366 días

La unión se produjo un día, sin más, o quizá estuviera predeterminada desde muchos años antes, incluso lustros, sin que nosotros supiéramos a ciencia cierta que aquello terminaría por suceder. Tú me lo propusiste, y yo te di el sí. Fue así de sencillo. Tú tenías un plan para nosotros, y tuve claro desde el principio que merecía la pena intentarlo. Crearíamos nuestra propia sociedad, y, como poco, lo pasaríamos bien el tiempo que esta durara. Sí, por supuesto que sí: acepto. Sin ceremonias, sin contratos de por medio que nos obligaran a seguir incluso cuando no quisiésemos hacerlo: tan solo intentar convertir aquella unión en algo que disfrutáramos el tiempo que perdurara.

Fueron pasando los años, y, no sin altibajos, fuimos construyendo una relación que se iba fortaleciendo, hasta el punto que un día verbalizamos lo que ambos por separado llevábamos madurando en nuestras cabezas durante cierto tiempo atrás. Teníamos que ir más allá; podíamos llegar más allá. O al menos, podíamos permitirnos intentar llegar más allá, dar un paso más, estrechar el cerco para alcanzar un nuevo objetivo común. Pretendimos que nuestra mutua existencia fuera capaz de crear otra nueva e inédita más allá del perímetro de la adhesión que compartíamos. Queríamos crear vida, algo inherente a nosotros que los demás también pudieran percibir, pudieran tocar, pudieran incluso disfrutar. Algo que formara parte de nosotros, y que al mismo tiempo también formara parte del mundo de por sí.

No era una decisión que se pudiera tomar a la ligera. Tan seguros estábamos de nuestra empresa que decidimos resetearla hasta estar completamente convencidos de que, llegado el momento, estaríamos totalmente preparados para llevar a cabo aquella osadía. Y transcurrieron años, claro. Era esa determinación que te cambia la vida, para bien o para mal, aunque para otras personas pudiera no valer tanto dada la variopinta forma de pensar dependiente de la idiosincrasia de cada ser humano. Pero nosotros no lo tomamos sin más: el momento de atrevernos tenía que ser el perfecto. Y aunque la vida nunca te ofrece realmente ese instante exageradamente adecuado para tomar una determinada decisión, llegó el día en que nos dimos cuenta de que no debíamos demorarlo más. Ese momento, aquellas coordenadas temporales de la existencia unidas a que creíamos que, finalmente, estábamos en condiciones de crear algo bueno, acaeció. Y con total convencimiento de que aquel algo nuevo que pretendíamos crear sería realmente apreciable y apreciado, nos lanzamos a aquella aventura.

Empezamos a intentarlo. Con arrojo, con valentía, con insistencia, con cuidado de encontrar las mejores condiciones, con temor a no estar haciéndolo correctamente para que aquel proyecto llegara a ver la luz. Y posteriormente, también con dudas, con miedo a no ser capaces de conseguirlo, con una impaciencia que se transformó en pesimismo llegado el momento, sin darnos cuenta del todo de que era desmesuradamente pronto para obtener resultados. Pero no nos rendimos: aquel “algo nuevo” de los dos tenía que ver la luz, y aunque con algo menos de esperanza, seguimos adelante sin bajar los brazos.

El 19 de mayo de 2015, pasados tres minutos de las once y media de la mañana, tuvimos el aviso de que, casi con certeza, nuestro propósito parecía confirmar su existencia. Nos ilusionamos, nos ilusionamos de verdad: aquello no parecía una de las falsas esperanzas que hasta aquella fecha habíamos sufrido, que, por cierto, habían sido varias. Dos días después, a las 19:36, recibimos la anhelada confirmación de que los acontecimientos se iban a precipitar inusitadamente: lo que había sido engendrado gracias a nuestro empeño se convertiría en una realidad, ¡en 3 meses! Después de tantos sinsabores, y aunque a aquel trimestre se unieron treinta días más, aquello apenas resultó una demora: tan solo era una cuenta atrás para que se cumpliera nuestro humilde sueño.

El 25 de septiembre de 2015, Carlos López y Adrián E. Belmonte pudieron contemplar cómo, más allá de sus mentes, habían creado vida a través de las páginas de “Las crónicas del Otro Mundo”. Todo ese hervidero de ideas, planes y proyectos que habían rebotado dentro de sus cabezas había visto la luz. Se convirtieron al alimón en escritores, en orgullosos padres de una historia que hasta entonces nunca había existido, de un extenso relato que, por fin, estaba al alcance de todo aquel que quisiera disponer del mismo. Transmitiendo directamente desde las mentes de los autores a las letras impresas de sus hojas, “Las crónicas del Otro Mundo” salió a la venta.

5 años y 8 meses antes, uno de nosotros propuso al otro escribir una historia a medias simplemente para disfrutar de aquel viaje literario, y el otro dijo “sí”. Con el tiempo fuimos construyendo una historia que quizás, solo quizás, y si seguíamos aquel solazamiento mejorando tramas y personajes, podía tener visos de ser presentada ante algún editor sin que se nos cayera la cara de vergüenza por el resultado obtenido. Y lo perseguimos con tanto ahínco que llegó el momento en que supimos que aquello tenía vida propia, que los personajes tenían una vida propia dentro de un mundo que tenía vida propia, que las tramas tenían vida propia dentro de una historia que tenía vida propia. Que, como omnipotentes dioses creadores, habíamos creado vida partiendo de la nada, una existencia esculpida en páginas y páginas; una existencia no biológica, pero viva al fin y al cabo. Aquella obra tenía vida, y merecía tener la oportunidad de vivir. Y cuando llegaron aquellas coordenadas temporales que quizá no fueran el momento perfecto, pero que desde luego se le parecía bastante, nuestro manuscrito visitó decenas de bandejas de entrada de direcciones de correo electrónico de editoriales, siendo golpeado por la más sobresaliente de las indiferencias en la mayoría de los casos, y vituperado en manos de estafadores que se habían bautizado falazmente como “editores”. Pero, en fin, ya os hemos puesto al tanto de lo que ocurrió el 19 de mayo del pasado año. Lo conseguimos. Nos convertimos en orgullosos padres de una criatura que vería la luz del sol a través de los escaparates.

Y tras dar sus primeros pasos entre los lectores, ha llegado el día de entonar el Happy Birthday. Este pasado día 25 “Las crónicas del Otro Mundo” cumplió un año de edad, aunque eso tampoco sea cierto. Ni siquiera el 29 de febrero quiso perderse el primer año de vida de nuestra historia, y consideró que LCDOM debía celebrar su primer aniversario no como un libro más, sino con un año y un día a sus espaldas. 366 jornadas para conseguir su primera vela en la tarta.

Hace 366 días que se cumplió nuestro humilde sueño. Somos escritores, sí, podemos decirlo: hace un año nos convertimos en ello, por lo que también celebramos nuestro cumpleaños como tales. No ha cambiado nuestro mundo alrededor, pero sí la percepción de nosotros mismos, y eso es algo que no todos los logros de una vida pueden conseguir. Estamos orgullosos de haber sido capaces de crear vida más allá de los impulsos nerviosos que hacían mover nuestras manos sobre el papel, y os invitamos a que lo celebréis con nosotros, a que nos deis la enhorabuena, porque realmente nos sentimos merecedores de la misma.

El libro dio paso al blog, a estas letras que ahora estáis leyendo, y por esa única razón estamos aquí: compartiendo nuestro orgullo con vosotros, y nosotros vuestros singulares caminos. Si habéis llegado hasta aquí, compartid nuestra alegría: es una orden.

Muchas felicidades, “Las crónicas del Otro Mundo”, querido hijo: estamos y siempre estaremos orgullosos de ti.

Pd. Querido hijo, seguramente llegado este momento te hagas una pregunta crítica: “¿Y ahora qué?”. Sí, eres una historia prácticamente inédita para el gran público, pero ni mucho menos te puedes considerar una novedad. Puedes pensar que, finalmente, te has perdido por el camino, y tu Otro Mundo ha resultado abocado al anonimato.

Querido hijo, escúchanos bien: tú ya eres inmortal. Tú jamás podrás ser ignorado ya por aquellos que han absorbido tus páginas, al igual que otros muchos que no lo han hecho recordarán tu existencia. Pero no solo eso: la vida es una carrera, y te encuentras aún lejos de la meta. Te puede ocurrir de todo: puedes ser objeto de alguna reseña, puedes caer en manos de algún crítico aconsejado por cualquier conocido, puedes conseguir que cualquier cliente de Amazon decida leer tus capítulos gratis y concluya que vale la pena que hablar bien de ti. O puede que esto nunca ocurra, pero también puede que sí. Tus padres nunca van a dejar de luchar por tu supervivencia, y cada vez que alguien se asome a tus páginas, tú debes luchar por perdurar a través de esa persona. La vida es una carrera, y no debes perder el paso. La vida es una carrera, y debes sacrificarte por acabar en cabeza. La vida es una carrera, y no puedes arrojar la toalla sin luchar.

La vida es una carrera, y, con todas tus fuerzas, la debes intentar ganar.

Teclado bloqueado

Pocos son los afortunados que aún no han concluido sus vacaciones de verano. Ellos son los que disfrutan ahora de los días de sol, al menos en esta península cuya última movilización de la Pangea decidió colocar en el hemisferio norte.

Y otros retornaron a la imposibilidad de revivir ese reciente solaz. Volvieron los días de convulsión, de estrés, de ese fenómeno llamado síndrome postvacacional que siempre había existido, pero ningún profesional había bautizado hasta pocos años atrás. Es tristeza que, en continuo movimiento, decide mutar en depresión. Es apatía que decide travestirse en desidia. Días aún soleados pero grises, nublados para la percepción de un cerebro apesadumbrado, un cerebro en el que, en algunos casos, se puede presumir una dicotomía abrumada por el desconsuelo. Porque el cerebro puede estar funcionando para realizar las tareas de su empleo, pero sus neuronas pueden seguir de vacaciones sin haber obtenido permiso para ello.

El teclado está bloqueado. Posee un campo de fuerza que impide que de tus dedos consigan brotar palabras, que prohíbe que las teclas sean presionadas, que posibilita que las letras que lo forman permanezcan impolutas porque hay un cerebro incapaz de encontrar una mísera frase que dé lugar a otra que consiga continuarla. Y aunque alguna oración sea capaz de plasmarse en esa ficticia página en blanco, es borrada a los pocos (o muchos) instantes de nacer, porque parece carecer de un verdadero sentido o de un mínimo de talento. Es imposible. No es el teclado el que parece no funcionar. Son los neurotransmisores que saltaban de neurona en neurona los que parecen haberse suicidado, y por ese mismo acontecimiento serán incapaces de volver.

Finalmente, hay que asumir que has perdido. Deseas que solo haya sido esa batalla, pero inconscientemente te atemorizas, te aterras más bien, ante el hecho de que te hayan defenestrado por completo en dicha guerra. El teclado está bloqueado, y te horroriza. Es entonces, cuando eres incapaz de hacerlo, el momento de encontrar a alguien que te convenza.

Yo creo que el bloqueo de escritor existe. Un día te sientas ante la página o la pantalla en blanco para escribir y así siguen, en blanco. Tu cerebro se ha quedado mudo y se niega a comunicarse contigo.

Pero también creo que el 90% de las veces que los escritores decimos “estoy bloqueado”, en realidad deberíamos decir “tengo miedo a no ser suficientemente bueno”, “tengo miedo a tener una buena idea y desperdiciarla por mi falta de talento”, “tengo miedo a exponer mis pensamientos más íntimos al escrutinio del público”, “tengo miedo a no ser tan bueno como creo que soy”, “tengo miedo a que todos los que me dicen que me busque un trabajo serio tengan razón”, “tengo miedo a que en la primera entrevista que me hagan en televisión empiece a balbucear, y el mundo entero descubra que en realidad soy idiota”, “ahora mismo me apetece más ir a los billares con los colegas que romperme la cabeza buscando el adjetivo perfecto”, etc., etc.”

Quizá el fragmento escogido no sea alentador, pero ha sido aislado a conciencia. Tener miedo es normal; tener miedo es humano. Pero la propia experiencia nos tiene que haber enseñado en alguna ocasión que el miedo se puede superar. Ya fuiste capaz de plasmar todos tus pensamientos en un folio en blanco una, alguna, pocas, muchas e innumerables veces: eso demuestra que eres capaz de hacerlo de nuevo. ¿Por qué piensas que en el asunto que nos concierne tu mejor tú no está por llegar en esa página vacía que cree estar venciéndote?

¿Cuántas veces has conseguido someter ya a ese desafiante teclado bloqueado?

¿Todavía no te has dado cuenta de que ese espectáculo conseguirá continuar?

Cruel

La amo. Siempre la he amado. No desde que nací, no podía amarla sin haber tomado siquiera conciencia de la vida, pero creo que la amo desde que tengo uso de razón. Ella siempre estuvo allí, lo sé con certeza. Estuvo allí desde antes de que pudiera ver la luz del día, y eso no es un sentimiento arraigado: es una realidad.

Con cada vela apagada anualmente en una tarta de cumpleaños, con cada hoja arrancada del calendario, con cada día que veía amanecer y cada ocaso que fulminaba la luz del sol, más la quería. No sé cómo lo hizo para enraizar tanto en mí, a veces ni siquiera lo entiendo. Sin mover un solo dedo, sin siquiera pretenderlo, se convirtió en el amor de mi vida.

Por más que insista en ello y se me pueda tildar de repetitivo, no hay otra frase que lo describa mejor: ella siempre estuvo allí, es la pura verdad. En el primer minuto de felicidad intensa de mi vida, un momento inenarrable, prácticamente absurdo por su intensidad, inalcanzable de describir y mucho más imposible de revivir. En el momento más aciago de mi existencia, aquellos segundos que parecieron horas, meses, años, cuando el tiempo se expandió y sentí como me precipitaba en el más oscuro de los abismos durante un lapso eterno, sin poder siquiera ver mi silueta debido a la oscuridad de esas tinieblas, mientras una sola frase retronó de forma seca y amarga en mi cabeza una sola vez: “ya está, todo se acabó”.

Estuvo allí cuando este inadaptado imberbe entabló las primeras amistades que habrían de durar toda su vida, o al menos esa es la expectativa de mayor probabilidad. Estuvo allí cuando otros compañerismos acabaron por morir con el tiempo por falta de esmero en su cuidado, por carencia de reciprocidad, por mero olvido: por no dedicarnos a mimarlos cuando ambos debimos hacerlo. Estuvo allí cuando gané mi primer trofeo, cuando escuché por primera vez una canción del que acabaría siendo mi grupo de música favorito, cuando “padecí” la pionera de todas mis borracheras y la más merecida y consecuente madre de todas las resacas. Cuando redacté mi primer artículo en una revista científica y recibí elogios por el mismo. Cuando escribí mi primera novela. Cuando conseguí publicarla. Cuando la presenté ante 70 personas teniendo a mi lado a su coautor, uno de mis mejores amigos.

Ella siempre estuvo allí.

Pero un día me alejé de ella. Fueron los estudios los que me obligaron a aquella separación temporal, y ambos sabíamos que aquella transición sería pasajera, porque siempre volvería a ella. Con la certeza de cualquier verdad universal: el agua moja, y yo volvería a ella. No cabía ninguna otra realidad paralela. Era, es, el amor de mi vida.

Y alejado de su compañía, conocí a otra. Siempre perseguí renegar de aquel nuevo escenario, pero no pude hacerlo. Me acogió como nunca supe ni quise esperar, y comencé a apreciarla. Todos a mi alrededor me aceptaron con estima y satisfacción como si no tuviesen otra opción en el mundo, aunque tanto ellos como yo sabíamos que lo hicieron porque les dio la gana. Porque les caí bien, a pesar de no entender demasiado bien el porqué. Al igual que a la que había aposentado en la distancia, ella estaba allí en todos esos momentos. Cuando la criticaba delante de todas las amistades que había conseguido gracias a ella, con evidente jocosidad, por supuesto, ella estaba allí. Cuando hablaba maravillas con regocijo del momentáneamente apartado amor de mi vida, ella estaba allí, y no le importaba demasiado. No se sentía dolida, ni minusvalorada, ni ofendida: tan solo seguía acogiéndome de una forma cálida, amable, que yo nunca conseguí apreciar.

Ella estuvo allí cuando, gracias a ella y solo a ella, conocí a grandes personas y grandes amigos. Ella estuvo allí cuando surgieron las mejores oportunidades que yo habría de conocer nunca. Ella estuvo allí cuando descubrí que había algo capaz de provocarme agrado y satisfacción a lo que me podía dedicar para ganarme la vida. Ella estuvo allí en el más álgido momento de satisfacción personal, cuando, por fin, llegué a atisbar un futuro para mí, un futuro que afrontar con esperanza, con ilusión.

Pero la dejé. La dejé y volví.

Volví a ella, al amor de mi vida. Elche, mi ciudad, la que habita en mi corazón. Mi primer y verdadero amor.

Pero Elche ya no me quería. Sabía, sabe, que sigo enamorado de ella, pero a ella le daba, le da, igual. No sé por qué, ni tampoco lo entiendo, pero es otra verdad universal: el agua moja, y ella ya no me quiere. Conforme volví empezó a atizarme. Al principio de forma sibilina, paulatinamente con menos confidencialidad, y al final con atrocidad. Muchos me apartaron de forma cruel sin mirar atrás, siendo felicitados por los demás por su inicua acción, y ella estaba allí para verlo. Mi propio organismo, mi propia existencia, me incapacitó para seguir la vida como hasta entonces podía hacerlo, y ella estaba allí para vislumbrarlo. Aquel futuro que había contemplado al fin con ilusión desapareció por completo, ella se encargó de que no hubiera resquicio alguno por el cual pudiera atisbarlo, y estaba allí para paladearlo. Las personas más cercanas me traicionaron, apartando la mirada para no tener que observar mis súplicas y poder seguir viviendo tan felices, negando haber hecho lo que hicieron con la connivencia y silencio de los de alrededor, y ella seguía allí, mirando, disfrutando del espectáculo consistente en dejarme morir por dentro.

Y yo no puedo dejar de amarla.

Siempre que vuelvo a aquella otra ciudad en la que habité, me acoge de la misma manera: igual que la primera vez que la pisé. De forma cálida, amable, haciendo todo lo posible para que me sienta bien. Con personas que me siguen tratando de la misma manera, con peticiones que se esfuerza por cumplir; quizá con algo menos de ilusión, pero con el mismo empeño. Echo la vista atrás y fue en ella donde realmente viví mis mejores momentos, mi mayor satisfacción, mi mayor orgullo, un futuro para mí. Me gustaría sentir dentro de mí lo necesario para entregarme a ella y decirle “te quiero”.

Pero no puedo: no es el amor de mi vida. El amor de mi vida ya no me quiere.

Y yo no puedo dejar de amarla.

La falsa leyenda

Fue un curioso encargo por parte de un apreciado amigo. Embelesado como estaba por una chica algo mayor que él que para nada le convenía, quería sorprenderla con un detalle que sabía que le llegaría al corazón. Algo simple, algo sencillo, pero que probablemente tocaría la fibra sensible de aquella mujer, en cuya infancia se habían colado multitud de cuentos de hadas y leyendas místicas, recuerdos que guardaba con gran cariño en su interior. Él apelaría a esa memoria para conseguir su favor a partir de un triple presente: un disco de música gaélica destinado a rebrotar el ansia de ella por visitar tierra irlandesa, acompañada de una leyenda escrita a mano que rozara su corazón, para que la conjunción de ambos presentes la convenciera de aceptar acompañarle en un espiritual viaje a esa república.

La música era fácil de comprar, y una escapada a aquella mágica isla solo requería unos pocos clics y dinero… pero una narración que creyera poder conmoverla estaba fuera del alcance del enamorado. Nada encontraba por Internet que pudiera servir adecuadamente a sus planes, pero la providencia le otorgaba un posible as en la manga: un buen amigo… escritor. Acudió a él sin perder más tiempo del necesario, demandándole el favor que le pedía el corazón: necesitaba un relato de hadas, de príncipes, de princesas, de acantilados británicos, de muerte, de amor. Todos esos recuerdos de la infancia convencerían definitivamente a la chica de que él era esa persona que debía estar a su lado, estaba seguro.

Y antes de que cualquiera de esos regalos llegara a sus manos, ella acabó con sus esperanzas. Finalizada por su amigo escritor, que había tenido que hacer un totum revolutum con los personajes y contextos que debían tocar el corazón de aquella amante esquiva, aquella leyenda jamás llegó a ser leída por su destinataria y quedó relegada al olvido. Quizá era lo mejor: como presunta leyenda gaélica era una pesadilla conceptual, un maremágnum anacrónico de actores y lugares que apenas podían tener sentido alguno para Éire. No obstante, para un autor sus relatos siempre se niegan a morir olvidados. Si incluso una fotocopia arrugada hace dos décadas podía volver a existir, esta fallida leyenda celestina también lo hace ahora:

“Hace mucho, mucho tiempo ya, cuando los seres humanos compartían la tierra con elfos, duendes y sátiros, una antigua raza de hadas descendientes de la poderosa diosa celta Danu habitaba en armonía en los alrededores de Ailltean Mhothair, los acantilados de Moher, una vasta y hermosa extensión de rocas, abismos y desfiladeros que, a lo largo de sus ocho kilómetros de longitud, había visto romper las olas desde el principio de la creación. Las Tuatha de Danann, nombre de estas mágicas hadas, habían vivido en paz y concilio con la naturaleza, pero aquellos tiempos habían de acabar.

En cuanto arribaron a aquellas tierras los gaélicos, seres humanos procedentes de Iberia y comandados por su caudillo Míl Espaine, decidieron que ninguna otra criatura que no perteneciera a su especie habitaría aquel rincón del mundo. Las Tuatha de Dannan hubieron de renunciar a su pacífica naturaleza y combatieron con entereza aquella amenaza, pero no fueron rival para la crueldad humana y sucumbieron ante sus mortales armas. Tras capitular, todas las hadas se vieron obligadas a retirarse a un reino místico conocido como Faerie, paralelo al mundo del hombre, pero esto no resultó del todo así. Una de estas Tuatha de Dannan, Siomha, descendiente directa de la diosa Danu, logró evadir la vigilancia que los humanos guardaban para obligar al exilio al resto de su estirpe y huyó, permaneciendo en los alrededores de los acantilados sin que ninguno de aquellos bárbaros fuera consciente nunca.

Muchos siglos después, en aquellas tierras ocupadas enteramente por seres humanos, el monarca de aquel condado regía con mano firme los designios de su reino, y batallaba contra los ejércitos de los soberanos vecinos en pro de la defensa del que consideraba territorio de su entera propiedad. Tras una de estas ofensivas, los soldados llevaron arrastrando al pie de su trono a un prisionero de gallarda armadura, comunicándole que no solo era el capitán vencido de esa última reyerta, sino que se trataba nada menos que del Príncipe Eiden, heredero del vecino reino. Mas ambos no eran las únicas personas de sangre azul de la sala en aquel momento. A la derecha del Rey se erguía una dama etérea, de rizos rubios y brillantes, de mirada cálida y dulce a través de unos ojos de color verde esmeralda: la princesa Lanay. Cuando el Príncipe Eiden levantó la cabeza y la vio se sintió azorado: nunca había visto nada tan bello sobre la faz de la tierra, y al mismo tiempo le avergonzaba que aquel ser tan hermoso lo viera por primera vez como un prisionero de guerra, sucio y derrotado. No obstante, a pesar de que eso era lo que él pensaba, Lanay se encontró con sus ojos y vio bondad y ternura en ellos, y su cara reflejó una compasión que, al ser captada por su padre, no gustó nada al Rey. Este ordenó que lo recluyeran en los calabozos a régimen de pan y agua, encadenándolo por un pie al muro de su celda, para que su hija ni siquiera volviera a atisbar la presencia de Eiden. Sin embargo, para Lanay surtió el efecto contrario, y se sintió apenada por el destino del noble prisionero.

El Rey decidió entonces cambiar de táctica: si la princesa se sentía cariacontecida pensando en él como el noble prisionero que era, debía mostrarle que Eiden no era alguien digno de mención. Así fue como tuvo la idea de convertirlo en su paje personal, para así tenerlo presente con su hija como testigo mientras le ordenaba tareas vejatorias y humillantes, para que Lanay acabara por percibir a Eiden como un ser indigno de misericordia y de cualquier tipo de cariño. No obstante, cada vez que la princesa veía al nuevo lacayo de su padre, creía atisbar cada vez más en él a un ser puro, a alguien digno de confianza, a una persona que probablemente valiera la pena amar, aunque solo pudiera coincidir con Eiden en aquellos momentos en los que el Rey orquestaba tareas bochornosas para su paje. Mientras tanto, el joven, cada vez que veía aparecer el rostro de la princesa, más seguro estaba de que era cierto lo que le dictaba su corazón: se había enamorado perdidamente de la hija de su captor, y sentía inmensa vergüenza de que aquella hermosa dama de dorados rizos y ojos esmeralda solo pudiera contemplarlo como una miserable marioneta en manos de un déspota, creyendo erróneamente que Lanay nunca sentiría nada por él. Tanta era su desazón que apenas podía soportarla: lo insufrible no era su esclavitud, sino el desprecio que seguramente sentiría ella por un lacayo como él.

Meses después, en una noche de luna nueva, más oscura que el carbón de la menos iluminada de las minas del norte, con ese imperecedero dolor en su corazón, Eiden vio la oportunidad de escapar de aquel castillo tras un despiste de su carcelero. Habría permanecido como paje el resto de sus días si así pensara que algún día tendría la oportunidad de rozar los labios de la princesa, pero al creer que ella le despreciaba nada le ataba allí, con lo cual se abrió camino a través de los jardines y huyó en dirección a los acantilados de Moher. Tenía la intención de ascender a la Torre de O’Brien, construida en mitad de los mismos para observar desde su atalaya las Islas de Aran, la Bahía de Galway y las montañas Maumturk, para despeñarse desde las alturas y así poder descansar por fin del mal de amores que tanto le aquejaba. Pero al cruzar aquellos jardines no contaba con que una mágica presencia le estaba observando: Siomha, la última hada Tuatha de Danann que habitaba ese reino terrenal desde hacía siglos, percibió su huida y el dolor que emanaba de él, y le persiguió hasta conocer a donde se dirigía. Cuando observó que sus pasos se encaminaban hacia la edificación circular de piedra desde la que pretendía poner fin a su vida, e intuyendo gracias a su naturaleza encantada que en realidad ese amor era correspondido, retornó al castillo. Como sabía el hada debido a sus incontables noches de vigilia por aquellos lares, la princesa Lanay solía dar un paseo por sus jardines tanto las noches de luna llena como las de luna nueva, ensimismada en sus pensamientos, que desde hacía un tiempo no hacían más que girar y girar en torno a la persona del príncipe caído en desgracia. Cuando Siomha llegó a los jardines y detectó de lejos a la princesa, creó a su alrededor un luminiscente halo para provocar la curiosidad de la joven, que no tardó en perseguir ese fulgor, y así la fue dirigiendo hacia la torre en mitad de los acantilados en los que se encontraba su amado. Pero la fatalidad quiso que no fuera Lanay la única que percibiera aquel resplandor: el soldado encargado de vigilar la celda de Eiden, tras haberse dado cuenta de su huida pero no habiendo avisado a nadie de la misma por temor a represalias, se encontraba oteando los alrededores cuando vio aquella luz. Creyendo que podría ser una antorcha que llevara el príncipe fugado, comenzó a perseguirla también, aunque la princesa, ajena al hecho de que estaba siendo acechada en su huida, le llevaba cierta ventaja.

Siomha dirigió a la princesa al pie de la torre, y entonces apagó su destello, sabedora de que Lanay habría entendido que debía subir a la misma. Conforme la joven iba ganando peldaños, más comprendía que en lo alto de la misma se encontraba una persona, y cuanto más ascendía más cuenta se daba de que era un hombre, y cuantos más escalones superaba más entendía que era un joven que continuamente rompía en llanto. Cuando llegó a lo alto, se encontró con que esa persona era el príncipe por el que había estado suspirando en los últimos tiempos, mientras él, sorprendido por la presencia de aquel amor que había mantenido en silencio, comprendió que encontrarse con Lanay en el que pretendía ser el último lugar que verían sus ojos en el mundo no podía ser una casualidad, y que el destino quería que desistiera de su intento de suicidarse.

Los dos jóvenes permanecieron mirándose a los ojos durante unos instantes, en los cuales entendieron que ambos sentían lo mismo. Se acercaron el uno al otro y, sin dejar de mirarse, sus bocas se fueron acercando. Fue entonces cuando el guardia de la celda del príncipe, que había perseguido la luz de Siomha creyendo que era una tea que Eiden utilizaba para escapar, llegó a lo alto de la torre y sorprendió a ambos enamorados a punto de fundirse en un beso, los cuales, sobresaltados, se separaron ante aquella intromisión. Al ver a la princesa con el fugado, creyendo que esta había sido secuestrada por él, desenvainó su espada y lanzó una estocada mortal hacia Eiden. Lanay, en un acto reflejo para proteger al que sabía que sería el amor de su vida, se interpuso entre el soldado y el príncipe, pero esa espada acabó atravesándola y alcanzando a su vez al hombre que pretendía salvar, hiriéndoles de muerte a los dos. Tras retirar la espada y ver horrorizado como había acabado con la vida de la princesa, el soldado, sabedor de que la venganza del Rey contra el asesino de su hija sería cien veces peor que la muerte, decidió lanzarse al vacío desde lo alto de la torre para evitar inenarrables torturas por parte del monarca.

Siomha, que había sido ajena a la aparición del soldado en la torre y permanecía cerca de la edificación, de pronto se dio cuenta de que una figura se había despeñado contra los acantilados desde lo alto de la atalaya. Subió rápidamente a la cúspide del torreón y encontró a los dos jóvenes tirados en el suelo, uno al lado del otro mientras sus cuerpos no cesaban de expulsar sangre por sus heridas, mirándose mientras exhalaban el último hálito de sus vidas, añorando ese primer y último beso que nunca tuvo lugar. Siomha, conmovida por la escena y sintiendo que los labios de ambos debieron encontrarse no solo en aquel momento, sino una y mil veces durante las vidas de ambos, recogió antes de que desapareciera el último aliento de Eiden y Lanay y rogó a la luna nueva por medio de un conjuro que permitiera a los dos amantes alcanzar ese tan ansiado beso que les había costado la vida.

La luna, emocionada por aquella historia de romance y horror, accedió a la súplica de Siomha. Es por ello que, durante todas las tinieblas que reparte la luna nueva, sobre la faz del oscuro astro aparece la silueta de los dos amantes logrando por fin unir sus labios durante toda una noche. La negrura de estas veladas impide al ojo humano ver la sombra de los dos jóvenes; mas, al romper el alba, cuando la claridad batalla contra la oscuridad para hacerla jirones, durante unos segundos se hace posible ver dicha silueta mientras esta se va desgranando ante la luz, separando las figuras de ambos amantes hasta la próxima luna nueva.”

Tu mejor tú

Desde que no era más que una amalgama de fibras vegetales, su único sueño consistía en tener la capacidad de dar lo máximo, en ser lo mejor que su naturaleza primigenia le permitiera llegar a ser. Y esa naturaleza incontrolable que nos convierte en lo que somos, al igual que nosotros nunca pudimos elegir ser humanos pero un día vimos la luz como tales, le había convertido en aquella mentada amalgama de fibras vegetales que formaban el árbol que todas ellas conformaban. Con tal idiosincrasia, su cometido en la vida estaba más que claro: colaborar junto a la ingente cantidad de hermanas que compartían su idiosincrasia en que aquel árbol fuera el más alto, el más robusto, el más longevo y el más saludable que pudiera llegar a ser.

Nunca tendría la oportunidad de lograr aquella primera meta marcada. Un buen día, los humanos llegaron y cortaron de raíz, literalmente, su propósito. Aquel árbol cayó, y con él aquel primer sueño de su corta existencia.

Pero aquello no le impediría ser el mejor objeto que pudiera llegar a ser. Esa era su idea original, y la mantendría hasta que no le quedara ninguna esperanza. Los humanos emplearían las fibras vegetales para fabricar cosas, así que soñó con ser la mejor que su naturaleza le permitiera llegar a ser. Formar parte de una mesa maciza digna de admiración, de un libro de lujo edición coleccionista, de una puerta cuya gallarda presencia se empleara en la heroica tarea de salvaguardar la integridad de seres indefensos ante cualquier criminal, de un caballete que ayudara a crear los más bellos cuadros por parte de los más vanagloriados artistas, incluso siendo el soporte de uno de aquellos laureados lienzos. Su condición aún podía reservarle un lugar de importancia en aquel mundo.

Pero, de nuevo, aquellos sueños se difuminaron sin dejar rastro. Sin lugar a dudas había corrido mejor suerte que muchas otras de sus compañeras, destinadas a ser servilletas de usar y tirar y, sobre todo, las que acabaron convertidas en rollos de papel higiénico. Pero su nueva naturaleza tampoco le reservaba lugar alguno para la épica: sus fibras habían sido reconvertidas en un folio de 80 gramos, tamaño DIN-A4, empaquetado junto a otros 499 hermanos de nuevo cuño. Su papel en el mundo, nunca mejor dicho, había sido degradado. Otra vez.

Pero no se permitía rendirse. Aquellas fibras vegetales seguían empeñadas en alcanzar el mejor rol en el mundo que fuera destinado a su nueva condición. Aun podían formar parte de documentos importantísimos: leyes que abolieran torturas o una esclavitud mal disimulada por algún gobierno embustero, enmiendas que otorgaran a aquellos seres humanos mayor libertad o dignidad, el primer manuscrito de una obra escrita destinada a ser best-seller, el primer esbozo de un artista desconocido hasta la fecha y que pudiera ser subastado décadas después, incluso por varios millones. Aun podía dar lo mejor de sí.

Cuando fue abierto el paquete de folios, aquella hoja comprobó donde había ido a parar. Una papelería. Aquellos sueños fueron de nuevo pisoteados. Nunca sería nada digno de mención. Nunca conseguiría llegar a ser nada digno de relevancia.

Aun así, una vez más renunció a claudicar. Era un rectángulo de papel de 80 gramos de tamaño normalizado, y sería el mejor DIN-A4 que cualquiera de estos pudiera llegar a ser. Su labor aun podía resultar esencial para el individuo que finalmente debiera utilizarlo, con lo cual siempre le tendría que estar agradecido. Como folio de aquella papelería estaba destinado a ser carne de fotocopiadora, y comprobó que su existencia aún podía resultar útil. Dada la cercanía de aquel comercio con una academia de oposiciones, la probabilidad indicaba que formaría parte de los apuntes de un estudiante. Dada su circunstancia, aquello no parecía tan mal destino. El futuro le había consignado constituir un episodio importante de la vida de otro ser: su formación. Gracias a la misma, este podría labrarse un futuro, alcanzar un puesto de trabajo digno, un empleo gracias al cual alimentar a su familia, y aquello sería tener un rol más que vital en la existencia de varias personas, que sin su presencia entre aquellos apuntes quizá no lo hubieran conseguido. Aquel folio estaba preparado para ello: como tal, aún podía conseguir alcanzar la mejor actuación que su idiosincrasia le permitía.

No obstante, cuando le tocó el turno de ser reproducida, tampoco le llegó aquella honrosa oportunidad. Un chaval de unos 16 años pidió a la dependienta que le realizara fotocopias de las páginas de un libro acerca de un grupo de rock de éxito. A nuestro folio ni siquiera le aguardaban las letras de la mejor canción del mismo, ni siquiera de ninguna relevante: el destino le había concedido ser la copia de una imagen de la banda musical. Aun así, seguía sin estar dispuesto a renunciar: sería la mejor fotografía que aquella fotocopiadora fuera capaz de imprimir, y al que iba a ser su nuevo dueño no le quedaría otra opción que admirarla como tal.

Y aquella máquina le traicionó. Inmediatamente después de plasmar aquella imagen en él, a la hora de expulsar la hoja, en la fotocopiadora se produjo un atasco de papel cuya única víctima fue aquel DIN-A4. La hoja se atrancó y se replegó como un abanico, cual si fuera un acordeón contrayéndose, arrugándose contra sí misma una y otra vez, una y otra vez. Cuando la rescataron de las entrañas de aquel aparato e intentaron desdoblarla, no era más que un despojo: un folio contraído en cuyos innumerables pliegues había saltado en mayor o menor medida la tinta, un trozo de papel defectuoso e inservible.

El sueño había acabado. Nunca sería el mejor ser que podía ser. Jamás podría dar lo máximo de sí mismo. Tan solo era ese despojo, cuyo único destino posible sería inexorablemente la basura, y con todo merecimiento. Abatidas como nunca habrían podido imaginar, a pesar de todos los sinsabores vividos, aquellas fibras sintieron como la desolación se abalanzaba a lo largo y ancho de todas ellas, desconsoladas, afligidas, sin ninguna expectativa de éxito más. Su esperanza, aquella que siempre habían mantenido mazazo tras mazazo, desapareció sin dejar rastro. Ya resultaba inútil conservarla. Siempre había sido inútil, a pesar de que se había engañado una y otra vez a lo largo de su existencia, pero en ese momento se acababa de dar cuenta de la triste realidad. Siempre había sido inútil.

Solo tenía sentido abandonar.

Cuando la dependienta se disponía a tirar aquella hoja a la caja grande de cartón aposentada al lado de la fotocopiadora que hacía las veces de papelera, el joven le preguntó si podía quedársela. Ninguno de los dos humanos entendía demasiado bien el porqué de aquella acción, mas lo único cierto es que sucedió. El folio tampoco atinaba a comprenderlo, a pesar de que dicho lance no lograra concederle de nuevo ningún tipo de esperanza, pero la realidad no era otra que la que reflejaba su arribada a un nuevo episodio de su existencia. En aquel momento de su ridícula existencia, porque ya no servía para nada y aquella hoja lo sabía, un nuevo episodio.

El adolescente la llevó varios días en la carpeta, y tras ese periodo la desamparó en un cajón de la cómoda donde almacenaba los apuntes ya obsoletos de anteriores cursos, no sin antes dejarla bien prensada, completamente aplanada y con todo el peso posible sobre la misma, con el objeto de allanar en la medida de lo posible todas aquellas arrugas. Y así fue como en algún día de 1996, aquel folio con antiguos delirios de grandeza quedó abandonado en un cajón, sabedor de que jamás llegaría a alcanzar su mejor momento ni nada que se le pareciera ni remotamente.

Pero con el paso del tiempo, algo rebrotó en él. Ya no valía para nada, lo sabía él y lo sabía el resto del mundo, pero aunque fuera a acabar olvidado allí, de hecho ya lo había sido, no podía permitir no ser lo mejor que pudiera ser. Aunque solo fuera para él, no podía acabar así. No podía terminar siendo un papel arrugado al que le faltaban rodales de tinta en la fotografía de cuatro seres humanos que nunca sabría quiénes eran. Y lo único a lo que podía aspirar en aquel momento era a estirar todo lo que pudiera sus fibras mientras permaneciera en aquel cajón, ayudándose del peso bajo el que lo habían sepultado. No sabía el tiempo que tenía para alcanzar a ser ese mejor ente que podía ser, cuyo único y ridículo mejor propósito en la vida era conseguir toda la uniformidad que pudiera alcanzar, pero podían ser días, semanas, años, lustros, incluso décadas. Debía intentarlo, aunque lo único que le moviera fuera un absurdo instinto de superación.

 Tenía claro que la próxima vez que aquel chaval lo sacara del cajón sería para tirarlo, dado que no valía para nada, pero algunas veces fue descubierto por el mismo, observado con curiosidad y un atisbo de nostalgia y vuelto a dejar bajo aquella prensa improvisada. Esto ocurría cada muchos años, y el folio veía como hacían mella en el humano. Dejó de ser un adolescente, después lo descubrió como un veinteañero que aún se resistía a cortar una melena demasiado juvenil, más tarde lo volvió a ver con un look más adulto y unas incipientes arrugas de expresión, y así sucesivamente. Pero tras coger el folio en sus manos todas aquellas veces, nunca se deshizo ni de él ni de ninguno de aquellos apuntes de su adolescencia. Por su parte, el folio seguía esforzándose, dando tanto como podía por conseguir una honrosa horizontalidad que parecía ir consiguiendo, estirándose y dejando actuar a la gravedad. Sin saber cómo estaba alcanzando el mejor objeto que su condición le permitía ser: un añorado recuerdo de los mejores años de una persona, al mismo tiempo que una hoja decente.

Habían pasado 20 años desde que el otrora joven había dejado el folio en aquel cajón cuando volvió a abrir este y se detuvo una vez más en la vida a observar aquella hoja. La miraba de una forma distinta. A los sentimientos de cariño, curiosidad y nostalgia habituales reflejados en aquellos ojos, aquel adulto había sumado uno más mientras la examinaba: admiración. El folio se sintió confuso, no entendía por qué. Seguía siendo un DIN-A4 en el que, aunque visiblemente más aplanado que tras su funesto atasco en la fotocopiadora, podía percibirse como había sido brutalmente arrugado en algún momento de la vida.

Pero lo que aquel adulto examinaba con detenimiento poco tenía que ver con un trozo de papel ajado. En aquel momento de su existencia estaba viendo una imagen digna de contemplar: una fotografía envejecida, para él vintage, de su banda musical favorita en sus inicios. Una imagen con avejentados matices de un grupo de rock que ya no existía, un grupo de culto con sus cuatro miembros originales, que se había separado tras décadas de canciones míticas. Una foto vieja de un grupo viejo, y no obstante bonita a sus ojos, plasmada en una marchita hoja de papel… que podía dar el pego. El hombre buscó un marco que tenía reservado para otro cuadro e introdujo aquel folio dentro de los márgenes del passepartout, solo por probar como quedaba, por mera curiosidad. El resultado reflejaba un conjunto bastante interesante: las cicatrices de aquellas arrugas le conferían un envejecimiento acorde al tiempo que había pasado para los cuatro protagonistas de la imagen, los rodales en los que había saltado la tinta parecían plasmados a propósito y también apoyaban aquella impresión de marchitamiento, y el contenido de la imagen, aquel cuarteto de músicos presente en la hoja, aquellas personas que habían transmitido tantas emociones en aquel joven a lo largo de las décadas más emotivas de su vida, se encargaba de conferir un gran significado a aquel compendio. El folio no acababa de encajar a la perfección con el encuadre que permitía el passepertout, pero aquello tampoco parecía trascender: aquel ser humano aposentó sobre un mueble aquel marco y se alejó lo suficiente como para admirarlo, y lo que vio le seguía gustando. Ese era un cuadro que él quería tener presente, que quería observar a menudo, y que quería que los demás contemplaran. Estaba decidido: esa imagen enmarcada tenía reservado un hueco en la pared del salón de su casa.

Sin entender muy bien cómo acababan de hacerlo, aquellas primigenias fibras vegetales lo habían conseguido. Primero, a pesar de todos sus esfuerzos por superarse una y otra vez, se les había negado sucesivamente un rincón de relevancia en el mundo, para después acabar siendo una inmundicia por culpa del error de una maldita máquina. Y aun así, despojadas de toda esperanza, dejadas de la mano de Dios bajo una pila de apuntes desfasados, habiendo sido convertidas en un mero folio demacrado, siguieron creyendo, siguieron buscando su mejor destino, siguieron dándolo todo para llegar a ser lo mejor que pudieran ser.

Y dos décadas después, a mediados de 2016, aquel DIN-A4 se encontraba presidiendo el salón principal de la casa, destinado a ser parte del día a día de una familia, escogido para ser contemplado por cualquier habitante o foráneo que entrara en aquella habitación. Para un folio de 80 gramos, ese era un destino mucho más relevante que cualquier hoja de papel pudiera soñar a ser. Lo había logrado.

Dada su condición, había conseguido ser el mejor objeto que podía llegar a ser.

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Nunca es tarde para ser el mejor tú que puedas llegar a ser. Nunca. La vida y sus crueles coetáneos te pueden lastimar, te pueden maltratar impunemente, pueden golpear con indecencia tus aspiraciones, tus anhelos, tus sueños. Y a pesar de todo ello, puedes seguir adelante persiguiendo el mejor tú que puedas llegar a ser.

Te pueden zarandear, te pueden noquear, e incluso te pueden derribar y echar por tierra todas tus esperanzas. Te pueden pisotear mientras te encuentras en el suelo, y pueden no escatimar esfuerzos para que jamás vuelvas a ponerte de pie. Y sin embargo, puedes caer, porque caer está permitido pero levantarse es obligatorio, y revivir un orgullo extinto y seguir adelante, persiguiendo el mejor tú que puedas llegar a ser.

Te pueden dar por muerto, pero hasta que tu corazón no deje de latir, puedes no dejar de intentarlo. Puedes tardar meses, años, décadas, incluso toda una vida, pero nunca es tarde para llegar a ser el mejor tú que puedas llegar a ser. Aunque no lo veas, aunque no lo creas, sigue adelante como hizo el folio que preside mi pared. Si no desfalleces, puede que tu mejor momento esté por llegar.

Tu mejor momento, y tu mejor tú.

La efeméride inexperta

El día que comprendimos que la historia estaba concluida, nos dimos cuenta de que nos habíamos convertido en autores. “Las crónicas del Otro Mundo” era un universo nuevo, un cosmos del que nunca nadie había tenido constancia, una entidad que tan solo había existido en nuestras cabezas: algo que nosotros solos habíamos engendrado de la nada. Era una barbaridad, una locura, incluso un disparate: nos habíamos convertido en dioses creadores. Aquel feliz estremecimiento parecía único, irrepetible: era la sensación de sentirnos escritores por primera vez.

La breve pero subjetivamente eterna espera que vivimos hasta el momento en que pudimos ir a registrar la propiedad intelectual no fue más que la antesala del emocionante momento también esperado: soltamos al crío al mundo, enviando nuestro manuscrito a una tanda de editoriales. Sabíamos que triunfaríamos, que en cuanto una solo persona leyera la obra quedaría convencida de que valía la pena, que nos daría una oportunidad. Tan solo era cuestión de tiempo. Tan solo debíamos sentarnos a esperar. Como cualquier novato que se precie enviamos el manuscrito a editoriales que nos quedaban grandes, las que ya avisaban que la ausencia de respuesta en unos meses implicaba el rechazo, pero también a unas pocas elegidas más, las que aseguraban que siempre contestaban. Aceptaban o rechazaban, pero siempre, siempre, contestaban; así lo afirmaban en letras grandes.
Y dos meses después, una contestó. El nerviosismo inmediato tras topar en la bandeja de entrada un correo enviado por una editorial es brutal, es una descarga de adrenalina, es un corazón súbitamente desbocado, es una nueva ilusión desorbitada. Tras abrir ese primer correo y leer que tu obra les ha parecido sorprendente, original, fresca, con muchas posibilidades, sientes la mayor esperanza de tu vida. La mayor, sin lugar a dudas. Puede que no lo sea, pero eres incapaz de recordar nada más grande, porque tú sí estabas convencido de haber creado algo increíble, pero ahora ellos también lo saben. Pero encarar el segundo párrafo resulta desconcertante. De pronto comienzan a exponer errores absurdos, como que usas guiones cortos en vez de largos, o que cometes faltas de acentuación falsas (dado que la Academia de la Lengua licitaba tus tildes o sus ausencias en su última revisión), con lo cual el trabajo de corrección va a ser concienzudo y costoso. Te preguntas como una editorial puede tener un procesador de textos incapaz de reemplazar guiones cortos por guiones largos con tres o cuatro simples clics de ratón, pero sigues leyendo. La revisión va a ser costosa, la maquetación va a ser costosa, la ilustración va a ser costosa, pero tu novela tiene posibilidades. Confían en tu obra, y por eso mismo están dispuestos a publicarla con todo su esfuerzo. Con todo su esfuerzo y con 2200€ a tocateja, a enviarles cuanto antes. Y aunque ya sabías que no lo ibas a conseguir de inmediato y que debes tener paciencia, que a la primera quieran estafarte te deja un sabor amargo que iba a ser difícil de extinguir. Si la propuesta inicial llegaba tras dos meses de espera, y seguro que se habían dado toda la prisa del mundo para conseguir ser los primeros y no perder la oportunidad de estafarte antes que cualquier otro oportunista, ¿cuánto podría tardar una contestación seria?
Y los dos perdimos una irrisoria cantidad de esperanza. Pero no pasaba nada.

De aquella primera tanda de editoriales, nadie más respondió. Ni siquiera las que exponían en letras grandes que siempre contestaban, fuese cual fuese el veredicto. “Las crónicas del Otro Mundo” había fracasado con estrépito en su primera acometida, pero tuvimos muy claro el porqué: nadie había tenido la decencia de leer la obra. Era cierto que quizá era un manuscrito demasiado extenso, pero es que aquel era precisamente el trabajo de aquellas personas. 890 páginas, arial 11, interlineado 1,5: no sería el libro más largo que habían leído esos profesionales del ramo, pero por lo visto no estaban dispuestos a plantearse la posibilidad de echarle un vistazo a la ópera prima de dos autores noveles. No cabía otra opción. Nuestra obra era buena, era original, solo hacía falta que alguien la leyera para darse cuenta. Pero aquellos vagos redomados no se habían tomado la molestia de ello aunque fuera su trabajo, era la única explicación posible. Solo hacía falta que uno solo de ellos, solamente uno, no más, decidiera asomarse al Otro Mundo para comprobar que merecía una oportunidad. No obstante, nadie estaba dispuesto a hacerlo.
Y los dos perdimos una considerable cantidad de esperanza. Aquello podía ser trascendental.

Teníamos que obligar a esas personas a leer nuestra creación. Que la obra fuera buena había estado en nuestras manos, pero nuestra ilusión de publicarla estaba en las suyas. Para la extensa segunda tanda de editoriales a las que enviar el manuscrito elaboramos una propuesta editorial que adjuntar al mismo. ¿Por qué debéis publicar nuestro libro? ¿Qué nos diferencia, de qué trata, por qué es bueno? Salió genial. Era una propuesta increíble, un anzuelo que les obligaría de forma vehemente a visitar por fin el Otro Mundo. Era profunda y comercial, era persuasiva y realista, era atractiva y sensata. Era una oportunidad que nosotros brindábamos a la editorial. Exponía todo lo que tenía que exponer, exageraba cuando tenía que exagerar, mentía en el momento en que tenía que mentir, pero, sobre todo, funcionaría. Y funcionó. La mayoría de editoriales no respondieron, claro, pero en comparación con la primera tanda en la que solo recibimos una única contestación procedente de unos timadores, fue un éxito sin precedentes. Varias nos respondieron que la tomaban en consideración, y que volverían a contactar con una respuesta, y otra envió un correo entusiasmado con la propuesta, prometiendo que la semana siguiente tendríamos noticias de ellos.
Pero ninguna de ellas volvió a contestar. Hasta la fecha, nadie nos quería hacer realmente caso, ni siquiera para decirnos que no. Nos hubiera gustado recibir alguna negativa, en realidad. Alguien que nos dijera “no nos interesa”, o “no entra en nuestros planes”, o “no posee la calidad suficiente para nuestro sello”, o incluso “lo vuestro es una obra de mierda, no valéis nada, no conseguiréis publicar una sola página en toda vuestra patética vida”. Nos hubiera gustado porque aquello significaría que alguien se había tomado la molestia de darle una oportunidad y dignarse a leer aunque fuera un fragmento de la novela, aunque después la rechazara. Si efectivamente no valía nada, si era cierto que no valíamos para escribir, necesitábamos que alguien tuviera la dignidad de decírnoslo. Pero para ello, ese alguien tenía que haber leído algo de lo que le habíamos enviado, y no, nadie lo había hecho, no cabía otra opción. 890 páginas. En cuanto veían la extensión del documento se olvidaban de la propuesta editorial que les acababa de encantar, era la única explicación posible. No habíamos conseguido nada. Aunque era su trabajo, nadie estaba dispuesto a leer una sola frase.
Y los dos perdimos prácticamente la esperanza. Aquella podía ser la muerte definitiva del Otro Mundo en su periplo alejado de nuestras cabezas.

Por la mera inercia de la ilusión que había empujado nuestra energía inicial, enviamos propuesta y manuscrito a una tercera tanda de editoriales. Si nadie iba a abrir el documento era un esfuerzo inútil, pero nos engañábamos a nosotros mismos diciendo que no perdíamos nada con intentarlo por última vez: a cada día que no recibíamos una respuesta, nuestra autoestima iba desapareciendo sin dejar rastro. Mirábamos la bandeja de correo varias veces al día, muchas, demasiadas, y nunca había nada. Día tras día, semana tras semana, cada vez que pensábamos en nuestro sueño fallido, nos carcomíamos por dentro. Habíamos pagado un precio alto: nuestra ilusión. Había expirado.
De repente un día, recibimos una llamada. La llamada de un hombre encantado con nuestro libro, que transmitía ilusión, que transmitía alegría, sorprendido por lo que había leído, convencido de que le interesaba realmente lo que habíamos plasmado por escrito, aunque advirtiendo que la decisión final no sería suya pero que apostaba absolutamente por que aquello estaba hecho, y que nos lo confirmaría en una semana por teléfono de nuevo. Nuestra extinta ilusión resurgió como el Ave Fénix, apareció cuando nadie la esperaba, y aguardamos impacientes aquella llamada sin perder de vista el teléfono. Sin siquiera pestañear, no fuera que aquel celular osara desaparecer. Pero pasaron varias semanas sin tener noticias de aquella persona, y aunque no creímos que ese mismo hombre pudiera carcomernos más el alma, lo consiguió. Finalmente recibimos su llamada, pero no era como la habíamos imaginado en un principio.
Se había equivocado de número. Surrealista, irreal, inconcebible. No sabía con quién estaba hablando. Al final le hicimos recordar su conversación con nosotros y de qué obra se trataba, de la cual dijo que tras abrirla vio que era demasiado larga para ellos. Es decir, su llamada entusiasta se había producido sin ni siquiera abrir el archivo de texto. Para mitigar el menoscabo al que nos estaba sometiendo, propuso publicar la primera parte de las cuatro en las que se divide “Las crónicas del Otro Mundo”, y dijo que nos enviaría el contrato para que lo estudiáramos. Y aunque después de aquella vergonzosa charla no lo esperábamos, este llegó. No era solo que nos quisiera cobrar 1500€ con la cláusula “el autor se compromete a comprar 100 ejemplares de su obra”, a lo cual comentamos con sorna “pero si nosotros ya lo hemos leído…”. No era solo que nos estuviera proponiendo cobrarnos 10€ por cada página que nosotros mismos, no él ni ninguna otra persona en el mundo, nosotros mismos, habíamos escrito. No era solo la ignominia que suponía toda aquella chanza. El título del libro que pretendían publicar ni siquiera estaba bien escrito. “Los señores de en medio”. Ni siquiera se habían molestado en leer bien el nombre de la primera parte.
Y pasamos de haber perdido la esperanza a sentirnos completamente humillados por la industria editorial. Nos habían convertido en dos gilipollas.

Ya no esperábamos nada. Aunque seguíamos mirando la bandeja de entrada, ya con menos asiduidad, el sueño había acabado. La incertidumbre ya no nos mataba al no recibir respuestas, simplemente era algo que no se podía evitar. LCDOM era algo que nadie, aunque cobrara precisamente por ello, estaba dispuesto a leer. Era algo que ninguna persona excepto nosotros vería jamás. Era una quimera rota, una imbécil enajenación, una tontería que habíamos hecho por ingenuidad y falta de experiencia, como un bebé que intenta coger una llama porque no sabe lo que es. Igual que ese bebé, nosotros también nos quemamos.
Uno de aquellos días anodinos recibimos el correo de una editorial. Por alguna razón, era curioso verlo en la bandeja de entrada. Ni era esperado, ni ilusionaba. Solo había que abrirlo, leerlo y desecharlo mentalmente, eso era lo que gritaba nuestro cerebro. No obstante, parecía distinto a los anteriores. Parecía de verdad. Parecía real. Preguntaba si nuestra obra había sido ya publicada. En caso contrario, nos cuestionaba si seguíamos teniendo la intención de publicar con su sello editorial, y que de ser así estaban interesados en publicar “Las crónicas del Otro Mundo”. Hablamos entre nosotros, y aunque luchábamos por mantener nuestra desesperanza como mecanismo de defensa, las palabras de ese correo parecían decir la verdad. Parecían decir que alguien en el mundo había leído al menos unas cuantas páginas de nuestro manuscrito, y le había dado el visto bueno. Aquello no parecía ya posible, pero es muy humano creer en los imposibles, y daba la casualidad de que ambos somos humanos. Y creímos de nuevo.

Decía la verdad. Aquel correo decía la verdad. Quizá resultara inconcebible, pero aquel correo decía la verdad. Después vino el contrato, las correcciones, la maquetación, todo lo demás, pero fue aquel correo, ese que decía la verdad, el que nos dio la vida.
Hoy hace exactamente un año que recibimos aquel correo. Hoy hace un año que lo volvimos a sentir, aquel feliz estremecimiento que había parecido único e irrepetible: la sensación de sentirnos escritores por primera vez, de nuevo. Sí, “por primera vez” y “de nuevo”, momentos antagónicos e insostenibles de argumentar como simultáneos, pero que inexplicablemente vivimos a la vez. Hoy celebramos el primer aniversario de ese instante imposible, hoy celebramos que alguien le pudo decir a otro una vez “este manuscrito tiene posibilidades, contéstales que nos interesa publicarlo”; hoy celebramos que una persona se atrevió a asomarse a las páginas de “Las crónicas del Otro Mundo”, y por fin alguien pudo ver que lo que había escrito en ellas podía valer la pena.
Hoy celebramos una efeméride que nunca había existido. Hoy nos sentimos escritores por primera vez. De nuevo.

Pd. Nunca renunciéis.

El día de la otra madre

Una mujer que llora día y noche con los ojos secos mientras la vida sigue, esa es ella. Una mujer que no entiende qué es lo que pudo ocurrir para que su posesión más preciada, ese algo siempre más valioso que su propia vida, se sumiera en la noche de los tiempos de forma anónima e infinita.

Pero ella sigue adelante, aunando en su interior una mezcla de hundimiento, rendición y supervivencia que nadie podría alcanzar a comprender como cabe la posibilidad de que dicha terna pueda coexistir en una sola persona al mismo tiempo. Sigue caminando porque no tendría sentido hacer otra cosa, aunque en realidad cabría la posibilidad de que lo lógico fuera justo lo contrario: plantarse en un lugar determinado del espacio y el tiempo y no mirar hacia el futuro jamás. Ni siquiera al presente, tan vacío de sentido como cualquier otro hecho venidero que pudiera acontecer en cualquier punto del planeta.

Lo triste es que muchas no pudieron soportarlo y se rindieron a esa lógica. Nunca tuvo sentido seguir adelante desde aquel momento, esa era la única verdad. Cuando desaparece algo más valioso que tu propia vida, parece sensato que esa propia existencia deje de significar nada. Parece innegable. Parece obvio. Muchas se negaron a luchar, incapaces de continuar respirando un segundo más mientras con cada inspiración miles de cuchillas les trepanaban el corazón. Sería complicado dar algún buen argumento o después poder rebatirlo acerca de si eso significa tomar el camino más fácil.

Pero ella sigue adelante, sintiendo ese vacío cruel en el alma. Víctima de un dolor que nunca se conseguirá aplacar del todo, jamás, de ningún modo. En algún momento de la vida algo se torció, y ocurrió lo impensable, lo inaudito.

Siendo lo más inhumano que se pueda llegar a decir, en algunos casos fue por culpa de ellos. Por alguien inexperto por su propia juventud que se lanzó a un laberinto psicotrópico hasta que fue incapaz de volver a encontrar la salida, perdiéndose en una debacle de compuestos químicos alienados que solo conducían a un tenebroso final. O por alguna vehemente locura a los mandos de algún tipo de vehículo que, en realidad, siendo o no conscientes de ello, no eran capaces de controlar. O, simplemente, porque un día un interruptor ofuscado hizo clic en sus cabezas, y les arrojó a la peor decisión que podían tomar.

O por cualquier otra indigna situación. Por un capricho del destino, que los colocó en el lugar incorrecto en el momento exacto. Por una cruel genética, que los remitió hacia una situación demasiado difícil de entender, pero imposible de evitar. Por una infame sentencia del destino, que los condenaba a ni siquiera poder llegar a ver la luz del sol tras un absurdo error fatal causado por nadie. Absurdo, eso es. Absurdo, ilógico, irracional, incoherente. Injusto. Cruel, simplemente cruel.

Y entonces sus madres dejaron de volar para estrellarse contra el suelo. El sufrimiento anterior, la agonía que les causaba aquella incómoda e inoportuna forma de entender el mundo de sus hijos, fue suplantado por el más atroz y desgarrador de los tormentos. O una llamada de repente con la peor noticia de la historia sin ningún tipo de vaticinio, o un semblante serio intentando hacer entender a una persona, incapaz de comprender nada en ese momento, que habrá otra que no sobrevivirá.

El peor naufragio del alma, el peor calvario que un ser humano puede padecer en vida, infinitas veces peor que su propia muerte. Algo que jamás llegará a superar ningún ser mínimamente racional.

Que aquello que brotó en su vientre, aquello a lo que mágicamente había conseguido dar vida, desapareciera. Aquello cuyo primer movimiento había sentido dentro de su ser, aquello a lo que había dedicado la totalidad de sus pensamientos, aquello que habitaba a sus anchas en su interior, aquello que la hacía sentir fea y gorda y al mismo tiempo alegrarse por hacerlo por algo más importante que su vida. Aquello que la había hecho sentir madre mucho antes de que nadie pudiera alcanzar a entender lo que significaba esa palabra.

Sentir que aquello desapareció es tener que dejar esta frase inconclusa, puesto que nadie en el mundo puede llegar a ser capaz de expresar qué se siente con ello.

Pero ella sigue adelante. Llorando algunas veces por fuera, pero siempre por dentro. Aferrándose a una vida a la que no piensa perdonar, tirando de sí y muchas veces de otros a su alrededor sin tener ninguna reserva de energía vital con la cual hacerlo. Sigue adelante mostrando una fuerza sobrehumana, una inquebrantable voluntad, haciendo latir un corazón fracturado por cada ventrículo y aurícula y consiguiendo que aun así su sangre siga fluyendo. De una forma primaria e inexplicable, ella sigue adelante.

Todos los días son el día de la madre para ella. En todos y cada uno de ellos debe consentir ese papel sin ese ser humano que una vez tuvo a su lado que pueda atestiguar que ella efectivamente lo es, aunque siempre lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos. Se convirtió en madre, y aquel miembro perdido siempre estará ahí presente.

Queremos recordar aquí a esas madres que han sido objeto del más cruel de los destinos, y plasmar con estas insignificantes letras de tributo nuestro respeto y estupefacción ante esa inapelable e inconcebible fuerza indómita que hace que ella siga levantándose por la mañana y tenga la capacidad de mirar a los ojos a la vida, sin poder olvidar jamás esa cruel canallada del destino y, por algún tipo de osadía indescifrable, seguir adelante. Ojalá nosotros tuviéramos al menos una ínfima parte de los cojones que le echáis a la vida, ojalá tuvierais un día de la madre infinitamente más feliz que el que os ha tocado vivir. Ojalá pudiéramos brindaros algún tipo de homenaje que pudiera serviros para algo, y ojalá alcanzarais a entender algún día lo mucho que os admiramos.

Nos inclinamos ante la fuerza que muestra ella cada día que sigue adelante.

Vida

El tiempo no es oro, el oro no vale nada. El tiempo es vida.

J. L. Sampedro.

love

 

Formo un marco con mis manos donde trato de encerrar este momento, y entre mis dedos veo asomar esa tímida sonrisa que hace que tus rasgados ojos color caoba casi se cierren por completo al hacerlo. Por un segundo el estrecho vano que hay entre mis manos parece distorsionar el tiempo, mostrándome un carrusel de recuerdos que pasan velozmente frente a mis ojos, donde te veo todavía con aquel rostro de niña, como aquel primer día en el que nos conocimos, y contengo la respiración para ver si con ello también consigo retener en mi memoria algo de esa secuencia de irrepetibles imágenes que cambian continuamente entre pulgares e índices. Rápido me doy cuenta de que tanto esfuerzo será siempre en vano, ya que con cada nuevo haz de luz que estalla en tu mirada, todos esos recuerdos terminan por diluirse como la acuarela en suaves ondas de colores sobre mi memoria.

     Ceso por un instante, y mientras este universo inundado de fotones sigue cambiando ante mis ojos, viene a mi recuerdo una determinada melodía que murmuro muy suave entre mis labios, y enarcando las cejas ante la melancolía, comprendo que nunca será suficientemente cerca mientras esté contigo. Que los centímetros, metros u océanos que algún día nos separaron, no fueron otra cosa que las rocambolescas cabriolas de un destino caprichoso y cruel, que un día, cansado de sus travesuras, decidió que por fin los dos compartiéramos aquel reducido espacio mientras esperábamos el autobús, y que sin saberlo ni pretenderlo, aquellos alocados electrones que conformaban nuestros labios, decidieron lanzarse al vacío para conectarnos con un simple chispazo. Nunca sabremos si fueron segundos, minutos o años los que pasamos prendidos a aquel beso, o si se partió el eje de la tierra como un fino cristal para luego volver a recomponerse como si nada hubiera pasado. Solo sé, que con aquel simple beso, pudiste saber todo lo que hasta aquel momento había callado.

     Ahora que te miro sonreír entiendo que los problemas nunca fueron más importantes que lo que hemos ido dejando atrás. Y que mientras esta suave brisa que recién acaba de acariciar los pastos termine por desordenar tu pelo, y mientras el suave remolino que todavía ulula tras de ti siga deshaciéndose en el vacío, entenderás que jamás hubo otro principio que el de ahora, ni más juventud o vejez que las de ahora, y nunca habrá otro tiempo ni momento mejor que el de ahora, y que cada instante, no será otra cosa que nuestra última oportunidad para empezar de nuevo. Y que por eso, con tu permiso o incluso sin él, estoy dispuesto a hacerte feliz.