El cisne negro

A través de este blog hemos pretendido en muchas ocasiones que fueran “Las crónicas del Otro Mundo” las que se comunicaran con los visitantes, las que hablaran por ellas mismas, las que convencieran a todo el que se asomara a este ventanal de que su vista puede merecer la pena. A fin de cuentas, fue al forjarse como manuscrito lo que dio comienzo y sentido a este blog.

Hoy volvemos a intentarlo. La historia se presenta a sí misma en una nueva enésima primera vez, pero ahora desde el principio, desde el justo comienzo. Así se origina el viaje a través de las páginas del Otro Mundo: he aquí los párrafos iniciales, los primeros pasos, que dieron pie a sus crónicas. Damas y caballeros, con todos ustedes el nacimiento del Capítulo 1: “El cisne negro”.

Era una mañana de brumas. Las frías aguas del estanque se mostraban grises y opacas, revelando de vez en cuando y entre breves transparencias la oscura fangosidad que ocultaban bajo la calmada superficie. A la orilla de este estanque, la visión de varios ojos adormecidos aparecía fantasmagóricamente entre los suaves jirones que la niebla trazaba sobre las vaporosas aguas.

Eran esas caras el pálido reflejo de una vida entristecida por la enfermedad. Sus escuálidos rostros, enjutos por la hambruna y el cansancio, se descolgaban sobre la apatía de quien no espera nada. Llevaban sus cabezas rapadas, y se contaban en el mismo número hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, y entre ellos se podía encontrar, escondido entre la indiferencia de sus grises batines, el rostro inocente de un niño.

Su mayor entretenimiento constaba en el suave ascenso que alguna diminuta burbuja se atrevía a realizar emergiendo temblorosa desde el fondo, rompiendo levemente la tensión superficial entre los estáticos nenúfares. El sonido de algunos sapos, croando en un lugar incierto, era lo único que sus oídos podían escuchar. Junto a ellos, varios rostros lozanos y serios destacaban con su blanca indumentaria, sosteniendo con sus manos varias tablillas de apoyo para la toma de notas.

De vez en cuando, algún gesto espasmódico de sus cuerpos, un movimiento incontrolado de sus brazos, rompía la tranquilidad general, alterando a los demás enfermos y haciendo necesaria la intervención de los “batas blancas” para reestablecer el orden, colocándolos nuevamente en fila de cara al estanque.

A veces pasaban así horas, mañanas enteras, siempre aprovechando la condensación de la niebla sobre las aguas, esperando firmes en su orilla la materialización de un hecho infinitamente improbable. Cuando los rayos del sol calentaban el aire, y las brumas se disipaban en el ambiente, eran llevados de nuevo al interior del edificio. Tal y como sucedía casi siempre.

Las doradas orlas con las que el sol iluminaba la persistente bruma indicaban que el experimento ya había concluido. En una larga fila, separados por la extensión de un brazo, eran conducidos a sus habitaciones, para permanecer de ese modo encerrados durante el resto de la jornada en un régimen de aislamiento severo: no podían comunicarse entre ellos bajo ningún concepto.

Aquella mañana, sin embargo, ocurrió lo que tanto tiempo habían estado esperando. Entre la fría bruma, uno de los enfermos, un niño huérfano con apenas doce años al que llamaban Frank Hopper, comenzó a ver algo extraño deambulando por encima de las aguas del estanque. La niebla difuminaba aquella presencia, siendo necesaria la agudización de sus sentidos para tratar de captar con mayor nitidez de qué se trataba. El gesto de Hopper adelantando el rostro, contrayendo sus pupilas para visualizar un punto lejano entre la niebla, fue la señal que los “batas blancas” habían estado esperando durante tanto tiempo. Rápidamente comenzaron a escribir sobre sus hojas, apuntando la hora y el individuo que parecía estar teniendo la visión.

Frank Hopper era un niño delgado, no muy alto, de hombros estrechos y caídos. Su largo cuello sostenía una cabeza pequeña y algo ovalada, sobre la que dos pequeños ojos marrones se abrían a duras penas, alargados por la tristeza de quien nunca ha tenido padres. La expresión de su rostro sugería una dosis urgente de ternura y comprensión, pero, en la soledad de su habitación, tan solo podía encontrar algo de alivio en su silenciosa conversación con las sombras. No tenía más recuerdos que aquellas cuatro paredes y el estanque. El blanco con el que estaban pintadas y el gris mortecino de la niebla transcurriendo lentamente era todo el universo cromático con el que podía teñir sus pensamientos, pintando con aquella uniforme y estática dualidad el pequeño y breve lienzo de su vida.

En más de una ocasión, el pequeño Hopper había creído encontrar algo de cariño maternal en alguna de las enfermeras encargadas de su cuidado. No eran necesarias grandes muestras de afecto para que el niño se encariñara de su cuidadora, una sola palabra de consuelo o de ternura, una sonrisa, le bastaba para sentir que aquel rostro femenino y amable pudiera ser la representación de algo tremendamente hermoso que desconocía: su ansiado deseo de tener una madre. Pero pronto, el pobre Hopper comprobaba cómo aquella sonrisa que era devuelta tras el cristal de la puerta de su habitación era sustituida por un nuevo rostro, unos nuevos ojos, que miraban con asombro la frágil silueta del pequeño.

Nunca había salido más allá de los altos muros que rodeaban al edificio principal, no conocía nada más que aquel mundo lento y sostenido en el que vivía. Era clave para la correcta ejecución del experimento que no recibiera ninguna clase de estímulo, que no pudiera ser condicionado por las improntas que cualquier tipo de experiencia ajena al proceso pudiera dejar sobre sus recuerdos. El individuo debía poseer una mente virgen y libre de acondicionamientos, por lo que Frank Hopper y otros niños de su edad se convertían de este modo en los individuos principales sobre los que giraba la investigación. Debía tratarse de niños, principalmente, que hubieran sido abandonados poco después de su concepción, que nunca hubieran recibido el afecto y cariño de una familia. Era de vital importancia para sus pretensiones que no hubieran conocido otra cosa que el estático universo del centro de investigación, sin entretenimientos, sin distracciones. Las habitaciones, que eran de un blanco inmaculado, no poseían ventanas al exterior; solamente un pequeño y cuadrado cristal, colocado en la parte superior de la puerta de entrada, les permitía ver el techo del pasillo. Dentro, no tenían más libros que los de instrucción comunicativa, en donde se les enseñaba el lenguaje de una manera mecánica y fría, sin adornos, solamente de carácter funcional. Se les tenía prohibido cualquier tipo de representación gráfica o artística, por lo que no conocían dibujos, ni conocían la música.

El resto de individuos que participaba en el experimento eran enfermos mentales cuyos familiares habían abandonado hace tiempo en algún manicomio, personas desafortunadas que no tenían a nadie en el mundo que se preocupara por ellos. No importaba su condición ni si sus recuerdos se apilaban de manera caótica sobre una mente que ya no era capaz de manejarlos. Sin embargo, al igual que sucedía con los niños, eran mantenidos bajo las mismas condiciones de aislamiento. tanto personal como sensorial.

Con los pies desnudos, sus dedos se hundían en el gélido fango de la orilla. Erguido frente a la niebla, la mano de Hopper señalaba, inequívocamente, un punto fijo en mitad del estanque. Nadie podía ver lo que él trataba de señalarles. Los demás enfermos movían la cabeza tratando de vislumbrar lo que el niño quería indicarles. Los “batas blancas” sabían que allí no había nada que pudiera ser digno de llamar la atención, por eso sus ojos escurridizos se deslizaban por los desencajados rostros de aquellos sujetos, anotando los detalles más pormenorizados de sus observaciones. Todos miraban incrédulos hacia aquel lugar que les indicaba el pequeño Hopper. “¡Allí!”, gritó señalando con su dedo índice extendido hacia la bruma.

Y entonces ocurrió: otro de los sujetos, una mujer mayor que rondaba casi los cincuenta años, se encogió de hombros al descubrir la oscura silueta de aquel objeto que flotaba sobre las tranquilas aguas, y, uniéndose al grito del niño, comenzó a señalar en la misma dirección movida por el entusiasmo de aquel descubrimiento. A continuación otro enfermo también consiguió divisarlo, y un poco más tarde otro, y otro, hasta que al final aquella famélica fila que se extendía en la prolongación de la orilla del estanque comenzó a jadear ante aquella aparición, que se manifestaba de manera sorpresiva frente a los ojos de los enfermos.

Flotando lentamente, un cisne negro se deslizaba reflejándose en las aguas, que, como un gran espejo, devolvían la visión invertida de aquel cisne, temblando por el movimiento acompasado de las ondas que se desprendían de su oscuro cuerpo. Esta visión sólo era advertida por aquellos alterados individuos; el resto, los que portaban inmaculadas batas de color blanco, anotaban sin descanso los hechos con matemática precisión, obviando la más que imposible presencia de aquel cisne.

La majestuosa ave encorvaba su largo cuello flexionándolo, dejando que el anaranjado pico quedara suspendido delante del pecho. Como una silenciosa sombra, sus plumas negras se confundían con los furtivos reflejos que las ondas destapaban del aciago fondo, envolviéndose solemnemente con los finos paños que la niebla iba tejiendo a su alrededor.

Perteneciendo al efímero reino de los imposibles, aquella visión no pudo durar mucho más tiempo, y tal como vino, aquel cisne negro desapareció entre la intangible confusión que lo rodeaba, dejando lentamente una fina estela, que mostraba la sutil marca de su desvanecimiento.

Frank Hopper fue el primero en ver cómo la estática quietud de siempre retornaba al estanque. Lentamente bajó su mano hasta dejarla quieta a la altura de su cadera. Los demás enfermos pronto cesaron en su sonora algarabía, al comprobar que también para ellos aquel cisne se había esfumado incomprensiblemente ante sus ojos.

El acróbata invisible

Es un ser extraño rodeado de otros seres extraños que, paradójicamente, no se sienten extraños entre sí. Él, ella, ese ser extraño, vive en un mundo ajeno al de ellos, un mundo más oscuro en el que se desdibuja como si su efigie se trasparentara. Mientras tanto, todos los demás seres extraños cohabitan en un mundo más luminoso, más radiante, tan resplandeciente que se pueden percibir con absoluta claridad sus plantas, alzados y perfiles. Resulta chocante que se trate de dos caras de una misma realidad, que todos habiten un mismo mundo, aunque unos usen contornos definidos y opacos que los identifican a la primera y ese ser extraño haga gala involuntariamente de su translucidez.

Pasa de puntillas por el mundo porque quiere, o porque no puede ni sabe ni intenta hacerlo de otra manera. Lo único que alcanza a intuir es que se siente perdido en un mundo que no entiende, porque está convencido de que son los demás los que realmente no perciben que se encuentran perpetuamente encadenados sin opción de liberarse dentro de la caverna de Platón. Son ellos los que no lo entienden. No entienden nada, nunca entienden nada. Pero esa no es la versión oficial; quién sabe, quizá no sea ni siquiera la versión real. Ese ser extraño se halla tan confuso que quizá sus pensamientos estén tan errados como el rumbo que le guía en su deambular por la vida.

Es una existencia solitaria, independientemente de lo extensa que sea su red de amistades. Nunca entran, nunca llegan a acceder a ese mundo. Todos esos otros seres extraños pueden compartir la misma mesa que otro antagónico ser extraño y al mismo tiempo habitar en mundos distintos. Es cierto: se puede compartir un plato de ensalada con un apátrida, con alguien que no vive en la misma realidad, con un alienígena con los papeles en regla y la doble nacionalidad terráquea. Después los caminos de todos estos seres se separaran hasta otro día, y unos comentarán lo extraño que es el ser extraño, y ese ser extraño condenará a sus pensamientos a rumiar sobre lo ajeno que se siente respecto al mundo que lo rodea y las personas que lo comparten.

Tú eres ese ser extraño. ¿No lo eres? ¿Estás seguro? Ok. Pues si no lo eres, no lo dudes: lo tienes sentado al lado. En el autobús, en el trabajo, en una foto con la familia. Está ahí. En algunas ocasiones no tanto, pero normalmente es muy fácil detectarlo: es el introvertido, taciturno, transparente, el que quizá no te importe que esté presente, pero ni siquiera notas su ausencia cuando no está. O quizá sea el tío raro, cuya comparecencia te incomoda porque no tienes nada que quieras añadir en ese entorno compartido con él. O el que parece gilipollas, el que se acopla a las conversaciones y tiene un comportamiento raro, probablemente fruto de la inseguridad y nerviosismo que le produce intentar encajar contigo y los demás concurrentes sabiendo que ninguno es capaz de discernir el espantoso esfuerzo que le supone realizarlo. ¿Y sabes quién puede ser también? Ese ser extraño que te da pena, porque siempre está solo y quiere estar solo, aunque no ves a simple vista rareza alguna que le impida ser como todos, o como tú. Todos esos seres extraños, con independencia de su característica definitoria, habitan entre dos mundos, como un acróbata que ejecuta saltos alternativamente entre dos realidades distintas unidas por una simple cuerda tan floja como invisible.

Ahí dentro hay una persona. De verdad. Y si esa persona es invisible, o bicho raro, o el aislado, o el que os incomoda que encaje pero él siempre lo intenta a pesar de que todos, incluso él, crean que no es una buena idea pero es la que hay, probablemente sufra más que tú. Generalizando, que siempre es un error hacerlo, pero también es un error sufrir y no es algo realmente evitable. El caso es que ahí dentro hay una persona, es de carne y hueso por fuera incluso aunque sea de los invisibles, y está compuesto por vísceras y asquerosidades varias en su interior. Su cerebro fluye, sus neuronas trabajan, su vida se pasa y le pesa, y generalizando de nuevo, tú no le sueles ayudar a incorporarse porque bastante atareado o atareada estás con tu vida como para “salvarle” de la suya, aunque casi nunca se quieran salvar de la misma en realidad. Pero por si acaso, tan solo por si acaso, intenta echarle una mano. Puede que encuentres a la persona que habita dentro de esa figura apenas visible, e incluso reveles al mundo una existencia que realmente te deslumbre. En nuestra individualidad olvidamos a los que no se sienten capaces de representarse como ellos mismos quieren, y sin darles la mano puede que no se presenten nunca. Pero sin acercarte nunca lo descubrirás.

Échale una mano. Quizá ese ser extraño no quiera, o ello le incomode, o ni siquiera lo sepa, pero está deseando que se la tiendas.

Zombi

Hoy en día ya no es necesaria la intervención de ningún estado para “deshacer el yo”. Ya no se necesita de ninguna Revolución Cultural, ni de ningún ideario político para alinear una marcada corriente de pensamiento popular globalizado. Con la democratización del acceso a la red, la pirámide del conocimiento también se ha invertido, y ya no son necesarios los grandes maestros o eruditos para educar al vulgo.  Ahora, ese conocimiento, surge de las masas y es consumido por las masas, en un sistema con retroalimentación continua, que no obstante, corre el riesgo de contaminarse a sí mismo.

Las redes nos permiten un acceso instantáneo y directo a la información, siendo esta mucho más abierta y plural que nunca, permitiendo que fluya entre los usuarios de manera libre y torrencial, viéndose continuamente enriquecida por la contribución que todos y cada uno de nosotros podemos realizar en un momento determinado. Sin embargo, y aunque esto ha arrojado luz sobre muchos de esos espacios oscuros que solían ser ocultados o manipulados por las estructuras de poder, que hasta ahora habían subyugado los medios de comunicación social, también es cierto que el exceso de información que circula por la red es tan alto, que ya no tenemos capacidad para poder discernir entre lo que es falso y no lo es, lo que es oportuno o simplemente desacertado. Esta corriente de informaciones contradictorias, a menudo promovidas por determinados grupos, lleva en muchas ocasiones a la anulación de las mismas, produciéndose algo parecido al fenómeno físico conocido como la cancelación de fases, donde una onda y su inversa se anulan entre sí, creando una especie de escandaloso silencio, en el que ya nadie es capaz de escuchar nada entre el griterío: la información masiva es una forma mucho más agresiva de desinformación, y parece… que esto es algo con lo que ya contaban.

Nunca antes habían existido semejantes armas para la manipulación de masas. Nunca antes, un bulo, una “falsa bandera”, había tenido la capacidad para propagarse de forma “viral”, de manera casi instantánea, alcanzando a millones de personas en menos de una pequeña fracción de segundo. Nunca antes, los miembros y simpatizantes de las diferentes formaciones políticas, habían tenido tal herramienta para ejercer presión sobre la opinión del resto de electorados, creándose en muchas ocasiones, una especie de Policía del Pensamiento —al estilo de la novela 1984 de George Orwell—, que persiguen y dan caza a todos aquellos que se atreven a hacer un comentario que les pueda resultar incómodo para sus intereses. Pero ¿quién de nosotros tiene realmente razón? Nunca antes, teniendo tanta libertad… se habían tenido tantos reparos a la hora de expresar nuestras ideas como en la era de los social media, temerosos de que esos piquetes de la moral acudan como un ejército de zombis, hechizados por algún ritual propio del vudú o la santería, dispuestos al escarnio público.

zombis

Es muy difícil saber si este cardumen de “ciegos pensadores”, que nadan de manera sincronizada en los océanos de la mentira mediática, responde a simples y espontáneas manifestaciones de odio, o si por el contrario, es controlado y dirigido por un grupo determinado que ansía cotas más altas de poder… o simplemente permanecer en él.  Con total seguridad, la mayoría de ellos no sean más que autómatas, bots programados para generar determinadas tendencias sobre los más variados asuntos, siempre con un mismo denominador común: influir en la opinión pública en favor de aquellos que pagaron por sus servicios. Cada vez costará más trabajo encontrar la mano que mueve los hilos, dispersa en un ejército de lacayos inconscientes, que vociferan y dan gritos en el nombre de una causa que ni ellos mimos conocen.

Ninguna multitud, ningún número, estará jamás en posesión de la verdad: una sola persona puede contradecir a más de siete mil millones y no por ello dejaría de tener razón. El Ministerio de la Verdad, en la novela de Orwell, no era otra cosa que una fábrica de mentiras.

Make LCDOM Great Again

De repente se ha cernido sobre toda la blogosfera un vendaval que lo ha arrollado todo a su paso, pero en vez de mandarnos a todos al quinto pino nos ha dejado sentaditos delante de él para que nos despleguemos por cada rincón del ciberespacio y difundamos su palabra: nuestro dios los Premios 20Blogs. ¡Pero no! En el Otro Mundo aguantaremos los embates del vigoroso ciclón con estoicismo, imperturbabilidad y resolución. Y una cosa más os vamos a decir acerca de esta entereza y esta negación incorruptible ante la posibilidad de un meritorio reconocimiento público:

Que es mentira. ¿Cómo no vamos nosotros también a participar e intentar mendigar algún voto? Quita, quita: es triste de pedir, pero más triste es de robar. Ya lo intentamos el año pasado, aunque no se puede decir que tuviéramos demasiado éxito con nuestra anterior campaña publicitaria. No obstante, hoy de nuevo volvemos a entonar el “Sí nosotros lata” (“Yes we can” para los que sepan inglés) y hemos preparado una tremebunda y agresiva propaganda electoral. Y otra cosa os vamos a decir sobre la misma:

Que también es mentira. ¿Cómo íbamos a saber planificar una, si ni siquiera nos presentamos nunca ni para ser delegados de clase? Finalmente hemos decidido entre el extenso abanico de posibilidades existentes, que son una o ninguna, que el blog tiene que hablar por sí solo para que alguien decida darle alguna estrellita en la votación. Y dado que el leit motiv de este blog era publicitar la novela homónima, es esa misma “Las crónicas del Otro Mundo” la que tiene que convenceros. Vamos a presentaros un fragmento de la misma de la mano de uno de nuestros protagonistas favoritos, Lobo, del cual ya pudisteis leer su primera aparición en la historia en una de nuestras anteriores entradas. Ahora vais a poder descubrir uno de sus momentos más trágicos.

Y si os gusta, no dudéis en votarnos en este enlace. Vamos, si queréis (y si no también, no os hagáis de rogar).

“El día que Lobo cumplió un año, Mawi cayó muy enferma.

Tras el día en que Luneta desapareció aquella casa ya no fue la misma de antes, aunque los tres perros se esforzaban por apoyarse unos a otros. Gill seguía yendo a la ciudad a por comida, y en esos 6 meses consiguió llevar a Lobo dos flechas más. No obstante, aquel setter ya no era tan bromista como antes de aquella noche, y aunque se esforzaba por ocultarlo, la sombra color ceniza de la tristeza acampaba en su mirada. A pesar de ser una mentira piadosa, cargaba en su conciencia el haber engañado al cachorro. ¿Realmente era mejor hacerle creer que su madre seguía viva en alguna parte?

Por su parte, Lobo se convirtió en un experimentado tirador. Había ido a la ciudad varias veces con Gill a aprender el modo de vida mediante el cual habían conseguido sobrevivir como vagabundos, pero en la mayoría de ocasiones se quedaba en la casa practicando con su arco. Aprendió a acertar blancos que se hallaban en otra habitación a través de boquetes en los muros cada vez más pequeños, mientras Mawi le aplaudía aquellos trucos preguntándose cómo era posible que aquel perro al que había visto nacer medio muerto pudiera tener aquel talento con el arco sin haber tenido una instrucción previa… y un maestro como Gill. En otras ocasiones, Gill encontraba en la basura cáscaras de plátano, bolas antiestrés partidas por el uso o balones pinchados, y los lanzaba al aire lo más fuerte que podía para que el cachorro acertara en ellos. A Lobo ese ejercicio le resultaba insultantemente fácil, pero era bonito compartir esos momentos de felicidad con sus padres adoptivos, que le miraban orgullosos y extasiados cada vez que veían a Lobo conseguir una diana imposible.

Un día, Gill se fijó en un moscardón que acababa de posarse en un mueble desvencijado que había llevado a casa.

—Lobo, ¿a que no eres capaz de acertar a aquel moscardón? —gritó.

Gill ni siquiera sabía en qué parte de la casa estaba Lobo, pero sabía que, estuviese donde estuviese, acertaría. Lobo no lo tenía tan claro. Había oído al setter retarle, fue a por el arco y desde el lugar donde lo recogió se encontraba aproximadamente a unos trece metros de distancia del objetivo… Apenas veía aquel insecto. Colocó la flecha, apuntó y disparó. Y falló. Gill no daba crédito. Puesto que no se había dado la vuelta, no había sabido desde donde pensaba disparar Lobo, tan solo tenía la vista fija en el moscardón y esperaba ver de repente una flecha surcando la estancia y despachurrando aquel insecto. La flecha atravesó la habitación y se clavó en el mueble, pero Gill pudo ver como el moscardón salió volando. Perplejo como estaba, giró la cabeza hasta que pudo ver a Lobo con el arco todavía en la mano.

—Lobo… ¿has fallado?

—Sí… eso parece —admitió Lobo, más sorprendido que decepcionado por el fallo.

—En fin… Mira, me he informado acerca del cuerpo de arqueros.

—¿El qué?

—El cuerpo de arqueros. Por lo visto, el ejército tiene un cuerpo de arqueros, y resulta que…

—¿El ejército tiene arqueros? —interrumpió el pequeño.

—Sí… Aparte de tanques, metralletas y bombas, tiene arqueros, y…

—Estás de coña. —Lobo estaba estupefacto.

—¡Deja de interrumpirme chico, que esto te interesa!

—Ok.

—El ejército tiene un cuerpo de arqueros. He estado escuchando y, por lo visto, aunque es muy prestigioso, cualquiera puede entrar en él si supera una prueba de aptitud con el arco. Cualquiera. Bueno, cualquiera que sea un perro, claro.

—Me estás vacilando, Gill — contestó con incredulidad el mestizo.

—Cualquiera —aseveró con rotundidad el setter— . El día que cumplas la edad mínima, te vas allí de cabeza. Saldrás de este fango y te convertirás en soldado del prestigioso cuerpo de arqueros, eso te lo dice Gill. Y espero que cuando seas un soldado con pasta te acuerdes de estos setters…

—Gill, ¿es eso cierto? —Interrumpió Mawi, cuya alocución sorprendió a ambos, pues no se habían dado cuenta de que estaba detrás de ellos. Gill le contestó con aplomo.

—Mawi, Lobo va a ser un soldado de élite.

—¡Cariño mío, ven aquí! —Mawi corrió a abrazar a Lobo, que aún no acababa de asimilar el hecho de que el arco que Gill le había robado podía convertirlo en soldado— . ¡Vas a ser soldado! ¡Vas a salir de aquí! ¡Vas a salir de aquí! —Repitió, como si se tratase de huir de una cárcel en la que los tres estaban confinados pero solo él pudiera lograr abandonar.

—Sí, chaval —volvió a afirmar Gill—, vas a escapar de esta miserable vida —adoptando un tono más severo, añadió—. Tu madre estará muy orgullosa, Lobo.

—Sí… —comenzó a contestar él. No había asumido aun del todo que pudiera ganarse la vida siendo arquero de verdad—. Gracias a ella los tres saldremos de aquí. Cuando sea arquero, lo primero que haré con el dinero será comprar una casa de verdad, y los tres viviremos allí.

Mawi no pudo reprimir lágrimas de felicidad. Al otro lado de la estancia, Gill miró a Lobo con un orgullo como nunca había sentido en su vida por nadie.

Dos semanas después, Mawi cayó muy enferma: necesitaba un médico y fármacos con urgencia, era una cuestión de vida o muerte. Gill fue a la ciudad para robar todo aquello que estuviera a su alcance para revenderlo y conseguir el dinero suficiente para costear aquello, pero no lo consiguió. Entonces, desesperado, dejó a un lado los pequeños hurtos sin peligro que habían mantenido con vida a su pareja y a él mismo y asaltó una farmacia para conseguir medicamentos. No tenía claro cuales necesitaba, así que cogió todos los que pudo cargar y salió de allí. Y fue esa vez, esa y no otra, la vez en que Gill no pudo escapar tras un robo, la vez en que la policía consiguió detenerle y le colocó bajo arresto. Le acusaron con cargos de asalto, robo y posesión de drogas: precisamente unos cuantos de los fármacos que había cogido Gill eran los que solían robar los drogadictos para pasar el mono. Ese fue el día en el que apresaron a Gill: el mismo en el que Lobo cumplía un año.

Mientras tanto, Mawi se moría. Lobo intentó convencer por activa y por pasiva a Mawi de que tenía que ir a la ciudad a buscar a Gill, y en caso de no encontrarlo conseguirle medicinas, pero Mawi le respondía cada vez más débil que Gill volvería, que no la dejara sola. Con el paso del tiempo ambos comprendieron que algo horrible le había pasado a Gill, porque no habría abandonado nunca a su pareja, y que no iba a volver… Lobo, acurrucado junto a Mawi dándole calor, se levantó al fin dispuesto a ir a la ciudad, preparado para todo lo que hiciera falta para salvarla. Pero ella, con un hilo de voz, dijo una frase para la cual Lobo no encontró réplica.

—No… no quiero morir sola…

Lobo se quedó mirándola. Comprendió que tenía razón. Volvió a acurrucarse junto a Mawi, y permaneció a su lado hasta el último momento. Horas después, pudo escuchar con claridad su último hálito.

Esa noche en la que cohabitó con la muerte se dio cuenta de la existencia de la misma. La muerte estaba ahí. La muerte era un suceso real. Existía. Y aquello le hizo entender que aquella historia sobre su madre que Gill le había contado seis meses antes no tenía mucho sentido, ahora que había aprendido que no se podía escapar de la muerte.

Aquella noche, el día que cumplía un año, Lobo perdió a sus tres padres.”

La vergüenza de nuestro tiempo

Un repentino corro de sombras beligerantes, un chispazo trémulo que se ensancha rápidamente en la oscuridad, la tierra temblando desde sus más hondos cimientos, mientras las manos tratan de ahogar el grito obtuso, desesperado, de quien es demasiado joven para entender lo que ocurre. El leve polvo que se desprende de los techos semiderruidos y el horror tomando las más disparatadas formas, aunque ninguna tan aberrante y mezquina, tan llena de iniquidad, como la que puede dibujar la sombra de la guerra en los ojos de un niño.

Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero en Siria no ganará nadie, solamente habrán pérdidas, los jirones de una humanidad raída, desgarrada por el cinismo de la mentira mediática, que crece auspiciada por esa piara que se acomoda en la porqueriza del poder, tratando de ocultar los verdaderos intereses de la tragedia, los intereses particulares de los lobbies que financian los partidos, usurpando el poder de manera ilegítima, sin deparar lo más mínimo en todo el sufrimiento que son capaces de generar.

Ahora todos los medios de comunicación copan sus noticieros con las excéntricas barbaridades, propias de otros tiempos, del nuevo presidente de los Estados Unidos, pero callan o tratan someramente lo que ocurre en Europa. Silencian la tragedia de los refugiados porque ya no les interesa hablar de sus propias miserias, aprovechando este hecho coyuntural para desviar la atención de la opinión pública: los malos son otros. Y mientras las redes sociales bullen en contra del nuevo y polémico presidente, el mar que baña mi tierra sigue tiñéndose de amargura, del llanto de aquellos que tienen que abandonar sus casas, su familia y su pasado, en busca de la hospitalidad de un continente que parece darles la espalda.

Pero a pesar de todo, a pesar de que los partidos ultranacionalistas están ganando fuerza en el corazón de la vieja Europa, apoyados por el voto secreto de una mayoría silenciosa que no suelen prodigarse con asiduidad en los medios, o que cuando lo hacen mienten o dicen medias verdades, simplemente porque les avergüenza sentir lo que sienten, hay otros muchos que están dispuestos a ayudar, a no dejarse engañar por la mentira del sistema, y que se hacinan en las playas a la espera de poder arropar a todos los que vienen huyendo del horror, toda una suerte de héroes anónimos que la historia… seguramente obviará.

Los primeros minutos del vídeo pertenecen a una campaña promovida por Save The Children, aquí  y aquí puedes ver los vídeos originales. Quizás también te interese visitar su página para apoyar su labor. 

Blue Monday

Es un lunes gris, la ventana lo corrobora como testigo. Un día triste. A muchas personas les gustan los días grises, de las que muchos espectadores ajenos dirían que son personas melancólicas, mustias y probablemente deprimidas. A las que les gusta que el cielo esté tintado con el mismo color que su alma. A las que les gusta que el sol cause baja para que el resto de personas que sí disfrutan de la vida estén obligados a sentir lo mismo que ellos. En realidad nunca conocí a nadie taciturno, afligido o simplemente abrumado por la nostalgia que prefiriese que el astro rey le sometiera con sus rayos, pero eso no significa que esos observadores externos, presuntuosos en sus dictados, tuvieran razón. Un día gris puede ser muchas veces el favorito.

Pero el lunes es gris, independientemente de que la esfera aparente sea azul y diáfana, independientemente de la aparición del gran disco dorado… Independientemente de lo que certifique la ventana. El lunes es un día triste y jodido, infausto y pesaroso, trágico y denostado, del que todo el mundo reniega a pesar de saber que si no existiera cualquier otro día ocuparía su lugar. El lunes es un día funesto porque de nuevo estás obligado a despertarte a horas intempestivas y trabajar por unos designios ajenos, o lo es porque te recuerda que, en el renacer de una nueva semana, sigues sin encontrar un empleo que te pueda salvar de una vida que te ahoga. El lunes es un día aciago, que conmemora que tienes que hacer lo que tienes que hacer porque la mera existencia te dicta que lo tienes que hacer. El lunes es un recordatorio constante de que, hagas lo que hagas, es porque no puedes hacer otra cosa, por mucho que eso sea lo que tú mismo has escogido y eso te convierta en un auténtico privilegiado.

Muchos dicen que es azul, que un lunes gris no es otra cosa que un blue monday. Otros saben que se refieren a lo mismo, aunque no entiendan como el azul puede ser positivo para un cielo pero dañino para el portador de un número en el calendario. Pero da igual, solo es una demostración de que a un lunes le da igual su color sea cual sea la franja horaria en la que nace y muere, porque su idiosincrasia seguirá portando la tristeza como bandera. El lunes es desalmado, es un hijo de puta, y todo el planeta lo sabe. Insuficientes personas son las que han escuchado alguna vez a otro decir “me encantan los lunes”, porque el lunes es un leproso al que hay que reprobar su propia naturaleza.

Otros miran por la ventana. No ven nada, aunque tampoco esperaban hacerlo. Solo perciben un lunes gris, pero eso ya lo habían descifrado antes de tener la lectura objetiva que les iba a mostrar el cielo. Un cielo que, paradójicamente, no acaban de interpretar aunque lo tengan delante de sus ojos. No saben, no pueden. No quieren. No les apetece, como nada lo hace. Es un lunes gris, eso es lo único que parecen percibir. Se levantan, algunos, miran a su alrededor, y es un lunes gris. ¿Es desidia lo que despiden al moverse con tal parsimonia? ¿Es pereza como pecado entendida? Solo se aprecia desgana en sus movimientos y hastío en sus ojos.

Pero no es desgana, sino desesperanza, y no es hastío, sino ceniza. La ceniza de lo que una vez fueron, o lo que una vez creyeron ser, y murió tras ser quemado por la vida, o por una pérdida, o por muchos, o por uno. Son los restos visibles del naufragio de los que, tras el hundimiento y la rendición, jamás lograron arribar al alzamiento. Son los que inspiran a seres extraños a escribir “Si uno se fijaba lo suficiente, podía ver como el fulgor del fuego que antaño restallaba en sus ojos resplandecía por un mísero instante, para rápidamente convertirse de nuevo en la ceniza de cuyo color tintaba su vida”. Son los que capitularon. Los que se cansaron de mirar por la ventana para averiguar cómo se presentaba el día, porque aprendieron a saberlo de antemano. Es diciembre, es julio. Es otoño, es verano. Es bisiesto, es puente, es primavera, es viernes, o jueves, o domingo. Da igual. Es lunes. Es lunes gris. Como todos los días cuando se levantan. Como todas las horas que les toca vivir. Como todos los segundos en los que se arrastran por el mero hecho de existir. Es gris, es blue, los dos al mismo tiempo, pero es lunes. Es el viernes de un lunes gris. Son las doce y media de la mañana de un lunes gris. Es un martes 24 de enero de 2017 de un lunes gris. Da igual lo que marque la agenda, el reloj, la pantalla del móvil, porque todo es lo mismo: es un lunes gris de una vida gris.

Quizá algún día encontréis esa paleta de pintor que os permita zanjar ese daltonismo acromático, porque esa traza de ceniza en los ojos provoca ceguera irreversible con el tiempo. Todos los días no pueden ser lunes, porque no todos los días deben ser grises. Observad un color, y no un sentimiento. Ved un blue sky en vez de un blue Monday, y no con los ojos, sino con la cabeza, puesto que vuestra mirada os engañará. Intentadlo. Intentad sacudir esa combustión causada por la vida, o por algo, o por muchos, o por uno, pero intentadlo. Intentad renacer de vuestras cenizas, pintad un Ave Fénix con vuestra cara y firmadlo con vuestro nombre. Intentadlo, porque aunque quizá seáis objetivos con que todos los lunes son grises porque objetivamente para vosotros lo son, no sois justos con esa certeza, esa profecía autocumplida, de que no podéis hacer nada por evitarlo. Hoy no es lunes, es martes. Haced de este lunes gris un martes 24 de enero de 2017. ¿Queréis saber por qué?

Porque sí podéis. Y ahora tú: ánimo. Reinventa el lunes para que signifique coraje, engaña al gris para que forme parte del espectro del arcoíris, pregúntale a la ventana qué día te ofrece y exígele que te responda la verdad, y después oblígate a creerla. Invierte el continuo espaciotemporal y consigue que esa ceniza retorne al fuego, y nunca más dejes de echar leña. Convierte ese gris en gris y en el resto de colores, ese lunes en lunes y en el resto de días, y esa vida en tu vida, digna de ser vivida y digna de ser tuya. Cambia el número de la pregunta: ¿quieres saber por qué?

Porque sí puedes.

La enésima primera vez

Una “primera vez” es un momento único e irrepetible en el tiempo, en la existencia de cada uno. Es independiente del carácter de la misma: puede ser positiva, negativa, fascinante, desgarradora, deslumbrante, embarazosa, incluso neutra. Puede ser imborrable, inmortal, inolvidable, y puede no significar absolutamente nada. Puede ser hermosa, como un primer beso en los labios, o deleznable, como un primer beso en los labios. En verdad todo depende de cómo nos haya marcado esa primera vez, si es que ha llegado a significar algo para nosotros. Ese primer beso puede haber sido apresurado, espoleado por una sociedad que te ha dictado que a la edad que marca tu calendario ya te ha tocado vivirlo, y regalar esa única ocasión de tu vida a una persona que no significa nada, provocando que esa primera vez tampoco represente un momento íntimo, ni apreciado, ni reseñable, o ni siquiera digno de recordar. Y también puede ser que ese primer beso no sea otorgado por una o dos personas, sino planificado por el universo, por el destino, por una providencia que llevara a dos personas en cualquier instante de sus vidas a sentir que ese primer beso es el que llevaban esperando ambos durante toda su existencia. Que fuera tierno y atropellado, dulce y apresurado, delicado y torpe, y sentir de manera incomprensible que es todo eso a la vez: completamente imperfecto y completamente perfecto al mismo tiempo. Una ocasión que ni las nieves del tiempo, o ni siquiera una despiadada demencia, fueran capaces de borrar.

E incluso ese primer beso puede convertirse en dos primeras veces a la vez, memorable e indigna al mismo tiempo, al dividirse en dos instantes distintos del tiempo. La primera vez que ocurrió ese primer beso, y otra primera vez en la que sobrevino el primer beso de amor. Incluso el hecho de perder la virginidad, acto que por definición solo puede darse una vez en la vida, puede convertirse en una mitosis dentro de la memoria. Esa primera ocasión en la que dos cuerpos se entrelazan puede evocarse como todo lo contrario: que a pesar de compartir unas mismas coordenadas, se repelen entre sí. Puede resultar abominable, horrorosa, atrozmente dolorosa, ridículamente vergonzante, y ser tachada y renombrada como primera vez aquella en la que valió la pena fundirse con otra persona, enterrando en lo más profundo del cerebro aquel inicial y repugnante hurto de la inocencia carnal de un ser humano.

¿Y qué decir del primer amor? ¿De la primera vez en la que una persona encuentra la felicidad absoluta en los brazos de otra? ¿De ese torrente de neurotransmisores y reacciones químicas que amplifican de una manera realmente contraria y opuesta a la razón esa dicha, esa alegría, ese dar gracias por estar vivo, haber encontrado con quién compartir el resto de tu vida? Y esa primera vez puede rememorarse casi todos los días hasta el lecho de muerte, si esa misma persona ha sido finalmente la que ha recorrido el camino entero a tu lado. Y esa primera vez puede evocarse en algunas ocasiones, cuando aquel amor no acabó de cuajar tras unos cuantos años, pero volver a la mente como unos de los momentos preciosos y dignos de guardar como un tesoro secreto que incluso prefieres no compartir con un nuevo compañero, para evitar que este no acabe de entender que no forma parte de esa bonita parte de tu vida. Y esa primera vez puede ser sepultada en la memoria, cuando a la fase de enamoramiento siguió una relación tormentosa y sombría, llena de sombras, vejaciones y penas; y tachada para poder guardar como ese momento bonito una nueva primera vez junto a alguien que finalmente correspondió como debía. Una nueva mitosis; redundando, una segunda, o tercera, o enésima ocasión que se convierte en otra nueva primera vez.

Y estas ya mentadas deben ser las más íntimas ocasiones, pero no irremediablemente las más importantes. Cuan potente puede ser el recuerdo de la primera vez que viste por primera vez a tu primogénito, o, maldita vida hija de puta, la vez que perdiste a tu hijo. La primera vez que viviste un instante de felicidad demasiado intensa como para que tu organismo fuera capaz de soportarla, y también el momento en que te diste cuenta de que esta se había perdido. Ocasiones que pueden no suceder nunca. Ocasiones que podían suceder y no suceden. Ocasiones que queríamos que sucedieran y jamás lo hicieron. Primeras veces que consideramos “normales”, típicamente existenciales, y que nunca vemos aparecer en nuestra vida. Primeras veces que pueden conllevar múltiples ciclos a su vez: la primera vez que te hundes, te rindes, miras alrededor sin creerlo y te levantas por fin, todo en uno.

Y tras dar estas cuantas vueltas de tuerca recién exhibidas, a través de un vigoroso ejercicio de egocentrismo giramos de forma brusca el timón para poder plasmar así unas primeras veces que en principio solo existían en la mente de quienes esto suscribimos. Con sus ineludibles pasos previos, claro: escribir, como siempre a lo largo de nuestras vidas. Apreciar lo que escribimos, convencernos de que a pesar de ser una mera expresión de todo lo que nos urge y no sabemos exteriorizar de otra manera, no está nada mal. Ser capaces de intentar dar un paso más y crear una historia ajena a nuestra vida. Conseguirlo, y creer que esa narración puede tener sentido más allá. Conseguir una primera vez que no existía: terminar un libro. Dar el salto, atrevernos a intentar publicarlo. Es entonces y solo entonces cuando pueden darse una secuencia de nuevas primeras veces, y la fortuna quiso derivarnos hacia ellas. La primera vez que una editorial nos dijo que quería publicar nuestra primera obra, o la primera vez que presentamos un libro. Inéditas primeras veces, que al publicar se hacen reales.

Pero a pesar de todo, hay situaciones que dos autores bisoños con una novela desconocida no están condenados a disfrutar. Por mucho que la escriban o publiquen, nunca, jamás, parece posible que una tercera persona que de nada les conoce y que camina por la vida a cientos de kilómetros de distancia les cuestione por la posibilidad de conseguir un ejemplar dedicado de su obra. Algo que conlleva dificultades logísticas e incluso monetarias, pero que parecen pasar a un segundo plano porque el interés de conseguirlo es mayor y las confina a ello. ¿Qué podría sentir un escritor desconocido ante ello? ¿Orgullo, alegría, satisfacción, regocijo, un subidón de la hostia?

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Ahora sin signos de interrogación: orgullo, alegría, satisfacción, regocijo, un subidón de la hostia. Todo esto y más es lo que sentimos desde que esa persona, ese miembro de esta misma blogosfera, contactó con nosotros para conseguir un ejemplar firmado de “Las crónicas del Otro Mundo”. Y todavía seguimos sintiendo ese orgullo tras enviarle este paquete, después de haber podido solventar por el camino unas dificultades que no esperábamos. Y ese orgullo seguirá ahí siempre. Ese recuerdo seguirá ahí siempre. Esta nueva primera vez, que no existía ni había tenido por qué existir, permanecerá inalterable en nuestra memoria. Y al igual que ese ejemplar embalado, esta entrada también va dedicada.

Para Francisco “Torpeyvago”: gracias por darnos la oportunidad de poder vivir esta nueva primera vez.

LChDOM: los Christmas del Otro Mundo

Son las segundas fiestas navideñas que el Otro Mundo pasa con todos nosotros, y 2016 tiene pinta de haber sido un buen año para LCDOM, al menos en este universo virtual. Desde que nos despedimos del extinto 2015 en este mismo espacio nuestra criatura ha hecho muchos amigos y muy interesantes en la blogosfera (a vosotros os lo vamos a contar, como si no lo supierais…). Queríamos que nuestra novela creciera, y aunque más que ella misma ha sido el blog el que lo ha hecho, la historia también se alegra por él.

Lo gracioso del fin de año ha sido que nuestros amigos más cercanos han decidido ejemplar en ristre dedicarnos unas cuantas postales navideñas, y la verdad es que ha sido muy bonito, entrañable y cosa maja en general ver nuestro libro celebrando estas fechas navideñas en varios hogares como uno más. Además, como no le hace falta cenar sale bastante más barato invitarlo al evento que a un cuñado o a una tía abuela lejana, aunque esta solo coma peladillas. ¿Queréis ver estas obras de arte? ¿Queréis ver estos LChDOM, los Christmas del Otro Mundo?

(Tenéis que responder “sí”, porque vamos a colgar dichas postales navideñas de todos modos)

Damos las gracias encarecidamente y con una lagrimita derrapando por nuestras mejillas a Eva, Mari Loli, Mt, Miriam, Sergio y Fani por la nueva modalidad de misivas de felicitación que han creado tanto en este como en el Otro Mundo: las postales navideñas LCDOM. No todos los autores pueden crear tanta tendencia, ¿eh? ¡Admitidlo! (O no lo hagáis, lo vamos a seguir pensando igual). Por nuestra parte os vamos a felicitar con nuestra propia postal navideña, fiel reflejo de la exclusiva cesta de Navidad LCDOM de edición limitada (concretamente limitada a una sola, dicho sea de paso). No se sortea ni nada, pero se ha quedado chula y nos vale para presumir de novela.

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Limited Edition 1/1, of course

Finalmente, y parafraseando los imperecederos deseos en 2015 de dos excelsos autores, lo dicho: feliz año nuevo a los habitantes de este universo de parte de los moradores del Otro Mundo. Brindamos por vosotros; ¡salud!

Pd. Os dejamos un villancico que perfectamente podría haber aparecido en las páginas de LCDOM, porque, al igual que él, tras vivirlo de primera mano no puede dejar indiferente a nadie.

Los ladrones de sonrisas

No es difícil comprender por qué los hombres grises de Momo hacían lo que hacían: era una simple cuestión de supervivencia. Absorbían el tiempo de los seres humanos para literalmente respirar, aunque su forma de inhalar vida fuera distinta a la que nosotros conocemos. En la adaptación al medio solo los más fuertes sobreviven, y la suya consistía en persuadir a todas las personas de que su tiempo era demasiado valioso para disfrutarlo en vez de invertirlo, también literalmente. Todos aquellos convencidos resultaron estar menos adaptados al medio que los envolvía, y Charles Darwin tendría una razón para condenarlos si no fueran un mero fruto de la imaginación de Michael Ende.

No obstante, Ende se convirtió en Darwin y, como las especies más fuertes que resisten el embate de la evolución, sus hombres grises se adaptaron al medio para lograr sobrevivir. Momo y Casiopea se extinguirían fuera del papel, dado que las causas justas están condenadas a la extinción en un mundo como el de hoy en día, pero sus antagonistas lo tenían todo para conseguir alcanzar la perpetuidad. Puede que ya fueran inmortales al plasmarse a través de la tinta en un relato que año tras año traspasa las nieves del tiempo y aparece imperecedero al otro lado, pero eso también les condenaba a la inmovilidad. Y no. A pesar de la paradoja, así son incapaces de sobrevivir: siguen necesitando más almas virtuosas, honestas o simplemente decentes de las cuales alimentarse.

Quizá su autor los creó de forma que nunca pudieran perpetuarse lejos de su manuscrito a través de una dieta imposible en otra dimensión, pero siguieron los pasos de Zeus y timaron a Cronos. Los hombres grises se evadieron de las páginas escritas y tomaron posiciones en el mundo real, convirtiéndose en personas para poder sobrevivir en esa recién estrenada vida. Al no encontrar ajenas hojas de flores horarias que fumar para subsistir, tuvieron que urdir una nueva forma de robar el tiempo de los seres humanos a su alrededor. Quizá les llevara cierto periodo de su existencia encontrar ese modo de hacerlo, o quizá no. ¿Quién iba a poder darse cuenta de que los hombres grises estaban a su lado en un bar, en un autobús,… en su propia cama? Lo único cierto es que finalmente dieron con la tecla: lo único que tenían que hacer era cambiar la moneda.

Al igual que en la tinta escrita en la que nacieron, tenían que mentir para conseguir sus objetivos, y eso se les dio igual de bien en la realidad como en el papel. Y también tenían que robar el tiempo de las personas, pero ya no como alimento, sino como intermediario. Al pasar de hombres grises a humanos grises se vieron obligados a estrechar los lazos como nunca lo habían hecho con los seres de los que iban a nutrirse, y en algunas ocasiones hasta el extremo. A veces ni siquiera resultó necesario buscar esa “comida”, sino que simplemente esta siempre se había encontrado en casa, durmiendo toda la vida en la habitación de al lado, aunque en otras ocasiones debieran salir al exterior para encontrar ese maná. Y así hasta hoy. Los humanos grises se sirven de muchos métodos para lograr sus objetivos: se muestran indefensos, exigen ayuda, demandan dinero, compañía, auxilio, comprensión… y luego, como primer paso, traicionan. Traicionan al mentir, traicionan al utilizar a esas personas para después dejarlas en la estacada, traicionan al hurtarles para siempre su dinero, traicionan porque así se sienten superiores, traicionan por el mero hecho de que se sienten bien con ello por cruel e inaudito que suene, e incluso traicionan utilizando todas estas maneras a la vez. Pero el segundo paso que siguen es aún más despiadado: traicionan al mostrarse al mundo como las víctimas de las otras personas que siempre han estado ahí para ellos, y lo hacen de manera que ese mundo expectante les da la razón. Ante esa comunión entre emisores y receptores leales a la mentira se llega a una conclusión inequívoca: los traidores, tras sus inhumanas acciones, acaban con una sonrisa en la cara. Se sienten orgullosos y satisfechos, y aunque en ningún modo deberían sentir lo primero, sí tienen que hallar la satisfacción dado que eso significa que han cumplido el objetivo que buscaban. Utilizan el tiempo invertido en ellos por sus víctimas para obtener su nueva moneda: roban la sonrisa de su cara, la injertan en la suya, se dan la vuelta y desaparecen.

Y son amigos que, tras una agresión a la moral de uno de ellos, se dan la vuelta haciéndose los locos y proclamando al agraviado que o no han hecho nada o nunca se enteraron de aquella iniquidad. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son familiares que, tras maltratar de cualquier manera a uno de sus parientes, a sangre de su sangre, se autoconvencen de que la culpa nadie la tiene excepto la víctima, y cualquier atisbo de objetividad es irrelevante. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son parejas que, tras mentir despiadadamente a la persona a la que están abandonando por otra relación con mentiras genéricas e infumables que lo niegan, se dan la vuelta y le cuentan al mundo que eso no es verdad, que se han separado por otro motivo y que ese semejante que ya tienen al lado no ha tenido nada que ver, narrándoselo a aquellos leales a la mentira que saben que le seguirán la corriente. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son desconocidos que aún conservan su naturaleza de hombres grises y, con las mismas argucias y embustes, engañan a otras personas para invertir en ellos no su tiempo esta vez, sino directamente su dinero. Todo su dinero, todo el que les permite seguir viviendo en este planeta. Y se lo llevan, y este desaparece, y los ladrones se escudan en que las circunstancias o el mercado han sido los responsables; y todos los hombres y humanos grises del dinero a su alrededor le dan la razón. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y aunque hay más, no hacen falta más ejemplos que te roben la sonrisa. Pueden ser una, dos, dieciocho o ciento veinticuatro personas, y puede ser uno, dos, once o mil tres casos, o todo a la vez, porque da igual. Esos humanos grises necesitan tu sonrisa para vivir, y les da igual las barbaridades que tengan que acometer para conseguirla. Y su extinta pero latente naturaleza de hombres grises hace que, cuando se les gaste, vuelvan a atentar contra la dignidad de una persona… y que por desfachatez y experiencia vuelvan a esa misma persona, a sabiendas de que tienen opciones de volvérsela a robar. Y hay veces en las que coherentemente no logran asomarse a su objetivo porque sus damnificados han aprendido o son presa del rencor, pero en otras ocasiones esas víctimas vuelven a picar, vuelven a sonreír… y vuelven a perder esa alegre mueca exhibida en sus bocas por el mismo motivo, una y otra vez, una y otra vez.

Pues, demostrada su eficacia, los ladrones de sonrisas nunca tienen una razón íntegra que pueda convencerles de que deberían asesinar el adjetivo que define su color, y volver a ser humanos de verdad.

Una cuestión de gravedad

life
La vida es un parpadeo de luz en la oscuridad

Life is a winking light in the darkness

Hayao Miyazaki

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Sentía la resistencia que mi cuerpo hacía contra el viento ­en aquella aspiradora gigante, en aquel espacio vacuo donde todos los cuerpos eran atraídos por igual hacia el centro de masas terrestre. Sentía la luz del sol girando en torno a mí, circundando mi cuerpo de manera constante. Sentía sus rayos traspasando mis parpados cerrados con cada rotación, con cada giro sin control que iba trazando a medida que me sumía cada vez más en aquel abyecto pozo de atracción infinita. Y en mi egocentrismo me negaba a aceptarlo, pensando que era el mundo el que giraba a mi alrededor, que los espacios planetarios e incluso, aquella fuerza que me atraía hacia el abismo y que nació de la singularidad en los primeros instantes del universo, no tenían más justificación que mi sola existencia; aunque en realidad, no era más que una subpartícula de aquel universo, un necio que ignoraba que el único que daba vueltas como una estúpida noria, era yo mismo en aquella caída libre.

         Con todo ello, desconociendo la difícil tesitura en la que me hallaba, mi cerebro seguía trabajando de la misma forma que de costumbre: seguía haciendo planes de futuro, proyectando mi yo en un espacio temporal del que no sabía absolutamente nada. Me seguía preocupando de un mañana que seguramente nunca existiría.

          Abrí los ojos y descubrí horrorizado la verdad. Y todos aquellos planes, todas aquellas promesas desaparecieron ante la evidencia: iba a estrellarme contra el suelo irremediablemente. Y en mi desesperación traté de zafarme de aquel feroz vórtice, luché contra el vacío de horizontes infinitos con enérgicos movimientos, pero no conseguí otra cosa que fatigarme y descontrolar todavía más aquella caída con aceleración constante. Fue entonces que me fijé que no me desplomaba solo, que habían muchos otros que lo hacían junto a mí, y que a pesar de compartir el mismo trágico destino, parecían mostrar actitudes muy diferentes entre ellos: algunos lloraban y se angustiaban ante la certeza del impacto mortal, otros se resignaban, limitándose a mantener el máximo tiempo posible aquella caída, abriendo los brazos y piernas para hacer mayor resistencia contra el viento. Algunos, como yo, simplemente se dejaban caer sin un atisbo de esperanza en sus rostros, girando cabeza abajo, cansados, sin encontrar ya motivos para seguir luchando. Sin embargo, entre toda aquella amalgama de hombres y mujeres que se precipitaban segundo a segundo contra el suelo, habían unos cuantos locos que se dedicaban a dar piruetas y cabriolas en el aire, que parecían estar disfrutando de aquella trágica situación. Se reían y lanzaban sonoras risotadas al espacio por el que descendían, despreocupados, asumiendo que no podían hacer nada por evitar lo inevitable, que al fin y al cabo la vida para ellos no era otra cosa que una caída más o menos controlada, metro tras metro, día tras día, gravedad o tiempo no les importaba, si nada, absolutamente nada pasará más allá del suelo. Que lo único importante era disfrutar de aquella experiencia, efímera si cabe, y hacerla lo más explosiva y espectacular posible, vivir lo que para ellos era simplemente… una vida perfecta.