Turistas en el Otro Mundo

Vamos a intentar con todas nuestras fuerzas ser escuetos (aunque eso es algo que nos suele costar lo suyo, lo sabéis bastante bien), porque pretendemos que esta entrada no pertenezca a sus autores, sino a todos vosotros.

Como la mayoría habrá podido comprobar, sin previo aviso el pasado viernes día ocho la plataforma de Amazon se sacó de la manga una rebaja del 80% en el ebook de nuestro Otro Mundo hecho novela. Es cierto que no ha sido la primera vez, pues el año pasado nos vimos sorprendidos por el mismo descuento en el que ha sido nombrado el Día Mundial de LCDOM, 6 de mayo, en el cual nuestra criatura se desperdigó de forma impensable por Europa y el Nuevo Mundo y se aupó al número uno de varios rankings. Como veis, más de un año después seguimos presumiendo de ello… y lo seguiremos haciendo por los siglos de los siglos, qué duda cabe.

El pasado viernes ocurrió lo mismo. A una escala menor en cuanto a ventas, es cierto, pero ese mismo descuento propició que nuestra criatura siguiese viajando a través de la red cibernética allende los mares y materializándose en lectores de libros electrónicos por varios continentes (o los mismos dos que antes, aún no tenemos confirmación de que sea así o de que LCDOM haya decidido hacer turismo por otros lares más exóticos). El caso es que no podemos estar más agradecidos por el hecho de que, desde que se pusiese a la venta, centenares de vosotros hayáis decidido asomaros al Otro Mundo a pesar de la carga que ha supuesto en vuestra billetera, y de esa manera hayáis otorgado a LCDOM una visibilidad especial. Por ello, queríamos devolveros algo de esa confianza y hemos estado reflexionando acerca de cómo hacerlo; no obstante, ni tenemos demasiadas luces para inventarnos una manera espectacular de devolveros el preciado regalo de vuestra generosidad, ni tenemos billetes en el banco para reintegraros el importe aunque no os haya gustado lo que habéis leído. Y como somos bastante sinceros, añadimos un apunte: aunque estuviésemos montados en el dólar, dudamos mucho que estuviésemos dispuestos a retribuiros ese dinero…

Así que, para agradecéroslo, hemos pensado que sí podemos retornaros a los propietarios de un ejemplar esa visibilidad que le habéis dado a LCDOM: proporcionando un hueco en esta entrada a todos los poseedores del libro en cualquier formato. Quizá sea una forma humilde y poco elaborada, pero hemos creído que teníamos que hacer visible nuestro reconocimiento a vuestra generosidad.

No queremos denostar con ello al resto de followers, nos podéis creer, a los que agradecemos encarecidamente vuestro seguimiento, vuestros comentarios y vuestros likes, porque así es como nos habéis hecho crecer y estamos orgullosísimos de que nos hayáis socorrido en dicha empresa. No obstante, nuestra conciencia nos obliga a galardonar aunque sea de modesta manera a todas esas personas que, a pesar de lo que cuesta ganar cada céntimo en una vida que a cada día que pasa se va volviendo más dura, han hecho el esfuerzo de sacrificar parte de su salario para hacer un hueco a LCDOM en su estantería virtual o en la de IKEA.

Mira, y nosotros que queríamos ser escuetos… No tenemos remedio. Simplificando la idea: todos aquellos orgullosos poseedores de un ejemplar de LCDOM no tenéis más que comunicarnos a través de un comentario en la presente entrada vuestro deseo de aparecer en la lista que se muestra a continuación, para que así aparezca un enlace a vuestro blog en este nuestro humilde rincón y de esa manera el resto de visitantes tengan acceso vuestro website y puedan visitaros cuando gusten.

Con lo cual, agradecemos de corazón la oportunidad brindada a LCDOM a:

Peregrinos de la tierra en sombras

Historias malditas, malditas historias

Luna Paniagua

Pazlabrasdeluz

Donde están las luces…

Anuncios

¡REBAJA FLASH LCDOM!

Nota previa (como ya podéis comprobar): desgraciadamente la siguiente entrada plasma una vil mentira, puesto que el día de la rebaja de LCDOM concluyó hace poco o mucho tiempo (eso depende de cuando la visitéis, ¿verdad?) y ahora nos tendremos que conformar con el precio inflado. Nos da pereza eliminar la entrada, así que no nos quedaba otra que notificároslo previamente, que ya no es tan previamente porque, tras todo un párrafo, la cosa ya no es tan previa.

Nadie se ha dignado a avisarnos, pero no fiarnos de nadie al final nos da la razón.

Damas y caballeros, Amazon ha rebajado solo durante el día de hoy el precio del formato electrónico de Las crónicas del Otro Mundo, lo que quiere decir que durante 24 horas podéis conseguir el ebook de LCDOM con una rebaja del 80%. ¿No es flipante? ¡Por fin un precio competitivo para nuestra novela, 1’99 euros! Si os habéis interesado por este libro en algún momento, creemos que este es el momento de aprovecharlo (más que nada porque nosotros no tenemos ni idea de si este descuento volverá a ocurrir en nuestras vidas… o en las vuestras).

Clicad en la imagen y ya decidís si el precio de hoy os parece mejor que adquirir el libro por diez euros…

LCDOM 1,99

Pd. Sí, los autores también percibimos el mismo porcentaje menos de estas ventas, pero somos los más felices del mundo viendo como nuestra criatura escrita con un precio normal de venta tiene una oportunidad en la vida.

El naufragio no es una opción

Con decisión y trabajo, con ilusión y trabajo, con dedicación y trabajo, que es la única manera de afrontar una empresa, encaramos la fabricación de un pequeño sueño: construir nuestro propio barco y echarlo a navegar. Sin rumbo predeterminado ni un destino al cual dirigir el timón: solo navegar, solo disfrutar de un pequeño trayecto a bordo de una nao construida con nuestras propias manos.

Lo que al principio parecía un mera ensoñación que perfectamente podía concluirse a medias, quedando en un mero armazón cuya materia prima había corrido tiempos peores, pero tampoco los viviría mejores ya, no se quedó en un mero intento. Trasladamos a la playa nuestra embarcación aún sin terminar, para tener presente de manera constante donde existía nuestro objetivo, el mar, y darnos cuenta así de que cada martillazo que dábamos nos acercaba a cumplir un objetivo que, con tan solo levantar la vista, podíamos vislumbrar.

Y finalmente, con gran orgullo y satisfacción, concluimos nuestra gran obra de ingeniería naval. Un buque, un crucero, un transatlántico nada menos, eso es lo que nos parecía. En realidad se trataba de un simple bote, algo más grande de lo normal, pero un mero bote al fin y al cabo: el mejor bote que podríamos haber construido nunca. Y una vez finiquitado, alzamos la vista hacia el mar y, oteando el horizonte, avistamos un pedazo de tierra al otro lado de la extensión acuática. Era apenas perceptible, pero imaginamos que aquello no podía ser otra cosa que una isla paradisíaca: el lugar ideal para arribar con nuestro humilde bote.

Pero también éramos conscientes de que sobrevalorábamos, como no podía ser de otra manera, la preciada nave elaborada. Sabíamos que requeriríamos apoyo en algún momento, porque aquel viaje era una empresa demasiado grande para un bote tan modesto. Así fue como recorrimos la orilla antes de hacernos a la mar, en busca de navegantes más experimentados que accedieran a echarnos una mano en el caso de que nuestra barca necesitase ayuda para continuar su viaje. Y los encontramos, y sin ponernos pega alguna afirmaron su voluntad de asentarse en playas cercanas y aportar su granito de arena para que nuestro periplo llegase a buen puerto. Y así lo corroboramos al retornar a nuestro punto de partida: a lo largo de la linea de costa, en ambas direcciones, divisábamos que aquellos amparos estaban allí donde habían afirmado. Regocijados por haber encontrado aquel aval, nos arrojamos a la mar con nuestro pequeño barquito, sabedores de que, independientemente de lo que ocurriese, contaríamos con auxilio.

Cuando ya nos encontrábamos lo suficientemente lejos de la orilla como para dar marcha atrás en nuestra aventura, a una distancia que, paradójicamente, era ridículamente exigua, acudieron a la cita las previsibles dificultades. Unos diminutos orificios aparecieron en el casco de la nave, que nos impedían seguir a no ser que alguien nos ofreciese su ayuda. Llamamos por radio a nuestros protectores, pero unas interferencias indeterminadas interrumpían la comunicación. Miramos hacia la ribera, a los lugares donde se asentaron aquellas personas, pero no conseguimos avistarlos. Así que no quedaba otra: si queríamos que fuesen conocedores de que había llegado el momento de que nos socorrieran, debíamos lanzarnos al agua y nadar nosotros mismos hasta la orilla para advertirles de ello. Y a fe que lo hicimos sin dudar un instante: de otra forma, nuestro pequeño bote naufragaría apenas comenzada nuestra travesía, y no podíamos consentirlo.

Braceamos con todo nuestro ímpetu hacia uno de los asentamientos, sin poder percibir ninguna figura desde la distancia; pero, cuando la acortamos lo mínimo, observamos con horror lo que estaba sucediendo. Aquel auxiliador que se había comprometido a ayudarnos estaba recogiendo sus cosas, dispuesto a emigrar de allí. Desde nuestra posición resultaba inútil avisarle a gritos, con lo cual continuamos nadando desesperados con tal de alcanzar una proximidad que nos permitiera prevenirlo de que le necesitábamos. Pero llegó el momento en que nos dimos cuenta, mientras lo observábamos partir sin mirar ni una sola vez hacia el mar, que jamás lo alcanzaríamos, y que, si seguíamos forcejeando con las olas, no conseguiríamos más que nadar para ahogarnos en la orilla. Fue entonces cuando, derrotados, empleamos las fuerzas que nos quedaban para retornar al bote y recobrar el aliento. Aquel varapalo fue aún mayor cuando, al auparnos de nuevo a la barca, volvimos a observar aquellos pequeños agujeros. Aunque de manera minúscula, parecían haber aumentado su tamaño.

No había sido más que un simple revés, eso estaba claro. Aunque aquel gran sostén nos hubiese fallado, aún contábamos con el auxilio de dos patrocinios más. Dado que la radio seguía sin funcionar, hubimos de arrojarnos de nuevo al agua y aproximarnos brazada tras brazada al segundo de los asentamientos donde nos aguardaba una mano amiga. Y sentimos una punzada de pánico en cuanto nuestros ojos pudieron actuar con la suficiente eficiencia como para divisar la orilla: la segunda persona con la cual habíamos pactado su auxilio, al igual que la primera, se encontraba agrupando sus enseres en una valija, manifiesto indicador de que también se disponía a abandonarnos a nuestra suerte sin previo aviso. Mas no podíamos hacer otra cosa que intentar alcanzarla, así que nadamos hacia la orilla, nadamos de forma primaria, nadamos como si no solo estuviese en juego la integridad de nuestro bote, sino también la nuestra. Pero la suerte estaba echada: desde el agua volvimos a ser testigos de excepción de como aquel ser humano, que se había comprometido a ayudarnos en cuanto acudieran a la cita nuestras horas más bajas, se alejaba del lugar en el que debería estar. En ese justo momento, un instante idéntico volvió a presentarse ante nosotros: si decidíamos seguir adelante, lo único que conseguiríamos sería nadar para ahogarnos en la orilla.

Retornamos exhaustos al bote, cuyos orificios amenazaban con mostrarnos las primeras filtraciones de agua salada. El primer desafortunado incidente, la exclusiva huida de nuestro salvador original, tenía visos de haberse convertido en una pauta. Pero no debíamos perder la esperanza, pues, a pesar de la inseguridad que entonces reflejaban nuestros rostros, nos quedaba una bala en la recámara, un último benefactor con cuya ayuda impediríamos que se hundiese nuestra apreciada embarcación. En cuanto recobramos las fuerzas necesarias, sin perder un instante volvimos a saltar del bote y nadar hacia la orilla, hacia el emplazamiento donde nuestro salvador debía estar. Y ya desde la distancia comprobamos la funesta escena.

Allí no quedaba nadie. Nos habían abandonado. Fue así como, después de haber recorrido toda la costa para prevenir una catástrofe y toparnos con una felonía tras otra después de lo pactado, comprobamos que seguíamos nadando para ahogarnos en la orilla, pero esta vez de una manera más metafórica que literal. Con brazadas cansadas retornamos a nuestro pequeño bote, lo abordamos y miramos en derredor. Nos dimos cuenta de que lo único que podíamos hacer al respecto era achicar el agua en cuanto esta comenzase a anegar la pequeña nao para evitar que se hundiera; de otra manera, tanto nosotros como nuestra barca nos convertiríamos en los simples restos del naufragio. Sin más remedio, nos arremangamos y comenzamos a arrojar el agua por la borda con nuestras propias manos en cuanto esta, finalmente, hizo acto de presencia. Solo podíamos luchar contra el destino y mantener la esperanza de que volviese a aparecer alguien en la orilla que, esta vez sí, estuviese dispuesto a echarnos una mano sin que la declaración de este hecho por su parte se convirtiese en papel mojado. Mientras tanto, allí permanecimos intentando con todas nuestras fuerzas mantener a flote ese pequeño bote del que estábamos tan orgullosos, al que habíamos bautizado antes de partir con el nombre de Las crónicas del Otro Mundo.

Porque el Otro Mundo, antes de iniciar su aventura literaria pública, se había aprovisionado de tres excelentes salvavidas para mantenerse en todo momento a flote. Lo que no habían llegado a advertirnos los hados es que todos esos flotadores estaban pinchados.

Las crónicas del Otro Mundo tuvo mala suerte. Sabíamos que no bastaba con publicar un libro, sino que lo mismo daría hacerlo si la gente no sabía que lo habíamos logrado. Todos sabemos que en este mundillo algo que no se ve, no existe. LCDOM iba a nacer, y nuestro papel ahora consistía en que todo el mundo debía enterarse. Nos afanamos por ser proactivos al respecto, y sobre el papel lo conseguimos: antes de tener en nuestras manos los ejemplares dispuestos para críticos, a través de un par de relaciones próximas que habían conseguido esos contactos, teníamos apalabradas hasta tres reseñas en sendos blogs de críticas literarias, e incluso la posibilidad de una aparición en la radio. Estábamos nerviosos, pero ilusionados. Y, de repente, todo se vino abajo. Uno de nuestros enlaces fue víctima de un despido improcedente durante una baja por accidente laboral (la excusa fue que la empresa no tenía capital suficiente para mantener su puesto específico de trabajo y con lo cual este iba a desaparecer; y ojo, porque sería divertido si no fuese real, ya habían contratado a otra persona para dicho puesto “que iba a desaparecer”); su contacto para conseguirnos la reseña era la hermana de la jefa y, de repente, aquella intención se esfumó, aunque ya se hubiese quedado con el ejemplar. Una reseña, una entrevista radiofónica, un libro y un puesto de trabajo, todos ellos volatilizados de manera rastrera: he aquí las maravillas obtenidas por la maravillosa reforma laboral, daños colaterales literarios incluidos. Con nuestro otro contacto tampoco tuvimos suerte: con él se produjo un distanciamiento incómodo con uno de sus apalabrados críticos y el horno no estaba para reseñas, mientras que la otra la perdimos por (al fin un motivo feliz) una baja por maternidad que hacía postergar cualquier tipo de actividad literaria a la afortunada mamá. Tres reseñas, tres contratiempos, tres negativas, y una misma decepción para LCDOM, que se ha encontrado con algunos percances más con posterioridad a su publicación, desapareciendo otras reseñas que también habían sido apalabradas. No obstante, como sabe cualquier autor novel de andar por casa, cuando tras darlo todo una y otra vez nos encontramos con cero reseñas, la voz de Sinatra versionando That’s life actúa como manual de instrucciones de todo escritor desconocido: each time I find myself flat on my face, I pick myself up and get back in the race.

Hemos continuado achicando el agua, rechazando que nuestro bote fuera anegándose del líquido elemento y concluyese rendido ante las fugas en el fondo del océano, enterrado cual Titanic en una tumba de agua. Muchos nos habéis ayudado a minimizar los daños en el bote, dándonos continuidad en la blogosfera y redes sociales, e incluso alguno nos ha prestado sus cubos para facilitarnos la tarea de extraer el agua del interior del barco, lo cual ha significado pura vida para LCDOM. En ese Another World Hall of Fame se encuentran, por supuesto, la pionera reseña de Sadire, la pormenorizada crítica de Paula, la visión emocional de la historia narrada por Elia y, como no, el reciente y minucioso análisis literario de Silvia en un blog especializado.

Gracias a ellas cuatro y al resto de seguidores, con todo este viaje a cuestas y a pesar de los sinsabores vividos, seguíamos con la esperanza de que algún guardacostas apareciera y nos facilitase uno de esos salvavidas legítimos de los que creíamos habernos aprovisionado en un principio. Como soñar es gratis, todavía aguardábamos con un ínfimo halo de esperanza sorprendernos de repente con la campana de uno de esos barcos en nuestros oídos.

Porque, a veces, puede tronar cual cuerno de guerra la bocina de un transatlántico.

Cualquier aficionado a la literatura con conexión a internet conoce sí o también el blog literario ‘Trabalibros’, y es que no es para menos: dentro de la clasificación de blogs literarios en español más importantes atendiendo a datos objetivos como número de seguidores en redes sociales, comunidad de lectores y posicionamiento en buscadores, ‘Trabalibros’ se encuentra en el Top 5 y no porque lo digamos nosotros. De hecho, a diferencia de otros, dicho blog también puede jactarse de tener presencia en las ondas a través de un programa radiofónico de tertulias literarias. ¿Quién da más? LCDOM no puede aspirar a aparecer en dicho website… lo cual no significa que, rompiendo todas las quinielas, no lo haya conseguido.

Esa crítica no es solo un hito en si misma, sino que dicha opinión nos convierte en el primer libro de nuestra editorial que logra aparecer en uno de los 5 primeros blogs literarios más importantes. Una lástima (por definirlo de alguna manera) que la editorial no promocione una de sus obras más vendidas en vez de dedicarse a ponerle zancadillas, aunque esa ya es otra historia que hoy no merece ser contada.

Porque hoy estamos celebrando algo mucho más alegre, la reseña publicada en dicho blog por Luna Paniagua, artífice de una nueva primera vez en el camino de LCDOM de una importancia que jamás podremos olvidar (porque el Otro Mundo no olvida benefactores). Sospechamos que a Luna le hace algo de tilín todo lo relacionado con el mundo literario, porque cuando no está aporreando el teclado en su blog homónimo ya que no puede evitar participar en cualquier reto que la desafíe a teclear historias, se dedica a plantar batalla de manera implacable contra el desatino en cualquier creación. Sea como fuere, Luna se ha erigido en una nueva heroína más en el devenir de nuestra novela, otro capítulo escrito en la historia de nuestra historia.

Bueno, la verdad es que aún no os hemos mostrado este mentado capítulo… Por cortesía de Luna, SRT (ya le preguntáis a ella el significado de sus siglas si queréis, que para eso son suyas), LCDOM goes to Trabalibros:

LCDOM TRABALIBROS

Crónica sin final feliz

Crónica sin final feliz era, es, el título provisional de un proyecto acometido hace ya bastantes años, una historia que creímos debía ser contada y que la propia vida no nos permite continuar. Crónica sin final feliz corre el peligro de convertirse en una crónica sin final, a secas, y eso es algo que, de cristalizarse, nos perseguiría a muchos implicados en forma de desazón y arrepentimiento hasta nuestro último aliento.

Hace más de una década tuve la suerte de conocer a una serie de personas en cuyo pasado una ajena mácula había oscurecido parte de sus existencias. La vida, como concibe con tantos y tantos semejantes, me hizo converger con una chica cuya abuela había engendrado una progenie que ascendía a catorce hijos; mas me dejaron claro que aquello, en el fondo, no se correspondía con la realidad. Sí: en verdad habían sido dieciséis retoños, pero dos de ellas, gemelas, habían sido… robadas. En el hospital, nada más nacer, en una época en la que, cruel y desgraciadamente, aquella práctica se encontraba a la orden del día. ¿Cuánto pesar no debe suponer eso en el día a día en la vida de una madre desposeída de dos seres que han salido de sus entrañas, tras darles la oportunidad de existir gracias a su vientre?

Resumiendo salvajemente la cronología que nos llevó a ello, una de las hijas de esta persona y su sobrina, esa chica a la que conocí en un entorno tan cotidiano como diario, esa nieta a fin de cuentas, emprendieron una cruzada en la que revolvieron tanto documentos del pasado como animadversiones de unos seres humanos, extraños, foráneos, que, inexplicablemente, querían prohibirles su labor de investigar si realmente aquel robo de bebés había sido tan real como les había sido relatado y, de ser así, dónde habrían acabado aquellas dos gemelas: para ellas, aquellas dos hermanas y aquellas dos tías. Y, por otra parte, deseaban que aquella historia no cayera en saco roto, deparase lo que deparase: anhelaban propalar dicha injusticia, dicha búsqueda, dicha vivencia y, sobre todo, el sufrimiento de alguien a quien han arrebatado a dos recién nacidas que apenas habían tenido tiempo de abandonar su útero.

Nunca estuve más seguro de querer recoger un guante, porque que alguien plasmase su historia era el deseo de todas ellas, y la vida me había colocado circunstancialmente en aquella posición.

Ha sido la existencia la que se ha interpuesto en nuestra recta campaña. Con la excepción de la utilización de nombres ficticios, la única manera justa de encarar la historia era la historia misma: no recrear los hechos, sino narrarlos sin inventarnos una sola palabra. Nos reunimos con testigos de todas las épocas, con todo el que había tenido algo que decir, y exprimimos la memoria de todos los actores para inmortalizar todos los hechos, todos los diálogos, todos los pasos, fechas, minutos, segundos. Y lo seguimos haciendo hasta que la vida de cada una de las protagonistas no nos lo ha permitido más. Horarios insalvables, ubicaciones remotas… encuentros imposibles. Hace ya un tiempo que la vida ha zancadilleado esta crónica, y ningún ser humano es eterno. Quizá, quién sabe, no podamos concluir la historia antes de que la principal actriz se apague. No es algo que queramos reconocer ninguno de los implicados, como si secretamente mantuviésemos una conspiración del silencio. Pero, con respecto a la materialización de la novela, la realidad objetiva es que cabe la posibilidad que la protagonista no la vea concluida. Aquí es cuando quiero recuperar la última frase del primer párrafo de esta entrada. Nos perseguiría a muchos implicados en forma de desazón y arrepentimiento hasta nuestro último aliento.

Por eso, queremos, necesitamos, que sepáis que esta historia existe. Que esa persona existe, que las dos hijas que le arrebataron existen, que la lucha para que alguien lo reconozca existe, que la pretensión de que todos lo sepan existe. Y quizá no conozcáis cómo concluye esta provisional Crónica sin final feliz, y puede que nosotros tampoco, pero queremos que, al menos, comprobéis a través de esta entrada que esta historia, el relato del fragmento de esa vida golpeada por gente sin alma, sí tiene un comienzo. Y también que, en cuanto esté en nuestra mano, por justicia poética, también llegará a tener su epílogo escrito y listo para que el mundo lo conozca.

A continuación os presentamos el arranque de esta crónica, para amarraros a todos vosotros como copartícipes de su vida.

PRÓLOGO: 3 DE FEBRERO DE 1961

¡Ay, qué dos nenicas más guapas has tenido, menuda mata de pelo tienen!

Era la tía Carmen la que daba la buena nueva a Marcial, que acababa de llegar al hospital tras ser informado de que, horas antes, su mujer había roto aguas sin previo aviso.

Dentro de lo que cabía, había tenido mucha suerte. Aquel día Dolores, su esposa, había cogido el autocar para visitar a un familiar, por lo que desde aquella perspectiva abstracta las contracciones podían haberla sorprendido en cualquier recóndito rincón que la línea de autobús recorriera. No obstante, la divina providencia quiso que fuera a visitar a su cuñado Nemesio, hermano de Marcial, que estaba ingresado en el hospital debido a una reciente operación de apendicitis, cuando Dolores se puso de parto. Además iba acompañada en el vehículo por Carmen, tía de su marido, que también acudía al centro sanitario a ver a su sobrino, por lo que no se encontró sola durante ningún momento del lance.

En realidad, todo había salido a pedir de boca, teniendo en cuenta que aquel alumbramiento debía llevarse a cabo necesariamente en el hospital. Marcial, a sus 27 años, ya era patriarca de familia numerosa, y Dolores, cuatro años y medio menor, era toda una veterana en dar a luz: había participado como actriz principal en cuatro alumbramientos, el último de ellos con doble recompensa. En las tres primeras ocasiones sus hijos mayores abrieron sus ojos al mundo por primera vez en su propia casa; no obstante, el siguiente, al ser gemelar, tuvo que realizarse obligatoriamente en el hospital para prevenir posibles complicaciones. Es decir, a pesar de tener ya cinco vástagos, ambos padres solo habían asistido al hospital una vez para ver nacer a sus retoños.

Pero un año después allí se encontraba Marcial de nuevo, visitando el hospital para ver a sus dos gemelas recién nacidas. Había acudido tan rápido como había podido, lo cual, al residir en una población cercana y no disponer de coche propio, se resumía en varias horas de retraso desde el nacimiento de sus hijas. Estaba en su casa, a cargo de sus cinco hijos, cuando recibió la noticia de boca de uno de sus numerosos familiares, que curiosamente se había topado en el hospital con su tía Carmen y había recibido el encargo de parte de esta de avisarle de que el estado de buena esperanza de su mujer había llegado a un feliz desenlace en la institución sanitaria. Lo primero que tuvo que hacer Marcial fue encontrar a alguien de confianza que se quedara con los niños, habida cuenta de que no podía dejarlos solos: el mayor de ellos contaba cuatro años nada más, y a los gemelos aún les faltaba un par de semanas para arribar a los doce meses de vida. Tras endosárselos a otro miembro de su parentela, tuvo que buscar a alguien del pueblo que dispusiera de coche propio y estuviera dispuesto a llevarle al hospital, labor que también ejecutó con cierta eficacia. Sin embargo, el retraso que todas estas acciones acumuló, sumado al que llevaba de antemano antes de conocer la alegre noticia, provocó que se personase en el centro fuera del estricto horario de visitas marcado que el personal de maternidad hacía cumplir a rajatabla. Marcial intentó en vano convencer a alguno de los trabajadores de aquella unidad de maternidad de que le dejaran pasar para conocer a sus chiquillas, pero no hubo forma humana de que ningún miembro del personal diera su brazo a torcer. Todos le repetían una y otra vez la misma frase en un tono monocorde: “vuelva mañana en horario de visitas”. Marcial tuvo que resignarse: aquel día no iba a conseguir ver a sus gemelas ni darle un beso a su mujer. Lo único que podía hacer era regresar a casa y soñar con la hermosa mata de pelo que su tía le había dicho que tenían sus hijas.

Además, solo tenía que aguardar un día. No le habían dejado atestiguar con sus propios ojos la divina belleza que irradia un hijo propio la primera vez que se le tiene presente, pero en menos de veinticuatro horas podría deleitarse con la misma. De hecho, tenía toda una vida por delante para abrazar a sus dos niñas siempre que quisiera. Podía esperar: merecería la pena.

Al día siguiente, un emocionado Marcial entraba en la unidad de maternidad siendo perfectamente consciente de que el reloj le daba permiso para ello, al encontrarse dentro del riguroso horario de visitas. Le pareció curioso que el portero de aquella zona del centro fuera manco, pero no se detuvo demasiado a pensar sobre ello: había llamado su atención, pero esta se había redirigido casi inmediatamente al reencuentro con Dolores y a la primera audiencia con las gemelas. Conforme traspasó la puerta de la habitación en la que se encontraba su esposa, sus ojos percibieron a una mujer de pie, al lado de la cama de su mujer, desconocida para él y, como supo después, también para su cónyuge, que solo acertaba a añadir sobre la misma que era “alguien del hospital pero no era una enfermera”, puesto que de estas se acordaba muy bien. No obstante, apenas le prestó mayor atención dado que, al encontrarse de nuevo frente a Dolores, reparó en que algo no marchaba como debía.

La madre de sus hijas parecía triste. Muy, muy triste.

La aflicción que efectivamente sentía ella se agigantó en cuanto tuvo delante a Marcial, y no pudo evitar romper a llorar. Víctima de un desconsuelo incomprensiblemente teñido de vergüenza, Dolores se tapó con la sabana para evitar que su marido pudiera verla de esa guisa, y este, presa del desconcierto, tan solo llegó a articular una cuestión.

¿Qué te pasa?

Esa pregunta jamás obtendría respuesta, puesto que poco después de proferirla, y permaneciendo su mujer cubierta por la sábana, sus oídos captaron una llamada de atención realizada desde el pasillo, un requerimiento ejecutado desde fuera de la habitación que parecía dedicado a él.

Un requerimiento que se convertiría en el más triste de su vida.

Marcial se giró para atender al mismo y descubrir quién lo había proferido, quién iba a demorar un poco más la primera reunión con sus hijas, sin saber que no retrasaría ese encuentro… sino que iba a conseguir impedirlo para siempre.

Había dos personas en el corredor mirándole directamente, siendo inequívocamente ellos la fuente de aquel llamamiento. Tanto el hombre como la mujer poseían características que no les dejarían pasar desapercibidos entre la multitud. El hombre tenía una apariencia imponente: mediría alrededor de metro ochenta, lo que para el estándar de la década resultaba una altura bastante considerable, a juego con su envergadura. Tendría alrededor de cuarenta y cinco años, y, pese a encontrarse a unos metros de distancia, pudo distinguir que en el agraciado rostro de aquel varón sobresalían unos ojos pardos, custodiados por pobladas cejas. Iba bien vestido, con un atuendo que Marcial identificó mentalmente en ese mismo momento como de “señorito” de la época. Por su aspecto, a primera vista no podría definir exactamente el papel de aquel hombre en el hospital.

Sin embargo, el rol de la mujer en el centro estaba más que claro, puesto que su indumentaria la delataba, y más aun en una institución sanitaria de aquellos años. Era una monja de mediana edad, cuyo hábito era de un color que Marcial nunca supo llegar a definir con claridad: marrón muy claro o amarillo oscuro, con lo que en su cabeza almacenó el vocablo “caqui” para describir su tonalidad sin saber demasiado bien si esa variedad cromática se correspondía con la realidad del vestido. Era ella la que le había llamado tras verlo dentro de la habitación, y una vez se hubo girado hacia ellos la hermana volvió a reclamar su atención, consiguiendo que Marcial desanduviera los pasos que le habían hecho introducirse en el cuarto y acudiendo a la llamada de la religiosa y su apuesto acompañante. Cuando se encontró cara a cara con ellos en el pasillo del hospital, apenas estaba a unos pocos metros de la cama de su mujer. No tardaría en salvar aquella distancia y reunirse finalmente con ella y también con sus hijas, después de todo un largo día de espera.

Las palabras que le dedicó a continuación aquella monja pronto destruyeron esa esperanza.

Señor Sarrión, lamento tener que comunicarle que sus hijas fallecieron la noche anterior. El hospital ya se ha encargado del entierro de las pobres criaturas. Los cuerpos de sus hijas ya se encuentran en el osario del cementerio.

Marcial se sintió confuso, no acababa de comprender demasiado bien lo que aquella religiosa le había contado. Aunque en principio debía entender todas y cada una de las palabras que le habían dedicado, aquello no tenía sentido. No podía ser verdad, puesto que apenas unas horas antes había visitado aquel edificio y sus hijas habían nacido sin problema alguno. Su tía Carmen le había dicho exultante lo guapas que eran, y había incidido en la frondosa cabellera que tenían ambas. “¡Menuda mata de pelo tienen!”, rememoró instantáneamente.

Marcial, desconcertado, concluyó que tenía haber entendido mal lo que le habían dicho. No era posible que le acabaran de dar la peor noticia que jamás había escuchado a sus 27 años de vida. Haciendo un esfuerzo por no parecer consternado, elaboró una cuestión cuya respuesta deshiciera el malentendido.

Pero, entonces, ¿dónde están mis hijas?

Con una irritación mal disimulada, aquella mujer tocada con un hábito de confusa tonalidad contestó que se lo acababa de decir, tras lo que volvió a relatar casi literalmente la frase que había proclamado pocos segundos antes.

Su interlocutor, padre de aquellas indefensas criaturas, quedó sumido en un estado de estupor del que tardaría bastante tiempo en salir. Tenía a pocos metros la habitación en la que debían estar su esposa y sus hijas recién nacidas, pero por alguna extraña razón que todavía no alcanzaba a comprender, si salvaba aquella distancia ellas no estarían allí. Estaba tan cerca de aquel cuarto y, por lo que le acababan de decir, al mismo tiempo tan sumamente lejos de encontrarse con todas ellas, que aquel hecho no hizo más que amplificar su aturdimiento.

Aquellas personas que tenía delante supieron aprovecharse del estado de confusión explícita del humilde hombre que tenían delante de forma inmediata, como si lo pudieran haber tenido planeado. Arguyendo algún tipo de excusa no del todo sensata que Marcial, dado su alienado estado, no supo o no pudo valorar, aquel hombre de cejas pobladas permaneció al lado de la sor portadora de funestas noticias mientras esta exponía que, dadas las circunstancias, ese día tampoco podría ver a su mujer ni podía permanecer allí, y le exhortó a abandonar el hospital. Sus miradas inquisitivas se clavaron en Marcial de manera imperturbable e incómoda hasta que este, a pesar de la estupefacción que gobernaba su intelecto, tuvo que darse cuenta de que le estaban echando y tenía que irse. Y finalmente lo hizo: se dio la vuelta y abandonó el centro, sin poder ver a Dolores y sin saber muy bien si lo que estaba ocurriendo a su alrededor era real. Debía haber exigido ver a sus hijas, estuvieran vivas o no, y si no lo estaban tenía que haber preguntado las causas de la muerte; debía haber podido abrazar a su mujer en ese momento tan cruel. Debía haber reaccionado.

Pero no podía hacer otra cosa: en 1961, siendo un humilde hombre de pueblo, si una monja y un doctor le decían que sus hijas habían muerto y que tenía que marcharse inmediatamente, no le quedaba ninguna otra opción en el mundo.

No fue hasta tiempo después que cayó en la cuenta de que aquel alto y apuesto médico en realidad no había llegado a abrir la boca. En verdad, el hombre de pobladas cejas que acompañaba a la religiosa ni llevaba bata, ni parecía médico, ni se había identificado en ningún momento como tal.

Tres días después, Dolores fue dada de alta. No era de extrañar, dado que, oficialmente, ella no pintaba nada allí. Nunca nadie les dio ninguna documentación médica sobre el alumbramiento, y mucho menos sobre ningún enterramiento, dado que al ser personas humildes desconocían los trámites legales, y la monja que anunció a Marcial el fallecimiento de sus hijas también le explicó que ya estaban enterradas: no hacía falta preguntar nada más. Solo restaba superar el golpe y seguir viviendo, pensaba él. Aunque no se le podía acusar de nada dada la turbación sufrida ante la noticia, le torturaba no haber podido reaccionar en aquel momento. No obstante, por muy frustrante que resultara, ahora ya se no podía hacer nada. Debía superarlo.

Pero Dolores las había sentido brotar de su vientre, las había oído llorar durante horas, y cuatro días después seguía sin poder creer que no estuvieran vivas. Al día siguiente de parir le dijeron que sus gemelas habían fallecido a las tres horas de nacer, y aquello era imposible. No era solo que a su marido le hubieran contado que habían muerto en otro momento distinto, sino que ella las había visto, las había oído ella y todo el personal de la unidad de maternidad, y de repente desaparecieron de la faz de la tierra. Estaban vivas, y al instante siguiente estaban enterradas.

Aquello era una vil mentira, Dolores estaba completamente convencida de ello.

Sus hijas le habían sido robadas.

Pero ya nadie podía hacer nada por evitarlo.

Crónica sin final feliz

Una deuda pendiente

Pongamos que existía un chico. Un niño, en realidad, de una época en la que tener doce años y seguir siendo un niño era algo que podía confluir perfectamente dentro de una misma persona. Un adolescente casi recién estrenado cuya mente seguía perteneciendo a la de un niño, un niño asustado por los cambios, un niño inseguro que no entendía el mundo que parecía obligado a abrirse ante él. Un hijo de la EGB que abandonaba en ese justo momento a dicha madre, en el verano que mediaba entre ese batir de alas y la llegada al instituto, a un nuevo centro cuya perspectiva le aterraba. Inocente. Introvertido. Inexperto. Muerto de miedo.

Pongamos que existía una chica. Una adolescente con la experiencia que dan los años de instituto, institución que abre los ojos al lego y también las puertas de la juventud de par en par. Con tres años a cuestas inserta en ese micromundo, recorriendo los pasillos del edificio, fugándose de algunas clases porque resultaba mucho más divertido quedarse con otros compañeros ociosos en la cafetería. Atrevámonos a imaginar una pubertad cotidiana, en la que un imparable torbellino de hormonas visita a dicha joven a los quince años generando un exagerado enamoramiento adolescente, pura química borboteando por las venas, cuya aparición, tras meses de entusiasmado e irreflexivo romance seguido por un inesperado y tajante final, desembocaría en un boletín de notas que exhibía inmisericorde a través de su tinta todas las asignaturas suspendidas. Planteemos a unos padres más decepcionados que enojados, cuyo castigo para la protagonista estribaba en dictaminar que su estío se produciría alejada de su habitual contexto. Enviándola a casa de un familiar lejos de los dominios de la joven, creyendo que así llegaría a entender que, sin aprobados, tampoco existirían amigos a su alcance.

Pongamos que el niño asustado y la adolescente condenada coinciden dicho verano en el tiempo y el espacio. Pongamos que se ven obligados a verse, a tratarse, a pasar prolongados periodos juntos debido a la existencia de amigos comunes. Amigos de los pocos con los que se sentía seguro el adolescente que creía ser un niño… los mismos que se sienten fascinados por la novedad de la adolescente que creía ser una mujer. El chico rechaza automáticamente la presencia de la chica, en silencio, retraídamente, de una forma tan sutil que nadie poseería jamás la capacidad de percibir nada anormal en él, o nada que no se atribuya a su inherente timidez. La joven actúa con el joven como con cualquier otro de los nuevos compañeros estivales con los que se ha topado obligada por las circunstancias. Con cortesía, con respeto, con simpatía, con bromas… con todo lo necesario para encajar sin dificultad de forma natural.

Pongamos que el chico desconoce absolutamente por qué reniega de su presencia, más allá de disturbar la camaradería que mantenía con sus colegas de siempre, la misma que le hacía sentir seguro dentro de un mundo que siempre le había provocado desconfianza y, en algunas ocasiones, incluso animadversión. Pongamos que no reconoce ese sentimiento de repudia, porque jamás lo había sentido. Pongamos que no reconoce ese sentimiento, sin más, y por ello lo confunde.

Pongamos que la chica de quince años de BUP se siente atraída por ese chico de doce. Una época distinta, unos parámetros distintos en cuanto a edades consideradas “normales” para un idilio, aunque únicamente pudiese tratarse de un amor veraniego. Pongamos que por ese motivo no se lanza, esperando que ese chico dé un primer paso con el que pueda tener la certeza de que ese “algo bonito” tiene una razón para ocurrir. Hasta arribado ese momento solo le resta aguardar, mientras ambos estandarizan una relación corriente dentro de un grupo corriente.

Pongamos que él, inexperto, idiota, tarda demasiado en darse cuenta de que no había sabido reconocer el sentimiento que ella le despertaba. Que no era rechazo, que no era desprecio ante el cambio… que no lo reconocía porque nunca antes lo había sentido. Que no lo reconocía porque nunca antes había estado enamorado. Y, tras haber descubierto esa desconocida debilidad, admitida como tal por el miedo al fracaso, nunca se atreviese a dar el paso.

Pongamos que ella, experimentada, orgullosa, no quisiera ser la primera en abrirse a aquel chico que, sin saber cómo, le había hecho sentir que aquel verano de castigo podía haberse metamorfoseado en un auténtico regalo.

Pongamos que tan solo hubiese hecho falta un primer beso para desencadenar una bonita relación.

Y pongamos que ese beso nunca llegó. Pongamos que el gris septiembre los separó para siempre, que nunca más supieran el uno del otro y que, sin embargo, ambos siguiesen pensando que la vida les debía el perpetuamente nonato beso de aquel verano. Y resultaría completamente irrelevante para sus existencias que, pasados los años, ambos se cruzaran y ni siquiera se reconociesen. O incluso que sí lo hicieran, que se parasen a hablar, que recordasen los viejos tiempos. Quizá seguirían siendo conscientes de que la vida les debía un beso, pero que también les había separado y que su momento se había extraviado en las nieves del tiempo. Puede que, sin atreverse a sacar el tema por estar fuera de lugar, se dieran la razón tácitamente al aceptar que aquel inédito ósculo carecía ya de sentido. Pero que lo hubiesen aceptado carecía de relevancia: eso no invalidaba una cruenta verdad.

Que la vida había contraído con ellos una eterna deuda pendiente que nunca, jamás, se dignaría a saldar.

 

 

 

 

 

Nosotros siempre hemos aspirado a aprender, sin importar quién pueda procurarnos la enseñanza o de dónde pudiésemos extraerla. No queremos dejar pasar las oportunidades, y con ello no nos referimos tan solo al contexto romántico que nos ha introducido, sino a todos los ámbitos en los que podamos arrepentirnos de no haber dado el paso. No queremos darnos cuenta años después de que perdimos una oportunidad que necesitábamos aprovechar. Nos negamos a que la vida contraiga con nosotros y la novela que da nombre a nuestro blog una deuda pendiente que jamás esté dispuesta a saldar.

Porque la vida, sin duda alguna, tenía esa deuda pendiente con Las crónicas del Otro Mundo. Desde antes de su lanzamiento quisimos asegurar su presencia en un sector en el que obligatoriamente debía (y creemos que merecía) estar: los blogs de reseñas literarias. Y nos movimos, y conseguimos una, dos y hasta tres oportunidades; y a continuación nos llevamos una, dos y hasta tres hostias en la cara cuando todas se nos negaron de súbito, aunque, como repitió Michael Ende en La historia interminable hasta la saciedad, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Pero incluso hoy nos aferramos a LCDOM, nos encadenamos a nuestra criatura para que ella tire de nosotros cuando nos falten las fuerzas, volvamos a empujarla sin descanso cuando veamos que su luz parece ir apagándose, y sea de nuevo nuestra historia la que nos arrastre hacia adelante cuando flaqueen nuestras esperanzas. Y ha funcionado. Juntos hemos seguido hacia adelante, y a lo largo de nuestro trayecto, tan desnudo al principio, hemos conseguido encontrar compañeros que han tenido a bien hacerle un hueco al Otro Mundo a través de una reseña en sus libretas misceláneas sustentadas por el ciberespacio. Pronto los volveremos a nombrar, porque el Otro Mundo no olvida benefactores; no obstante, hoy nos vemos obligados a contaros algo distinto. Por una vez, la vida ha saldado una deuda con nosotros.

Hemos eliminado de nuestra lista de cuentas pendientes esa anhelada reseña de la novela en un blog literario especializado. Sí, lo hemos conseguido: la vida ya no podrá contar la omisión de la misma como una victoria. Y todo ha sido gracias a la aparición de LCDOM en el Portal web de crítica literaria A Librería, que nos ha brindado la oportunidad de hacerle un hueco entre sus trescientas reseñas. Honestamente, al principio nos daba un poco de vértigo el sistema de puntuación que este blog utiliza, pues por debajo de la calificación “No recomendable” subyace una más profunda: “No, por favor”. Una opción simpática y original… menos para los autores cuyo libro acabe en sus fauces. Dado que dicha categoría no está vacía precisamente, la amenaza de precipitarnos por ese acantilado existía. La posibilidad real de caer en ese pozo con motivo de nuestra primera reseña en un blog literario era algo que nos aterraba, pero, al contrario que el chico asustado y la chica altiva, no podíamos negarnos a no intentarlo, a que la vida nos impusiera una cuenta pendiente. Apostamos el Otro Mundo con todo, y que ocurriera lo que tuviese que ocurrir.

Y nuestra impresión es que ha salido cara. Silvia Paz, que cuando no se encuentra publicando reseñas en A Librería seguramente esté localizable divagando en su desván, no ha creído pertinente arrojarnos a ese abismo. Más bien al contrario, estamos muy contentos de que el Otro Mundo haya caído en sus manos y existido en su imaginación durante la lectura, porque su crítica, como padres de la criatura que somos, nos hace sentir muy orgullosos.

¡Disfrutadla!

LCDOM A Librería

A Librería

  • Título:Las crónicas del Otro Mundo
  • Autores: Carlos López Moreno y Adrián E. Belmonte
  • Ilustrador: Javier A. Vidaurre
  • Género: novela de fantasía
  • Editorial: Amarante
  • Fecha de su publicación: 2015
  • Número de páginas: 952

Era la perfección eterna del dolor.

Esta obra llegó a A Librería para que la reseñásemos cuando yo ya me había fijado en ella. Su sinopsis prometía un argumento potente, ciertas dosis de ciencia y mucha acción. Tras leer la muestra, el estilo narrativo acabó de convencerme para decidirme a leerla. El ser una obra escrita a cuatro manos también fue un factor importante para despertar mi curiosidad. Considero que el escribir de este modo puede enriquecer mucho un texto, pero tiene ciertas complicaciones a la hora de crear.

carlos-lopez-210 Fotografía de Carlos López

En cuanto a los autores, Carlos López Moreno (1979), nacido en Elche, es Ingeniero Informático por la Universidad de Alicante y su especialidad…

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Otro Mundo hecho a medida

“-¿Le has pillado tú el gustillo a eso de repartir recados, verdad? A ver si te envalentonas demasiado y nos da por encargarte una petición chunga, para devanarte los sesos… (Sin que ningún Bones tenga que probarlos tras el esfuerzo, claro)

-Ya sabéis que me tiro a la piscina sea como sea, tengo experiencia en parques acuáticos 😉 😉

-Vale, vale, pues tú lo has querido: a ver cómo sales de esta.
Quizá recuerdes así vagamente que un día (multiplicado por muchos, muchos otros) te leíste un buen ladrillo en el que salían muchos animalitos y una tipa azul muy chunga. Pues bien, nos consta que en tu magnificente opinión expresaste “echo en falta más personajes femeninos del lado bueno”. Sí, sí, no mientas: esto es así, lo dijiste (y, para qué engañarnos, no te falta razón). Bueno, pues aquí está el jardín chungo en el que te puedes meter tú solita: incrusta un nuevo personaje femenino del lado bueno en cualquier escena de LCDOM, o en una escena inventada pero que pudiese cuadrar en el tocho. ¿Qué, te atreves a saltar a esa piscina?

-Me acabáis de “infartar” 😮 😮 Pero oye, con un par, dadme tiempo.”

Splash, Sadire de Divagaciones en Rosa al agua por culpa del Otro Mundo. Y no es la primera vez, ni mucho menos. Estamos hablando de la pionera reseñadora en la blogosfera de nuestra criatura LCDOM (sí, esta reseña que te estamos enlazando aquí mismo), y a la que tuvimos que agradecer ese gesto, que definimos literalmente como “una nueva primera vez que evocaremos hasta nuestro último aliento, y que convierte pues a su reseñadora en Historia viva del Otro Mundo y a la cual se lo agradecemos, como diría un niño, infinito más uno”, pues esa reseña representaba pura vida para nosotros.

Pero ya habéis podido comprobar en el diálogo inicial que, en esta ocasión, ella solita se lo ha buscado. Sadire se ha embarcado en el proyecto del blog Historias a medida, cuyos colaboradores han de reaccionar a las demandas de relatos de sus acólitos pedigüeños, que pueden ser… Bueno, eso es cosa vuestra, vosotros sabréis cómo pueden ser: pasaos por su blog y elevad una petición sobre cualquier argumento que se os pase por la cabeza que os gustaría leer. Nosotros solo lo anticipamos: las dudas se las planteáis a los responsables, que nosotros no pintamos nada de nada y para el turno de ruegos y preguntas ya os hemos enlazado su bitácora.

Nosotros teníamos muy claro qué era aquello que le pedíamos a Sadire, pero no solo para comprobar qué personaje decidía crear para incrustarlo en el Otro Mundo, sino que nuestra intención estribaba en descubrir más allá del mismo. Queríamos averiguar cómo se había percibido ese universo que habíamos creado en la mente de una persona que no solo lo hubiese vivido a través de su lectura, sino que también se animase a intervenir en el mismo, a interactuar con nuestro mundo y a transfigurarlo para hacerse un hueco en el mismo a través de su imaginación. ¿En qué escena decidiría incluir su pluma? ¿Acometería esa variación de una forma sutil y complementaria al argumento original, o entraría a matar, a cambiar la percepción y el rumbo de la historia según su propia visión de la misma? Claro que todo ello dependería del escenario y el acto de la novela en el que decidiese intervenir, como es evidente. Creímos que todo ese “cómo” dependería del “cuándo” y el “dónde”, y aguardamos curiosos el resultado.

Y ese resultado nos ha pillado por sorpresa. Habíamos calculado de manera errónea. Sadire no nos había reservado un relato transversal, sino que imaginó un nuevo personaje que abarcaba toda la novela, todo el Otro Mundo desde el principio hasta el final. Como, según nuestro criterio personal, estamos convencidos de que resulta más complicado encontrar una historia que guste que una que de hecho sorprenda, porque en la actualidad la originalidad escasea en la literatura (que no es sino otra impresión propia, claro), solo nos queda felicitar a Sadire por esa creación longitudinal que nos ha cogido tan sumamente desprevenidos. Gracias por rompernos los esquemas, eso es algo de vital importancia para todo escritor que quiere mejorar, y no es tan fácil de conseguir. Bravo. Y, no menos importante, hemos de reseñar la sonrisa que se nos ha dibujado en los labios al ser testigos del profundo conocimiento de LCDOM que nuestra relatadora nos ha revelado. Demostrarle a un autor bisoño que conoces bien las intimidades de su novela significa que tu trabajo ha valido la pena. Gracias también por eso.

A nosotros ya solo nos resta añadir la incursión de Sadire en nuestro universo literario: “El ángel del Otro Mundo”. Disfrutarlo ya es cosa vuestra.

Que lo haréis, dicho sea de paso.

Historias a Medida

Màrimo limpió las lágrimas que resbalaban por sus mejillas con el puño de su camiseta y bajó la vista a la tierra, a los tonos ocres y marrones que se extendían a varios metros bajo ella. Llevaba horas contemplando el cielo estrellado desde su lugar secreto, la cima de la montaña Suharema, el único sitio donde podía concentrarse sin ser molestada y utilizar el poco poder que le quedaba.

Echó un último vistazo a la imponente constelación Orión y no pudo evitar recordar a su hermana melliza Angelina. La dibujó en su memoria justo como la última vez que la vio a través del frío cristal que las separaba. Allí estaba llorando de nuevo con la cara entre sus manos en su silla de ruedas. Màrimo siempre supo que aquella gente era cruel por mucho que intentasen disimularlo hablándoles con cariño cuando les consolaban. Ese cristal era una prueba de…

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It’s evolution, baby

Con la economía mundial creciendo prácticamente a la mitad de la tasa que en el 2008, todo el planeta se encuentra bailando un trágico tango al borde del abismo. El descenso del consumo en el mundo occidental por culpa de la crisis; la fuerte desaceleración que han sufrido países como China, Brasil o la India, que a su vez, ha supuesto una drástica disminución en la demanda de insumos energéticos, agravando la situación de potencias productoras como Rusia, Nigeria, Venezuela o Arabia Saudita, que ya llevan tiempo sufriendo los efectos del abaratamiento en el precio del barril de petróleo, por el uso de nuevas técnicas como el fracking, empleada por Estados Unidos, nos está llevando a una situación de desestabilidad geopolítica alarmante, que sin duda no hará otra cosa que agravarse a medida que los efectos del aumento en la temperatura global, comiencen a hacer mella en nuestros sistemas de producción agrícolas, incapaces de alimentar a una población que a finales de siglo rondará los diez mil millones, cifra en la que, para la mayoría de los expertos, se ubica el punto de no retorno.

Ante la incapacidad manifiesta de muchos gobiernos para hacer frente a esta difícil situación actual, desentrañar los secretos de la mente humana se ha convertido en la última frontera —y tal vez la única esperanza— de una industria cada vez más ávida de nuevos recursos que explotar.

Programas como el Human Brain Project, cuyo objetivo es desarrollar una simulación detallada y funcional de los procesos fisiológicos en el cerebro humano, cuenta con el respaldo de la Comisión Europea que ha destinado de sus fondos públicos la nada despreciable cifra de mil millones de euros. Con la participación de veinticuatro países y ciento cincuenta laboratorios implicados, aseguran que en diez años habrán conseguido reproducir tecnológicamente las características de nuestro cerebro. Sin embargo, tan ambicioso proyecto no ha tardado en encontrar detractores dentro de la propia comunidad científica, que aseguran que el Human Brain Project está siendo manejado con opacidad. Dentro de esta corriente crítica se encuentran investigadores como Yves Frégman, del Centro Nacional de Investigación Científica francés o el propio Gilles Laurent, director del Instituto de Investigación para el Cerebro Max Planck, quienes aseguran que dicho proyecto no persigue otra cosa que nuevas arquitecturas de alta computación, en la explotación y manejo de gigantescas bases de datos, muy lejos de su propósito inicial de conseguir avances significativos en la medicina y la neurociencia.

A esta carrera también se han querido sumar los Estados Unidos con el proyecto Brain, que recibió el apoyo del propio presidente Barack Obama, quien en el Discurso del Estado de la Unión lo llegó a comparar con la carrera espacial, y que en un principio se tiene previsto invertir en él unos dos mil millones de dólares, con los que se pretende desarrollar un mapa completo del cerebro humano, donde otras empresas como Google o Microsoft también se han comprometido a cooperar.

Resulta irónico pensar en las miles de toneladas de material electrónico, de infraestructuras megalíticas, de gigantescos supercomputadores, que se necesitan para poder comprender una pequeña masa de materia gris de apenas un kilo y medio aproximadamente. ¿Qué proeza obró semejante milagro? 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Save the 20 cachorritos!

¿No estáis ya cansados de campañas electorales en la blogosfera? Sí, nosotros también: resultan machaconas, cargantes, tediosas, soporíferas… Lo sabemos bien porque hemos realizado unas cuantas, y no soportamos ni las nuestras. No obstante, esta vez no nos queda otra opción: os vamos a presentar otra campaña electoral para el blog de LCDOM. Sí, entendemos perfectamente que nos ponemos muy pesados con estos temas. No obstante, en esta ocasión no nos han dejado otra alternativa, puesto que una grave amenaza se cierne sobre todos ellos de nuevo.

Sí: sobre los cachorritos.

Hace unos meses nos presentamos como candidatos a Mejor Blog Colaborativo en los Premios Blogosfera 2017 con una campaña llamada We have a dream, a la que cualquier otro título le hubiese venido mejor ya que ese nombre no le pegaba ni con cola. Por si tenéis mala memoria, os la recordamos:

WE HAVE A DREAM”:

¡¡¡EL BLOG DE LCDOM, CANDIDATO A MEJOR BLOG COLABORATIVO EN LOS PREMIOS BLOGOSFERA 2017!!! AYUDADNOS A SUBIRLE LA AUTOESTIMA AL OTRO MUNDO, NO SEÁIS VAGOS. SI PIENSAS QUE LCDOM MERECE ALZARSE CON EL PREMIO A MEJOR BLOG COLABORATIVO, VÓTANOS.

SI PIENSAS QUE NO, VÓTANOS Y DESPUÉS DISCUTIMOS QUIÉN ESTÁ EQUIVOCADO.

SI NO SABÉIS DE QUÉ VA ESTO, VÓTANOS Y DESPUÉS TE LO EXPLICAMOS.

LOS DEMÁS CANDIDATOS MATAN CACHORRITOS CADA VEZ QUE SE LEVANTAN DE LA CAMA: VÓTANOS A NOSOTROS, QUE SOMOS DEMASIADO VAGOS PARA LEVANTARNOS DE LA CAMA PARA HACER UNA COSA TAN FEA.”

Para nuestra sorpresa, toda la blogosfera en bloque reaccionó al mensaje: ya que los otros tres blogs aspirantes (presuntamente) mataban cachorritos, no quedaba otra opción que votarnos a nosotros, que (literalmente) no matamos ni a una mosca aunque nos paguen por ello, dado que eso supone un esfuerzo y eso de fatigarnos es algo que no nos podemos permitir. Porque no queremos cansarnos, básicamente. Así que vencimos, nos alzamos con el galardón de Mejor Blog Colaborativo de forma clara, y todo gracias a que los demás websites (presuntamente) matan cachorritos. Así fue como aprendimos una valiosa lección.

Lo único que tenemos que conseguir para ganar concursos es lograr que el resto de candidatos maten cachorritos, sea presuntamente o no.

El problema es que ¡se nos ha ido de las manos! Como cada año por estas fechas, ha arribado el momento del concurso de blogs más importante y con mayor solera por estos lares: la XII edición (para los que no entiendan los números romanos: la equis palito palito edición) de los Premios 20blogs. Y al final se han producido algo más de un par de inscripciones. Una aproximación, como otra cualquiera, sería la de 3.330 participantes repartidos en 19 categorías. Así a ojo, pero después de que ese ojo lo haya contrastado en la página web del concurso, evidentemente.

Damas y caballeros, hemos de hacer una terrible confesión: sentimos fallaros, pero nosotros solos no vamos a poder evitar que los otros 3.329 blogueros maten cachorritos, al menos sin vuestra ayuda. Lo que sí estamos dispuestos a asegurar (más o menos) es que, dentro de la categoría en la que participamos, Blogosfera, los otros 264 aspirantes matan cachorritos, y no solo mientras vosotros dormís, sino a cualquier hora del día: ríete tú del hombre del saco. Así que, si queréis darles su merecido, votad en dicha categoría el blog de LCDOM y castigad así la crueldad del resto de candidatos. Si como efecto colateral nosotros salimos vencedores, ganan los cachorritos. We are the (Other) World, we are the cachorritos… (léase esta última frase como si se tratara de un mensaje subliminal).

La pega que tiene el concurso es que hay que estar registrado en el diario 20minutos para poder ejercer vuestro voto, uno por cada categoría, ya que si se efectúa el mismo sin haber iniciado sesión, dicho voto no se contabiliza. Y claro, no todo el mundo está dispuesto a salvar cachorritos si para ello ha de registrarse en un lugar de Internet aunque tenga la posibilidad de hacerlo, como en este caso, simplemente conectándose a través de Facebook, Twitter o Google… No obstante, como nosotros sabemos que nos queréis, pero solo como amigos (frase que nos han repetido en innumerables ocasiones durante nuestra juventud… y antes de la misma, y también mucho después, e incluso hace escasos minutos, si no hemos escuchado mal a la persona con la que estábamos hablando), y lo que es más importante, queréis salvar cachorritos, estamos seguros de que tanto registrados como por registrar intentaréis echar un cable a los cachorritos. Votándonos a nosotros, sí, pero teniendo en cuenta que lo hacemos por hacer aflorar la sonrisa de un bebé (pues dicho bebé, sin duda, sonreirá cuándo sepa que nos habéis votado para salvar cachorritos). Aquí, chantajes emocionales, ninguno. O apenas. O muchos… En fin, reeditamos nuestra campaña para adaptarla a este nuevo concurso, y os la presentamos en rigurosa exclusiva:

SAVE THE 20 CACHORRITOS!

¡¡¡EL BLOG DE LCDOM, CANDIDATO A MEJOR BLOG EN LA CATEGORÍA ‘BLOGOSFERA’ EN LA XII EDICIÓN DE LOS PREMIOS 20BLOGS!! AYUDADNOS A SUBIRLE LA AUTOESTIMA AL OTRO MUNDO, NO SEÁIS VAGOS. SI PIENSAS QUE LCDOM MERECE SER FINALISTA EN LA CATEGORÍA ‘BLOGOSFERA’ DE LOS PREMIOS 20BLOGS, VÓTANOS.

SI PIENSAS QUE NO LO MERECEMOS, PROBABLEMENTE SEA PORQUE NO TE GUSTAN LOS CACHORRITOS Y QUIERES EXTERMINARLOS A TODOS.

COMO TRAS ESA ÚLTIMA FRASE YA PIENSAS QUE NO DESEAS QUE LOS DEMÁS CREAN QUE TE GUSTA MATAR CACHORRITOS, VÓTANOS Y NADIE SE ENTERARÁ NUNCA DE TUS MALOS PENSAMIENTOS ANTERIORES.

SI NO COMPRENDES DE QUÉ VA ESTO, VÓTANOS Y DESPUÉS TE LO EXPLICAMOS. EN CONCRETO, LO HAREMOS EL DÍA EN QUE ENTENDAMOS TAMBIÉN NOSOTROS NUESTRA PROPIA CAMPAÑA, SI ES QUE ESO LLEGA A OCURRIR ALGUNA VEZ EN LA VIDA.

LOS OTROS 252 CANDIDATOS MATAN CACHORRITOS CADA VEZ QUE SE LEVANTAN DE LA CAMA: ESO SON MUCHOS CACHORRITOS AL DÍA Y NO PODEMOS PERMITIRLO, PORQUE ANTE TAMAÑO GENOCIDIO YOUTUBE SE QUEDARÍA SIN VIDEOS DE MASCOTAS, CON LA CONSECUENTE DESESPERACIÓN SE COLAPSARÍA TODA LA RED Y LA HUMANIDAD SE SUMIRÍA EN LA ANARQUÍA. Y TODO POR NO VOTARNOS… ¿TE PARECE BONITO?

EL BLOG “LAS CRÓNICAS DEL OTRO MUNDO” ES UN ESPACIO LIBRE DE MALTRATO ANIMAL Y, SOBRE TODO, EL WEBSITE DE DOS SERES DEMASIADO VAGOS PARA LEVANTARNOS DE LA CAMA Y HACER UNA COSA TAN FEA CON UN CACHORRITO. QUE SE ACUESTEN LOS CACHORRITOS CON NOSOTROS SI QUIEREN, Y TODOS CONTENTOS”.

Si después de tan tierna y entrañable campaña no se os ha ablandado el corazón, lo más probable es que necesitéis otro que sea más sentimental, aunque sea de kilómetro cero.

Y llegados a este punto, solo nos resta animaros a votar, pero un poquito más en serio. A continuación, clicando en la imagen, os enlazamos el link donde, tras iniciar sesión como usuarios registrados de 20minutos, podéis votar por nuestro blog en el concurso.

Vota el blog de LCDOM y SAVE THE 20 CACHORRITOS!

Y como en todas las campañas electorales, concluimos el acto propagandístico con una canción. Pero no cualquiera: por una canción interpretada por un solista que una vez fue cachorrito y que, probablemente, se salvó porque alguien votó nuestro blog.

(O igual no, quién sabe…)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I am mine

Me niego a vivir de rodillas sea quien sea el que decide someterme. No me importa que sea amigo o enemigo, extraordinario o vulgar, arcano o explícito. No me importa que sea cerebral o irreflexivo. No me importa que se trate de yo mismo, aunque tú seas la persona más difícil de convencer de lo contrario. Este suelo es gélido, lóbrego y, sobre todas las cosas, injusto. Me niego a permanecer en él. Me niego a no levantarme.

Y me niego a ser un monigote, un títere, una marioneta en manos de otros monigotes, títeres y marionetas que piensan que los hilos que los sujetan también están siendo manipulados por ellos mismos. Está fuera de mi alcance acabar con esa estructura que los sostiene, pero me niego a ser parte de la misma: solo tengo que cercenar ese esclavizante bramante que me aprisiona. Si son cordeles los que me traban me haré con las adecuadas tijeras, si son alambres los que me subyugan conseguiré las oportunas tenazas; si son cadenas las que me someten, utilizaré la mejor de las cizallas. Y puede que cuando las corte, en vez de permanecer en pie, me desplome falto de sostén y fuerzas al haber estado tanto tiempo domeñado y haberme acostumbrado a una realidad interpretada por la ley de la gravedad, pero me niego a que ello me detenga. Me niego a continuar en el firme. Me niego a no levantarme.

Y me niego a que intenten convencerme de que negarme es algo siempre dañino. Me niego a sustentar a los que me utilizan, me niego a reforzar a los seres humanos que se metamorfosearon en parásitos y escogieron mi persona para succionar cada gota de vitalidad, de dicha, de energía: cada gota de vida. Me niego a tolerar sus burlas, me niego a que me digan que negarme a algo es siempre nocivo, siempre tóxico, siempre en contra de mi bienestar. Me niego a ser empujado si lo mejor es no moverme, y también a que me obliguen a permanecer estático si mi felicidad depende de perseverar hacia adelante. Me niego a conservar en mi boca la mordaza que me han impuesto para que no pueda advertir a las siguientes víctimas de esos crisoles de iniquidad que se les aproxima una amenaza para la virtud de su existencia. Me niego a no esforzarme por mutilar la soga con la que me amarraron, o me amarran, o pretenden amarrarme. Me niego a no levantarme.

Me niego a la muerte de mi vida, pues solo yo decido qué, quién, cuándo, dónde y por qué cuando se trata de mi existencia, siempre que no interfiera en la ventura de otro. Honestamente, no entiendo porque esta negación sería negativa, paradójica o incongruente. Este “No” significa “Sí”: sí a mí, sí a mi felicidad, sí a la de los demás rectos de corazón, e incluso sí a lo que es justo y necesario, aunque a veces me duela. Sí positivo al bueno, no negativo al tonto, y sí y no condicional al malo. Hemos de transformar la negativa en virtud cuando esta personifique la bondad, cuando simbolice la prosperidad, cuando evidencie el respeto, y cuando un “Sí” haya perdido por el camino toda su carga positiva. A veces es necesario hablar de esto, puesto que en muchas ocasiones pugnamos por no ser conscientes de todo este remolino para no sufrir, y lo barremos bajo de la alfombra, devolviendo los hilos al titiritero para que haga con ellos, con nosotros, lo que le venga en gana. Y es evidente que su intención siempre cabalga hacia nuestro perjuicio, dado que si realmente estuviese actuando como nuestro benefactor nunca se encontraría manipulándonos desde arriba, sino a nuestro lado y oteando hacia lo alto, para vigilar que nadie, ni siquiera él mismo, pudiese atarnos.

Así que me niego a que por mi boca broten palabras que hayan sido puestas o impuestas por otro, y me niego a que mis actos estén orquestados por manos ajenas, y me niego a que mis pasos se encaminen hacia un destino al que se me dirija sin que yo haya proyectado dicho itinerario. Y me niego a ser pasto de tus embustes, de tus calumnias, de tus estafas, pues únicamente tengo dos mejillas y no admiten más de un solo uso. Y si mi trayectoria y mis intenciones son justas albergaré el derecho a defenderlas, aunque mi ambición haya sido y sea siempre no verme obligado a hacerlo.

Si me haces creer que caminas a mi lado, si consigues que te perciba cordialmente en mi flanco y, de repente, te adelantas un paso y me pones la zancadilla, perderé el equilibrio y caeré de bruces al suelo. Y me levantaré sin mucho esfuerzo, porque podré superar ese primer traspiés, porque me niego a no levantarme. Y si te muestras arrepentido probablemente te perdonaré sin más, porque una segunda oportunidad tras una equivocación no se le niega a quien en algún momento se ha ganado la primera, y podrás retomar el camino a mi vera. Pero puede que, tras andar cierto trecho, sin adelantarte ese paso para no levantar sospechas en mí, vuelvas a interponer tu pie delante de mis piernas para conseguir que me desplome de nuevo en tu propio beneficio. Pero, por segunda vez, la gravedad no podrá retenerme: me supondrá un tremendo sacrificio que probablemente acabe con todas mis fuerzas, pero al final te encontrarás de nuevo con mi efigie en pie, irguiendo la cabeza. Y, para bien o para mal, si poseo la virtud (o quién sabe si la tara) de la magnanimidad, disculpe tu comportamiento erróneo, tus malas decisiones y desatinado juicio y te permita seguir caminando a mi lado. No obstante, si me miras a la cara, comprobarás que solo tengo dos mejillas y ambas se hallan ya descarnadas tras encontrarse con el suelo. Si súbitamente me vuelves a trabar para asegurar mi hundimiento, lo lamento de verás, pero caerás conmigo. Te abrazaré durante el despeño y ambos chocaremos contra el frío pavimento, solo para lograr abrir los ojos y salvar al resto de personas a los que quieras dañar tanto como a mí. Y lamentablemente, postrados sobre el empedrado, descubriremos que, abatidos a nuestro alrededor, hay más seres como tú que personas como yo, y no porque hayan caído más veces. Para tu sorpresa, es la respuesta contraria. Simplemente ocurrirá que ambos no tendremos fuerzas por nosotros mismos para levantarnos, pero tras la siembra durante la fortuna llega la cosecha al topar con la oscuridad, y para el justo, para el honesto, para el íntegro, brotarán miles de manos tendidas para devolverle de nuevo al trayecto y caminar a su lado. Mientras tanto, tu cosecha habrá sido devorada por una plaga de inexistentes langostas, y te unirás a la comunidad de entes ilícitos que jamás encontrarán una mano tendida hacia ellos. Así que me niego, me niego una y mil veces a acompañarte en esa lúgubre catacumba. Si alguna vez me escuchaste, ya me lo oíste decir: me niego a no levantarme. Me niego a ser infeliz, me niego a no continuar con mi vida, me niego a no perseguir la felicidad tras liberarme de tus cadenas, porque esas manos que me han puesto en pie también se niegan a no recogerme, al igual que yo les tenderé la mía cuando alguien que no lo merece se precipite a un agujero que no le corresponde. En el fondo, solo hay que hacerse una pregunta crucial: ¿me hecho merecedor de la aparición de esas manos? Si he caído al suelo, ¿me crees digno de tu auxilio?

Si llega ese momento en que necesitemos vuestra ayuda, ¿nos tenderéis vuestra mano?

 

 

 

 

 

Una especie loca

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Siempre pensé que el desarrollo tecnológico debía ser entendido en el sentido del cambio, en el logro de diferentes estados que conlleven un cierto bienestar para la sociedad, no la de crear nuevas y más viscerales formas de dependencia que nos conduzcan sin remedio hacia una <<libertad artificial>>: el individuo de a pie siempre estará indefenso ante aquello que no comprende, aquello que sin saber muy bien para qué sirve, ha terminado convirtiéndose en una necesidad.

Creo que el siguiente cuento puede ayudarnos a entender mejor esta difícil tesitura en la que nos encontramos:

<<Érase un caballo que, teniendo por enemigo a un poderoso y peligroso lobo, vivía en constante temor por su vida. Llegó a estar tan desesperado que se le ocurrió buscarse un aliado poderoso. Por tanto, se acercó a un hombre y le ofreció una alianza, indicando que el lobo era asimismo enemigo de los humanos. El hombre aceptó la asociación inmediatamente y se ofreció para matar al lobo si su nuevo socio cooperaba poniendo a disposición del hombre toda su velocidad. El caballo estaba dispuesto, y permitió que el hombre le colocara la silla y el bocado. El hombre montó, persiguió al lobo y lo mató.

>>El caballo, alegre y aliviado, dio las gracias al hombre y dijo: “Ahora que nuestro enemigo está muerto, quítame la silla y el bocado y devuélveme la libertad.”

>>Entonces el hombre se echó a reír a carcajadas y contestó: “Vete al infierno. ¡Al galope!”, y lo espoleó con todas sus fuerzas>>

Asimov, Isaac. Fundación.

Tal vez para poder verlo desde el punto de vista adecuado, nos toca renunciar al papel de humano por unos segundos y meternos en la piel del sometido equino. Ahora, viéndolo desde esta perspectiva, cada uno podrá identificar con facilidad a quién representa el humano en su particular relato (qué o quién supone esa pesada carga de la cual no podemos liberarnos y con la que tenemos que cargar sin saber muy bien por qué o para qué), pero eso nos llevaría a hacer un uso excesivo del relato de Asimov, y para esta entrada simplemente he querido utilizarla para representar esa dependencia que la mayoría de nosotros sufrimos con las nuevas tecnologías. El lobo, como espíritu salvaje, vendría a ser la expresión licantrópica de nuestros miedos más ancestrales, de nuestras necesidades primordiales: la necesidad de reconocimiento, de aceptación, de inclusión en el grupo, con las que las redes sociales parecen satisfacernos de manera holgada.

En el momento en el que las nuevas tecnologías —el hombre en la historia— entraron en nuestra vida, en el momento en el que aceptamos que nos pusieran el bocado y la silla de montar, en el momento en el que vimos cómo nuestro viejo enemigo el lobo era exterminado por el propio ser humano que sosteníamos en nuestro lomo, ya nunca más volvimos a ser los mismos, haciéndonos totalmente dependientes de nuestro nuevo y descarnado dueño. Hoy en día, nadie recuerda cómo era la vida antes de la llegada de los smartphones, ni cómo conseguíamos comunicarnos entre nosotros y hacer planes sin necesidad de aplicaciones como Whatsapp, Facebook, Instagram, Snapchat, etc.

En cierta manera, la aceleración tecnológica que estamos sufriendo en esta última década está haciendo que esa dualidad entre jinete y caballo, esa dependencia del uno con respecto al otro, puesto que no hemos de olvidar que la tecnología también nos necesita —al menos por ahora—, al igual que el jinete necesita de su caballo para cabalgar, está consiguiendo fusionar ambos actores en una especie de centauro biónico cuya cabeza pensante terminará siendo de silicio o de nanotubos de carbono: una nueva especie mucho más loca y disparatada que la anterior.