Hello Darkness…

Hace más de medio siglo que el compositor y cantante Paul Simon, uno de los componentes del mítico dueto conocido como Simon and Garfunkel, compuso su famoso tema The Sound of Silence, editado por Columbia Records en 1964. Muchos creyeron que la letra de tan singular canción, hacía referencia al estado de zozobra generalizado que se había apoderado de la sociedad norteamericana tras el atentado a John F. Kennedy, ya que el primer single salió tan solo tres meses después del magnicidio y que, por tanto, tendría que estar relacionado de algún modo con aquel suceso. Sin embargo, sería el propio Paul Simon quien años más tarde, tras ser preguntado sobre qué le había llevado a componer dicha canción, asegurara, en contra de lo que muchos pensaban, que la había compuesto cuando tenía tan solo veintiún años, tiempo antes del atentado, y que la canción la había compuesto principalmente en el baño, ajeno a todo lo que sucedía en aquella convulsa época. Al parecer, en tan singular estudio, habría encontrado la inspiración necesaria para hablar de un mundo distópico que dilucidó mientras dejaba el agua del grifo correr —aquel sonido decía que le relajaba—, y donde, ayudándose del ligero eco que le proporcionaba aquella diminuta caja de resonancia, apagaba la luz quedándose a oscuras para de esa manera dar rienda suelta a su imaginación. Con esta explicación, tal vez se entienda mejor que tras el célebre arpegio que marca la introducción, sus primeras palabras sean:

<< Hello darkness, my old friend… >>.

La canción es todo un poema a la incomunicación, que ya por aquella época comenzaba a percibirse como una oscura mancha que crecía sin control, sobre todo en las grandes ciudades, atomizando a la sociedad de la época en seres solitarios y autosuficientes. En ella se describe un sueño en el que se presenta un lúgubre escenario: un mundo frío donde las personas ya no hablan entre sí, ni siquiera se escuchan, donde todos escriben canciones que jamás nadie compartirá, al parecer, preocupados únicamente en la promoción de su propio ego. Todos ellos viven atemorizados por una poderosa deidad que se les presenta como una gigantesca luz de neón a la que todos adoran, y que les indica con resplandecientes letras, que toda la verdad que necesitan para vivir se encuentra escrita en esas mismas luces que se extienden por toda la ciudad, y que es susurrada una y otra vez sobre el mísero silencio.

neon light

Hoy, más de medio siglo después, si uno mira con detenimiento una fotografía que fue tomada en la Mobile World Congress de Barcelona en 2016, y en la que se ve a Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, caminando entre miles de asistentes que ignoran su presencia, absortos completamente en sus gafas de realidad virtual, creería escuchar aquellos acordes en su cabeza recomponiendo la voz de Paul Simon y Arthur Garfunkel, imaginando que esa poderosa luz de neón que en la canción aseguraba contener toda la verdad, podría haber comenzado su adoctrinamiento a través de las gafas de realidad virtual presentadas en aquella feria y que, todos aquellos idólatras de las nuevas tecnologías, llevaban puestas frente a sus ojos en el momento en el que se tomó tan polémica fotografía; mientras Mark Zuckeberg se disponía a subir al estrado para su presentación.

zuck.0.0

¿Quién sabe? Lo cierto es que a veces resulta muy difícil establecer los límites que separan la inspiración del presagio. Seguramente, muchos de vosotros ya habréis visto el vídeo que os dejamos a continuación, muy compartido en las mismas redes sociales que critica, sin embargo, al incorporar a esta sátira animada el tema The Sound of Silence, hace que uno piense hasta qué punto, aquella oscuridad cómplice no terminó revelándole al compositor los reflejos del futuro.

 

 

 

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Pura vida

Como ya sabéis, los autores noveles, ya sea mediante autopublicación o a través de editoriales que no pueden dar demasiado bombo a las novelas que editan, viven casi exclusivamente de las reseñas que se hacen de sus libros. Las críticas, grandes y pequeñas, se convierten en oxígeno, en el agua creadora de energía que puede dar paso a que ese organismo vivo (puede que físicamente inerte, pero viviente en nuestras mentes a través de su historia) comience a existir en el mismo hábitat que otras entidades a su alrededor. Dar sus primeros pasos, crecer hasta convertirse en algo que más seres sean capaces de percibir y estén dispuestos a conocer.

Una reseña es vida, todos los escritores primerizos lo sabemos. Podemos rompernos los cuernos publicitando nuestra obra, podemos trabajar hasta la extenuación difundiendo a todas horas la presencia objetiva en el mundo de ese pedacito impreso de nosotros, que, de todas formas, sin un apoyo externo, todo ese esfuerzo personal constituirá una simple RCP, un masaje cardíaco que le estaremos aplicando a nuestra historia para que no muera, insuflándole nuestro aliento para que no acabe desapareciendo del todo. Por eso, una reseña es vida. Cada vez que nuestro libro recibe una crítica, en la pantalla del electrocardiograma aparece un pico, un latido, un hálito, y con ello la esperanza de que ese libro, esa parte de nosotros, puede salir adelante. Es su ración de alimento durante la hambruna, es su bocanada de aire en una habitación inundada, es su milagro de los panes y los peces, es su maná. Pero este no es precisamente un maná que cae del cielo: es un sustento que hay que sudar tinta china para poder obtener.

Con nosotros, esta parte ya os la sabéis: redes sociales, blog LCDOM y a trabajar para el libro, como si en vez de una creación nuestra fuera él el líder de una secta de edición limitada. Y oye, tampoco ha ido mal, ¿no? Hemos encontrado multitud de websites interesantes, hemos conseguido followers, hemos obtenido contactos y, por qué no decirlo, amigos (de estos cibernéticos que probablemente no verás en tu vida, puede ser, pero sí). Eso nosotros como autores, pero nuestra criatura también ha hecho sus pinitos por sí sola: LCDOM ha conseguido vivir una enésima primera vez en su existencia gracias a nuestro estimado Francisco Torpeyvago, sí, el de las historias malditas, al que parece que la novela le hizo un poco de tilín y nos regaló buena cantidad de latidos más en el electrocardiograma para la subsistencia del Otro Mundo, gracias a su fantástica opinión en Amazon. ¡Pero mira que eres majo, “mardito malandrín”! Y es que de eso ha sobrevivido LCDOM, de sus escasas pero buenas críticas en Amazon, que buena falta nos siguen haciendo (ejem, ejem…). Pero en nuestros corazones permanecía alojada esa espinita clavada, esa carencia de reseñas en blogs o cualquier tipo de websites, ese erial de críticas literarias extendido a lo largo y ancho de todo el Otro Mundo. Pero, como cualquier autor novel, la esperanza en nuestra propia historia es lo último que se pierde. Hay que seguir adelante y rezar porque algún día suene la flauta… o un arpa, o un pito, o lo que sea que suene: da igual lo que sea con tal de que suene. Porque, independientemente del instrumento que se precie, la primera reseña siempre suena a música celestial.

Lo podemos asegurar porque, por fin, la hemos escuchado.

Y no la sentimos como una simple RCP, ni la experimentamos como una prometedora estabilización del electrocardiograma, sino que la disfrutamos como emoción desencadenada, como alegría incontenible, como vida, pura y resplandeciente vida para el Otro Mundo.

La reseña de Las crónicas del Otro Mundo publicada por Sadire mientras cavilaba sus Divagaciones en Rosa (que, aparte de en su blog, también podéis encontrar en su  perfil de Facebook) constituye para nosotros una nueva primera vez que evocaremos hasta nuestro último aliento, y que convierte pues a su reseñadora en Historia viva del Otro Mundo y a la cual se lo agradecemos, como diría un niño, infinito más uno.

Ahí la tenéis: esperamos que la disfrutéis como mínimo la mitad que nosotros, pero simplemente porque, honestamente, nadie va a atisbar ni de lejos el deleite en la lectura de dicha reseña como nosotros dos.

Ya hacía tiempo que no os traía una reseña, ¿por qué? Pues porque mi última lectura ha sido un libraco de más de seiscientas páginas: “Las Crónicas del Otro Mundo” (Ed. Amarante) de Adrián E. Belmonte y Carlos López Moreno, dos chicos con un sentido del humor estupendo (lo sé por los comentarios que me dedican de vez en cuando) y una imaginación increíble (lo sé por lo mucho que me han sorprendido con su novela).

Y ¿de qué va esta historia? Se trata de una novela de ficción muy bien hilvanada, con un worldbuilding elaborado y trabajado a la perfección. Paso a mostraros la sinopsis y luego os daré mi opinión:

Una novela de ficción distópica proyectada sobre la psique humana. Si, tal como afirman algunos científicos, existe una consciencia global que nos conecta a todos, una “psicoesfera” en la que habitamos de manera inconsciente, entonces ¿puede…

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Primera plana

Imaginad que, como escritores con ilusión, esperanza y dedicación que sois, habiendo publicado o no (aunque tener algo publicado probablemente ayuda un poquito), tuvierais la oportunidad de conceder una entrevista para que un interesado la publicase en su website, y que la gente pudiera conocer de primera mano qué os mueve a vosotros y a vuestra novela (o novelas, si sois autores facundos) para intentar dar pasitos en esto de la literatura. ¿Qué responderías a la pregunta “a qué estaríais dispuestos a hacer para que vuestro libro se hiciera muy famoso”?

La verdad es que nosotros podríamos contestar que sacrificaríamos a nuestro primogénito en lo alto de una montaña, aunque siempre y cuando nuestro primogénito fuese un animal, pero de los buenos, de esos de peluche que ni se mueren ni se quejan de nada, y que la montaña fuese un irrisorio montículo en medio del campo, porque con más altura ya nos cansaríamos si tuviésemos que ascender a su cima. También podríamos responder que venderíamos nuestra alma al diablo, pero la verdad es que eso ya lo hemos hecho dado que tenemos hipoteca y no, eso no ha conseguido que LCDOM se haya hecho más famoso. Quien sabe, igual estaría bien contestar a la pregunta argumentando que, si Las crónicas del Otro Mundo se convierte en un clásico moderno, estaríamos dispuestos a viajar al pasado para liquidar a todos los autores de clásicos de la literatura y asegurarnos sí o sí ese mérito, pero seguro que el banco no nos dejaría irnos sin pagar la hipoteca.

Así que no, no contestaríamos nada de eso.

Entonces, si os hiciesen la mentada entrevista, que por lo visto suele tener más de una pregunta, ¿qué responderíais si os preguntasen por qué bautizasteis a vuestra obra con el título que designasteis para la misma? Porque para nosotros, con un nombre como Las crónicas del Otro Mundo, es un follón de tres o cuatro pares de narices. Así para empezar, el diccionario de la RAE nos chiva que “crónica” se podría referir a una enfermedad larga, a una dolencia habitual o a un vicio inveterado (que per se ya es una palabreja rara). Es decir, que podríamos contestar que, se escoja la opción que se escoja, el Otro Mundo está bien jodido: o está enfermo para rato, o está achacoso cada dos por tres (seis), o es un vicioso y por eso nadie se fía de él. O sea, que estaríamos exponiendo sin desearlo que hemos escrito una novela tan extensa con el objetivo de que el suplicio de ese Otro Mundo enfermo, achacoso y viciado sea igual de largo… En menos palabras (a ver si así llegamos al quid de la cuestión, que parece que no acabamos de conseguirlo): estaríamos confesando que somos unos desalmados con ese Otro Mundo. Entonces se nos echarían encima las asociaciones en defensa de la dignidad de los Otros Mundos, nos demandarían por malos tratos a esos pobres universos ficticios, perderíamos el juicio (en la corte, no en la cabeza, porque eso último ya está conseguido) porque somos gafes (uno le transmitiría la mala suerte al otro, y viceversa) y solo podríamos evitar la prisión tras el pago de una fianza; entonces volvería a aparecer en escena el banco de la hipoteca para ofrecernos un préstamo con el cual pagar y evitar la cárcel.

Así que no, no contestaríamos nada de eso.

Aún así, ahogados por el banco, una entrevista seguiría empeñada en hacernos más preguntas, así que, por ejemplo, ¿qué responderíais cuando os cuestionasen si pensáis que algún día podríais vivir de los libros? Nosotros contestaríamos que sí, que podríamos vivir de los libros, pero de los de otros, borrando el nombre de los autores originales y poniéndoles el nuestro a sus best·sellers. Pero no, somos demasiado íntegros para eso, así que seguiríamos confesando que sí, que podríamos vivir de los libros yendo de librería en librería y atracándolas una tras otra. No es que sea más íntegro que lo primero, pero, puestos a vivir de los libros de alguna forma, que sea la opción que nos haga sudar lo menos posible. Pero contestar dicha resolución en una entrevista quizá, solo quizá, haría sospechar a la policía acerca de la identidad de esa banda criminal especializada en librerías. Ello les pondría sobre nuestra pista y entonces, antes de que nos pillaran, nos veríamos obligados a atracar el banco de nuestra hipoteca (porque ese ya nos lo sabemos de memoria) para obtener el dinero con el que pagar la fianza a desembolsar tras ser apresados por la policía. La verdad es que nuestro futuro no pintaría nada bien en ese caso.

Así que no, no contestaríamos nada de eso.

Si os apetece, os animamos a responder todas estas cuestiones a través de los comentarios. Nosotros, por lo pronto, ya las hemos contestado (y además, de forma casi coherente), y también unas cuantas más, en la entrevista que ha tenido a bien realizarnos Pedro en su blog “La voz del escritor” Y después de hacerlo, nos hemos dado cuenta de lo curioso que resulta el antes y el después del escritor tras vivir la continua evolución de su novela, cuando, en nuestro caso, esta ya ha cumplido dos años de existencia cara al público. Hace escasas fechas rememoramos en una de nuestras entradas la primera entrevista que se nos publicó en otro website, y ciertamente sorprende la permuta a la hora de responder distintas cuestiones. Sin saber a ciencia cierta si nosotros hemos cambiado, lo cierto es que sí nos damos cuenta de que nuestras réplicas no son las mismas que proferiríamos en aquellas fechas inmediatamente posteriores al lanzamiento de LCDOM.

Os invitamos a descubrirlo por vosotros mismos a través de dicha entrevista, aprovechando para volver a agradecer a Pedro la oportunidad de darnos a conocer a través de su blog. Clicad en la imagen o el enlace y adentraos en nuestras mentes:

ENTREVISTA A ADRIÁN Y CARLOS, PADRES DE LCDOM

Entrevista La Voz del Escritor

Desconexión

Vemos en tantas ocasiones violencia, barbarie y crueldad tan sumamente innecesaria e injustificada que a veces duele, duele más allá de los límites de nuestra conciencia. No solo nos compunge el alma, sino que incluso podemos llegar a sentir físicamente como nos da un vuelco el corazón al ser testigos de alguna atrocidad, como nos tiemblan las extremidades de pura zozobra ante la inhumanidad descarnada que hechos o personas nos exponen impunemente, o como alguna escena de lo que debería ser puro horror reservado a la ficción se nos aparece en la vida real, causándonos nausea, ansiedad o incluso desfallecimiento. No llegamos a comprender como es posible que un ser humano se pueda comportar con un semejante de modos tan ultrajantes, y, en nuestra impotencia, intentamos que alguien pueda entender que ese no es el camino, que no somos animales.

Pero es que somos animales. Como especie, se nos olvidó en algún momento de la existencia, y tan solo lo recordamos de cuando en cuando y con un carácter marcadamente anecdótico. Caminamos por la vida diferenciándonos de los demás seres vivos: unos son meros vegetales, lo que virtualmente los excluye como seres vivos a nuestro parecer, y lo demás son animales. Pero animales, cuya significación se contrapone a la humana. Da igual como se los trate, en realidad. Algunas personas se emplean con ellos con extrema impiedad, ya sea porque ese es el trabajo que les da de comer, ya sea porque algunos neurotransmisores desorientados en sus cerebros decidieron otorgar a ese individuo placer al torturarlos. Otros seres humanos los cuidan, otros los aman desproporcionadamente, otros directamente entregan completamente su vida a su protección, porque son seres vivos, argumentando que son como nosotros… pero sin ser como nosotros. Porque el ser humano es un animal desnaturalizado, que decidió unilateralmente dejar de serlo, pero cuya biología, en ocasiones, le traiciona y demuestra lo contrario.

Somos animales. Podemos decidir apellidarnos “racionales”, “sociales”, “simbólicos” o “culturales” si así lo deseamos, pero jamás lograremos cambiarnos el nombre. Animales. Y, en algunas ocasiones, en momentos a los que algunos llegan ya sea por misticismo, por inspiración, por preclara lucidez o por inducción ajena, nos vemos conectados con lo que parece ser una naturaleza primigenia del ser humano, una en la que, despojados de los usos que la sociedad y la cultura han imbuido en nosotros, nos percibimos de esa manera: animales “rasos”, al mismo nivel que el resto de los que pueblan el planeta, mientras nos damos cuenta de que, mucho antes, no éramos como somos ahora. Ser animales, sentirnos como tales, no nos convertía en seres inferiores.

Queremos ahora mostraros otro de los fragmentos de Las crónicas del Otro Mundo. En la novela abarcamos varias dimensiones, varios campos en los que una sociedad animal se podría identificar como humana, aunque también imbuida por reminiscencias de su naturaleza primigenia, remembranzas que guiaron en ocasiones su comportamiento hacia una cultura mucho más primaria. ¿Un ser desnaturalizado se puede, a su vez, desnaturalizar? ¿Puede evocar un primitivo locus amoenus que no ha visitado ni vivido jamás?

PARTE III: LOS ÚLTIMOS DÍAS. Capítulo 33: Día siete. 21:48 h.

Salió a la oscura calle caminando como un alma errante, trazando pasos inexactos entre las aceras y el pavimento de la carretera, subiendo y bajando de los bordillos sin más intención que distraer sus pensamientos. Las luces de los semáforos parpadeaban junto al lejano fulgor de las estrellas. De las ventanillas de algún que otro coche que a esas horas todavía se atreviera a aventurarse por aquellos suburbios le regalaban, por un pequeño instante, algo de música con la que acompañar su tristeza. Ni siquiera la Luna quiso asistirlo en su hundimiento y su pálido fulgor parecía no asomar por el lejano horizonte. Así deambuló durante varias horas hasta que al final, sumido por el cansancio y el dolor, decidió buscar cobijo en un sucio callejón que quedaba protegido del viento húmedo y frío de la noche. Apretó sus rodillas contra el pecho y dejó caer su enorme cabeza sobre ellas. Buscó el calor que escapaba de sus heridas y, dando un último suspiro, se quedó dormido.

En sus sueños volvió a divisar aquellos verdes pastizales, a sentir el aroma irracional de aquel sitio, en donde podía ver a otros bueyes almizcleros como él pastando plácidamente a su alrededor, pero de un modo tan distinto a lo cotidiano, tan alejado de lo que él conocía, que se le hizo del todo incomprensible. ¿Qué sería aquel sitio?¿Por qué parecían tan salvajes e ignorantes aquellos congéneres? ¿Por qué sentía su corazón latir con aquella fuerza desmedida? ¿Sería el origen mismo de las cosas? Un tiempo anterior a todo lo conocido, lejos de lo material y artificial, cuando la justicia de los fuertes regía el ciclo de la vida y se podía sentir la belleza de lo efímero, de la vida fugaz y violenta que nace y muere bajo las ancestrales leyes de la supervivencia, sin más convencionalismos ni costumbres, tan solo el eco de la vida persistiendo en lo creado, tan solo sus pasos recorriendo el ciclo interminable en el que divergen todas las partes.

Reconoció una mísera rata corriendo entre la maleza. Asustada huía hacia su madriguera a esconderse y entonces recordó la conversación que había mantenido en el vestuario con su mánager, y pudo verlo correr como aquella rata buscando un sucio agujero, desprovista como estaba de todas las leyes y normas de la sociedad: no era más que el más indefenso de los seres, un simple aperitivo en un mundo dominado por la fuerza.

Una débil luz comenzó a filtrarse por sus párpados. Podría haber sido la furtiva luz de un coche que anduviera por allí cerca o algún malnacido que quisiera molestarlo burlándose de la desgracia de un sin techo, pero no, esta luz era totalmente distinta, parecía venir desde arriba… Abrió los ojos lentamente y en el cielo nocturno pudo ver las fantasmales siluetas que trazaba una aurora. ¿Cómo era posible? Jamás había visto nada parecido. Había oído hablar de que se podían ver en las regiones boreales, pero nunca antes se habían visto en aquellas latitudes. Se levantó despacio, contemplando el maravilloso espectáculo, y en su rostro casi se pudo percibir el nervioso gesto de una sonrisa, pero el pesado marco de su cornamenta aplanaba cualquier resquicio de felicidad. Pudo sentirse en aquella lejana tundra que vislumbraba en sus sueños, rodeado del intenso frío junto a sus antepasados, contemplando esa misma aurora en el lejano tiempo, donde todo era sencillo y en donde el silencio de la noche era tan solo interrumpido por los resoplidos que escapaban de la manada y por el lejano canto de los lobos. No hacía falta pagar para contemplar como dos animales se mataban a golpes. Y aquella conexión mística entre el cielo y la tierra era todo y cuanto podían necesitar, sintiendo un asombro continuo en lo cotidiano.

Entonces… así como aquellas verdosas luces aparecieron en el cielo, se esfumaron en la oscuridad… El viejo buey miró a ambos lados de la calle, y resoplando volvió a su nido de miseria… pero esta vez, sentía que algo nuevo había nacido en su alma. Quizás fuera una señal de sus ancestros, que al verlo en el efímero mundo de los sueños, se habían manifestado aquella noche como antiguas y luminosas manadas pastando en la interminable tundra de las estrellas.

 

Error humano

Yo soy el peregrino, yo soy el caminante, yo soy quien redunda el fatuo sendero en pos de un lugar mejor. Y, en realidad, debería decir que lo he encontrado.

Pero no doy crédito. A mi alrededor no cunde más que el desconcierto, propio y ajeno. El endógeno brota al no ser capaz de entender el beligerante alboroto que mana de todo ser viviente que me circunda. En cuanto a la turbación externa, me declaro ignorante a la hora de atribuirle una explicación, pero es un pecado menor al lado del cometido por el resto de la muchedumbre. Todos han sido sugestionados por ellos mismos, dispuestos a enarbolar argumentos tanto válidos como estúpidos de forma indiscriminada, porque todo vale ya en este mundo con tal de desacreditar al enemigo.

Enemigo. Palabra clave, descriptor, concepto inequívoco de aquel que disiente contigo. Un rival se convierte en enemigo, un adversario se convierte en enemigo, un contrincante se convierte en enemigo, porque enemigo es una palabra mucho más grandilocuente que las otras tres, a pesar de ser todas ellas perniciosas. Es lo contrario de amigo, y un amigo es el que está contigo, a tu favor. Es pues el enemigo el que por definición está en tu contra, el que busca lo opuesto a tu voluntad.

Ciertamente, rival, adversario y contrincante son palabras que representan nociones susceptibles de agruparse bajo el mismo manto, la consideración de enemistad. Sin embargo, el enemigo se ha extendido por doquier y ha llegado a convertirse en cualquier persona del mundo. Todo ser humano que no piense y actúe como a un determinado individuo le place. Tan solo deben coincidir unas coordenadas temporales precisas con un planteamiento oportuno, o inadecuado (ambos son válidos como caldo de cultivo para dicho objetivo), para que dos personas discrepen en un único tema que ataña de alguna manera a ambas, y hacer prender la chispa que provoque un incendio que reduzca a cenizas la tela que hasta ese momento les abigarraba. De repente, ese nuevo contexto erróneo, pues cualquier contexto que desliga a dos semejantes debería ser considerado como tal, separa a dos congéneres coincidentes en la mayoría de ámbitos y los empareja con extraños compañeros de cama: prójimos, sí, pero que nada tienen que ver con ellos, a excepción de ese ligero enlace que ha hecho arder la costura anterior. Y tal que así se unen sensatos con energúmenos, prudentes con fanáticos, juiciosos con descerebrados, todos enarbolando una misma bandera bajo una motivación distinta, ignorando qué es lo que mueve al compañero de al lado a actuar de manera análoga o casi análoga, pero unidos contra un enemigo común, que en ese caso resulta ser el resto de habitantes del planeta que no ondean ese mismo estandarte.

Hablando del planeta: es a ese sitio concreto al que me refería, cuando al inicio decía que había encontrado ese lugar mejor que había motivado mi búsqueda. Y no era una broma. Es el lugar ideal, este orbe de color azul. Tiene zonas mucho más arduas que otras en las que coexistir: tiene llanuras congeladas en las que jamás germinará el más mínimo atisbo de vida, tiene vastas extensiones desérticas en las cuales la supervivencia es más un desafío que una necesidad, tiene mil y un recovecos en el que sucumbir a la muerte de manera indefectible. La madre naturaleza, administradora de la esfera que nos alberga, en muchas ocasiones realiza su gestión de modo enérgico y eficiente, de forma que cualquier ser vivo que se encuentra en su ámbito de aplicación perezca sin que ni siquiera ella pueda hacer nada por evitarlo. Es este un globo letal, y lo es en casi todos sus emplazamientos y en casi todas sus épocas.

Pero os dije que en mi deambular lo he encontrado, y es una afirmación cabal tras todos los senderos recorridos e inspeccionados: este planeta es el lugar ideal para vivir.

No hay otro. Y esto lo entendimos hace mucho tiempo: en realidad, entonces nos debíamos sentir dichosos por habitar un lugar en el cual existir. Seguramente muchos se consideraron así en cuanto se dieron cuenta de que eran, de que se hallaban, de que se encontraban, de que vivían, pues solo había sido posible gracias a que este planeta les había dado la oportunidad y el permiso para ello. Y el ser humano no solo se vio obligado a entenderse con el planeta, sino que además dio las gracias por ello. Se vio obligado a entenderse con los animales, aprender de cuales resguardarse y con cuales establecer vínculos. Se vio obligado a entenderse con el reino vegetal, aplicarse en cuales de sus partes utilizar y de qué manera. El ser humano se vio obligado a entenderse con la vida en todas sus formas, y con el mundo que a todos cobijaba. Exactamente el mismo mundo que se embravece y puede borrar su existencia de un plumazo, el mismo mundo que se agita y arrasa todo a su paso, el mismo mundo que, en algunas ocasiones, arbitrariamente decide quien vive y quien no. Pero incluso con un planeta que, caóticamente, resulta tanto caritativo como cruel, el ser humano se esforzó por entenderse con un mundo que no poseía ni la más mínima capacidad de razonamiento. Y llegó a conseguirlo.

Pero la especie humana, la obra suprema de ingeniería genética del orbe azul (al menos en lo que a sistema nervioso se refiere), jamás ha aprendido a entenderse entre sí. Debería darnos vergüenza reconocerlo. A lo largo y ancho de todo el planeta nos desafiamos, nos peleamos, nos erradicamos librando batallas que en la mayoría de las ocasiones ni siquiera son nuestras, o no lo serían si realmente buscásemos en nuestro interior una razón lo suficientemente poderosa capaz de convertir a un semejante en nuestro rival, nuestro adversario, nuestro contrincante… nuestro enemigo.

No hace falta ser peregrino ni caminante, no hace falta redundar ningún fatuo sendero. Tanto el que vaga como el sedentario pueden verlo a su alrededor sin apenas esfuerzo, tanto si se asoman a los medios como si lo hacen a la ventana. Los individuos, sin que ello les haga cuestionarse que todos son personas, han decidido dejar de ser semejantes. Aprovechan cualquier resquicio de similitud con unos para desplegar todo tipo de aversión hacia otros, a los que cualquier nimia desigualdad, cualquier cariz distinto de opinión, irrisorio en comparación con todo lo que los une, los convierte en enemigos. Y lo que engendra mayor tristeza aún: que se produzca una escalada de rencor que acabe convergiendo en enfrentamiento, sea cual sea el continente, sea cual sea la chabola, sea cual sea la razón, independientemente de que se trate de una honda reflexión o de una mera excusa para cargar contra otra persona diferente.

¿Quien querría razonar, pudiendo tener un enemigo al que odiar?

 

 

 

El reverso de la utopía

 

 

¿Alguna vez alguien os ha dicho que no podíais hacer algo? ¿Es decir, que no erais capaces de conseguirlo, que no estabais cualificados para conquistar un objetivo planificado y anhelado? Porque, a lo largo y ancho del vasto mundo, hay gente que tiene la osadía de hacerlo. Hay individuos que, bajo el lema “yo no miento, y si te tengo que decir las verdades, te las digo a la cara”, pervierten el significado inicial de principio honesto para convertirlo sin ambages en declaración hiriente. Hay algunos que, erguidos en lo alto de su propio Olimpo desde el que nos observan, alzado este gracias a sus complejos de superioridad, sienten satisfacción al verbalizar que “tú” no puedes hacerlo, al tiempo que solemnizan en silencio, en su vanagloriado fuero interno, la “verdad absoluta” (sustentada por ninguna prueba) de que ellos, si quisieran, lo conseguirían. Otro puñado de individuos de semejante idiosincrasia se empeña en abatir la codiciada voluntad ajena por una simple y llana cuestión de cuñadismo (que es una mera identificación nueva para una realidad vieja), porque de nuevo su “verdad absoluta” se impone a la de los demás por decreto endógeno, y si ese “cuñado” opina que “tú” no puedes hacerlo (sea desde el respeto o sin esmerarse en el mismo, por un simple afán de ser el primero en manifestar su dictamen prevaleciente e irrebatible), entonces esa persona, automáticamente, no puede hacerlo.

También existen personas dispuestas a tumbar un sueño porque aprecian demasiado al soñador. Sí, por muy absurdo que parezca. Quieren al ser humano que ostenta esa pretensión elevada, y le desean lo mejor de corazón: le desean tanto bien, que deciden sentarse a su lado para explicarle que es absolutamente necesario que se olvide de esa aspiración idealizada. Que perseguir esa fantasía es un error. Que luchar por algo que ellos tienen claro que esos soñadores no van a conseguir solo logrará hacer daño a los mismos. Que deben ser realistas y centrarse en lo que ya tienen, porque en esa búsqueda de felicidad ficticia solo pueden perder, y estos consejeros no quieren verlos sufrir. Deciden intentar tumbar sus sueños: tumbarlos por amor hacia esa persona. En una teoría inmaculada ambos propósitos serían antagonistas; en la práctica, es una realidad recurrente de nuestra especie. Abrir los ojos a ese ser bienamado para que se dé cuenta de que es incapaz de llegar a conseguir lo que anhela, tan solo pensando en su bien, es el pan nuestro de cada día. Tienes que centrarte solamente en los estudios y dejarte ese deporte, nunca llegarás a profesional. Tienes que dejarte ya los bolos y emplear ese tiempo en algo más productivo, porque nunca lograrás ser cantante de verdad. Tienes que olvidarte de hacer filosofía y escoger una carrera que te sirva para llegar a ser algo en la vida. Tienes que dejar de perder el tiempo y emplearlo en algo realmente importante, porque nunca nadie comprará ninguno de tus dibujos. Te quiero, pero eso que deseas es solo un sueño, no vas a poder conseguirlo, no tienes capacidad para ello, y yo no podría perdonarme ver como fracasas sin haber intentado que lo dejases a tiempo. Tienes que darte cuenta de que es solo eso, un sueño, y cuanto antes lo descubras, mejor. Lo digo por tu bien.

Ahora nosotros, desde el Otro Mundo, vamos a colocar de nuevo el video que abre esta entrada, y vosotros vais a volver a verlo. No, no decidáis que el visionado ya está realizado y por ende podéis pasar por alto este exhorto para seguir leyendo sin más nuestras interesantísimas, gloriosas y humildes palabras (oxímoron al canto). Dadle al play y volved a escuchar esta arenga del Príncipe de Bel·Air entrado en años, con pelambrera (para él sí lo es, ¿no?) y mostacho, que son solo 47 segundos de vuestra vida.

 

 

 

 

Y ahora, pensad. Pensad que acabamos de ver ese alegato de Will Smith porque el susodicho primero cumplió su sueño de ser cantante para posteriormente lograr el de ser actor, leyendo unas frases escritas por un guionista que cumplió su sueño de escribir argumentos que llegaran a convertirse en las palabras interpretadas de una película, filmada por unos cámaras cuyo sueño de trabajar en Hollywood se cumplió tras ser gestado desde sus primeros pinitos con una inicial filmadora; y en esa escena debe existir un largo etcétera de casos idénticos. ¿A cuantos de ellos calculáis que alguien les dijo en algún momento de su vida que no podrían hacerlo?

Nunca dejéis que nadie os diga que no podéis hacer algo.

Porque nosotros nunca dejaremos que nadie nos diga que no podemos ser escritores.

 

 

See you, Sun

Hay tres acontecimientos que se producen inexorablemente cuando arriba el mes de agosto, o al menos es así en el hemisferio que hemos decidido llamar norte y que hemos optado por colocar por encima de la línea del ecuador (porque aunque suene a locura extrema, si le damos la vuelta al mapamundi igual nos toca reconocer que lo mismo da como se coloque… Si el ser humano de aquel momento hubiese decidido que la Antártida estaba arriba en el mapa, a nosotros no nos tocaría ir cabeza abajo ni nada de eso). Bueno, empezando de nuevo: hay tres cosas en el hemisferio norte, sí, el de arriba (de momento), que siempre suceden en el mes de agosto de arriba. La primera, que todos los programas de televisión sostienen que se nos viene encima la peor ola de calor desde el año 9, o el 1153 a.C., o el 1153 sin indicar a.C. (es decir, el 1153 d.C., claro), o del siglo, o del milenio (que en la coyuntura actual, del siglo o del milenio tanto monta, monta tanto). La segunda, que todos los telespectadores que visionan dicha noticia le responden al televisor con sorna, con enojo o con una mezcla perfecta de ambas que “¡Menos mal que nos habéis avisado, no lo habíamos notado! Venga, vamos a colgar el abrigo en el armario, que dice la tele que ya podemos hacerlo”. El aparato de televisión no puede contestar, claro, pero eso facilita la tarea dado que, si el mismo saliera respondón, se podría iniciar una trifulca, y con este calor pues casi que no apetece pelearse un rato… Y el tercer suceso impepinable del agosto del hemisferio septentrional acaece en la blogosfera también boreal: todos los blogueros postean una entrada en la que se anuncia a los cuatro vientos un “Cerrado por vacaciones”, con una despedida muy estival pero algo insulsa (porque con el calor no apetece estrujarse el coco) y un “Nos vemos en septiembre!!!”. Sí, esto es así como que el agua moja (lo que viene muy bien durante esa peor ola de calor de la historia que dice la tele cada dos por tres). Pero en el Otro Mundo nos jactamos de ser diferentes, de no movernos al son de los demás, de proyectar nuestro propio camino sin perseguir el de ningún otro, y por eso no os vamos a dejar con una simple entrada de despedida insulsa, ni pensarlo.

¡Os vamos a dejar con una simple entrada de despedida insulsa y un refrito extra! Hala, ya no podéis quejaros (que más os vale no quejaros, porque no disponemos de hoja de reclamaciones). Pues eso, que si bien es cierto que os abandonamos a vuestra suerte hasta septiembre, también lo es que os incluimos algo más de chicha en la entrada aunque el contenido ya sea un tanto añejo, aunque no por ello deje de ser algo especial. Para nosotros, al menos (que para algo somos los que escribimos, ¿no?).

“Las crónicas del Otro Mundo” ha tenido mucha suerte en la blogosfera, muchísima, en lo que se refiere a followers activos, y muchos amigos, dicho sea de paso, que han aprovechado el momento adecuado para hacerse con la novela, con lo cual os hacemos la pelota y os agradecemos a todos la oportunidad y el interés. No obstante, hemos carecido de fortuna en lo que referente a entrevistas y críticas (fuera del entorno de Amazon, se entiende). Con respecto a estas últimas, hemos bregado varias veces por obtener alguna reseña en algún blog o alguna página; no obstante, a día de hoy, hemos conseguido una o ninguna (más bien lo segundo). Lo seguiremos intentando, no nos queda otra: #LMEPL, así que hacia adelante. En cuanto a entrevistas, sí llegamos a conseguir que nos publicasen a principios del año pasado una en el blog de Alquibla: una mirada al mundo de las bibliotecas, que igual por el nombre ya os podéis hacer una idea acerca de lo que versa dicha página (y si no, intentadlo otra vez porque, por mucho calor que tengáis, el cerebro no se reblandece tanto como para no pillarlo). Pues bien, seguro que ya lo habéis adivinado: dicha única entrevista sobre LCDOM es el refrito que os ofrecemos, para que le echéis un ojo si os apetece antes de que os dediquemos nuestra insulsa despedida por cierre estival.

 

Entrevista a Adrián Belmonte y Carlos López, escritores

1. ¿Quiénes son Adrián Belmonte y Carlos López?

Carlos: Nací en Elche hace 36 años, soy Ingeniero Informático y en la actualidad trabajo como Analista de Core Bancario para una importante entidad financiera. Anteriormente he estado empleado en lugares muy diversos, tales como la Embajada de España en El Salvador o el Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial Esteban Terradas. A lo largo de todos estos años he tratado de compaginar mi vida laboral con mi afición por la literatura, para finalmente lograr publicar una primera novela, escrita a cuatro manos.

Adrián: Soy un ilicitano de 36 años que tuvo la enorme suerte de recibir la propuesta de realizar una obra conjunta por parte de un gran amigo, con lo que gracias a él ambos nos hemos convertido en escritores. Aparte de ello, soy Diplomado en Biblioteconomía y Licenciado en Documentación, aunque la disciplina hacia donde realmente me he orientado ha sido la archivística. He publicado algún trabajo sobre archivos personales y familiares de la Región de Murcia, pues allí es donde estudié la carrera, y también impartí un curso sobre fondos personales vía online.


2. ¿Desde qué momento supisteis que os queríais dedicar a la escritura? ¿Creéis que es vocacional?

Creemos que todo escritor de ficción lo es por vocación; no se puede obligar a nadie a escribir una novela con afán de plasmar lo que se tiene en la cabeza si no lo lleva dentro de antemano. Alguien que no recibe una recompensa endógena al escribir, alguien que no se siente bien tras terminar unos párrafos y pensar que son buenos tras revisarlos, no puede ser capaz de ser escritor. Rotundamente sí: los novelistas lo son por vocación. Es por ello que, al llevarlo dentro, la chispa siempre surge pronto, durante la etapa escolar, donde te ves escribiendo algún relato corto sin ni siquiera saber qué es eso mientras el resto de compañeros hacen cosas más “normales” para su edad. A partir de esos primeros y bisoños esbozos, los dos hemos ido escribiendo más para nosotros, y en ocasiones para relatar crónicas de eventos con los amigos para compartirlas con ellos mismos. Pero desde el día en que decidimos crear una obra conjunta, ambos nos hemos ido empujando mutuamente para no perder el hilo de la historia y al fin llevar a buen puerto una auténtica novela. Alquiblaweb


3. ¿Qué queréis transmitir con vuestro libro escrito de forma conjunta? ¿Qué la diferencia del resto?

Pretendemos transmitir bastantes cosas, la verdad. De hecho, creemos que sin entrar a valorar la obra, su mera existencia ya transmite una sintonía entre dos autores, porque aunque no hayan dejado de haber discrepancias en bastantes lances de la novela, los hemos solventado y enriquecido la novela desde el consenso. No todos los autores son capaces de llegar a un acuerdo, la escritura es algo muy personal y no muchos aceptan ceder un ápice sus letras ante la opinión de un segundo de a bordo. Por ello creemos que la publicación de la novela en sí ya transmite un logro cooperativo. En cuanto a su contenido, hilando esto con la segunda pregunta, principalmente queremos transmitir una idea nueva, una idea original, y en realidad creemos haber encontrado esa idea que diferencia “Las crónicas del Otro Mundo” de otras novelas. A su vez, es una historia en la que el lector puede ahondar en sus pensamientos más allá de lo que ha visto reflejado en las grafías estampadas. Planteamos una historia impresa, que se lee de manera literal, pero que también ha de ser interpretada, y ahí es donde el lector puede llegar más allá: esto es justamente lo que propone la literatura, desarrollar pensamiento más allá de sus páginas, y pensamos que eso es lo que hemos conseguido.


4. ¿Puede ser leídas por cualquier tipo de público?

La ciencia ficción y la literatura fantástica obtienen su mejor acogida entre el público juvenil y el joven adulto, y a este respecto pensamos que es cierto que “Las crónicas del Otro Mundo” puede llamar más la atención en dicha franja de edades. Ahora bien, nunca pretendimos realizar una obra dirigida exclusivamente a un público concreto; más bien al contrario, quisimos plantear algo que pudiera resultar interesante a todo tipo de lector. Es algo que cuidamos durante el desarrollo de la novela, ya que aunque nuestra pretensión era crear algo nuevo, no queríamos escapar de los sectores comerciales y que la historia terminara siendo simplemente “un bicho raro” demasiado independiente. También contábamos con razones prácticas: si la historia era demasiado experimental, estaba claro que ninguna editorial apostaría por ella, por falta de público.

Con todo ello, si bien la primera parte de la novela podemos catalogarla plenamente dentro de la literatura juvenil, a medida que la historia va avanzando el tono de la obra se va volviendo cada vez más oscuro, acompañando al lector en la decadencia en la que va degenerando el “Otro Mundo”, dando mayor contenido a esos lectores que independientemente de su edad buscan algo más, pero sin caer en una narrativa demasiado densa y opaca.


5. ¿Cómo surge la idea de escribir y plasmar en un papel vuestra novela?

Bueno, para explicar cómo decidimos realizar una obra conjunta hemos de remontarnos un par de décadas. Ambos autores nos conocimos en el instituto e hicimos buenas migas. Tras ello, coincidimos en la asignatura optativa de Teatro, en la cual se nos pide a todos los alumnos de la clase proyectar cada uno un personaje, con su historia, sus características y personalidad, para finalmente ponerlos en común y realizar un guión en el que todos tengan cabida. Por alguna razón que ya no recordamos, ambos decidimos fusionar el pasado de nuestros respectivos personajes, lo cual abría nuevas posibilidades en el futuro libreto que no ofrecía el resto de protagonistas ideados por los demás alumnos. Tanto la profesora como nosotros quedamos muy satisfechos con el proceso y el resultado, pero aquello había quedado ahí más como una anécdota que como algo relevante.

Fue a finales de 2008 cuando, recordando ese lance estudiantil, Carlos propone realizar una historia conjuntamente, como entretenimiento para ambos más que otra cosa. Las instrucciones formuladas para crear dicha narración eran bastante simples: uno escribía un capítulo y se lo enviaba al otro, que debía continuar la trama anterior sin alterar nada de lo que se hubiera plasmado en tal escrito, y una vez redactado reenviarlo bajo las mismas condiciones. Así fue como empezamos “Las crónicas del Anti-Mundo”, que era el nombre provisional de aquel relato. Con el paso del tiempo y los capítulos cruzados, conforme iba avanzando la historia, más nos íbamos convenciendo de que esas páginas que teníamos entre manos podían resultar más que un mero entretenimiento para dos escritores aficionados, y estando aún inacabada pensamos que valdría la pena presentarlo a algún editor. Para optimizar nuestros recursos aparcamos las condiciones originales de acción-reacción en los capítulos y fuimos más laxos, dando a luz muchos capítulos compartidos y perfilando los anteriores, hasta que a principios de 2014 finiquitamos lo que llegamos a denominar la “versión beta”. Era cierto que habíamos concluido, pero al verla completa pudimos ver con claridad que tenía aspectos que pulir: la historia debía ser la mejor posible que sus características le permitieran, y lo que en ese momento teníamos entre manos no explotaba todo el potencial de la misma, con lo que debíamos replantear lo que habíamos escrito. Depuramos introducción y desenlace e introdujimos cambios sustanciales en el nudo, hasta el punto de que el capítulo con el que Carlos dio origen a la historia desapareció de la novela. Medio año después creímos que el producto resultante era el mejor que podíamos obtener atendiendo a la idiosincrasia de la obra, con lo que la dimos por concluida definitivamente.


6. ¿Qué mensaje le daríais a vuestros lectores antes de que empezaran a leer vuestro libro?

Realmente les pediríamos una cosa muy sencilla: que le dieran una oportunidad a nuestra novela. Es muy fácil comprar o sacar de la biblioteca una novela de un autor conocido o que al menos tenga mucha visibilidad por aparecer en el sello de un grupo editorial grande, pero el caso que nos ocupa es distinto. Somos dos autores desconocidos para el gran público que ofertan una novela de más de novecientas páginas, y, como lectores que también somos, reconocemos que es más cómodo ir a por algo que conoces o, si no conoces, algo más llevadero, con menor volumen de páginas. Por eso, lo único que queremos solicitar a los lectores es una oportunidad para “Las crónicas del Otro Mundo”, una novela que en ocasiones puede resultar compleja, pero que en general pensamos que es a la vez de lectura fluida y amena.


7. ¿Os gustaría que vuestros libros fueran traducidos a otras lenguas?

Que “Las crónicas del Otro Mundo” fuera traducido a cualquier otro idioma sería una de las mejores señales que podríamos recibir, por supuesto. Significaría que alguien ha pensado que, basándose en la opinión de tantos otros, valdría la pena que nuestra historia fuera leída por más personas. Dado que el lenguaje se creó para comunicar, romper la barrera del idioma por medio de la traducción para brindarle a más gente la ocasión de darle una oportunidad a nuestra obra sería una de las mayores satisfacciones que podríamos obtener.


8. ¿Creéis que es imprescindible tener presencia en redes sociales, etc. para darse a conocer?

Por supuesto, si quieres una mínima visibilidad es absolutamente obligatorio, y más cuando publicas con editoriales independientes de los grandes grupos editoriales. No basta con tener un perfil y repetir hasta la saciedad “He publicado tal libro”, esperando sin más a que lleguen los likes, sino que además de tener presencia en redes sociales hay que saber moverse y proporcionar entradas con valor añadido. Por ejemplo: “Las crónicas del Otro Mundo”, además de tener perfil en Facebook y Twitter, también tiene un blog oficial en el que ofrecemos fragmentos de la obra y los relacionamos con las canciones que dichos relatos nos evocan, estando abiertos a comentarios para que los seguidores nos cuenten si a ellos les evoca otra canción, o cualquier otra cosa que les venga a la mente tras leer el fragmento. Funcione con mayor o menor acierto, es un ejemplo de ese “algo más” que hay que proporcionar para incitar al lector, para provocar su curiosidad acerca de lo que le ofreces.


9. ¿Pensáis que las editoriales ponen demasiadas trabas a la hora de publicar las novelas?

Con nuestra experiencia personal vivida, quizá no denominaríamos trabas a lo que nos hemos encontrado cuando hemos dado el paso de buscar una editorial que nos publicara. Ambos coincidimos en que el proceso ha resultado más frustrante que dificultoso, ya que solo tardamos ocho meses en recibir una respuesta afirmativa, lo cual nos parece un lapso no demasiado extenso para un escritor novel. No obstante, hasta ese momento tuvimos que bregar con muchos sinsabores, dado que, al parecer, desde el punto de vista de las editoriales, a un escritor desconocido no hace falta responderle que no te interesa su obra. Nadie te responde para decirte que no. Algunas editoriales avisan de que si no recibes noticias en un plazo determinado significa que no les interesa, y ese, paradójicamente, es el menos dañino de los casos. Unas editoriales ni siquiera responden que han recibido la obra, otras contestan que la han recibido y que te contestarán de forma afirmativa o negativa cuando la evalúen, otras tantas que la propuesta les resultaba interesante y en una semana nos responderían. Pero no, nadie te responde que no, y esa espera, esa incertidumbre, resulta muy dañina para alguien que tiene la ilusión de publicar su primera obra. En nuestro caso creemos que el volumen del libro, tan considerable, echaba para atrás a cualquier editorial al ser una apuesta arriesgada ya de por sí, al tener también autores desconocidos. También hay que mentar a las editoriales que responden enseguida: las que te llenan los oídos de elogios sobre la obra y la cabeza de esperanzas sobre publicación y difusión, para acabar el correo exponiendo que ellos, por el módico desembolso de un par de miles de euros por nuestra parte, se encargaban de todo. Por suerte para nosotros, finalmente encontramos una editorial emergente que decidió apostar por la publicación de “Las crónicas del Otro Mundo”, y la preproducción de la novela se produjo sin ningún tipo de inconveniente ni restricción, respetando el texto original por completo.


10. ¿Qué consejo le daríais a un escritor novel que quiere ver publicada su primera novela?

El primero y principal sería no ceder demasiado pronto ante la desesperación: es cierto que acabas de concluir tu primera novela, que estás esperanzado y que tienes toda la ilusión del mundo con motivo, pero sin paciencia todo este cúmulo de emociones se vuelven en tu contra. Eres un autor desconocido, con lo cual el mundo editorial está predispuesto a decir “no” (o a omitir una respuesta, que es su equivalente en el gremio) a la publicación de tu obra, aunque tú consideres que es buena. En nuestro caso, llegamos a enviar el manuscrito a una treintena de editoriales, y la respuesta afirmativa llegó al vigésimo quinto intento. Pero si se cede demasiado pronto ante la decepción que supone la falta de respuestas, se puede llegar a pagar miles de euros a una de esas editoriales que solo buscan hacer negocio con el autor, no con sus lectores, y en realidad puede resultar que sí existía una editorial seria dispuesta a publicar a dicho autor, a la que por desesperación este no ha llegado.

También queremos añadir un consejo de tipo más práctico: al enviar ese manuscrito original a una editorial, debería ir siempre acompañado de una propuesta de publicación en la que, más allá de la sinopsis, se explique cómo surgió la idea de la novela, se contextualice la misma y que justifique su edición. Desde nuestra experiencia personal podemos aseverar que la inclusión de dicha propuesta de publicación en el envío aumentó el interés de las editoriales que la recibieron.


11. ¿Tenéis proyectos futuros en marcha?

Esa es una buena pregunta, y no es la primera vez que nos la cuestionan. La respuesta es sí, los tenemos. Ahora mismo tenemos proyectada una nueva novela conjunta cuyos cimientos están bien apuntalados y dispuestos; al mismo tiempo, cada uno de nosotros de manera individual tiene también en marcha sus propios proyectos. En resumidas cuentas, esperamos que “Las crónicas del Otro Mundo” no sea nuestra única obra conjunta, pero también pretendemos desarrollar novelas por separado. Ojalá tengamos suerte y consigamos llevar a buen puerto nuevas publicaciones, tanto individual como conjuntamente.


12. ¿Alguna anécdota que contar?

Una de ellas ya la hemos comentado en la quinta pregunta: el germen de esta novela procede indirectamente de una asignatura cursada en el instituto, la de Teatro, en la cual desarrollamos una historia conjunta para unos personajes por primera vez. También podemos comentar que “Las crónicas del Otro Mundo” se ha gestado entre dos continentes, puesto que cuando Carlos envió su propuesta de escribir una novela conjunta se encontraba trabajando en la embajada español de El Salvador. Así es: necesitamos casi nueve mil kilómetros de separación para realizar nuestra primera obra conjunta, mientras que no nos habíamos animado a hacerlo viviendo en la misma ciudad y tras conocernos durante más de una década.

Y aquí es cuando en esta entrada llegamos a nuestra despedida insulsa y casi obligatorio cierre por vacaciones. En septiembre nos volveremos a ver las letras, estimados entusiastas de la blogosfera, pero sin ningún otro particular que notificar para entonces. Bueno, un momento, ahora que lo decís… Quizá en septiembre sí tengamos algo nuevo que os queramos contar. Quizá, solo quizá…

Y lo de “quizá” es la mayor mentira cochina que hemos escrito en nuestra vida, porque el mes que viene sucederá algo que LCDOM se muere por contaros. Pero bueno, estamos en agosto, y ahora solo resta despedirse por vacaciones.

No solo quizá...

¡NOS VEMOS EN SEPTIEMBRE!

El líder psicópata

el líder psicópata (2)

“Al principio, sonríe y saluda a todo el que encuentra a su paso, niega ser tirano, promete muchas cosas en público y en privado, libra de deudas y reparte tierras al pueblo  y  a  los  que  le  rodean  y  se  finge  benévolo  y  manso  para  con  todos  […] Suscita  algunas  guerras  para  que  el  pueblo  tenga  necesidad  de  conductor  […]  Y para que, pagando impuestos, se hagan pobres y, por  verse forzados a dedicarse a sus necesidades cotidianas, conspiren menos contra él […] Y también para que, si sospecha de algunos que tienen temple de libertad y no han de dejarle mandar, tenga un pretexto para acabar con ellos entregándoles a los enemigos […] Y así el tirano, si es que ha de gobernar, tiene que quitar de en medio a todos éstos hasta que no deje persona alguna de provecho ni entre los amigos ni entre los enemigos.”

Creo que casi todos podríamos reconocer en esta cita a algunos de los personajes históricos que en algún momento del pasado, condujeron a la humanidad hacia un punto de inflexión terrible, hacia una época de calamidad de la que todavía hoy nos avergonzamos. Quizás, incluso si eres de aquellos que no sesgan su razón por ideas partidistas o sectarias, puedas reconocer en ella a algunos de los políticos que copan hoy en día las primeras planas en los medios de comunicación. Y es que a pesar de que dicha cita pertenece a un escrito de Platón, Politeia, de hace más de 2.500 años, parece que en el fondo, la naturaleza del ser humano no ha cambiado demasiado desde entonces.

Todo aquello en lo que crees, todo aquello que consideras que es justo y necesario, tarde o temprano termina siendo corrompido y radicalizado por un particular tipo de personas, cuyo comportamiento la ciencia todavía no se ha atrevido a catalogar como de patológico. Estos individuos, que por lo general suelen ser bastante hábiles en el manejo de las relaciones humanas, se mimetizan con el entorno social que les rodea tratando de pasar desapercibidos, buscando copiar la actitud de sus semejantes, alineándose con determinadas tendencias o ideas que en un determinado momento, pueden considerar como beneficiosas para sus intereses. Si bien estas ideas nacen con el objetivo del bien común, y en un principio pueden resultar útiles y productivas para la sociedad, con el paso del tiempo, la adhesión de estos individuos a dicha causa hace que esta comience a convertirse en algo tóxico, dañino. Pronto comienza su particular cruzada contra todos aquellos que no se muestran favorables, señalándolos con el índice acusador, haciendo uso de un discurso hiriente y jocoso, tratando con iniquidad y menosprecio a todos los que se atreven a contradecir a esa nueva corriente de pensamiento, dogma o credo que han decidido secuestrar, como si sus palabras —que no tienen más valor que las del insulto— fueran una verdad perentoria, de esas ante la que no caben medias tintas.

Da igual que se trate de una ideología política, un movimiento social o una creencia religiosa, estos individuos se dedicarán a envenenar los preceptos de esta causa hasta convertirla en una aberración. En cuestión de poco tiempo crean su propio ejército de zombis, de lacayos inconscientes que le dan la razón solamente para no verse señalados por el nuevo líder de la causa, pero este no es un líder como cualquier otro, se trata de un líder psicópata, y como tal, tiene su propia idiosincrasia. A pesar de su fervor, de su discurso agresivo, estos individuos no entienden en absoluto la idea que con tanto ímpetu parecen defender en público, incluso, si la experiencia te ha hecho generar una cierta habilidad para reconocerlos, es fácil darse cuenta de su cómica actuación, y que todos esos aspavientos, todas esas blasfemias que vociferan con tanto ahínco no es más que una burda interpretación de sus sentimientos, ya que en realidad, no les importa en absoluto aquello que proclaman con tanta vehemencia. Una vez finaliza su teatrillo, se retiran a una esquina oscura y con el rostro entrecortado por la sombra de su dicotomía moral, puede verse como el frío brillo de sus ojos relampaguea con destellos terribles: el obsesivo reflejo de una ambición desmedida.

“El psicópata  muestra  la  más  absoluta  indiferencia  ante  los  valores  personales y es incapaz  de  comprender  cualquier  asunto  relacionado  con  ellos.  No  es  capaz  de interesarse lo más mínimo por cuestiones que han sido abordadas por la literatura o  el  arte,  tales  como  la  tragedia,  la  alegría  o  el  esfuerzo  de  la  humanidad  en progresar. También le tiene sin cuidado todo esto en la vida diaria. La belleza y la fealdad, excepto  en un  sentido  muy  superficial, la  bondad,  la  maldad, el  amor,  el horror y el humor no tienen un sentido real, no constituyen una motivación para él. También es incapaz de apreciar qué es lo que motiva a otras personas. Es como si fuera ciego a los colores, a pesar de su aguda inteligencia, para estos aspectos de  la  existencia  humana.”

Cleckley, 1941

La mayoría solemos pensar que la psicopatía viene determinada por algún tipo de disfunción cerebral, una tara en los procesos cognitivos que regulan la conducta, pero el psicópata no es ningún enfermo, y sus capacidades mentales no están mermadas en ningún aspecto: simplemente podríamos decir que carecen de todo aquello que nos hace humanos. Para algunos, este comportamiento podría ser solo la manifestación circunstancial de un gen: el gen egoísta, que condiciona al individuo poseedor de dicha mutación, a actuar exclusivamente en beneficio propio. Una ventaja evolutiva que le permitiría progresar sobre una población de individuos altruistas de los que se aprovecharía como un parásito. Por otro lado, para los más  esotéricos, la falta de ese humanismo justifica la existencia de un “alma moral”, una esencia que completa la estancia del cuerpo haciendo que seamos capaces de sentir emociones, empatía, más allá de los procesos químicos y hormonales que condicionan nuestro cuerpo, siendo los psicópatas un claro ejemplo de ese recipiente vacío carente de esencia, de alma.

Y este comportamiento, que algunos pueden pensar que es excepcional, es más común de lo que parece, de hecho, solo en España hay más de un millón de “psicópatas puros” y entre cuatro y cinco millones de “psicópatas normalizados o integrados”, entre narcisistas, trepas, maquiavélicos o malvados, según el profesor de la Universidad de Alcalá de Henares Iñaki Piñuel. Por lo tanto, por probabilidad, por su agudeza mental y por su gran capacidad para la manipulación, no es de extrañar que muchos de estos individuos tarde o temprano terminen  alcanzando el poder. Una vez en él, haciendo uso de su particular parasitismo, el líder psicópata iría transformando el ejercicio democrático en un ejercicio de auto beneficio,  envenenando todos los órganos de gobierno, fagocitando aquellos elementos que pueda considerar como peligrosos para sus intereses “hasta que no deje persona alguna de provecho ni entre los amigos ni entre los enemigos”.

El nuevo líder se ve finalmente triunfador con nuestra connivencia, instaurado en su particular gobierno psicópata, pero obvia que si bien la selección natural le ha dado el don de la indolencia, este don también resulta ser su maldición, puesto que, a pesar de su éxito, no es más que un cascarón vacío, ahuecado por la laboriosa acción de un ejército de termitas que debieron comenzar a devorarlo desde ese mismo día en que hizo posesión del cetro, quizás aprovechando aquel instante en que subió al atril para dar su falaz discurso, colándose por sus zapatos, abriéndose camino en su interior, ensanchando todavía más todo ese vacío que atesora, todo ese espacio vacuo que siempre estuvo ocupado por la ambición. Mientras, las manos de estos dirigentes se vuelven cada vez más y más pesadas, incapaces de señalar a otra cosa que no sea su propio bolsillo. Un estertor ronco debe escucharse cada vez que tratan de proferir una nueva mentira, hastiados, colmados por la opulencia que han conseguido. Con el tiempo, sentados en su sillón, con los labios agrietados y resecos de tanto mentir, sus cuerpos se vuelven pesados como el plomo. El pecho se debe encoger, mientras miran de soslayo hacia un punto incierto de las tinieblas que ellos mismos han creado, incapaces de comprender todo el dolor que han causado, incapaces de sentir absolutamente nada. Su piel va adquiriendo lentamente un tono metalizado, como si estuvieran bañados en cromo, y sin que se den cuenta, son transmutados en una efigie o una  estatua con la que serán recordados, venerados por algún esbirro que gozó de su protección. Pero para el resto solo será eso: un monumento al horror.

El momento es Ahora

La espera es cruel. Como cuando una persona va a morir y lo sabe, pero ha decidido desasirse de tratamientos que le hacen sentir mal, de esas esperanzas que la animaban a seguir y que han terminado por desvanecerse, convirtiéndose en el peor de los desengaños. Como cuando la ilusión de la supervivencia se transforma en la certeza de una cuenta atrás imposible de detener y que significa, de la forma más literal que existe, el final. Como cuando se supone que un alma se desliga de la incertidumbre y acepta el ocaso en paz consigo misma, pero difícilmente puede ser así, sea o no un autoengaño. Cuando la vida se convierte en una contrarreloj con la compañía del dolor y la amargura, la espera hasta ese momento es cruel.

La espera es feliz. Como cuando alguien se compra un coche nuevo y cada día que pasa significa un día menos para tener entre sus manos un volante recién estrenado, mientras aspira el característico olor que despide un vehículo inédito: el suyo. Como cuando una persona espera a su pareja para darle una sorpresa que sabe a ciencia cierta que le va a encantar, y la aguarda con una sonrisa en los labios. Como cuando anticipa el entusiasmo que la otra mitad de su corazón va a emanar por todos sus poros, la espera hasta ese momento es feliz.

La espera es agridulce. Como cuando llega el aviso de que un ser querido ha sufrido un aparatoso accidente aunque milagrosamente ha salido ileso, pero aun se debe esperar para poder reunirse con él. La lógica alegría es incapaz de desbocarse, porque queda anulada para atreverse a brotar hasta comprobar en persona que dicho semejante se encuentra efectivamente indemne. El júbilo queda invalidado por el susto y la angustia no logra desvanecerse tras el ansiado encuentro, la espera hasta ese momento es agridulce.

La espera es vida. Como cuando a alguien le llega el estado de buena esperanza y solo cabe aguardar a que arribe dichoso el milagro de la vida. Como cuando un ser humano siente en su interior como, sin entender de qué manera lo consigue, está creando de la nada una persona en miniatura, y solo sabe aguantar con una impaciencia radiante el momento de conocerla sin que medie un monitor como sustituto del gozo por llegar. La espera hasta ese momento es, literalmente, vida.

La espera es eterna. Como cuando un escritor bisoño rezuma ilusión y éxtasis tras concluir su primera obra y, colmado de esperanzas, envía su manuscrito a varias editoriales. La expectación no va de la mano de la paciencia, y mientras una persigue un sempiterno crecimiento, la segunda se va agotando de la misma forma en que se escurre la arena entre los dedos. Unos días parecerán meses, unos meses parecerán años, y la ausencia de respuesta parecerá toda una vida y varias reencarnaciones. Todo ello sin contar que dicha demora en algún tipo de respuesta puede convertirse en perpetua… La espera hasta ese momento puede ser eterna.

La espera puede esperar. Los sueños de una persona siempre se disponen en cola por defecto, aguardando para cumplirse en el momento perfecto, en la situación adecuada, “en cuanto se pueda”: de manera inevitable, los sueños se postergan. Trágicamente sucede que, para la mayoría de personas, nunca llegará ese momento perfecto, dado que cada día de la vida presenta ventajas e inconvenientes, y esa circunstancia excelente que se aguarda para dar el paso y cumplir un sueño jamás acontecerá. Así que no esperes a ser demasiado mayor para disfrutar de esa ambición en plenitud, no esperes a que resulte tarde para culminarlo de la manera codiciada, no esperes a que se convierta en una obligación autoimpuesta a realizar antes de conocer la muerte, con tal de no quedarte con esa espina clavada.

No esperes. Jamás dejará de ser cierto que nunca es demasiado tarde para cumplir tus sueños, pero lo que no debes olvidar es que, al mismo tiempo, nunca es demasiado pronto para realizarlos y, porque no, crear otros nuevos para también conseguir alcanzarlos. La vida es demasiado larga para pasarla entera esperando, y demasiado corta para vivirla sin disfrutarla.

El recuerdo encadenado

Probablemente una de las situaciones más insondablemente tristes y dolorosas, inhumanamente dolorosa, sea el momento en el que alguno de tus abuelos, o padres, o cualquier ser querido dedicado a criarte en tu infancia, deja de acordarse de ti. La vida puede haberte golpeado con severidad, te puede haber machacado, puede haber conseguido que el resto del mundo te trate como a la más ignominiosa de las escorias, que aún así dichos momentos jamás lograrán resultar tan traumáticos como el instante en el que esa persona tan amada realiza la más amarga de las preguntas.

“¿Tú quién eres?”.

Es ley de vida, de una vida que más pronto que tarde se verá abocada a la muerte. Es ley de muerte, en realidad. Muerte del valioso recuerdo, muerte de la persona que siempre ha habitado ese organismo durante toda la existencia de aquellos que lo idolatran, y que son los que padecen realmente ese golpe letal, por mucho que los sujetos maldecidos por cualquier tipo de demencia sean los objetivamente damnificados. Sus conexiones neurales se transfiguran en cables pelados primero, incompletos y defectuosos, hasta que llega el fatídico momento en el que estos se desconectan por completo. Eso es el horror, la infamia, la más abyecta atrocidad, que impotentemente corresponde al propio cuerpo de la desdichada víctima, que no puede sostener más la cordura que ha logrado sustentar hasta ese momento. No queremos hablar más de eso, la verdad. Queremos volver atrás, a un tiempo pretérito en el que esas fracasadas neuronas seguían luchando a brazo partido por seguir adelante; cuando todavía, de alguna de las maneras, conseguían su objetivo.

Antes de todo aquello, una pregunta recurrente para todos alrededor de dicha persona consiste en la que alega ignorancia ante una contrastada evidencia: ¿como es posible que esa persona no tenga ni idea de donde ha dejado las llaves apenas dos minutos antes, pero sepa con claridad meridiana lo que le ocurrió en su juventud, en su adolescencia, en su infancia?. Su almacén de recuerdos permanece intacto, pero su capacidad para crear recuerdos ya ha quedado, paradójicamente, en el olvido. Mientras tanto, la primera mascota permanece ahí, el día que le regalaron su primera bicicleta sigue vigente, y conoce a la perfección el punto exacto en el que se ubica la cicatriz en la que se cosieron aquellos primeros puntos de sutura para cerrar la herida y que tanto le hicieron sufrir, aunque el médico le repitiera falsamente y más de lo necesario que no le dolerían. Y aunque todos esos recuerdos no son perfectos, o mejor dicho, no son exactos y en ocasiones ni siquiera objetivos, sino que están ciertamente distorsionados por la vida, son entrañables, son hermosos, son dignos de continuar en ese cerebro que comienza a perder su impulso. Rebuscando entre toda la crueldad que rezuma el aciago hecho de ir consumiendo la capacidad de evocar el pasado, y aunque no resulte demasiado alivio, a su manera es hermoso que sean los momentos más bonitos y entrañables los que acompañan a esa persona hasta el óbito de su memoria.

Por eso queremos aquí desandar ese camino, para no quedarnos en esa tragedia consistente en extraviar los momentos más hermosos de una existencia, sino para permanecer en la época en que los más preciados instantes de una vida acuden a una mente cada vez que se requieren, o se necesitan, o simplemente porque se decide paladearlos una vez más. El primer beso y el primer amor, ya se encuentren estos dos momentos abigarrados o sean distantes, o el primer minuto de felicidad intensa, e incluso la primera vez en la que supiste por ti mismo lo que debías hacer, sin que otro ser humano, independientemente de su edad, adulto o compañero, te proporcionase la pista necesaria para indicarte como debiste actuar.

Este es el momento que hemos escogido para presentaros a Axel, un personaje más que decisivo de LCDOM, un arquero que cargará con una responsabilidad mucho mayor que él mismo, y que se manifestará como trascendental en el destino del Otro Mundo. Es algo que él no pidió, algo que le resultaba completamente ajeno, algo a lo que no sabía que se vería abocado hasta darse de bruces con el momento más crítico de su vida. Pero ese instante nunca se habría dado de no ser por otro momento crucial, ese instante de su infancia en el que su inocencia se transfiguró en decisión, en el que el titubeo se transformó súbitamente en el cigoto de su capacidad de elección, de atrevimiento, en la consecución de una acción que cambiaría el rumbo de su escaso bagaje en el mundo y le empujaría al resto del mismo convertido en arquero. Un momento que cambiaría el devenir del Otro Mundo llegada la hora. La ocasión que, con los años, se vería forzado a recordar como el trance que a la postre cambió su camino, sin saber todavía que también afectaría al de todos a su alrededor. El instante que inexorablemente y para siempre tenía la obligación de acudir a su memoria por todo lo que iba a significar para él. A este respecto Axel es uno más, porque a todos nos ocurre exactamente igual: aquel momento inigualable siempre retorna a nuestra memoria cientos, miles de veces, a lo largo de nuestro caminar hacia el ocaso.

Os presentamos el inicio del decimocuarto capítulo de LCDOM, que da paso a un recuerdo de la infancia de Axel, un recuerdo tan encadenado a su alma que, aunque quisiera, nunca conseguiría olvidar.

Capítulo 14: La manzana de Alley

Apenas tendría cuatro meses cuando derribó aquella manzana. Era curioso como un objeto tan inane podía decidir el papel de alguien en la vida. Aquella manzana no tenía ni voz ni voto en ningún plano de la existencia, y, sin embargo, le convirtió en arquero. Al parecer, aquella fruta sí que tuvo algo importante que decir, a fin de cuentas.

Tras tantos años transcurridos desde entonces, Axel se regodeó en aquella imagen evocada por su recuerdo: una manzana con la capacidad de decidir significativamente sobre el destino de los animales. Sonrió para sí mismo, imaginándose aquel fruto vegetal como parte de un espectáculo de feria: “¡pasen y vean, damas y caballeros! ¡la manzana con voz y voto en sus vidas!”.

Pero aquella manzana a la que se refería, desconociendo el hecho de si era por ser un fruto normal o bien, a pesar de tener la capacidad no lo hiciera por timidez, no hablaba. Tan solo había permanecido allí, colgando de aquel árbol, a una altura lo suficientemente considerable para que ni él ni ningún otro de sus hermanos se hubiese percatado nunca de su existencia. Una manzana verde y grande, colgada de la última rama del manzano más alto que jamás existió, o al menos eso decía su abuelo.

Axel no había visto la manzana que a la postre decidiría su futuro, tan solo correteaba y jugueteaba con Alley, Emeelea y Yörch, como correspondía a su edad. Tsaro estaba un poquito más alejado de aquella infantil algarabía, husmeando entre rosales y geranios, guardando en su archivo olfativo los aromas que desprendían según qué flores, y aprendiendo que algunas plantas tienen espinas de la manera en que todos los cachorros lo hacían tarde o temprano. A Axel también le vino instantáneamente a la cabeza ese recuerdo. Tenía claro que ese primer pinchazo en el hocico no se olvidaba nunca.

Volvió a su remembranza original y evocó el momento en el que su hermana Alley miró hacia arriba y la distinguió. Vio aquella manzana a unos dieciséis metros de altura, tapada por el ramaje y la frondosidad del follaje… Ciertamente, visto desde la distancia que daba el tiempo y la edad, aquel no podía ser un manzano normal. Alguien tuvo que experimentar con semillas de manzano y algún otro árbol gigante y parir aquel monumento vegetal que les cobijaba en la infancia con su imponente sombra. De lo que sí estaba seguro es de que daba manzanas; eso sí, que nadie le preguntara por qué lo hacía. Y en la rama más alta del engendro arbóreo, apenas visible (y eso solo desde algunos ángulos), se encontraba suspendido aquel pomo verde, enigmático y arcano, oteándoles desde su elevada posición. Filtrando la disposición de esa manzana bajo el punto de vista del arquero en el que se había convertido el husky, su colocación era inmejorable: si ese fruto hubiera sabido manejar un arco y hubiese querido acabar con ellos, él y sus hermanos habrían ido cayendo uno tras otro… Menos mal que tan solo era una fruta.

Pero, evidentemente, cuando la pequeña y dulce Alley la vio, no pensó en una estupidez tal como “cuando uno de mis hermanos sea arquero, dirá que su posición es inmejorable”, sino que, como cachorrita que era, la deseó con todas sus fuerzas. La deseó tanto que le dolía pensar lo inalcanzable que le resultaba, y probablemente también calculó lo inaccesible que era para el resto de todos ellos. Sabía que no podría conseguirla, ni siquiera era capaz de imaginar forma alguna de hacerse con ella, y al mismo tiempo comprendía que ninguno de sus hermanos podía tampoco ayudarla. Axel, a sus cuatro meses de edad, pudo notar el dolor que emanaba de su hermana en sus propios huesos, pero eso no fue nada comparado con lo que sintió al escucharla aullar de desolación, de pura y descarnada desolación. Un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo al recordarlo tan vívidamente. Parecía que hubiese ocurrido ayer.

Emeelea y Yörch también se habían quedado parados, y es que, a pesar de ser de la misma camada, todos sentían que Alley era el ojito derecho de todos y cada uno de ellos. No es que fuese la favorita de sus padres, sino que era la favorita de todos sus hermanos. Clavados sus ojos en Alley, Axel no había visto llegar a Tsaro, que había acudido a intentar consolar a su hermana, y es que en realidad poco más se podía hacer. Era algo absolutamente descorazonador.

Aquella fue la primera vez que Axel dejó que sus sentidos se aliaran con el entorno para encontrar una solución a un dilema, a los cuatro meses. Se concentró en el problema, y el problema no era que Alley estuviera abatida, sino la manzana que originaba su consternación, aunque seguía sin saber qué podía hacer.

Su mente inexperta se dispersó durante unos instantes, pero volvió a intentarlo: la manzana. Había que conseguir la manzana. ¿Cómo podía alcanzar la manzana? Intentó concentrarse en sus sentidos, y surgió… Aspiró el aire, y en esa misma bocanada le preguntó sin palabras “¿Qué me estás diciendo?”. Levantó el hocico, y con cada aspiración le cuestionó sin mover los labios “¿Qué es lo que realmente tengo que preguntarme?”. Clavó sus ojos en la manzana y le preguntó “¿Cómo llego hasta ti?”.

El aire le dijo que no podía alcanzarla. Algo en el ambiente le indicó que no buscaba alcanzarla, sino conseguirla. Sus ojos le dijeron que no tenía que llegar a ella.

Que era ella la que tenía que llegar a él.

No tenía que alcanzarla. Tenía que derribarla.