Una cuestión de gravedad

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La vida es un parpadeo de luz en la oscuridad

Life is a winking light in the darkness

Hayao Miyazaki

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Sentía la resistencia que mi cuerpo hacía contra el viento ­en aquella aspiradora gigante, en aquel espacio vacuo donde todos los cuerpos eran atraídos por igual hacia el centro de masas terrestre. Sentía la luz del sol girando en torno a mí, circundando mi cuerpo de manera constante. Sentía sus rayos traspasando mis parpados cerrados con cada rotación, con cada giro sin control que iba trazando a medida que me sumía cada vez más en aquel abyecto pozo de atracción infinita. Y en mi egocentrismo me negaba a aceptarlo, pensando que era el mundo el que giraba a mi alrededor, que los espacios planetarios e incluso, aquella fuerza que me atraía hacia el abismo y que nació de la singularidad en los primeros instantes del universo, no tenían más justificación que mi sola existencia; aunque en realidad, no era más que una subpartícula de aquel universo, un necio que ignoraba que el único que daba vueltas como una estúpida noria, era yo mismo en aquella caída libre.

         Con todo ello, desconociendo la difícil tesitura en la que me hallaba, mi cerebro seguía trabajando de la misma forma que de costumbre: seguía haciendo planes de futuro, proyectando mi yo en un espacio temporal del que no sabía absolutamente nada. Me seguía preocupando de un mañana que seguramente nunca existiría.

          Abrí los ojos y descubrí horrorizado la verdad. Y todos aquellos planes, todas aquellas promesas desaparecieron ante la evidencia: iba a estrellarme contra el suelo irremediablemente. Y en mi desesperación traté de zafarme de aquel feroz vórtice, luché contra el vacío de horizontes infinitos con enérgicos movimientos, pero no conseguí otra cosa que fatigarme y descontrolar todavía más aquella caída con aceleración constante. Fue entonces que me fijé que no me desplomaba solo, que habían muchos otros que lo hacían junto a mí, y que a pesar de compartir el mismo trágico destino, parecían mostrar actitudes muy diferentes entre ellos: algunos lloraban y se angustiaban ante la certeza del impacto mortal, otros se resignaban, limitándose a mantener el máximo tiempo posible aquella caída, abriendo los brazos y piernas para hacer mayor resistencia contra el viento. Algunos, como yo, simplemente se dejaban caer sin un atisbo de esperanza en sus rostros, girando cabeza abajo, cansados, sin encontrar ya motivos para seguir luchando. Sin embargo, entre toda aquella amalgama de hombres y mujeres que se precipitaban segundo a segundo contra el suelo, habían unos cuantos locos que se dedicaban a dar piruetas y cabriolas en el aire, que parecían estar disfrutando de aquella trágica situación. Se reían y lanzaban sonoras risotadas al espacio por el que descendían, despreocupados, asumiendo que no podían hacer nada por evitar lo inevitable, que al fin y al cabo la vida para ellos no era otra cosa que una caída más o menos controlada, metro tras metro, día tras día, gravedad o tiempo no les importaba, si nada, absolutamente nada pasará más allá del suelo. Que lo único importante era disfrutar de aquella experiencia, efímera si cabe, y hacerla lo más explosiva y espectacular posible, vivir lo que para ellos era simplemente… una vida perfecta.

El bueno, el tonto y el malo

El bueno. Ese que siempre estuvo ahí. Una persona rodeada de personas. Todo ser humano suele necesitar ayuda a diario, no nos engañemos, normalmente en acciones sin apenas relevancia en esta existencia que nos ha tocado llevar. En esas cosas tontas son varias las personas que se ofrecen a auxiliar. Algunas veces unas y otras veces otras; excepto una de ellas, que ofrece siempre su asistencia. Y ese “siempre” significa “siempre”. Considera que si alguien ha pedido ayuda es porque la necesita, y siempre se la ofrece simplemente porque le nace de dentro hacerlo así, porque ha creído que debía hacerlo así, e incluso porque le hace sentir bien tanto el hecho de ofrecerla como el de llevarla a cabo. Es su forma de ser y su forma de vivir, echar una mano independientemente de que el favor a realizar sea liviano e inane, o engorroso y agotador. Eso no importa, porque lo verdaderamente relevante para él es ayudar, y los beneficiarios se lo reconocen a base de sinceros agradecimientos y un más que merecido aprecio suplementario. El bueno no buscaba ninguna recompensa, pero eso que recibe es lo que más le empuja y reconforta.

El tonto. Ese que siempre tiene que estar ahí. Un vasallo rodeado de personas. No le hace falta ofrecer su ayuda, dado que los demás ya saben que él está más que dispuesto a brindarla, y no hacerlo iría en contra de toda su idiosincrasia. Y es cierto: el tonto siempre está dispuesto a echar un cable a quién lo necesita, y ese “siempre” vuelve a significar “siempre”. No obstante, un matiz ha cambiado. El bueno está dispuesto a ofrecer ayuda, pero el tonto está obligado a ofrecerla por el mero hecho de que las peticiones que recibe en el fondo no son tales, sino exigencias. Disfrazadas, veladas, no explícitas, pero exigencias al fin y al cabo. En teoría no estaría obligado a prestar la ayuda, pero la expectativa de la gente a su alrededor es distinta. El tonto siempre ha ofrecido su ayuda y la ha llevado a cabo, por lo que la única conclusión posible es que la próxima vez que se le pida, volverá a realizar lo demandado. Y él lo hace así porque “sabe” que debe hacerlo por sistema, y esta vez su recompensa será un “muchas gracias” más pronunciado por mera inercia que por agradecimiento real.

El malo. Ese que nunca debió estar ahí. Un ingrato rodeado de personas. El malo no es un ser humano incapaz de ofrecer su ayuda, ni mucho menos; de hecho, es posible que lo haga mucho más de lo que parece indicar el vocablo que lo define. Pero solicitarle ayuda ya es otro cantar muy distinto. Una persona puede pedirle ayuda, sin exigírsela en modo alguno, simplemente porque la necesita en un contexto en el que es conocedor de que el malo sabe manejarse, lo cual no deja de ser lógico. Y el bueno aceptaría otorgar esa ayuda con una sonrisa fuera cual fuera el coste, y el tonto también lo haría porque está acostumbrado a que ese tipo de peticiones vayan siempre dirigidas a él. Pero la actitud del malo no es tan simple. En el momento de recibir la petición evaluará si el contexto se lo permite, en su sentido más amplio. Se negará si requiere más tiempo y esfuerzo de los que puede emplear, cosa que ni el bueno ni el tonto se plantearían. Se negará si le supone un agravio físico, mental o moral, cosa que, aunque suene extraño, tampoco el bueno ni el tonto se plantearían. Y aunque todas estas condiciones no le impidieran efectuar la ayuda que le piden, si tiene claro que le están planteando una exigencia porque los demás creen que es su deber acatarla a pesar de que pueda importunarle, el malo se negará, cosa a pesar de la cual el bueno consentiría y el tonto acepta como modus vivendi. Y como es “normal”, todos aquellos que rodean al malo lo tildarán de desagradecido, de egoísta, de desleal,… de mala persona.

Qué bueno es el bueno, qué tonto es el tonto y qué malo es el malo, ¿verdad? Pero, ¿qué pasaría si en vez de solo hacer zoom en sus caras decidiéramos hacer una foto panorámica? ¿Veríamos a alguien más?

Nunca se abrió un telón y apareció una persona diciendo “Damas y caballeros, con todos ustedes, ¡el bueno!”, y este se presentó entre aplausos. Qué va. El bueno siempre estuvo ahí, pero para el resto del mundo solo lo fue a partir del momento en que ellos lo descubrieron. Ellos pidieron algún tipo de ayuda, y el bueno emergió como lo que es: la persona solícita y servicial que se alegraba de poder facilitarles la vida. Y ellos se encontraron con una persona excepcional, a la que profesar franco agradecimiento por ayudarles en sus momentos de necesidad sin pedir, o mejor dicho, sin querer, nada a cambio. Y como es evidente, cuando encuentras a una persona que vale la pena, te quedas a su lado: así es como el bueno se topa con nuevos allegados y personas más cercanas en su entorno, lo cual, más que recompensa, le resulta una satisfacción.

Ellos no son estúpidos: aprenden. Comprueban que el bueno siempre ofrece su ayuda cuando la necesitan, lo interiorizan y piden cada vez más amparo, en cada vez más tareas, en cada vez más variados contextos, sabiendo que el bueno siempre acudirá en su auxilio. Ellos vuelven a aprender, y aumentan su tasa de demandas. Conocen de primera mano que, sea lo que sea que quieran, el bueno lo hará. Tiene que hacerlo. Siempre lo ha hecho, así que, por puro sentido común, no va a dejar de hacerlo en ese justo momento en el que le piden ayuda. En ese instante la petición muta a exigencia, y el bueno se convierte en el tonto: en realidad, se ha ido metamorfoseando en él desde que ellos comenzaron a aprender, pero eso es algo de lo que nunca se había dado cuenta. Darwin tendría mucho que decir en esto, porque el bueno simplemente se ha adaptado al medio, aunque este se haya endurecido para él. Las exigencias se convierten en mandatos, los agradecimientos en falsos y, como no podía ser de otra manera dado que el favor se ha metamorfoseado en obligación, las formas ya no son las mismas. Si tienes que hacer algo, el no poder realizarlo no es omisión de ayuda desinteresada, sino deslealtad.

El bueno se convirtió en el tonto, y, tras demasiada ayuda vertida en personas desagradecidas que no solo no aprecian su esfuerzo, sino que se lo exigen incluso de forma grosera y arrogante, el tonto explota. ¿Por agotamiento? ¿Por impotencia? ¿Por rabia? ¿Por qué su fortaleza mental ya no da para más? ¿Por abrir los ojos a la realidad? ¿Por una o dos de estas razones, o por todas juntas? Quién sabe… pero el tonto grita lo más alto que puede “basta”, ya en voz alta, ya en silencio, y se niega a obedecer órdenes si le resulta imposible o insano realizarlas. Ellos han rebasado su límite. Ellos, los mismos que, al encontrarse una negativa a su exhorto, se tiran de los pelos. Ellos, que tras días, meses, años e incluso décadas han estado abusando del tonto, juzgan como inaceptable su conducta. Ellos, los que deberían amparar a esa persona, hacer su vida más fácil, protegerla de los egoístas que quisieran aprovecharse de ella, le recriminan, le censuran e incluso le insultan porque en lugar de ponerse de rodillas como siempre, el tonto ha decidido permanecer en pie. Aunque, como es evidente, el que permanece erguido ha dejado de ser para siempre el tonto: aunque ahora renieguen de forma visceral de la criatura que han creado tras tantas vejaciones, ellos han sido quienes lo han convertido en el malo.

Ellos, los que han sentenciado que el malo es el culpable. No se sienten responsables de ese ente que se han esforzado en inventar a base de indignidades, por el mero hecho de que ellos no han cambiado. Y ellos tienen toda la razón: no lo han hecho. Siguen siendo los mismos, con las mismas nefastas conductas sobre su vasallo, con sus mismas censurables formas, y con un nuevo argumento tan irrebatible como estúpido. Ellos no son responsables porque han actuado como siempre: es el malo el que ahora actúa de forma diferente, y, por tanto, es el único culpable de que la situación haya empeorado. Y eso también es cierto: la situación ha empeorado. Para ellos empeora porque, en el colmo del absurdo, son incapaces de atribuirse ni el menor atisbo de responsabilidad de lo que han hecho. Ni saben, ni quieren. Para el malo empeora aún más, porque ellos seguirán acosándole con su falsa justificación. El malo ha cambiado, y quieren hacerle entender que está equivocado, que ellos llevan razón, que ha perdido el camino recto; que, aunque no lo comprenda, es él quién está actuando mal. Ellos nunca estuvieron interesados en ampliar el campo de visión: lo que desean, lo que les viene bien, lo que no están dispuestos a aceptar de otra manera, es seguir enfocando el objetivo al selfie del bueno que se convirtió en malo sin motivo alguno. Mientras tanto, el malo, tras tanta devoción hacia ellos, se queda solo. Ellos se encontraron a un bueno que decidieron convertir en tonto, hasta conseguir de forma intolerable que de aquella tonta crisálida emergiera un malo. Y a ese malo más vale denunciarlo como el culpable de todas las desdichas antes de que un examen de conciencia involuntario pueda revelar otra realidad distinta.

Nunca te equivocaste al ampliar el horizonte de tu mirada si lo que buscabas era la realidad, pero la verdad es así de amarga: el bueno, el tonto y el malo siempre fueron y siempre serán la misma persona, y el momento de cada uno simplemente depende de cuánto ellos quieran apretar.

Y ellos nunca estarán dispuestos a dejar de apretar.

El bautizo

–A mí ponme una cerveza sin alcohol.

–Para mí un tinto de verano, gracias.

–Bueno, tío, ¿entonces te han dicho algo o qué?

–Sí. A ver, me mandó un correo la editorial diciéndome que, siendo de Elche, podían contactar con el responsable de Ali i Truc para presentar el libro, porque allí ya lo han hecho alguna vez con otros títulos de la misma editorial, que está asociada con ellos. También me daban la opción de hacerlo en otro lugar si teníamos en mente alguno, que eso también podíamos hacerlo, pero en ese caso tendríamos que llevar nosotros los libros allí y tener una persona que se encargara de venderlos y cobrarlos.

–¿Lo presentamos en Ali i Truc mejor, no? Menos lío.

–¿Sí, verdad? En Ali i Truc y de puta madre, yo creo que daría bastante caché al evento hacerlo allí, para mí que es la librería más conocida de la ciudad, así que bien.

–Pues de lujo, les dices que allí y tal. Lo que no sé es donde hacen las presentaciones, igual las hacen en la planta de abajo.

–Pues no sé pero debe ser así, yo arriba no creo que haya sitio. Aunque total, para cuatro gatos que van a ir, seguro que con el armario de las escobas nos vale para caber todos.

–¡Ya ves, tío, no va a venir ni el tato a vernos!

–Para mí casi mejor, yo no he conseguido hacer en mi puta vida una exposición decente, ni en el instituto, ni en la universidad… Creo que ni en la discoteca borracho, por eso no follo ni pagando.

–¡Jajaja! En fin, de todas formas vamos a tener que hacer un evento en Facebook e invitar a nuestros contactos a la presentación, por lo menos para hacer el paripé. Nos falta hacer el perfil de Twitter de LCDOM, porque el blog ya lo tenemos.

–Sí, cuando presentemos la novela ya iremos moviendo más el WordPress.

–Entonces eso, le mandas el correo a la editorial diciendo que lo presentamos allí, y ya a ver qué te dicen sobre la fecha. Igual tendríamos que pasarnos un día por Ali i Truc y preguntar por el jefe, para que nos comente como hacen las presentaciones y tal.

–Cuando tú digas, que vas más liado.

–Vale, pues cuando tengamos clara la fecha veo que día podemos quedar y te pego un toque. ¡Joder, Piatti!

–La que ha fallado, el cabrón… ¡Nuno, vete ya!

***

–Un tinto de verano.

–Yo una tónica, sin hielo.

–Joder, sí que vas fuerte tú, cuidado no te vayas a emborrachar…

–Es que estoy resfriado, tío. Bueno, ¿qué? ¿Qué te ha dicho el de la editorial?

–Me dijo que podíamos escoger el día que quisiéramos, preferiblemente a partir de la segunda quincena.

–Pues a ver: si es entre semana tiene que ser por lo menos a las siete o las ocho de la tarde, porque antes voy de puto culo.

–No, yo creo que tiene que ser un sábado. Ese día solo abren por la mañana hasta las dos, pero a la peña le pasa lo mismo que a ti, que entre semana lo llevan chungo para ir a una presentación. Que si salen de currar y van pegados de tiempo, y ponte a aparcar por el centro y tal… Como seguro que ya van a venir pocos, si encima ponemos la presentación entre semana nos vemos allí el de Ali i Truc, tú y yo.

–¡Estaría muy guapo, le presentaríamos el libro a él para que se lo comprara a sí mismo!

–¡Jajaja!

–Entonces les decimos que la presentación la hacemos un sábado, ok. ¿Qué día caen este mes?

–Pues después del viernes, fijo. Vale, menuda chorrada…

–Voy a mirarlo en la agenda.

–Ya me lo he estudiado, creo que lo suyo sería hacerla el día 24. En el correo la editorial me ha dicho que los sábados las presentaciones suelen hacerse sobre las doce y media, o como muy tarde a la una.

–Vale, entonces, ¿qué? ¿A las doce y media?

–Tío, yo estoy cagao, prefiero ponerla a la una porque como la librería cierra a las dos, así no nos da tiempo a extendernos demasiado. Macho, es que yo no creo que pueda hablar ni cinco minutos seguidos, si nunca he sabido exponer nada.

–¡Oye, espera un momento! ¡Tío, que el 31 es sábado, cae Halloween! Es el día perfecto para presentarlo, ¿te imaginas?

–No me había fijado que era Halloween, la verdad… Lo que sí había visto es que en ese finde cae el Día de Todos los Santos el domingo, que se pasa como festivo al lunes. O sea, que, por ejemplo, unos cuantos de mi peña igual se van de puente, y cómo no estamos precisamente sobrados de audiencia, había pensado que mejor la semana antes.

–Ya, es verdad… pues qué lástima, hubiera estado guapo presentar LCDOM en Halloween.

–Nos pondríamos un par de calabazas en la cabeza para hacerlo más comercial, y así de paso no se nos ve la jeta, que seguro que nos restaría ventas.

–¡Jajaja, ya ves, tío!

–Hostia, es que cada vez que pienso en la presentación se me meten todos los nervios en el estómago, vaya tela… Estoy cagao.

–Tío, a mí cuando me toque presentar me quedo callado, y así hasta que quieran echarme.

–Pues entonces creo que va a ser como una presentación en plan película de cine mudo, porque si tú eres el que sabe exponer de los dos y te callas, vamos apañados…

–Bueno, pues ya tenemos decidido que sea 24. Mándales un correo diciendo que elegimos ese día a la hora que tú veas, y ya nos pasamos un día por la librería para hablar con el de allí.

–Ok. Tío, solo de pensar que tengo que exponer aunque sea delante de cuatro gatos me pongo peor que el Valencia de Koeman.

–Tenían que volver a jugar los míticos, tío: Djukic, Fernando, Albelda, el Piojo, Anglomà…

–¡Qué grande era Jocelyn, joder!

***

–Oye, tío, al final no puedo ir a la presentación que hay en la librería para ver cómo hacen esas cosas. Me ha llamado una amiga que ha tenido un accidente de coche, y no sabía a quién llamar porque si se lo decía a sus padres se lo tomaban a la tremenda y era peor, así que me voy a tener que ir en cuanto me vuelva a avisar, que están allí con jaleos de atestados y la ambulancia y todo eso.

–Joder, tío, vaya mierda. ¿Está muy mal o qué?

–No, dice que no es para tanto, pero estaba bastante nerviosa, así que me voy a tener que ir en cuanto me diga. Así que de momento vamos a mirar esto de la presentación hasta que me pegue el toque, y en esas me largo.

–Oye, que si tienes que irte ya no pasa nada, eso es más importante.

–No, si de momento está ocupada con todo el barullo que se ha montado, por eso me ha dicho que ya me dirá cuando necesita que vaya. Vamos a mirar esto rápido, y cuando me diga ella ya me abro.

–Bueno, vale. Entonces, ¿qué? ¿Qué te dijo la editorial?

–Pues eso, le dije que preferíamos la presentación el sábado 24 a la una y me contestaron que de acuerdo, que se lo comunicarían al de la librería. También les propuse esa hora porque tengo gente que quiere ir, o por lo menos eso dicen, que curran por la mañana, que antes de la una tendrían muy jodido llegar, pero que igual a esa hora sí podrían acercarse.

–¿Tú cuantos crees que van a venir de los tuyos?

–Yo qué sé… A mí me ha dicho un capazo de gente que va a venir, pero yo no pongo la mano en el fuego por todos los que me lo han comentado. Creo que entre colegas, familia y alguno de Murcia que venga se pueden juntar treinta por lo menos.

–Hostia, pues ya son treinta más de los que yo creía que venían.

–Y yo, y yo.

–Bueno, si eso es así seguro que tú traes más gente que yo, así que esto es lo que he pensado. Yo creo que con hablar veinte minutos, como mucho treinta, es más que suficiente.

–Veinte, tío, veinte, no me jodas. No sé si soy capaz de hablar dos minutos, me vas a dejar un cuarto de hora ahí balbuceando palabras que no se me van a entender, como si hablara en klingon o en xml.

–Sí, mejor veinte, ¿verdad? Con que hablemos diez minutos cada uno es más que de sobra. Total, para lo que tenemos que decir…

–Casi mejor si no nos presentamos y lo hacemos por plasma, como Rajoy.

–Y si compra alguien la novela, que la firme el de la librería, ¿no?

–¡Jajaja! Pero es que para eso primero tendría que comprarnos un libro alguien.

–Yo creo que si nos escuchan en la presentación, lo compran aunque sea solo para tirárnoslo a la cabeza.

–Sí, pero eso después de que se lo firmemos, para que nos joda más.

–¡Jajaja, ya ves! Bueno, vamos a seguir con esto, no sea que te llamen y te tengas que largar. Mira, como tú vas a traer más peña, lo que creo que es mejor es que empieces tú dando la bienvenida a la gente, los agradecimientos y esas cosas. Después puedes comentar todo el proceso que hemos seguido desde que empezamos el libro, como se nos ocurrió la idea, lo del instituto en la clase de teatro también, que eso mola, y como nos putearon las editoriales hasta que conseguimos encontrar una de verdad. Para eso entre cinco y diez minutos te da, ¿no?

–Joder, macho, yo me he quedado en eso de que tengo que empezar yo… Vaya tela, si es que me muero solo de pensar que tengo que ponerme a hablar delante de gente.

–Ya, tío, es una mierda. Ya nos podían dar el Nobel directamente y ya está.

–Ya ves… Bueno, supongo que es lo lógico, que empiece dando la bienvenida yo y todo eso. Por lo menos eso me lo sé de cabo a rabo, no va a hacer falta que me estudie nada que no entienda. Algo es algo.

–Después sigo yo y ya expongo directamente de qué va el libro: basado en experimentos de los años setenta, de donde surgen esas teorías y el porqué de ese universo virtual, aunque en realidad no es exactamente virtual, eso tendré que explicarlo bien para que se entienda.

–Y de paso a ver si lo pillo yo también, porque yo sigo sin tener ni idea sobre de qué va LCDOM, y eso que soy coautor. Para mí que el libro solo lo entiendes tú…

–No, tío, si eso es lo que mola, que sean los lectores los que interpreten su propia historia a través de lo que lean, ¿no te parece?

–Yo es que me lo puedo esperar porque ya te conozco y sé lo loco que estás, pero no sé yo lo que dirá esa gente.

–Van a decir que estamos tarados, pero eso ya lo sabíamos…

–Cierto, cierto.

–Bueno, pues cuando yo acabe y si queda tiempo, tú podías explicar por qué es una novela distópica. Bueno, yo creo que es lo que toca; ya si no tenemos tiempo y no quieres, pues lo dejamos ahí. Nosotros nos hacemos un guión cada uno, si quieres ves lo de esa última parte aunque sea cortita, y si no, pues directamente que gracias por venir y que si tienen alguna pregunta.

–Nos callamos para siempre y que se vayan, y punto. Bueno, lo miraré, a ver qué sale de ahí.

–¿Eso es tu móvil?

–Sí, me está llamando mi colega. Me voy, tío.

–Bueno, espero que esté bien la chica. Ya hablamos de lo que nos sale para la presentación.

–Ok. Estoy cagao, tío…

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–Hola, tío. ¿Cómo lo llevas?

–Joder, estoy cagao, macho.

–Pues ya ves, yo no sabes cómo estoy. Ayer estuve ensayando delante del espejo y medio qué, pero viniendo para acá en el coche lo estaba recitando en voz alta y me he quedado en blanco nada más empezar. Tío, me da a mí que voy a pillar el folio y voy a estar leyendo y ya está.

–Tú tranquilo, verás que al final te sale que te cagas.

–“Que te cagas” ya me sale, porque cagao ya estoy.

–Pero oye, ¿de dónde ha salido toda esta peña? ¿Has visto la gente que hay fuera esperando a que empecemos?

–Yo qué sé, tío, al final han venido todos en tropel.

–Aquí treinta no hay ni de coña. ¡Tío, si son el doble por lo menos!

–¿Tantos? No creo, ¿no? Pero da lo mismo, a mí me sobran todos. Hostia puta, yo no puedo, eh. La madre que me parió…

–Va, tío, lo vamos a hacer que flipas, y después a celebrarlo.

–Mejor si nos largamos ya a celebrarlo y cuando estemos borrachos venimos a presentar el libro, mejor.

–Ya, tío… Joder, ya se ha puesto la gente a entrar. ¿De dónde salen tantos?

–¡Yo qué sé! Ojalá hubieran sido los cuatro gatos que esperábamos… Oye, dice Paco que ya es la una, que empecemos cuando queramos.

–Ufff.

–Ya ves… Como esta gente se quede seria mientras empiezo, yo no hablo. Si se ríen seguro que mejor y menos nervios, pero como los vea a todos callados y atentos, me pongo a leer y no levanto la mirada hasta que se me acaben los folios.

–Va, tío, tú confía. Lo vas a hacer de puta madre.

–Eso tú, que sabes hacer estas cosas. Bueno… pues nada. Llegó mi San Martín, como el cerdo que soy.

–Suerte, tío: ya verás cómo te sale genial.

–Vamos allá.

–¡Joder, tío, qué guapo!

–¡Ya ves, de puta madre, te lo he dicho!

–Mira, ya has visto que he empezado nervioso y más o menos he seguido así, pero te juro que es la mejor exposición que he hecho en mi vida.

–Te ha salido de puta madre, tío, genial, de verdad.

–Y a ti también, macho: no sé si alguien habrá entendido lo que has dicho, pero lo que has explicado lo has explicado de puta madre. Te ha salido de la hostia, yo hasta me he sentido más listo y todo al ir escuchándote.

–Ha ido de puta madre, ya ves. Tío, tengo la muñeca hecha polvo. Hacía tiempo que no escribía a mano, y de tanto firmar la tengo muerta.

–¡Pues ya ves! Yo creía que íbamos a vender cuatro libros de mierda, y vaya tela. Oye, mi colega ha contado la gente que ha venido: setenta y seis, tío, setenta y seis personas ahí metidas para ver nacer a LCDOM.

–Vaya tela, dos anónimos con su primera novela y vienen más de setenta. Si escribimos otra ya la presentamos directamente en la ceremonia del Nobel.

–¡Joder macho, vaya subidón! ¡Qué de puta madre ha salido todo! ¡Ahora a emborracharnos, hostia!

– & – ¡YO SOY ESCRITOR, ESCRITOR, ESCRITOR! ¡YO SOY ESCRITOR, ESCRITOR, ESCRITOR!

 

 

Y colorín colorado, la ristra de celebraciones de LCDOM hemos acabado.

How rare and beautiful it is to even exist

Abro de noche la ventana y miro las estrellas dispersas, y todo lo que veo, innumerable, es el borde de mundos más lejanos.
Se extiende más y más, expandiéndose siempre, hacia afuera, hacia afuera, y siempre más afuera.
Mi sol tiene su sol, al que sigue obediente, gira con sus compañeros de círculos más amplios, y le siguen conjuntos mayores todavía, al lado de los cuales los más grandes son puntos.

Nada se detiene, ni puede detenerse.

Si o yo, los mundos, o todo lo que existe bajo ellos o encima volviéramos a ser en este instante una pálida nebulosa, a la larga, de nada importaría: avanzaríamos otra vez, sin duda, para llegar donde ahora nos hallamos, y luego seguiríamos progresando, sin duda, más lejos y más lejos.
Unos pocos cuatrillones de eras, algunos octillones de volumen no ponen en peligro el proceso ni lo alteran, pues no son sino partes, y cada cosa no es sino una parte.

Por más lejos que mires, siempre habrá más allá un espacio sin límites, un antes y un después.

Sé que lo mejor del tiempo y el espacio es mío; nunca he sido medido ni lo seré jamás.”

Walt Whitman (1819-1892)

Cumpleaños total

Al parecer siempre estamos de aniversario, pero esta vez no es culpa nuestra: wordpress nos ha invitado a otro cumpleaños del Otro Mundo. Casi mejor, porque él se acuerda mucho mejor de este tipo de fechas, vosotros lo sabéis bien. Parece que tenemos monopolizado el cupo de celebraciones: ya colgamos una entrada sobre el aniversario del día que recibimos el correo que nos confirmaba que iban a publicar “Las crónicas del Otro Mundo”, y hace mucho, mucho tiempo, una semana por lo menos, el cumpleaños de la puesta a la venta de LCDOM.

Pero al parecer, nunca es suficiente. El pasado día 30 wordpress nos avisó de que llevamos un añito a vuestro lado, de que ya habían transcurrido 365 días (en realidad 366, ya os lo chivamos la semana pasada) desde el momento en que empezamos a compartir con vosotros el universo cibernético, haciéndoos copartícipes de las idas y venidas de nuestra novela. El asunto es que siempre que hemos plasmado por escrito un aniversario nos hemos puesto trascendentes, metafísicos, serios, reflexivos, sensatos. No obstante, esta vez tenemos el cuerpo golfo. Por una vez queremos celebrar un cumpleaños virtual como una verdadera fiesta. ¡Música festiva, por favor!

Y ahora toca pavonearnos, sin modestia ni humildad, porque la fiesta se nos ha subido a la cabeza. Nos gustan nuestras cifras, nos gustan mucho, nos gustan mogollón. En este añito en wordpress, el blog de LCDOM ha recibido más de 18500 visitas por parte de más de 9000 visitantes (hemos pasado de esa cifra de chiripa en el último momento, pero para lucir palmito lo dejamos en números redondos, que tampoco pasa nada). Ahora es cuando decís vosotros “¡muy bien, chavales!” para que paremos de vanagloriarnos, porque tanto presumir queda feo, pero nosotros seguiremos jactándonos como si no hubiera un mañana porque estamos ebrios de celebración. Hemos alcanzado un total de 2660 followers (sí, vosotros, you, vous, voi, vosaltres, sie, אתה, que sois un capazo around the world), y nos habéis regalado más de 600 comentarios, que como ha sido por entero cosa vuestra no nos queda otra que convertiros en triunfadores adscritos. Así parece que estamos repartiendo el mérito, con lo cual parecemos menos engreídos… o quizá no, pero había que intentarlo.

Sí, vale, es cierto: hay bitácoras que tienen números mucho más estratosféricos (igual todos los que estáis aquí, quién sabe), pero nosotros hemos flipado con lo conseguido. Este blog nació para promocionar la primera novela de dos mozos desconocidos, así que en la vida podíamos habernos imaginado llegar a conseguir todo esto. A nosotros nos vale como triunfo, así que seguimos con la fiesta y nos colgamos la correspondiente medalla:

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Queremos compartir con vosotros un regalo. Lo llamamos así porque para nosotros lo fue: la primera aparición en “Las crónicas del Otro Mundo” de Lobo, para nosotros el personaje más carismático de la novela, y para varios lectores (si es que no nos han mentido, claro), su personaje favorito de todo el libro. Fue la presentación del que sería uno de los protagonistas más relevantes de la narración; fue la manifestación de uno de los intérpretes que haría progresar aquella historia. Es un placer para nosotros presentaros a Lobo tal como lo conocimos nosotros, al comienzo del capítulo 17 de LCDOM: “Réquiem por un brindis”.

“Prendido a una botella vacía y anclado en un bar. Cada vez que el vaso se derramaba garganta abajo, era imposible discernir si era él el que acababa con el licor o era la bebida la que dilapidaba a cada sorbo su vida. Si uno se fijaba lo suficiente, podía ver como el fulgor del fuego que antaño restallaba en sus ojos resplandecía por un mísero instante, para rápidamente convertirse de nuevo en la ceniza de cuyo color tintaba su vida. Cada centelleo formaba parte del pasado, y el triste polvo gris de su mirada era su presente, pero también su futuro. Pasaba las noches encadenado a una barra por intangibles eslabones que, por esa propia inexistencia, no podía romper, intentando perseguir la profecía de que ese camino le dirigía inexorablemente a la autodestrucción.

Esa autodestrucción que era su penitencia.

Él tan solo deseaba llegar al final de ese camino. Si se lo hubieran permitido, hubiera estado aferrado todos y cada uno de los días de lo que le restaba de vida a una botella que jamás estaría llena del todo si se encontraba a su alcance. Pero, por desgracia para él, aquel bar no tenía por costumbre dejar la botella en la barra para que pudiera vaciarla a su antojo, intentando diluir su pena en aquel licor de peyote que, sin embargo, pocas veces conseguía aplacar el remordimiento de su atormentada existencia.

Todas aquellas matanzas… todas ellas permanecían impasibles e inalterables en su cabeza, atenuadas en afortunadas pero irremediablemente escasas noches en las que el peyote encontraba la inspiración suficiente para aminorar aquella espiral de remordimiento y dolor. Pero el peyote no sabía de aquello, tan solo se introducía a empujones en su conciencia haciendo un butrón y distrayendo su consternada atención a base de masacres neuronales.

Las cenizas solo son los deshechos de una combustión, y la traza de color ceniza que presidía esa mirada que apenas se levantaba de aquel vaso vacío era el deshecho de la combustión de su alma. En aquel bar de los barrios bajos casi siempre vacío por las noches, donde solo el camarero le salvaba de la más absoluta soledad, levantó la mirada hacia el bull·dog que todas las noches esperaba a que llegara para ayudarle con su autodestrucción sirviéndole un peyote tras otro. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, no buscaba conversación y, desde el primer peyote que le sirvió, el camarero lo sabía. Y no le importaba lo más mínimo, tan solo le ayudaba en su autodestrucción porque sacaba tajada de la misma. Sin preguntas, sin zozobras, sin palabras siquiera. Tan solo tenía que rellenar el vaso.

Si no hubiera estado tan sumamente concentrado en autodestruirse, le hubiera dado las gracias. Pero eso no tenía cabida en su mortificación, y la única palabra que salió de su boca cuando el camarero le devolvió la mirada fue “Otro”. El bull·dog recogió la botella de peyote y llenó hasta arriba el vaso, apurando las últimas gotas que quedaban en ella. Sin esperar a que su cliente acabara con esa ronda, fue al almacén y recogió otra botella, y la colocó en el lugar que su antecesora ocupaba detrás de la barra. Todo el peyote de la botella vacía que ahora reposaba en el fondo del cubo de basura, al igual que el de tantas otras pioneras en su cometido, había sido consumido por un único cliente.

Pero el peyote no sabía de aquello.”

Podéis disimular si queréis, pero sabemos con certeza que os ha encantado nuestro regalo. Lobo mola, y lo sabes.

Bueno, y ahora ¿qué? Se nos acaba la fiesta y el post de cumpleaños bloguero. Pero LCDOM no termina, ni hablar. Por el blog no os preocupéis que seguirá plasmando pensamientos periódicamente, con lo cual no hace falta que organicéis suicidios colectivos ni nada por el estilo. Y la novela, ni te cuento: ella es inmortal, y, al igual que un virus, pretende perpetuarse en cada organismo que tenga a mano. Ya puestos, podéis contagiaros si así lo deseáis: 8 capítulos gratis en Amazon, el que no se asoma al Otro Mundo es porque no quiere, porque hemos dicho gra-tis. Quered, anda, quered, que a fecha de hoy todavía no se ha muerto nadie por echarle un ojo a “Las crónicas del Otro Mundo”. Y como os va a deslumbrar, id y difundid la palabra.

(Y esto, queridos niños, es un ejemplo de intento a la desesperada por conseguir que alguien decida hacer una mísera reseña de nuestra historia. ¡Por nuestro hijo, lo que haga falta!)

Venga, para despacharos a todos de la fiesta sin que nos pongáis mala cara, os ponemos la última canción para que lo deis todo y os vayáis contentos. ¡Gracias a todos por venir!

366 días

La unión se produjo un día, sin más, o quizá estuviera predeterminada desde muchos años antes, incluso lustros, sin que nosotros supiéramos a ciencia cierta que aquello terminaría por suceder. Tú me lo propusiste, y yo te di el sí. Fue así de sencillo. Tú tenías un plan para nosotros, y tuve claro desde el principio que merecía la pena intentarlo. Crearíamos nuestra propia sociedad, y, como poco, lo pasaríamos bien el tiempo que esta durara. Sí, por supuesto que sí: acepto. Sin ceremonias, sin contratos de por medio que nos obligaran a seguir incluso cuando no quisiésemos hacerlo: tan solo intentar convertir aquella unión en algo que disfrutáramos el tiempo que perdurara.

Fueron pasando los años, y, no sin altibajos, fuimos construyendo una relación que se iba fortaleciendo, hasta el punto que un día verbalizamos lo que ambos por separado llevábamos madurando en nuestras cabezas durante cierto tiempo atrás. Teníamos que ir más allá; podíamos llegar más allá. O al menos, podíamos permitirnos intentar llegar más allá, dar un paso más, estrechar el cerco para alcanzar un nuevo objetivo común. Pretendimos que nuestra mutua existencia fuera capaz de crear otra nueva e inédita más allá del perímetro de la adhesión que compartíamos. Queríamos crear vida, algo inherente a nosotros que los demás también pudieran percibir, pudieran tocar, pudieran incluso disfrutar. Algo que formara parte de nosotros, y que al mismo tiempo también formara parte del mundo de por sí.

No era una decisión que se pudiera tomar a la ligera. Tan seguros estábamos de nuestra empresa que decidimos resetearla hasta estar completamente convencidos de que, llegado el momento, estaríamos totalmente preparados para llevar a cabo aquella osadía. Y transcurrieron años, claro. Era esa determinación que te cambia la vida, para bien o para mal, aunque para otras personas pudiera no valer tanto dada la variopinta forma de pensar dependiente de la idiosincrasia de cada ser humano. Pero nosotros no lo tomamos sin más: el momento de atrevernos tenía que ser el perfecto. Y aunque la vida nunca te ofrece realmente ese instante exageradamente adecuado para tomar una determinada decisión, llegó el día en que nos dimos cuenta de que no debíamos demorarlo más. Ese momento, aquellas coordenadas temporales de la existencia unidas a que creíamos que, finalmente, estábamos en condiciones de crear algo bueno, acaeció. Y con total convencimiento de que aquel algo nuevo que pretendíamos crear sería realmente apreciable y apreciado, nos lanzamos a aquella aventura.

Empezamos a intentarlo. Con arrojo, con valentía, con insistencia, con cuidado de encontrar las mejores condiciones, con temor a no estar haciéndolo correctamente para que aquel proyecto llegara a ver la luz. Y posteriormente, también con dudas, con miedo a no ser capaces de conseguirlo, con una impaciencia que se transformó en pesimismo llegado el momento, sin darnos cuenta del todo de que era desmesuradamente pronto para obtener resultados. Pero no nos rendimos: aquel “algo nuevo” de los dos tenía que ver la luz, y aunque con algo menos de esperanza, seguimos adelante sin bajar los brazos.

El 19 de mayo de 2015, pasados tres minutos de las once y media de la mañana, tuvimos el aviso de que, casi con certeza, nuestro propósito parecía confirmar su existencia. Nos ilusionamos, nos ilusionamos de verdad: aquello no parecía una de las falsas esperanzas que hasta aquella fecha habíamos sufrido, que, por cierto, habían sido varias. Dos días después, a las 19:36, recibimos la anhelada confirmación de que los acontecimientos se iban a precipitar inusitadamente: lo que había sido engendrado gracias a nuestro empeño se convertiría en una realidad, ¡en 3 meses! Después de tantos sinsabores, y aunque a aquel trimestre se unieron treinta días más, aquello apenas resultó una demora: tan solo era una cuenta atrás para que se cumpliera nuestro humilde sueño.

El 25 de septiembre de 2015, Carlos López y Adrián E. Belmonte pudieron contemplar cómo, más allá de sus mentes, habían creado vida a través de las páginas de “Las crónicas del Otro Mundo”. Todo ese hervidero de ideas, planes y proyectos que habían rebotado dentro de sus cabezas había visto la luz. Se convirtieron al alimón en escritores, en orgullosos padres de una historia que hasta entonces nunca había existido, de un extenso relato que, por fin, estaba al alcance de todo aquel que quisiera disponer del mismo. Transmitiendo directamente desde las mentes de los autores a las letras impresas de sus hojas, “Las crónicas del Otro Mundo” salió a la venta.

5 años y 8 meses antes, uno de nosotros propuso al otro escribir una historia a medias simplemente para disfrutar de aquel viaje literario, y el otro dijo “sí”. Con el tiempo fuimos construyendo una historia que quizás, solo quizás, y si seguíamos aquel solazamiento mejorando tramas y personajes, podía tener visos de ser presentada ante algún editor sin que se nos cayera la cara de vergüenza por el resultado obtenido. Y lo perseguimos con tanto ahínco que llegó el momento en que supimos que aquello tenía vida propia, que los personajes tenían una vida propia dentro de un mundo que tenía vida propia, que las tramas tenían vida propia dentro de una historia que tenía vida propia. Que, como omnipotentes dioses creadores, habíamos creado vida partiendo de la nada, una existencia esculpida en páginas y páginas; una existencia no biológica, pero viva al fin y al cabo. Aquella obra tenía vida, y merecía tener la oportunidad de vivir. Y cuando llegaron aquellas coordenadas temporales que quizá no fueran el momento perfecto, pero que desde luego se le parecía bastante, nuestro manuscrito visitó decenas de bandejas de entrada de direcciones de correo electrónico de editoriales, siendo golpeado por la más sobresaliente de las indiferencias en la mayoría de los casos, y vituperado en manos de estafadores que se habían bautizado falazmente como “editores”. Pero, en fin, ya os hemos puesto al tanto de lo que ocurrió el 19 de mayo del pasado año. Lo conseguimos. Nos convertimos en orgullosos padres de una criatura que vería la luz del sol a través de los escaparates.

Y tras dar sus primeros pasos entre los lectores, ha llegado el día de entonar el Happy Birthday. Este pasado día 25 “Las crónicas del Otro Mundo” cumplió un año de edad, aunque eso tampoco sea cierto. Ni siquiera el 29 de febrero quiso perderse el primer año de vida de nuestra historia, y consideró que LCDOM debía celebrar su primer aniversario no como un libro más, sino con un año y un día a sus espaldas. 366 jornadas para conseguir su primera vela en la tarta.

Hace 366 días que se cumplió nuestro humilde sueño. Somos escritores, sí, podemos decirlo: hace un año nos convertimos en ello, por lo que también celebramos nuestro cumpleaños como tales. No ha cambiado nuestro mundo alrededor, pero sí la percepción de nosotros mismos, y eso es algo que no todos los logros de una vida pueden conseguir. Estamos orgullosos de haber sido capaces de crear vida más allá de los impulsos nerviosos que hacían mover nuestras manos sobre el papel, y os invitamos a que lo celebréis con nosotros, a que nos deis la enhorabuena, porque realmente nos sentimos merecedores de la misma.

El libro dio paso al blog, a estas letras que ahora estáis leyendo, y por esa única razón estamos aquí: compartiendo nuestro orgullo con vosotros, y nosotros vuestros singulares caminos. Si habéis llegado hasta aquí, compartid nuestra alegría: es una orden.

Muchas felicidades, “Las crónicas del Otro Mundo”, querido hijo: estamos y siempre estaremos orgullosos de ti.

Pd. Querido hijo, seguramente llegado este momento te hagas una pregunta crítica: “¿Y ahora qué?”. Sí, eres una historia prácticamente inédita para el gran público, pero ni mucho menos te puedes considerar una novedad. Puedes pensar que, finalmente, te has perdido por el camino, y tu Otro Mundo ha resultado abocado al anonimato.

Querido hijo, escúchanos bien: tú ya eres inmortal. Tú jamás podrás ser ignorado ya por aquellos que han absorbido tus páginas, al igual que otros muchos que no lo han hecho recordarán tu existencia. Pero no solo eso: la vida es una carrera, y te encuentras aún lejos de la meta. Te puede ocurrir de todo: puedes ser objeto de alguna reseña, puedes caer en manos de algún crítico aconsejado por cualquier conocido, puedes conseguir que cualquier cliente de Amazon decida leer tus capítulos gratis y concluya que vale la pena que hablar bien de ti. O puede que esto nunca ocurra, pero también puede que sí. Tus padres nunca van a dejar de luchar por tu supervivencia, y cada vez que alguien se asome a tus páginas, tú debes luchar por perdurar a través de esa persona. La vida es una carrera, y no debes perder el paso. La vida es una carrera, y debes sacrificarte por acabar en cabeza. La vida es una carrera, y no puedes arrojar la toalla sin luchar.

La vida es una carrera, y, con todas tus fuerzas, la debes intentar ganar.

Teclado bloqueado

Pocos son los afortunados que aún no han concluido sus vacaciones de verano. Ellos son los que disfrutan ahora de los días de sol, al menos en esta península cuya última movilización de la Pangea decidió colocar en el hemisferio norte.

Y otros retornaron a la imposibilidad de revivir ese reciente solaz. Volvieron los días de convulsión, de estrés, de ese fenómeno llamado síndrome postvacacional que siempre había existido, pero ningún profesional había bautizado hasta pocos años atrás. Es tristeza que, en continuo movimiento, decide mutar en depresión. Es apatía que decide travestirse en desidia. Días aún soleados pero grises, nublados para la percepción de un cerebro apesadumbrado, un cerebro en el que, en algunos casos, se puede presumir una dicotomía abrumada por el desconsuelo. Porque el cerebro puede estar funcionando para realizar las tareas de su empleo, pero sus neuronas pueden seguir de vacaciones sin haber obtenido permiso para ello.

El teclado está bloqueado. Posee un campo de fuerza que impide que de tus dedos consigan brotar palabras, que prohíbe que las teclas sean presionadas, que posibilita que las letras que lo forman permanezcan impolutas porque hay un cerebro incapaz de encontrar una mísera frase que dé lugar a otra que consiga continuarla. Y aunque alguna oración sea capaz de plasmarse en esa ficticia página en blanco, es borrada a los pocos (o muchos) instantes de nacer, porque parece carecer de un verdadero sentido o de un mínimo de talento. Es imposible. No es el teclado el que parece no funcionar. Son los neurotransmisores que saltaban de neurona en neurona los que parecen haberse suicidado, y por ese mismo acontecimiento serán incapaces de volver.

Finalmente, hay que asumir que has perdido. Deseas que solo haya sido esa batalla, pero inconscientemente te atemorizas, te aterras más bien, ante el hecho de que te hayan defenestrado por completo en dicha guerra. El teclado está bloqueado, y te horroriza. Es entonces, cuando eres incapaz de hacerlo, el momento de encontrar a alguien que te convenza.

Yo creo que el bloqueo de escritor existe. Un día te sientas ante la página o la pantalla en blanco para escribir y así siguen, en blanco. Tu cerebro se ha quedado mudo y se niega a comunicarse contigo.

Pero también creo que el 90% de las veces que los escritores decimos “estoy bloqueado”, en realidad deberíamos decir “tengo miedo a no ser suficientemente bueno”, “tengo miedo a tener una buena idea y desperdiciarla por mi falta de talento”, “tengo miedo a exponer mis pensamientos más íntimos al escrutinio del público”, “tengo miedo a no ser tan bueno como creo que soy”, “tengo miedo a que todos los que me dicen que me busque un trabajo serio tengan razón”, “tengo miedo a que en la primera entrevista que me hagan en televisión empiece a balbucear, y el mundo entero descubra que en realidad soy idiota”, “ahora mismo me apetece más ir a los billares con los colegas que romperme la cabeza buscando el adjetivo perfecto”, etc., etc.”

Quizá el fragmento escogido no sea alentador, pero ha sido aislado a conciencia. Tener miedo es normal; tener miedo es humano. Pero la propia experiencia nos tiene que haber enseñado en alguna ocasión que el miedo se puede superar. Ya fuiste capaz de plasmar todos tus pensamientos en un folio en blanco una, alguna, pocas, muchas e innumerables veces: eso demuestra que eres capaz de hacerlo de nuevo. ¿Por qué piensas que en el asunto que nos concierne tu mejor tú no está por llegar en esa página vacía que cree estar venciéndote?

¿Cuántas veces has conseguido someter ya a ese desafiante teclado bloqueado?

¿Todavía no te has dado cuenta de que ese espectáculo conseguirá continuar?

Cruel

La amo. Siempre la he amado. No desde que nací, no podía amarla sin haber tomado siquiera conciencia de la vida, pero creo que la amo desde que tengo uso de razón. Ella siempre estuvo allí, lo sé con certeza. Estuvo allí desde antes de que pudiera ver la luz del día, y eso no es un sentimiento arraigado: es una realidad.

Con cada vela apagada anualmente en una tarta de cumpleaños, con cada hoja arrancada del calendario, con cada día que veía amanecer y cada ocaso que fulminaba la luz del sol, más la quería. No sé cómo lo hizo para enraizar tanto en mí, a veces ni siquiera lo entiendo. Sin mover un solo dedo, sin siquiera pretenderlo, se convirtió en el amor de mi vida.

Por más que insista en ello y se me pueda tildar de repetitivo, no hay otra frase que lo describa mejor: ella siempre estuvo allí, es la pura verdad. En el primer minuto de felicidad intensa de mi vida, un momento inenarrable, prácticamente absurdo por su intensidad, inalcanzable de describir y mucho más imposible de revivir. En el momento más aciago de mi existencia, aquellos segundos que parecieron horas, meses, años, cuando el tiempo se expandió y sentí como me precipitaba en el más oscuro de los abismos durante un lapso eterno, sin poder siquiera ver mi silueta debido a la oscuridad de esas tinieblas, mientras una sola frase retronó de forma seca y amarga en mi cabeza una sola vez: “ya está, todo se acabó”.

Estuvo allí cuando este inadaptado imberbe entabló las primeras amistades que habrían de durar toda su vida, o al menos esa es la expectativa de mayor probabilidad. Estuvo allí cuando otros compañerismos acabaron por morir con el tiempo por falta de esmero en su cuidado, por carencia de reciprocidad, por mero olvido: por no dedicarnos a mimarlos cuando ambos debimos hacerlo. Estuvo allí cuando gané mi primer trofeo, cuando escuché por primera vez una canción del que acabaría siendo mi grupo de música favorito, cuando “padecí” la pionera de todas mis borracheras y la más merecida y consecuente madre de todas las resacas. Cuando redacté mi primer artículo en una revista científica y recibí elogios por el mismo. Cuando escribí mi primera novela. Cuando conseguí publicarla. Cuando la presenté ante 70 personas teniendo a mi lado a su coautor, uno de mis mejores amigos.

Ella siempre estuvo allí.

Pero un día me alejé de ella. Fueron los estudios los que me obligaron a aquella separación temporal, y ambos sabíamos que aquella transición sería pasajera, porque siempre volvería a ella. Con la certeza de cualquier verdad universal: el agua moja, y yo volvería a ella. No cabía ninguna otra realidad paralela. Era, es, el amor de mi vida.

Y alejado de su compañía, conocí a otra. Siempre perseguí renegar de aquel nuevo escenario, pero no pude hacerlo. Me acogió como nunca supe ni quise esperar, y comencé a apreciarla. Todos a mi alrededor me aceptaron con estima y satisfacción como si no tuviesen otra opción en el mundo, aunque tanto ellos como yo sabíamos que lo hicieron porque les dio la gana. Porque les caí bien, a pesar de no entender demasiado bien el porqué. Al igual que a la que había aposentado en la distancia, ella estaba allí en todos esos momentos. Cuando la criticaba delante de todas las amistades que había conseguido gracias a ella, con evidente jocosidad, por supuesto, ella estaba allí. Cuando hablaba maravillas con regocijo del momentáneamente apartado amor de mi vida, ella estaba allí, y no le importaba demasiado. No se sentía dolida, ni minusvalorada, ni ofendida: tan solo seguía acogiéndome de una forma cálida, amable, que yo nunca conseguí apreciar.

Ella estuvo allí cuando, gracias a ella y solo a ella, conocí a grandes personas y grandes amigos. Ella estuvo allí cuando surgieron las mejores oportunidades que yo habría de conocer nunca. Ella estuvo allí cuando descubrí que había algo capaz de provocarme agrado y satisfacción a lo que me podía dedicar para ganarme la vida. Ella estuvo allí en el más álgido momento de satisfacción personal, cuando, por fin, llegué a atisbar un futuro para mí, un futuro que afrontar con esperanza, con ilusión.

Pero la dejé. La dejé y volví.

Volví a ella, al amor de mi vida. Elche, mi ciudad, la que habita en mi corazón. Mi primer y verdadero amor.

Pero Elche ya no me quería. Sabía, sabe, que sigo enamorado de ella, pero a ella le daba, le da, igual. No sé por qué, ni tampoco lo entiendo, pero es otra verdad universal: el agua moja, y ella ya no me quiere. Conforme volví empezó a atizarme. Al principio de forma sibilina, paulatinamente con menos confidencialidad, y al final con atrocidad. Muchos me apartaron de forma cruel sin mirar atrás, siendo felicitados por los demás por su inicua acción, y ella estaba allí para verlo. Mi propio organismo, mi propia existencia, me incapacitó para seguir la vida como hasta entonces podía hacerlo, y ella estaba allí para vislumbrarlo. Aquel futuro que había contemplado al fin con ilusión desapareció por completo, ella se encargó de que no hubiera resquicio alguno por el cual pudiera atisbarlo, y estaba allí para paladearlo. Las personas más cercanas me traicionaron, apartando la mirada para no tener que observar mis súplicas y poder seguir viviendo tan felices, negando haber hecho lo que hicieron con la connivencia y silencio de los de alrededor, y ella seguía allí, mirando, disfrutando del espectáculo consistente en dejarme morir por dentro.

Y yo no puedo dejar de amarla.

Siempre que vuelvo a aquella otra ciudad en la que habité, me acoge de la misma manera: igual que la primera vez que la pisé. De forma cálida, amable, haciendo todo lo posible para que me sienta bien. Con personas que me siguen tratando de la misma manera, con peticiones que se esfuerza por cumplir; quizá con algo menos de ilusión, pero con el mismo empeño. Echo la vista atrás y fue en ella donde realmente viví mis mejores momentos, mi mayor satisfacción, mi mayor orgullo, un futuro para mí. Me gustaría sentir dentro de mí lo necesario para entregarme a ella y decirle “te quiero”.

Pero no puedo: no es el amor de mi vida. El amor de mi vida ya no me quiere.

Y yo no puedo dejar de amarla.

La falsa leyenda

Fue un curioso encargo por parte de un apreciado amigo. Embelesado como estaba por una chica algo mayor que él que para nada le convenía, quería sorprenderla con un detalle que sabía que le llegaría al corazón. Algo simple, algo sencillo, pero que probablemente tocaría la fibra sensible de aquella mujer, en cuya infancia se habían colado multitud de cuentos de hadas y leyendas místicas, recuerdos que guardaba con gran cariño en su interior. Él apelaría a esa memoria para conseguir su favor a partir de un triple presente: un disco de música gaélica destinado a rebrotar el ansia de ella por visitar tierra irlandesa, acompañada de una leyenda escrita a mano que rozara su corazón, para que la conjunción de ambos presentes la convenciera de aceptar acompañarle en un espiritual viaje a esa república.

La música era fácil de comprar, y una escapada a aquella mágica isla solo requería unos pocos clics y dinero… pero una narración que creyera poder conmoverla estaba fuera del alcance del enamorado. Nada encontraba por Internet que pudiera servir adecuadamente a sus planes, pero la providencia le otorgaba un posible as en la manga: un buen amigo… escritor. Acudió a él sin perder más tiempo del necesario, demandándole el favor que le pedía el corazón: necesitaba un relato de hadas, de príncipes, de princesas, de acantilados británicos, de muerte, de amor. Todos esos recuerdos de la infancia convencerían definitivamente a la chica de que él era esa persona que debía estar a su lado, estaba seguro.

Y antes de que cualquiera de esos regalos llegara a sus manos, ella acabó con sus esperanzas. Finalizada por su amigo escritor, que había tenido que hacer un totum revolutum con los personajes y contextos que debían tocar el corazón de aquella amante esquiva, aquella leyenda jamás llegó a ser leída por su destinataria y quedó relegada al olvido. Quizá era lo mejor: como presunta leyenda gaélica era una pesadilla conceptual, un maremágnum anacrónico de actores y lugares que apenas podían tener sentido alguno para Éire. No obstante, para un autor sus relatos siempre se niegan a morir olvidados. Si incluso una fotocopia arrugada hace dos décadas podía volver a existir, esta fallida leyenda celestina también lo hace ahora:

“Hace mucho, mucho tiempo ya, cuando los seres humanos compartían la tierra con elfos, duendes y sátiros, una antigua raza de hadas descendientes de la poderosa diosa celta Danu habitaba en armonía en los alrededores de Ailltean Mhothair, los acantilados de Moher, una vasta y hermosa extensión de rocas, abismos y desfiladeros que, a lo largo de sus ocho kilómetros de longitud, había visto romper las olas desde el principio de la creación. Las Tuatha de Danann, nombre de estas mágicas hadas, habían vivido en paz y concilio con la naturaleza, pero aquellos tiempos habían de acabar.

En cuanto arribaron a aquellas tierras los gaélicos, seres humanos procedentes de Iberia y comandados por su caudillo Míl Espaine, decidieron que ninguna otra criatura que no perteneciera a su especie habitaría aquel rincón del mundo. Las Tuatha de Dannan hubieron de renunciar a su pacífica naturaleza y combatieron con entereza aquella amenaza, pero no fueron rival para la crueldad humana y sucumbieron ante sus mortales armas. Tras capitular, todas las hadas se vieron obligadas a retirarse a un reino místico conocido como Faerie, paralelo al mundo del hombre, pero esto no resultó del todo así. Una de estas Tuatha de Dannan, Siomha, descendiente directa de la diosa Danu, logró evadir la vigilancia que los humanos guardaban para obligar al exilio al resto de su estirpe y huyó, permaneciendo en los alrededores de los acantilados sin que ninguno de aquellos bárbaros fuera consciente nunca.

Muchos siglos después, en aquellas tierras ocupadas enteramente por seres humanos, el monarca de aquel condado regía con mano firme los designios de su reino, y batallaba contra los ejércitos de los soberanos vecinos en pro de la defensa del que consideraba territorio de su entera propiedad. Tras una de estas ofensivas, los soldados llevaron arrastrando al pie de su trono a un prisionero de gallarda armadura, comunicándole que no solo era el capitán vencido de esa última reyerta, sino que se trataba nada menos que del Príncipe Eiden, heredero del vecino reino. Mas ambos no eran las únicas personas de sangre azul de la sala en aquel momento. A la derecha del Rey se erguía una dama etérea, de rizos rubios y brillantes, de mirada cálida y dulce a través de unos ojos de color verde esmeralda: la princesa Lanay. Cuando el Príncipe Eiden levantó la cabeza y la vio se sintió azorado: nunca había visto nada tan bello sobre la faz de la tierra, y al mismo tiempo le avergonzaba que aquel ser tan hermoso lo viera por primera vez como un prisionero de guerra, sucio y derrotado. No obstante, a pesar de que eso era lo que él pensaba, Lanay se encontró con sus ojos y vio bondad y ternura en ellos, y su cara reflejó una compasión que, al ser captada por su padre, no gustó nada al Rey. Este ordenó que lo recluyeran en los calabozos a régimen de pan y agua, encadenándolo por un pie al muro de su celda, para que su hija ni siquiera volviera a atisbar la presencia de Eiden. Sin embargo, para Lanay surtió el efecto contrario, y se sintió apenada por el destino del noble prisionero.

El Rey decidió entonces cambiar de táctica: si la princesa se sentía cariacontecida pensando en él como el noble prisionero que era, debía mostrarle que Eiden no era alguien digno de mención. Así fue como tuvo la idea de convertirlo en su paje personal, para así tenerlo presente con su hija como testigo mientras le ordenaba tareas vejatorias y humillantes, para que Lanay acabara por percibir a Eiden como un ser indigno de misericordia y de cualquier tipo de cariño. No obstante, cada vez que la princesa veía al nuevo lacayo de su padre, creía atisbar cada vez más en él a un ser puro, a alguien digno de confianza, a una persona que probablemente valiera la pena amar, aunque solo pudiera coincidir con Eiden en aquellos momentos en los que el Rey orquestaba tareas bochornosas para su paje. Mientras tanto, el joven, cada vez que veía aparecer el rostro de la princesa, más seguro estaba de que era cierto lo que le dictaba su corazón: se había enamorado perdidamente de la hija de su captor, y sentía inmensa vergüenza de que aquella hermosa dama de dorados rizos y ojos esmeralda solo pudiera contemplarlo como una miserable marioneta en manos de un déspota, creyendo erróneamente que Lanay nunca sentiría nada por él. Tanta era su desazón que apenas podía soportarla: lo insufrible no era su esclavitud, sino el desprecio que seguramente sentiría ella por un lacayo como él.

Meses después, en una noche de luna nueva, más oscura que el carbón de la menos iluminada de las minas del norte, con ese imperecedero dolor en su corazón, Eiden vio la oportunidad de escapar de aquel castillo tras un despiste de su carcelero. Habría permanecido como paje el resto de sus días si así pensara que algún día tendría la oportunidad de rozar los labios de la princesa, pero al creer que ella le despreciaba nada le ataba allí, con lo cual se abrió camino a través de los jardines y huyó en dirección a los acantilados de Moher. Tenía la intención de ascender a la Torre de O’Brien, construida en mitad de los mismos para observar desde su atalaya las Islas de Aran, la Bahía de Galway y las montañas Maumturk, para despeñarse desde las alturas y así poder descansar por fin del mal de amores que tanto le aquejaba. Pero al cruzar aquellos jardines no contaba con que una mágica presencia le estaba observando: Siomha, la última hada Tuatha de Danann que habitaba ese reino terrenal desde hacía siglos, percibió su huida y el dolor que emanaba de él, y le persiguió hasta conocer a donde se dirigía. Cuando observó que sus pasos se encaminaban hacia la edificación circular de piedra desde la que pretendía poner fin a su vida, e intuyendo gracias a su naturaleza encantada que en realidad ese amor era correspondido, retornó al castillo. Como sabía el hada debido a sus incontables noches de vigilia por aquellos lares, la princesa Lanay solía dar un paseo por sus jardines tanto las noches de luna llena como las de luna nueva, ensimismada en sus pensamientos, que desde hacía un tiempo no hacían más que girar y girar en torno a la persona del príncipe caído en desgracia. Cuando Siomha llegó a los jardines y detectó de lejos a la princesa, creó a su alrededor un luminiscente halo para provocar la curiosidad de la joven, que no tardó en perseguir ese fulgor, y así la fue dirigiendo hacia la torre en mitad de los acantilados en los que se encontraba su amado. Pero la fatalidad quiso que no fuera Lanay la única que percibiera aquel resplandor: el soldado encargado de vigilar la celda de Eiden, tras haberse dado cuenta de su huida pero no habiendo avisado a nadie de la misma por temor a represalias, se encontraba oteando los alrededores cuando vio aquella luz. Creyendo que podría ser una antorcha que llevara el príncipe fugado, comenzó a perseguirla también, aunque la princesa, ajena al hecho de que estaba siendo acechada en su huida, le llevaba cierta ventaja.

Siomha dirigió a la princesa al pie de la torre, y entonces apagó su destello, sabedora de que Lanay habría entendido que debía subir a la misma. Conforme la joven iba ganando peldaños, más comprendía que en lo alto de la misma se encontraba una persona, y cuanto más ascendía más cuenta se daba de que era un hombre, y cuantos más escalones superaba más entendía que era un joven que continuamente rompía en llanto. Cuando llegó a lo alto, se encontró con que esa persona era el príncipe por el que había estado suspirando en los últimos tiempos, mientras él, sorprendido por la presencia de aquel amor que había mantenido en silencio, comprendió que encontrarse con Lanay en el que pretendía ser el último lugar que verían sus ojos en el mundo no podía ser una casualidad, y que el destino quería que desistiera de su intento de suicidarse.

Los dos jóvenes permanecieron mirándose a los ojos durante unos instantes, en los cuales entendieron que ambos sentían lo mismo. Se acercaron el uno al otro y, sin dejar de mirarse, sus bocas se fueron acercando. Fue entonces cuando el guardia de la celda del príncipe, que había perseguido la luz de Siomha creyendo que era una tea que Eiden utilizaba para escapar, llegó a lo alto de la torre y sorprendió a ambos enamorados a punto de fundirse en un beso, los cuales, sobresaltados, se separaron ante aquella intromisión. Al ver a la princesa con el fugado, creyendo que esta había sido secuestrada por él, desenvainó su espada y lanzó una estocada mortal hacia Eiden. Lanay, en un acto reflejo para proteger al que sabía que sería el amor de su vida, se interpuso entre el soldado y el príncipe, pero esa espada acabó atravesándola y alcanzando a su vez al hombre que pretendía salvar, hiriéndoles de muerte a los dos. Tras retirar la espada y ver horrorizado como había acabado con la vida de la princesa, el soldado, sabedor de que la venganza del Rey contra el asesino de su hija sería cien veces peor que la muerte, decidió lanzarse al vacío desde lo alto de la torre para evitar inenarrables torturas por parte del monarca.

Siomha, que había sido ajena a la aparición del soldado en la torre y permanecía cerca de la edificación, de pronto se dio cuenta de que una figura se había despeñado contra los acantilados desde lo alto de la atalaya. Subió rápidamente a la cúspide del torreón y encontró a los dos jóvenes tirados en el suelo, uno al lado del otro mientras sus cuerpos no cesaban de expulsar sangre por sus heridas, mirándose mientras exhalaban el último hálito de sus vidas, añorando ese primer y último beso que nunca tuvo lugar. Siomha, conmovida por la escena y sintiendo que los labios de ambos debieron encontrarse no solo en aquel momento, sino una y mil veces durante las vidas de ambos, recogió antes de que desapareciera el último aliento de Eiden y Lanay y rogó a la luna nueva por medio de un conjuro que permitiera a los dos amantes alcanzar ese tan ansiado beso que les había costado la vida.

La luna, emocionada por aquella historia de romance y horror, accedió a la súplica de Siomha. Es por ello que, durante todas las tinieblas que reparte la luna nueva, sobre la faz del oscuro astro aparece la silueta de los dos amantes logrando por fin unir sus labios durante toda una noche. La negrura de estas veladas impide al ojo humano ver la sombra de los dos jóvenes; mas, al romper el alba, cuando la claridad batalla contra la oscuridad para hacerla jirones, durante unos segundos se hace posible ver dicha silueta mientras esta se va desgranando ante la luz, separando las figuras de ambos amantes hasta la próxima luna nueva.”