esconderte del espejo. También es cierto que a lo largo de los comentarios entre todos hemos ofrecido soluciones como utilizar gafas de sol en el aseo, tintar el espejo, e incluso se podría cambiar por un retrato de nuestros años más mozos y así creer que de la ceniza en el espejo ha resurgido nuestro particular Ave Fénix. El que no se consuela…
      Muchas gracias por leer de cabo a rabo LCDOM, no es una empresa del todo fácil. Y, por supuesto, agradecerte también que te hayas emocionado con alguna parte de ese libro: cuando un autor consigue conectar de esa manera con alguien a través de su escrito, la sonrisa le dura un par de días. Que por cierto, es un hecho recurrente que los lectores nos digan que ese personaje es su favorito y que han llorado con su óbito. Es uno de nuestros baluartes, qué duda cabe.
      Como siempre, otro abrazo de vuelta, Estrella.

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      1. Vuestras respuestas son todo un lujo para nuestros comentarios. Cuando no aparezco por el blog, lo que pasa con más frecuencia de lo que quisiera, os echo de menos. Esta familia virtual se siente a veces muchos más cercana que la real.
        Abrazos.

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    1. Complicado lo de deshacer las cenizas sin cirugía estética de por medio, casi mejor recordar que están ahí porque seguimos vivitos y coleando y albergamos miles de experiencias, y las que quedan por llegar.
      Más tarde o más temprano algún relato más caerá, seguro. Eso sí, la fecha es indeterminada, así añadimos suspense al blog…
      ¡Otro abrazo de vuelta!

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