Make LCDOM Great Again

De repente se ha cernido sobre toda la blogosfera un vendaval que lo ha arrollado todo a su paso, pero en vez de mandarnos a todos al quinto pino nos ha dejado sentaditos delante de él para que nos despleguemos por cada rincón del ciberespacio y difundamos su palabra: nuestro dios los Premios 20Blogs. ¡Pero no! En el Otro Mundo aguantaremos los embates del vigoroso ciclón con estoicismo, imperturbabilidad y resolución. Y una cosa más os vamos a decir acerca de esta entereza y esta negación incorruptible ante la posibilidad de un meritorio reconocimiento público:

Que es mentira. ¿Cómo no vamos nosotros también a participar e intentar mendigar algún voto? Quita, quita: es triste de pedir, pero más triste es de robar. Ya lo intentamos el año pasado, aunque no se puede decir que tuviéramos demasiado éxito con nuestra anterior campaña publicitaria. No obstante, hoy de nuevo volvemos a entonar el “Sí nosotros lata” (“Yes we can” para los que sepan inglés) y hemos preparado una tremebunda y agresiva propaganda electoral. Y otra cosa os vamos a decir sobre la misma:

Que también es mentira. ¿Cómo íbamos a saber planificar una, si ni siquiera nos presentamos nunca ni para ser delegados de clase? Finalmente hemos decidido entre el extenso abanico de posibilidades existentes, que son una o ninguna, que el blog tiene que hablar por sí solo para que alguien decida darle alguna estrellita en la votación. Y dado que el leit motiv de este blog era publicitar la novela homónima, es esa misma “Las crónicas del Otro Mundo” la que tiene que convenceros. Vamos a presentaros un fragmento de la misma de la mano de uno de nuestros protagonistas favoritos, Lobo, del cual ya pudisteis leer su primera aparición en la historia en una de nuestras anteriores entradas. Ahora vais a poder descubrir uno de sus momentos más trágicos.

Y si os gusta, no dudéis en votarnos en este enlace. Vamos, si queréis (y si no también, no os hagáis de rogar).

“El día que Lobo cumplió un año, Mawi cayó muy enferma.

Tras el día en que Luneta desapareció aquella casa ya no fue la misma de antes, aunque los tres perros se esforzaban por apoyarse unos a otros. Gill seguía yendo a la ciudad a por comida, y en esos 6 meses consiguió llevar a Lobo dos flechas más. No obstante, aquel setter ya no era tan bromista como antes de aquella noche, y aunque se esforzaba por ocultarlo, la sombra color ceniza de la tristeza acampaba en su mirada. A pesar de ser una mentira piadosa, cargaba en su conciencia el haber engañado al cachorro. ¿Realmente era mejor hacerle creer que su madre seguía viva en alguna parte?

Por su parte, Lobo se convirtió en un experimentado tirador. Había ido a la ciudad varias veces con Gill a aprender el modo de vida mediante el cual habían conseguido sobrevivir como vagabundos, pero en la mayoría de ocasiones se quedaba en la casa practicando con su arco. Aprendió a acertar blancos que se hallaban en otra habitación a través de boquetes en los muros cada vez más pequeños, mientras Mawi le aplaudía aquellos trucos preguntándose cómo era posible que aquel perro al que había visto nacer medio muerto pudiera tener aquel talento con el arco sin haber tenido una instrucción previa… y un maestro como Gill. En otras ocasiones, Gill encontraba en la basura cáscaras de plátano, bolas antiestrés partidas por el uso o balones pinchados, y los lanzaba al aire lo más fuerte que podía para que el cachorro acertara en ellos. A Lobo ese ejercicio le resultaba insultantemente fácil, pero era bonito compartir esos momentos de felicidad con sus padres adoptivos, que le miraban orgullosos y extasiados cada vez que veían a Lobo conseguir una diana imposible.

Un día, Gill se fijó en un moscardón que acababa de posarse en un mueble desvencijado que había llevado a casa.

—Lobo, ¿a que no eres capaz de acertar a aquel moscardón? —gritó.

Gill ni siquiera sabía en qué parte de la casa estaba Lobo, pero sabía que, estuviese donde estuviese, acertaría. Lobo no lo tenía tan claro. Había oído al setter retarle, fue a por el arco y desde el lugar donde lo recogió se encontraba aproximadamente a unos trece metros de distancia del objetivo… Apenas veía aquel insecto. Colocó la flecha, apuntó y disparó. Y falló. Gill no daba crédito. Puesto que no se había dado la vuelta, no había sabido desde donde pensaba disparar Lobo, tan solo tenía la vista fija en el moscardón y esperaba ver de repente una flecha surcando la estancia y despachurrando aquel insecto. La flecha atravesó la habitación y se clavó en el mueble, pero Gill pudo ver como el moscardón salió volando. Perplejo como estaba, giró la cabeza hasta que pudo ver a Lobo con el arco todavía en la mano.

—Lobo… ¿has fallado?

—Sí… eso parece —admitió Lobo, más sorprendido que decepcionado por el fallo.

—En fin… Mira, me he informado acerca del cuerpo de arqueros.

—¿El qué?

—El cuerpo de arqueros. Por lo visto, el ejército tiene un cuerpo de arqueros, y resulta que…

—¿El ejército tiene arqueros? —interrumpió el pequeño.

—Sí… Aparte de tanques, metralletas y bombas, tiene arqueros, y…

—Estás de coña. —Lobo estaba estupefacto.

—¡Deja de interrumpirme chico, que esto te interesa!

—Ok.

—El ejército tiene un cuerpo de arqueros. He estado escuchando y, por lo visto, aunque es muy prestigioso, cualquiera puede entrar en él si supera una prueba de aptitud con el arco. Cualquiera. Bueno, cualquiera que sea un perro, claro.

—Me estás vacilando, Gill — contestó con incredulidad el mestizo.

—Cualquiera —aseveró con rotundidad el setter— . El día que cumplas la edad mínima, te vas allí de cabeza. Saldrás de este fango y te convertirás en soldado del prestigioso cuerpo de arqueros, eso te lo dice Gill. Y espero que cuando seas un soldado con pasta te acuerdes de estos setters…

—Gill, ¿es eso cierto? —Interrumpió Mawi, cuya alocución sorprendió a ambos, pues no se habían dado cuenta de que estaba detrás de ellos. Gill le contestó con aplomo.

—Mawi, Lobo va a ser un soldado de élite.

—¡Cariño mío, ven aquí! —Mawi corrió a abrazar a Lobo, que aún no acababa de asimilar el hecho de que el arco que Gill le había robado podía convertirlo en soldado— . ¡Vas a ser soldado! ¡Vas a salir de aquí! ¡Vas a salir de aquí! —Repitió, como si se tratase de huir de una cárcel en la que los tres estaban confinados pero solo él pudiera lograr abandonar.

—Sí, chaval —volvió a afirmar Gill—, vas a escapar de esta miserable vida —adoptando un tono más severo, añadió—. Tu madre estará muy orgullosa, Lobo.

—Sí… —comenzó a contestar él. No había asumido aun del todo que pudiera ganarse la vida siendo arquero de verdad—. Gracias a ella los tres saldremos de aquí. Cuando sea arquero, lo primero que haré con el dinero será comprar una casa de verdad, y los tres viviremos allí.

Mawi no pudo reprimir lágrimas de felicidad. Al otro lado de la estancia, Gill miró a Lobo con un orgullo como nunca había sentido en su vida por nadie.

Dos semanas después, Mawi cayó muy enferma: necesitaba un médico y fármacos con urgencia, era una cuestión de vida o muerte. Gill fue a la ciudad para robar todo aquello que estuviera a su alcance para revenderlo y conseguir el dinero suficiente para costear aquello, pero no lo consiguió. Entonces, desesperado, dejó a un lado los pequeños hurtos sin peligro que habían mantenido con vida a su pareja y a él mismo y asaltó una farmacia para conseguir medicamentos. No tenía claro cuales necesitaba, así que cogió todos los que pudo cargar y salió de allí. Y fue esa vez, esa y no otra, la vez en que Gill no pudo escapar tras un robo, la vez en que la policía consiguió detenerle y le colocó bajo arresto. Le acusaron con cargos de asalto, robo y posesión de drogas: precisamente unos cuantos de los fármacos que había cogido Gill eran los que solían robar los drogadictos para pasar el mono. Ese fue el día en el que apresaron a Gill: el mismo en el que Lobo cumplía un año.

Mientras tanto, Mawi se moría. Lobo intentó convencer por activa y por pasiva a Mawi de que tenía que ir a la ciudad a buscar a Gill, y en caso de no encontrarlo conseguirle medicinas, pero Mawi le respondía cada vez más débil que Gill volvería, que no la dejara sola. Con el paso del tiempo ambos comprendieron que algo horrible le había pasado a Gill, porque no habría abandonado nunca a su pareja, y que no iba a volver… Lobo, acurrucado junto a Mawi dándole calor, se levantó al fin dispuesto a ir a la ciudad, preparado para todo lo que hiciera falta para salvarla. Pero ella, con un hilo de voz, dijo una frase para la cual Lobo no encontró réplica.

—No… no quiero morir sola…

Lobo se quedó mirándola. Comprendió que tenía razón. Volvió a acurrucarse junto a Mawi, y permaneció a su lado hasta el último momento. Horas después, pudo escuchar con claridad su último hálito.

Esa noche en la que cohabitó con la muerte se dio cuenta de la existencia de la misma. La muerte estaba ahí. La muerte era un suceso real. Existía. Y aquello le hizo entender que aquella historia sobre su madre que Gill le había contado seis meses antes no tenía mucho sentido, ahora que había aprendido que no se podía escapar de la muerte.

Aquella noche, el día que cumplía un año, Lobo perdió a sus tres padres.”

La vergüenza de nuestro tiempo

Un repentino corro de sombras beligerantes, un chispazo trémulo que se ensancha rápidamente en la oscuridad, la tierra temblando desde sus más hondos cimientos, mientras las manos tratan de ahogar el grito obtuso, desesperado, de quien es demasiado joven para entender lo que ocurre. El leve polvo que se desprende de los techos semiderruidos y el horror tomando las más disparatadas formas, aunque ninguna tan aberrante y mezquina, tan llena de iniquidad, como la que puede dibujar la sombra de la guerra en los ojos de un niño.

Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero en Siria no ganará nadie, solamente habrán pérdidas, los jirones de una humanidad raída, desgarrada por el cinismo de la mentira mediática, que crece auspiciada por esa piara que se acomoda en la porqueriza del poder, tratando de ocultar los verdaderos intereses de la tragedia, los intereses particulares de los lobbies que financian los partidos, usurpando el poder de manera ilegítima, sin deparar lo más mínimo en todo el sufrimiento que son capaces de generar.

Ahora todos los medios de comunicación copan sus noticieros con las excéntricas barbaridades, propias de otros tiempos, del nuevo presidente de los Estados Unidos, pero callan o tratan someramente lo que ocurre en Europa. Silencian la tragedia de los refugiados porque ya no les interesa hablar de sus propias miserias, aprovechando este hecho coyuntural para desviar la atención de la opinión pública: los malos son otros. Y mientras las redes sociales bullen en contra del nuevo y polémico presidente, el mar que baña mi tierra sigue tiñéndose de amargura, del llanto de aquellos que tienen que abandonar sus casas, su familia y su pasado, en busca de la hospitalidad de un continente que parece darles la espalda.

Pero a pesar de todo, a pesar de que los partidos ultranacionalistas están ganando fuerza en el corazón de la vieja Europa, apoyados por el voto secreto de una mayoría silenciosa que no suelen prodigarse con asiduidad en los medios, o que cuando lo hacen mienten o dicen medias verdades, simplemente porque les avergüenza sentir lo que sienten, hay otros muchos que están dispuestos a ayudar, a no dejarse engañar por la mentira del sistema, y que se hacinan en las playas a la espera de poder arropar a todos los que vienen huyendo del horror, toda una suerte de héroes anónimos que la historia… seguramente obviará.

Los primeros minutos del vídeo pertenecen a una campaña promovida por Save The Children, aquí  y aquí puedes ver los vídeos originales. Quizás también te interese visitar su página para apoyar su labor. 

Blue Monday

Es un lunes gris, la ventana lo corrobora como testigo. Un día triste. A muchas personas les gustan los días grises, de las que muchos espectadores ajenos dirían que son personas melancólicas, mustias y probablemente deprimidas. A las que les gusta que el cielo esté tintado con el mismo color que su alma. A las que les gusta que el sol cause baja para que el resto de personas que sí disfrutan de la vida estén obligados a sentir lo mismo que ellos. En realidad nunca conocí a nadie taciturno, afligido o simplemente abrumado por la nostalgia que prefiriese que el astro rey le sometiera con sus rayos, pero eso no significa que esos observadores externos, presuntuosos en sus dictados, tuvieran razón. Un día gris puede ser muchas veces el favorito.

Pero el lunes es gris, independientemente de que la esfera aparente sea azul y diáfana, independientemente de la aparición del gran disco dorado… Independientemente de lo que certifique la ventana. El lunes es un día triste y jodido, infausto y pesaroso, trágico y denostado, del que todo el mundo reniega a pesar de saber que si no existiera cualquier otro día ocuparía su lugar. El lunes es un día funesto porque de nuevo estás obligado a despertarte a horas intempestivas y trabajar por unos designios ajenos, o lo es porque te recuerda que, en el renacer de una nueva semana, sigues sin encontrar un empleo que te pueda salvar de una vida que te ahoga. El lunes es un día aciago, que conmemora que tienes que hacer lo que tienes que hacer porque la mera existencia te dicta que lo tienes que hacer. El lunes es un recordatorio constante de que, hagas lo que hagas, es porque no puedes hacer otra cosa, por mucho que eso sea lo que tú mismo has escogido y eso te convierta en un auténtico privilegiado.

Muchos dicen que es azul, que un lunes gris no es otra cosa que un blue monday. Otros saben que se refieren a lo mismo, aunque no entiendan como el azul puede ser positivo para un cielo pero dañino para el portador de un número en el calendario. Pero da igual, solo es una demostración de que a un lunes le da igual su color sea cual sea la franja horaria en la que nace y muere, porque su idiosincrasia seguirá portando la tristeza como bandera. El lunes es desalmado, es un hijo de puta, y todo el planeta lo sabe. Insuficientes personas son las que han escuchado alguna vez a otro decir “me encantan los lunes”, porque el lunes es un leproso al que hay que reprobar su propia naturaleza.

Otros miran por la ventana. No ven nada, aunque tampoco esperaban hacerlo. Solo perciben un lunes gris, pero eso ya lo habían descifrado antes de tener la lectura objetiva que les iba a mostrar el cielo. Un cielo que, paradójicamente, no acaban de interpretar aunque lo tengan delante de sus ojos. No saben, no pueden. No quieren. No les apetece, como nada lo hace. Es un lunes gris, eso es lo único que parecen percibir. Se levantan, algunos, miran a su alrededor, y es un lunes gris. ¿Es desidia lo que despiden al moverse con tal parsimonia? ¿Es pereza como pecado entendida? Solo se aprecia desgana en sus movimientos y hastío en sus ojos.

Pero no es desgana, sino desesperanza, y no es hastío, sino ceniza. La ceniza de lo que una vez fueron, o lo que una vez creyeron ser, y murió tras ser quemado por la vida, o por una pérdida, o por muchos, o por uno. Son los restos visibles del naufragio de los que, tras el hundimiento y la rendición, jamás lograron arribar al alzamiento. Son los que inspiran a seres extraños a escribir “Si uno se fijaba lo suficiente, podía ver como el fulgor del fuego que antaño restallaba en sus ojos resplandecía por un mísero instante, para rápidamente convertirse de nuevo en la ceniza de cuyo color tintaba su vida”. Son los que capitularon. Los que se cansaron de mirar por la ventana para averiguar cómo se presentaba el día, porque aprendieron a saberlo de antemano. Es diciembre, es julio. Es otoño, es verano. Es bisiesto, es puente, es primavera, es viernes, o jueves, o domingo. Da igual. Es lunes. Es lunes gris. Como todos los días cuando se levantan. Como todas las horas que les toca vivir. Como todos los segundos en los que se arrastran por el mero hecho de existir. Es gris, es blue, los dos al mismo tiempo, pero es lunes. Es el viernes de un lunes gris. Son las doce y media de la mañana de un lunes gris. Es un martes 24 de enero de 2017 de un lunes gris. Da igual lo que marque la agenda, el reloj, la pantalla del móvil, porque todo es lo mismo: es un lunes gris de una vida gris.

Quizá algún día encontréis esa paleta de pintor que os permita zanjar ese daltonismo acromático, porque esa traza de ceniza en los ojos provoca ceguera irreversible con el tiempo. Todos los días no pueden ser lunes, porque no todos los días deben ser grises. Observad un color, y no un sentimiento. Ved un blue sky en vez de un blue Monday, y no con los ojos, sino con la cabeza, puesto que vuestra mirada os engañará. Intentadlo. Intentad sacudir esa combustión causada por la vida, o por algo, o por muchos, o por uno, pero intentadlo. Intentad renacer de vuestras cenizas, pintad un Ave Fénix con vuestra cara y firmadlo con vuestro nombre. Intentadlo, porque aunque quizá seáis objetivos con que todos los lunes son grises porque objetivamente para vosotros lo son, no sois justos con esa certeza, esa profecía autocumplida, de que no podéis hacer nada por evitarlo. Hoy no es lunes, es martes. Haced de este lunes gris un martes 24 de enero de 2017. ¿Queréis saber por qué?

Porque sí podéis. Y ahora tú: ánimo. Reinventa el lunes para que signifique coraje, engaña al gris para que forme parte del espectro del arcoíris, pregúntale a la ventana qué día te ofrece y exígele que te responda la verdad, y después oblígate a creerla. Invierte el continuo espaciotemporal y consigue que esa ceniza retorne al fuego, y nunca más dejes de echar leña. Convierte ese gris en gris y en el resto de colores, ese lunes en lunes y en el resto de días, y esa vida en tu vida, digna de ser vivida y digna de ser tuya. Cambia el número de la pregunta: ¿quieres saber por qué?

Porque sí puedes.

La enésima primera vez

Una “primera vez” es un momento único e irrepetible en el tiempo, en la existencia de cada uno. Es independiente del carácter de la misma: puede ser positiva, negativa, fascinante, desgarradora, deslumbrante, embarazosa, incluso neutra. Puede ser imborrable, inmortal, inolvidable, y puede no significar absolutamente nada. Puede ser hermosa, como un primer beso en los labios, o deleznable, como un primer beso en los labios. En verdad todo depende de cómo nos haya marcado esa primera vez, si es que ha llegado a significar algo para nosotros. Ese primer beso puede haber sido apresurado, espoleado por una sociedad que te ha dictado que a la edad que marca tu calendario ya te ha tocado vivirlo, y regalar esa única ocasión de tu vida a una persona que no significa nada, provocando que esa primera vez tampoco represente un momento íntimo, ni apreciado, ni reseñable, o ni siquiera digno de recordar. Y también puede ser que ese primer beso no sea otorgado por una o dos personas, sino planificado por el universo, por el destino, por una providencia que llevara a dos personas en cualquier instante de sus vidas a sentir que ese primer beso es el que llevaban esperando ambos durante toda su existencia. Que fuera tierno y atropellado, dulce y apresurado, delicado y torpe, y sentir de manera incomprensible que es todo eso a la vez: completamente imperfecto y completamente perfecto al mismo tiempo. Una ocasión que ni las nieves del tiempo, o ni siquiera una despiadada demencia, fueran capaces de borrar.

E incluso ese primer beso puede convertirse en dos primeras veces a la vez, memorable e indigna al mismo tiempo, al dividirse en dos instantes distintos del tiempo. La primera vez que ocurrió ese primer beso, y otra primera vez en la que sobrevino el primer beso de amor. Incluso el hecho de perder la virginidad, acto que por definición solo puede darse una vez en la vida, puede convertirse en una mitosis dentro de la memoria. Esa primera ocasión en la que dos cuerpos se entrelazan puede evocarse como todo lo contrario: que a pesar de compartir unas mismas coordenadas, se repelen entre sí. Puede resultar abominable, horrorosa, atrozmente dolorosa, ridículamente vergonzante, y ser tachada y renombrada como primera vez aquella en la que valió la pena fundirse con otra persona, enterrando en lo más profundo del cerebro aquel inicial y repugnante hurto de la inocencia carnal de un ser humano.

¿Y qué decir del primer amor? ¿De la primera vez en la que una persona encuentra la felicidad absoluta en los brazos de otra? ¿De ese torrente de neurotransmisores y reacciones químicas que amplifican de una manera realmente contraria y opuesta a la razón esa dicha, esa alegría, ese dar gracias por estar vivo, haber encontrado con quién compartir el resto de tu vida? Y esa primera vez puede rememorarse casi todos los días hasta el lecho de muerte, si esa misma persona ha sido finalmente la que ha recorrido el camino entero a tu lado. Y esa primera vez puede evocarse en algunas ocasiones, cuando aquel amor no acabó de cuajar tras unos cuantos años, pero volver a la mente como unos de los momentos preciosos y dignos de guardar como un tesoro secreto que incluso prefieres no compartir con un nuevo compañero, para evitar que este no acabe de entender que no forma parte de esa bonita parte de tu vida. Y esa primera vez puede ser sepultada en la memoria, cuando a la fase de enamoramiento siguió una relación tormentosa y sombría, llena de sombras, vejaciones y penas; y tachada para poder guardar como ese momento bonito una nueva primera vez junto a alguien que finalmente correspondió como debía. Una nueva mitosis; redundando, una segunda, o tercera, o enésima ocasión que se convierte en otra nueva primera vez.

Y estas ya mentadas deben ser las más íntimas ocasiones, pero no irremediablemente las más importantes. Cuan potente puede ser el recuerdo de la primera vez que viste por primera vez a tu primogénito, o, maldita vida hija de puta, la vez que perdiste a tu hijo. La primera vez que viviste un instante de felicidad demasiado intensa como para que tu organismo fuera capaz de soportarla, y también el momento en que te diste cuenta de que esta se había perdido. Ocasiones que pueden no suceder nunca. Ocasiones que podían suceder y no suceden. Ocasiones que queríamos que sucedieran y jamás lo hicieron. Primeras veces que consideramos “normales”, típicamente existenciales, y que nunca vemos aparecer en nuestra vida. Primeras veces que pueden conllevar múltiples ciclos a su vez: la primera vez que te hundes, te rindes, miras alrededor sin creerlo y te levantas por fin, todo en uno.

Y tras dar estas cuantas vueltas de tuerca recién exhibidas, a través de un vigoroso ejercicio de egocentrismo giramos de forma brusca el timón para poder plasmar así unas primeras veces que en principio solo existían en la mente de quienes esto suscribimos. Con sus ineludibles pasos previos, claro: escribir, como siempre a lo largo de nuestras vidas. Apreciar lo que escribimos, convencernos de que a pesar de ser una mera expresión de todo lo que nos urge y no sabemos exteriorizar de otra manera, no está nada mal. Ser capaces de intentar dar un paso más y crear una historia ajena a nuestra vida. Conseguirlo, y creer que esa narración puede tener sentido más allá. Conseguir una primera vez que no existía: terminar un libro. Dar el salto, atrevernos a intentar publicarlo. Es entonces y solo entonces cuando pueden darse una secuencia de nuevas primeras veces, y la fortuna quiso derivarnos hacia ellas. La primera vez que una editorial nos dijo que quería publicar nuestra primera obra, o la primera vez que presentamos un libro. Inéditas primeras veces, que al publicar se hacen reales.

Pero a pesar de todo, hay situaciones que dos autores bisoños con una novela desconocida no están condenados a disfrutar. Por mucho que la escriban o publiquen, nunca, jamás, parece posible que una tercera persona que de nada les conoce y que camina por la vida a cientos de kilómetros de distancia les cuestione por la posibilidad de conseguir un ejemplar dedicado de su obra. Algo que conlleva dificultades logísticas e incluso monetarias, pero que parecen pasar a un segundo plano porque el interés de conseguirlo es mayor y las confina a ello. ¿Qué podría sentir un escritor desconocido ante ello? ¿Orgullo, alegría, satisfacción, regocijo, un subidón de la hostia?

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Ahora sin signos de interrogación: orgullo, alegría, satisfacción, regocijo, un subidón de la hostia. Todo esto y más es lo que sentimos desde que esa persona, ese miembro de esta misma blogosfera, contactó con nosotros para conseguir un ejemplar firmado de “Las crónicas del Otro Mundo”. Y todavía seguimos sintiendo ese orgullo tras enviarle este paquete, después de haber podido solventar por el camino unas dificultades que no esperábamos. Y ese orgullo seguirá ahí siempre. Ese recuerdo seguirá ahí siempre. Esta nueva primera vez, que no existía ni había tenido por qué existir, permanecerá inalterable en nuestra memoria. Y al igual que ese ejemplar embalado, esta entrada también va dedicada.

Para Francisco “Torpeyvago”: gracias por darnos la oportunidad de poder vivir esta nueva primera vez.

LChDOM: los Christmas del Otro Mundo

Son las segundas fiestas navideñas que el Otro Mundo pasa con todos nosotros, y 2016 tiene pinta de haber sido un buen año para LCDOM, al menos en este universo virtual. Desde que nos despedimos del extinto 2015 en este mismo espacio nuestra criatura ha hecho muchos amigos y muy interesantes en la blogosfera (a vosotros os lo vamos a contar, como si no lo supierais…). Queríamos que nuestra novela creciera, y aunque más que ella misma ha sido el blog el que lo ha hecho, la historia también se alegra por él.

Lo gracioso del fin de año ha sido que nuestros amigos más cercanos han decidido ejemplar en ristre dedicarnos unas cuantas postales navideñas, y la verdad es que ha sido muy bonito, entrañable y cosa maja en general ver nuestro libro celebrando estas fechas navideñas en varios hogares como uno más. Además, como no le hace falta cenar sale bastante más barato invitarlo al evento que a un cuñado o a una tía abuela lejana, aunque esta solo coma peladillas. ¿Queréis ver estas obras de arte? ¿Queréis ver estos LChDOM, los Christmas del Otro Mundo?

(Tenéis que responder “sí”, porque vamos a colgar dichas postales navideñas de todos modos)

Damos las gracias encarecidamente y con una lagrimita derrapando por nuestras mejillas a Eva, Mari Loli, Mt, Miriam, Sergio y Fani por la nueva modalidad de misivas de felicitación que han creado tanto en este como en el Otro Mundo: las postales navideñas LCDOM. No todos los autores pueden crear tanta tendencia, ¿eh? ¡Admitidlo! (O no lo hagáis, lo vamos a seguir pensando igual). Por nuestra parte os vamos a felicitar con nuestra propia postal navideña, fiel reflejo de la exclusiva cesta de Navidad LCDOM de edición limitada (concretamente limitada a una sola, dicho sea de paso). No se sortea ni nada, pero se ha quedado chula y nos vale para presumir de novela.

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Limited Edition 1/1, of course

Finalmente, y parafraseando los imperecederos deseos en 2015 de dos excelsos autores, lo dicho: feliz año nuevo a los habitantes de este universo de parte de los moradores del Otro Mundo. Brindamos por vosotros; ¡salud!

Pd. Os dejamos un villancico que perfectamente podría haber aparecido en las páginas de LCDOM, porque, al igual que él, tras vivirlo de primera mano no puede dejar indiferente a nadie.

Los ladrones de sonrisas

No es difícil comprender por qué los hombres grises de Momo hacían lo que hacían: era una simple cuestión de supervivencia. Absorbían el tiempo de los seres humanos para literalmente respirar, aunque su forma de inhalar vida fuera distinta a la que nosotros conocemos. En la adaptación al medio solo los más fuertes sobreviven, y la suya consistía en persuadir a todas las personas de que su tiempo era demasiado valioso para disfrutarlo en vez de invertirlo, también literalmente. Todos aquellos convencidos resultaron estar menos adaptados al medio que los envolvía, y Charles Darwin tendría una razón para condenarlos si no fueran un mero fruto de la imaginación de Michael Ende.

No obstante, Ende se convirtió en Darwin y, como las especies más fuertes que resisten el embate de la evolución, sus hombres grises se adaptaron al medio para lograr sobrevivir. Momo y Casiopea se extinguirían fuera del papel, dado que las causas justas están condenadas a la extinción en un mundo como el de hoy en día, pero sus antagonistas lo tenían todo para conseguir alcanzar la perpetuidad. Puede que ya fueran inmortales al plasmarse a través de la tinta en un relato que año tras año traspasa las nieves del tiempo y aparece imperecedero al otro lado, pero eso también les condenaba a la inmovilidad. Y no. A pesar de la paradoja, así son incapaces de sobrevivir: siguen necesitando más almas virtuosas, honestas o simplemente decentes de las cuales alimentarse.

Quizá su autor los creó de forma que nunca pudieran perpetuarse lejos de su manuscrito a través de una dieta imposible en otra dimensión, pero siguieron los pasos de Zeus y timaron a Cronos. Los hombres grises se evadieron de las páginas escritas y tomaron posiciones en el mundo real, convirtiéndose en personas para poder sobrevivir en esa recién estrenada vida. Al no encontrar ajenas hojas de flores horarias que fumar para subsistir, tuvieron que urdir una nueva forma de robar el tiempo de los seres humanos a su alrededor. Quizá les llevara cierto periodo de su existencia encontrar ese modo de hacerlo, o quizá no. ¿Quién iba a poder darse cuenta de que los hombres grises estaban a su lado en un bar, en un autobús,… en su propia cama? Lo único cierto es que finalmente dieron con la tecla: lo único que tenían que hacer era cambiar la moneda.

Al igual que en la tinta escrita en la que nacieron, tenían que mentir para conseguir sus objetivos, y eso se les dio igual de bien en la realidad como en el papel. Y también tenían que robar el tiempo de las personas, pero ya no como alimento, sino como intermediario. Al pasar de hombres grises a humanos grises se vieron obligados a estrechar los lazos como nunca lo habían hecho con los seres de los que iban a nutrirse, y en algunas ocasiones hasta el extremo. A veces ni siquiera resultó necesario buscar esa “comida”, sino que simplemente esta siempre se había encontrado en casa, durmiendo toda la vida en la habitación de al lado, aunque en otras ocasiones debieran salir al exterior para encontrar ese maná. Y así hasta hoy. Los humanos grises se sirven de muchos métodos para lograr sus objetivos: se muestran indefensos, exigen ayuda, demandan dinero, compañía, auxilio, comprensión… y luego, como primer paso, traicionan. Traicionan al mentir, traicionan al utilizar a esas personas para después dejarlas en la estacada, traicionan al hurtarles para siempre su dinero, traicionan porque así se sienten superiores, traicionan por el mero hecho de que se sienten bien con ello por cruel e inaudito que suene, e incluso traicionan utilizando todas estas maneras a la vez. Pero el segundo paso que siguen es aún más despiadado: traicionan al mostrarse al mundo como las víctimas de las otras personas que siempre han estado ahí para ellos, y lo hacen de manera que ese mundo expectante les da la razón. Ante esa comunión entre emisores y receptores leales a la mentira se llega a una conclusión inequívoca: los traidores, tras sus inhumanas acciones, acaban con una sonrisa en la cara. Se sienten orgullosos y satisfechos, y aunque en ningún modo deberían sentir lo primero, sí tienen que hallar la satisfacción dado que eso significa que han cumplido el objetivo que buscaban. Utilizan el tiempo invertido en ellos por sus víctimas para obtener su nueva moneda: roban la sonrisa de su cara, la injertan en la suya, se dan la vuelta y desaparecen.

Y son amigos que, tras una agresión a la moral de uno de ellos, se dan la vuelta haciéndose los locos y proclamando al agraviado que o no han hecho nada o nunca se enteraron de aquella iniquidad. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son familiares que, tras maltratar de cualquier manera a uno de sus parientes, a sangre de su sangre, se autoconvencen de que la culpa nadie la tiene excepto la víctima, y cualquier atisbo de objetividad es irrelevante. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son parejas que, tras mentir despiadadamente a la persona a la que están abandonando por otra relación con mentiras genéricas e infumables que lo niegan, se dan la vuelta y le cuentan al mundo que eso no es verdad, que se han separado por otro motivo y que ese semejante que ya tienen al lado no ha tenido nada que ver, narrándoselo a aquellos leales a la mentira que saben que le seguirán la corriente. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son desconocidos que aún conservan su naturaleza de hombres grises y, con las mismas argucias y embustes, engañan a otras personas para invertir en ellos no su tiempo esta vez, sino directamente su dinero. Todo su dinero, todo el que les permite seguir viviendo en este planeta. Y se lo llevan, y este desaparece, y los ladrones se escudan en que las circunstancias o el mercado han sido los responsables; y todos los hombres y humanos grises del dinero a su alrededor le dan la razón. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y aunque hay más, no hacen falta más ejemplos que te roben la sonrisa. Pueden ser una, dos, dieciocho o ciento veinticuatro personas, y puede ser uno, dos, once o mil tres casos, o todo a la vez, porque da igual. Esos humanos grises necesitan tu sonrisa para vivir, y les da igual las barbaridades que tengan que acometer para conseguirla. Y su extinta pero latente naturaleza de hombres grises hace que, cuando se les gaste, vuelvan a atentar contra la dignidad de una persona… y que por desfachatez y experiencia vuelvan a esa misma persona, a sabiendas de que tienen opciones de volvérsela a robar. Y hay veces en las que coherentemente no logran asomarse a su objetivo porque sus damnificados han aprendido o son presa del rencor, pero en otras ocasiones esas víctimas vuelven a picar, vuelven a sonreír… y vuelven a perder esa alegre mueca exhibida en sus bocas por el mismo motivo, una y otra vez, una y otra vez.

Pues, demostrada su eficacia, los ladrones de sonrisas nunca tienen una razón íntegra que pueda convencerles de que deberían asesinar el adjetivo que define su color, y volver a ser humanos de verdad.

Una cuestión de gravedad

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La vida es un parpadeo de luz en la oscuridad

Life is a winking light in the darkness

Hayao Miyazaki

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Sentía la resistencia que mi cuerpo hacía contra el viento ­en aquella aspiradora gigante, en aquel espacio vacuo donde todos los cuerpos eran atraídos por igual hacia el centro de masas terrestre. Sentía la luz del sol girando en torno a mí, circundando mi cuerpo de manera constante. Sentía sus rayos traspasando mis parpados cerrados con cada rotación, con cada giro sin control que iba trazando a medida que me sumía cada vez más en aquel abyecto pozo de atracción infinita. Y en mi egocentrismo me negaba a aceptarlo, pensando que era el mundo el que giraba a mi alrededor, que los espacios planetarios e incluso, aquella fuerza que me atraía hacia el abismo y que nació de la singularidad en los primeros instantes del universo, no tenían más justificación que mi sola existencia; aunque en realidad, no era más que una subpartícula de aquel universo, un necio que ignoraba que el único que daba vueltas como una estúpida noria, era yo mismo en aquella caída libre.

         Con todo ello, desconociendo la difícil tesitura en la que me hallaba, mi cerebro seguía trabajando de la misma forma que de costumbre: seguía haciendo planes de futuro, proyectando mi yo en un espacio temporal del que no sabía absolutamente nada. Me seguía preocupando de un mañana que seguramente nunca existiría.

          Abrí los ojos y descubrí horrorizado la verdad. Y todos aquellos planes, todas aquellas promesas desaparecieron ante la evidencia: iba a estrellarme contra el suelo irremediablemente. Y en mi desesperación traté de zafarme de aquel feroz vórtice, luché contra el vacío de horizontes infinitos con enérgicos movimientos, pero no conseguí otra cosa que fatigarme y descontrolar todavía más aquella caída con aceleración constante. Fue entonces que me fijé que no me desplomaba solo, que habían muchos otros que lo hacían junto a mí, y que a pesar de compartir el mismo trágico destino, parecían mostrar actitudes muy diferentes entre ellos: algunos lloraban y se angustiaban ante la certeza del impacto mortal, otros se resignaban, limitándose a mantener el máximo tiempo posible aquella caída, abriendo los brazos y piernas para hacer mayor resistencia contra el viento. Algunos, como yo, simplemente se dejaban caer sin un atisbo de esperanza en sus rostros, girando cabeza abajo, cansados, sin encontrar ya motivos para seguir luchando. Sin embargo, entre toda aquella amalgama de hombres y mujeres que se precipitaban segundo a segundo contra el suelo, habían unos cuantos locos que se dedicaban a dar piruetas y cabriolas en el aire, que parecían estar disfrutando de aquella trágica situación. Se reían y lanzaban sonoras risotadas al espacio por el que descendían, despreocupados, asumiendo que no podían hacer nada por evitar lo inevitable, que al fin y al cabo la vida para ellos no era otra cosa que una caída más o menos controlada, metro tras metro, día tras día, gravedad o tiempo no les importaba, si nada, absolutamente nada pasará más allá del suelo. Que lo único importante era disfrutar de aquella experiencia, efímera si cabe, y hacerla lo más explosiva y espectacular posible, vivir lo que para ellos era simplemente… una vida perfecta.

El bueno, el tonto y el malo

El bueno. Ese que siempre estuvo ahí. Una persona rodeada de personas. Todo ser humano suele necesitar ayuda a diario, no nos engañemos, normalmente en acciones sin apenas relevancia en esta existencia que nos ha tocado llevar. En esas cosas tontas son varias las personas que se ofrecen a auxiliar. Algunas veces unas y otras veces otras; excepto una de ellas, que ofrece siempre su asistencia. Y ese “siempre” significa “siempre”. Considera que si alguien ha pedido ayuda es porque la necesita, y siempre se la ofrece simplemente porque le nace de dentro hacerlo así, porque ha creído que debía hacerlo así, e incluso porque le hace sentir bien tanto el hecho de ofrecerla como el de llevarla a cabo. Es su forma de ser y su forma de vivir, echar una mano independientemente de que el favor a realizar sea liviano e inane, o engorroso y agotador. Eso no importa, porque lo verdaderamente relevante para él es ayudar, y los beneficiarios se lo reconocen a base de sinceros agradecimientos y un más que merecido aprecio suplementario. El bueno no buscaba ninguna recompensa, pero eso que recibe es lo que más le empuja y reconforta.

El tonto. Ese que siempre tiene que estar ahí. Un vasallo rodeado de personas. No le hace falta ofrecer su ayuda, dado que los demás ya saben que él está más que dispuesto a brindarla, y no hacerlo iría en contra de toda su idiosincrasia. Y es cierto: el tonto siempre está dispuesto a echar un cable a quién lo necesita, y ese “siempre” vuelve a significar “siempre”. No obstante, un matiz ha cambiado. El bueno está dispuesto a ofrecer ayuda, pero el tonto está obligado a ofrecerla por el mero hecho de que las peticiones que recibe en el fondo no son tales, sino exigencias. Disfrazadas, veladas, no explícitas, pero exigencias al fin y al cabo. En teoría no estaría obligado a prestar la ayuda, pero la expectativa de la gente a su alrededor es distinta. El tonto siempre ha ofrecido su ayuda y la ha llevado a cabo, por lo que la única conclusión posible es que la próxima vez que se le pida, volverá a realizar lo demandado. Y él lo hace así porque “sabe” que debe hacerlo por sistema, y esta vez su recompensa será un “muchas gracias” más pronunciado por mera inercia que por agradecimiento real.

El malo. Ese que nunca debió estar ahí. Un ingrato rodeado de personas. El malo no es un ser humano incapaz de ofrecer su ayuda, ni mucho menos; de hecho, es posible que lo haga mucho más de lo que parece indicar el vocablo que lo define. Pero solicitarle ayuda ya es otro cantar muy distinto. Una persona puede pedirle ayuda, sin exigírsela en modo alguno, simplemente porque la necesita en un contexto en el que es conocedor de que el malo sabe manejarse, lo cual no deja de ser lógico. Y el bueno aceptaría otorgar esa ayuda con una sonrisa fuera cual fuera el coste, y el tonto también lo haría porque está acostumbrado a que ese tipo de peticiones vayan siempre dirigidas a él. Pero la actitud del malo no es tan simple. En el momento de recibir la petición evaluará si el contexto se lo permite, en su sentido más amplio. Se negará si requiere más tiempo y esfuerzo de los que puede emplear, cosa que ni el bueno ni el tonto se plantearían. Se negará si le supone un agravio físico, mental o moral, cosa que, aunque suene extraño, tampoco el bueno ni el tonto se plantearían. Y aunque todas estas condiciones no le impidieran efectuar la ayuda que le piden, si tiene claro que le están planteando una exigencia porque los demás creen que es su deber acatarla a pesar de que pueda importunarle, el malo se negará, cosa a pesar de la cual el bueno consentiría y el tonto acepta como modus vivendi. Y como es “normal”, todos aquellos que rodean al malo lo tildarán de desagradecido, de egoísta, de desleal,… de mala persona.

Qué bueno es el bueno, qué tonto es el tonto y qué malo es el malo, ¿verdad? Pero, ¿qué pasaría si en vez de solo hacer zoom en sus caras decidiéramos hacer una foto panorámica? ¿Veríamos a alguien más?

Nunca se abrió un telón y apareció una persona diciendo “Damas y caballeros, con todos ustedes, ¡el bueno!”, y este se presentó entre aplausos. Qué va. El bueno siempre estuvo ahí, pero para el resto del mundo solo lo fue a partir del momento en que ellos lo descubrieron. Ellos pidieron algún tipo de ayuda, y el bueno emergió como lo que es: la persona solícita y servicial que se alegraba de poder facilitarles la vida. Y ellos se encontraron con una persona excepcional, a la que profesar franco agradecimiento por ayudarles en sus momentos de necesidad sin pedir, o mejor dicho, sin querer, nada a cambio. Y como es evidente, cuando encuentras a una persona que vale la pena, te quedas a su lado: así es como el bueno se topa con nuevos allegados y personas más cercanas en su entorno, lo cual, más que recompensa, le resulta una satisfacción.

Ellos no son estúpidos: aprenden. Comprueban que el bueno siempre ofrece su ayuda cuando la necesitan, lo interiorizan y piden cada vez más amparo, en cada vez más tareas, en cada vez más variados contextos, sabiendo que el bueno siempre acudirá en su auxilio. Ellos vuelven a aprender, y aumentan su tasa de demandas. Conocen de primera mano que, sea lo que sea que quieran, el bueno lo hará. Tiene que hacerlo. Siempre lo ha hecho, así que, por puro sentido común, no va a dejar de hacerlo en ese justo momento en el que le piden ayuda. En ese instante la petición muta a exigencia, y el bueno se convierte en el tonto: en realidad, se ha ido metamorfoseando en él desde que ellos comenzaron a aprender, pero eso es algo de lo que nunca se había dado cuenta. Darwin tendría mucho que decir en esto, porque el bueno simplemente se ha adaptado al medio, aunque este se haya endurecido para él. Las exigencias se convierten en mandatos, los agradecimientos en falsos y, como no podía ser de otra manera dado que el favor se ha metamorfoseado en obligación, las formas ya no son las mismas. Si tienes que hacer algo, el no poder realizarlo no es omisión de ayuda desinteresada, sino deslealtad.

El bueno se convirtió en el tonto, y, tras demasiada ayuda vertida en personas desagradecidas que no solo no aprecian su esfuerzo, sino que se lo exigen incluso de forma grosera y arrogante, el tonto explota. ¿Por agotamiento? ¿Por impotencia? ¿Por rabia? ¿Por qué su fortaleza mental ya no da para más? ¿Por abrir los ojos a la realidad? ¿Por una o dos de estas razones, o por todas juntas? Quién sabe… pero el tonto grita lo más alto que puede “basta”, ya en voz alta, ya en silencio, y se niega a obedecer órdenes si le resulta imposible o insano realizarlas. Ellos han rebasado su límite. Ellos, los mismos que, al encontrarse una negativa a su exhorto, se tiran de los pelos. Ellos, que tras días, meses, años e incluso décadas han estado abusando del tonto, juzgan como inaceptable su conducta. Ellos, los que deberían amparar a esa persona, hacer su vida más fácil, protegerla de los egoístas que quisieran aprovecharse de ella, le recriminan, le censuran e incluso le insultan porque en lugar de ponerse de rodillas como siempre, el tonto ha decidido permanecer en pie. Aunque, como es evidente, el que permanece erguido ha dejado de ser para siempre el tonto: aunque ahora renieguen de forma visceral de la criatura que han creado tras tantas vejaciones, ellos han sido quienes lo han convertido en el malo.

Ellos, los que han sentenciado que el malo es el culpable. No se sienten responsables de ese ente que se han esforzado en inventar a base de indignidades, por el mero hecho de que ellos no han cambiado. Y ellos tienen toda la razón: no lo han hecho. Siguen siendo los mismos, con las mismas nefastas conductas sobre su vasallo, con sus mismas censurables formas, y con un nuevo argumento tan irrebatible como estúpido. Ellos no son responsables porque han actuado como siempre: es el malo el que ahora actúa de forma diferente, y, por tanto, es el único culpable de que la situación haya empeorado. Y eso también es cierto: la situación ha empeorado. Para ellos empeora porque, en el colmo del absurdo, son incapaces de atribuirse ni el menor atisbo de responsabilidad de lo que han hecho. Ni saben, ni quieren. Para el malo empeora aún más, porque ellos seguirán acosándole con su falsa justificación. El malo ha cambiado, y quieren hacerle entender que está equivocado, que ellos llevan razón, que ha perdido el camino recto; que, aunque no lo comprenda, es él quién está actuando mal. Ellos nunca estuvieron interesados en ampliar el campo de visión: lo que desean, lo que les viene bien, lo que no están dispuestos a aceptar de otra manera, es seguir enfocando el objetivo al selfie del bueno que se convirtió en malo sin motivo alguno. Mientras tanto, el malo, tras tanta devoción hacia ellos, se queda solo. Ellos se encontraron a un bueno que decidieron convertir en tonto, hasta conseguir de forma intolerable que de aquella tonta crisálida emergiera un malo. Y a ese malo más vale denunciarlo como el culpable de todas las desdichas antes de que un examen de conciencia involuntario pueda revelar otra realidad distinta.

Nunca te equivocaste al ampliar el horizonte de tu mirada si lo que buscabas era la realidad, pero la verdad es así de amarga: el bueno, el tonto y el malo siempre fueron y siempre serán la misma persona, y el momento de cada uno simplemente depende de cuánto ellos quieran apretar.

Y ellos nunca estarán dispuestos a dejar de apretar.

El bautizo

–A mí ponme una cerveza sin alcohol.

–Para mí un tinto de verano, gracias.

–Bueno, tío, ¿entonces te han dicho algo o qué?

–Sí. A ver, me mandó un correo la editorial diciéndome que, siendo de Elche, podían contactar con el responsable de Ali i Truc para presentar el libro, porque allí ya lo han hecho alguna vez con otros títulos de la misma editorial, que está asociada con ellos. También me daban la opción de hacerlo en otro lugar si teníamos en mente alguno, que eso también podíamos hacerlo, pero en ese caso tendríamos que llevar nosotros los libros allí y tener una persona que se encargara de venderlos y cobrarlos.

–¿Lo presentamos en Ali i Truc mejor, no? Menos lío.

–¿Sí, verdad? En Ali i Truc y de puta madre, yo creo que daría bastante caché al evento hacerlo allí, para mí que es la librería más conocida de la ciudad, así que bien.

–Pues de lujo, les dices que allí y tal. Lo que no sé es donde hacen las presentaciones, igual las hacen en la planta de abajo.

–Pues no sé pero debe ser así, yo arriba no creo que haya sitio. Aunque total, para cuatro gatos que van a ir, seguro que con el armario de las escobas nos vale para caber todos.

–¡Ya ves, tío, no va a venir ni el tato a vernos!

–Para mí casi mejor, yo no he conseguido hacer en mi puta vida una exposición decente, ni en el instituto, ni en la universidad… Creo que ni en la discoteca borracho, por eso no follo ni pagando.

–¡Jajaja! En fin, de todas formas vamos a tener que hacer un evento en Facebook e invitar a nuestros contactos a la presentación, por lo menos para hacer el paripé. Nos falta hacer el perfil de Twitter de LCDOM, porque el blog ya lo tenemos.

–Sí, cuando presentemos la novela ya iremos moviendo más el WordPress.

–Entonces eso, le mandas el correo a la editorial diciendo que lo presentamos allí, y ya a ver qué te dicen sobre la fecha. Igual tendríamos que pasarnos un día por Ali i Truc y preguntar por el jefe, para que nos comente como hacen las presentaciones y tal.

–Cuando tú digas, que vas más liado.

–Vale, pues cuando tengamos clara la fecha veo que día podemos quedar y te pego un toque. ¡Joder, Piatti!

–La que ha fallado, el cabrón… ¡Nuno, vete ya!

***

–Un tinto de verano.

–Yo una tónica, sin hielo.

–Joder, sí que vas fuerte tú, cuidado no te vayas a emborrachar…

–Es que estoy resfriado, tío. Bueno, ¿qué? ¿Qué te ha dicho el de la editorial?

–Me dijo que podíamos escoger el día que quisiéramos, preferiblemente a partir de la segunda quincena.

–Pues a ver: si es entre semana tiene que ser por lo menos a las siete o las ocho de la tarde, porque antes voy de puto culo.

–No, yo creo que tiene que ser un sábado. Ese día solo abren por la mañana hasta las dos, pero a la peña le pasa lo mismo que a ti, que entre semana lo llevan chungo para ir a una presentación. Que si salen de currar y van pegados de tiempo, y ponte a aparcar por el centro y tal… Como seguro que ya van a venir pocos, si encima ponemos la presentación entre semana nos vemos allí el de Ali i Truc, tú y yo.

–¡Estaría muy guapo, le presentaríamos el libro a él para que se lo comprara a sí mismo!

–¡Jajaja!

–Entonces les decimos que la presentación la hacemos un sábado, ok. ¿Qué día caen este mes?

–Pues después del viernes, fijo. Vale, menuda chorrada…

–Voy a mirarlo en la agenda.

–Ya me lo he estudiado, creo que lo suyo sería hacerla el día 24. En el correo la editorial me ha dicho que los sábados las presentaciones suelen hacerse sobre las doce y media, o como muy tarde a la una.

–Vale, entonces, ¿qué? ¿A las doce y media?

–Tío, yo estoy cagao, prefiero ponerla a la una porque como la librería cierra a las dos, así no nos da tiempo a extendernos demasiado. Macho, es que yo no creo que pueda hablar ni cinco minutos seguidos, si nunca he sabido exponer nada.

–¡Oye, espera un momento! ¡Tío, que el 31 es sábado, cae Halloween! Es el día perfecto para presentarlo, ¿te imaginas?

–No me había fijado que era Halloween, la verdad… Lo que sí había visto es que en ese finde cae el Día de Todos los Santos el domingo, que se pasa como festivo al lunes. O sea, que, por ejemplo, unos cuantos de mi peña igual se van de puente, y cómo no estamos precisamente sobrados de audiencia, había pensado que mejor la semana antes.

–Ya, es verdad… pues qué lástima, hubiera estado guapo presentar LCDOM en Halloween.

–Nos pondríamos un par de calabazas en la cabeza para hacerlo más comercial, y así de paso no se nos ve la jeta, que seguro que nos restaría ventas.

–¡Jajaja, ya ves, tío!

–Hostia, es que cada vez que pienso en la presentación se me meten todos los nervios en el estómago, vaya tela… Estoy cagao.

–Tío, a mí cuando me toque presentar me quedo callado, y así hasta que quieran echarme.

–Pues entonces creo que va a ser como una presentación en plan película de cine mudo, porque si tú eres el que sabe exponer de los dos y te callas, vamos apañados…

–Bueno, pues ya tenemos decidido que sea 24. Mándales un correo diciendo que elegimos ese día a la hora que tú veas, y ya nos pasamos un día por la librería para hablar con el de allí.

–Ok. Tío, solo de pensar que tengo que exponer aunque sea delante de cuatro gatos me pongo peor que el Valencia de Koeman.

–Tenían que volver a jugar los míticos, tío: Djukic, Fernando, Albelda, el Piojo, Anglomà…

–¡Qué grande era Jocelyn, joder!

***

–Oye, tío, al final no puedo ir a la presentación que hay en la librería para ver cómo hacen esas cosas. Me ha llamado una amiga que ha tenido un accidente de coche, y no sabía a quién llamar porque si se lo decía a sus padres se lo tomaban a la tremenda y era peor, así que me voy a tener que ir en cuanto me vuelva a avisar, que están allí con jaleos de atestados y la ambulancia y todo eso.

–Joder, tío, vaya mierda. ¿Está muy mal o qué?

–No, dice que no es para tanto, pero estaba bastante nerviosa, así que me voy a tener que ir en cuanto me diga. Así que de momento vamos a mirar esto de la presentación hasta que me pegue el toque, y en esas me largo.

–Oye, que si tienes que irte ya no pasa nada, eso es más importante.

–No, si de momento está ocupada con todo el barullo que se ha montado, por eso me ha dicho que ya me dirá cuando necesita que vaya. Vamos a mirar esto rápido, y cuando me diga ella ya me abro.

–Bueno, vale. Entonces, ¿qué? ¿Qué te dijo la editorial?

–Pues eso, le dije que preferíamos la presentación el sábado 24 a la una y me contestaron que de acuerdo, que se lo comunicarían al de la librería. También les propuse esa hora porque tengo gente que quiere ir, o por lo menos eso dicen, que curran por la mañana, que antes de la una tendrían muy jodido llegar, pero que igual a esa hora sí podrían acercarse.

–¿Tú cuantos crees que van a venir de los tuyos?

–Yo qué sé… A mí me ha dicho un capazo de gente que va a venir, pero yo no pongo la mano en el fuego por todos los que me lo han comentado. Creo que entre colegas, familia y alguno de Murcia que venga se pueden juntar treinta por lo menos.

–Hostia, pues ya son treinta más de los que yo creía que venían.

–Y yo, y yo.

–Bueno, si eso es así seguro que tú traes más gente que yo, así que esto es lo que he pensado. Yo creo que con hablar veinte minutos, como mucho treinta, es más que suficiente.

–Veinte, tío, veinte, no me jodas. No sé si soy capaz de hablar dos minutos, me vas a dejar un cuarto de hora ahí balbuceando palabras que no se me van a entender, como si hablara en klingon o en xml.

–Sí, mejor veinte, ¿verdad? Con que hablemos diez minutos cada uno es más que de sobra. Total, para lo que tenemos que decir…

–Casi mejor si no nos presentamos y lo hacemos por plasma, como Rajoy.

–Y si compra alguien la novela, que la firme el de la librería, ¿no?

–¡Jajaja! Pero es que para eso primero tendría que comprarnos un libro alguien.

–Yo creo que si nos escuchan en la presentación, lo compran aunque sea solo para tirárnoslo a la cabeza.

–Sí, pero eso después de que se lo firmemos, para que nos joda más.

–¡Jajaja, ya ves! Bueno, vamos a seguir con esto, no sea que te llamen y te tengas que largar. Mira, como tú vas a traer más peña, lo que creo que es mejor es que empieces tú dando la bienvenida a la gente, los agradecimientos y esas cosas. Después puedes comentar todo el proceso que hemos seguido desde que empezamos el libro, como se nos ocurrió la idea, lo del instituto en la clase de teatro también, que eso mola, y como nos putearon las editoriales hasta que conseguimos encontrar una de verdad. Para eso entre cinco y diez minutos te da, ¿no?

–Joder, macho, yo me he quedado en eso de que tengo que empezar yo… Vaya tela, si es que me muero solo de pensar que tengo que ponerme a hablar delante de gente.

–Ya, tío, es una mierda. Ya nos podían dar el Nobel directamente y ya está.

–Ya ves… Bueno, supongo que es lo lógico, que empiece dando la bienvenida yo y todo eso. Por lo menos eso me lo sé de cabo a rabo, no va a hacer falta que me estudie nada que no entienda. Algo es algo.

–Después sigo yo y ya expongo directamente de qué va el libro: basado en experimentos de los años setenta, de donde surgen esas teorías y el porqué de ese universo virtual, aunque en realidad no es exactamente virtual, eso tendré que explicarlo bien para que se entienda.

–Y de paso a ver si lo pillo yo también, porque yo sigo sin tener ni idea sobre de qué va LCDOM, y eso que soy coautor. Para mí que el libro solo lo entiendes tú…

–No, tío, si eso es lo que mola, que sean los lectores los que interpreten su propia historia a través de lo que lean, ¿no te parece?

–Yo es que me lo puedo esperar porque ya te conozco y sé lo loco que estás, pero no sé yo lo que dirá esa gente.

–Van a decir que estamos tarados, pero eso ya lo sabíamos…

–Cierto, cierto.

–Bueno, pues cuando yo acabe y si queda tiempo, tú podías explicar por qué es una novela distópica. Bueno, yo creo que es lo que toca; ya si no tenemos tiempo y no quieres, pues lo dejamos ahí. Nosotros nos hacemos un guión cada uno, si quieres ves lo de esa última parte aunque sea cortita, y si no, pues directamente que gracias por venir y que si tienen alguna pregunta.

–Nos callamos para siempre y que se vayan, y punto. Bueno, lo miraré, a ver qué sale de ahí.

–¿Eso es tu móvil?

–Sí, me está llamando mi colega. Me voy, tío.

–Bueno, espero que esté bien la chica. Ya hablamos de lo que nos sale para la presentación.

–Ok. Estoy cagao, tío…

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–Hola, tío. ¿Cómo lo llevas?

–Joder, estoy cagao, macho.

–Pues ya ves, yo no sabes cómo estoy. Ayer estuve ensayando delante del espejo y medio qué, pero viniendo para acá en el coche lo estaba recitando en voz alta y me he quedado en blanco nada más empezar. Tío, me da a mí que voy a pillar el folio y voy a estar leyendo y ya está.

–Tú tranquilo, verás que al final te sale que te cagas.

–“Que te cagas” ya me sale, porque cagao ya estoy.

–Pero oye, ¿de dónde ha salido toda esta peña? ¿Has visto la gente que hay fuera esperando a que empecemos?

–Yo qué sé, tío, al final han venido todos en tropel.

–Aquí treinta no hay ni de coña. ¡Tío, si son el doble por lo menos!

–¿Tantos? No creo, ¿no? Pero da lo mismo, a mí me sobran todos. Hostia puta, yo no puedo, eh. La madre que me parió…

–Va, tío, lo vamos a hacer que flipas, y después a celebrarlo.

–Mejor si nos largamos ya a celebrarlo y cuando estemos borrachos venimos a presentar el libro, mejor.

–Ya, tío… Joder, ya se ha puesto la gente a entrar. ¿De dónde salen tantos?

–¡Yo qué sé! Ojalá hubieran sido los cuatro gatos que esperábamos… Oye, dice Paco que ya es la una, que empecemos cuando queramos.

–Ufff.

–Ya ves… Como esta gente se quede seria mientras empiezo, yo no hablo. Si se ríen seguro que mejor y menos nervios, pero como los vea a todos callados y atentos, me pongo a leer y no levanto la mirada hasta que se me acaben los folios.

–Va, tío, tú confía. Lo vas a hacer de puta madre.

–Eso tú, que sabes hacer estas cosas. Bueno… pues nada. Llegó mi San Martín, como el cerdo que soy.

–Suerte, tío: ya verás cómo te sale genial.

–Vamos allá.

–¡Joder, tío, qué guapo!

–¡Ya ves, de puta madre, te lo he dicho!

–Mira, ya has visto que he empezado nervioso y más o menos he seguido así, pero te juro que es la mejor exposición que he hecho en mi vida.

–Te ha salido de puta madre, tío, genial, de verdad.

–Y a ti también, macho: no sé si alguien habrá entendido lo que has dicho, pero lo que has explicado lo has explicado de puta madre. Te ha salido de la hostia, yo hasta me he sentido más listo y todo al ir escuchándote.

–Ha ido de puta madre, ya ves. Tío, tengo la muñeca hecha polvo. Hacía tiempo que no escribía a mano, y de tanto firmar la tengo muerta.

–¡Pues ya ves! Yo creía que íbamos a vender cuatro libros de mierda, y vaya tela. Oye, mi colega ha contado la gente que ha venido: setenta y seis, tío, setenta y seis personas ahí metidas para ver nacer a LCDOM.

–Vaya tela, dos anónimos con su primera novela y vienen más de setenta. Si escribimos otra ya la presentamos directamente en la ceremonia del Nobel.

–¡Joder macho, vaya subidón! ¡Qué de puta madre ha salido todo! ¡Ahora a emborracharnos, hostia!

– & – ¡YO SOY ESCRITOR, ESCRITOR, ESCRITOR! ¡YO SOY ESCRITOR, ESCRITOR, ESCRITOR!

 

Y colorín colorado, la ristra de celebraciones de LCDOM hemos acabado.

How rare and beautiful it is to even exist

Abro de noche la ventana y miro las estrellas dispersas, y todo lo que veo, innumerable, es el borde de mundos más lejanos.
Se extiende más y más, expandiéndose siempre, hacia afuera, hacia afuera, y siempre más afuera.
Mi sol tiene su sol, al que sigue obediente, gira con sus compañeros de círculos más amplios, y le siguen conjuntos mayores todavía, al lado de los cuales los más grandes son puntos.

Nada se detiene, ni puede detenerse.

Si o yo, los mundos, o todo lo que existe bajo ellos o encima volviéramos a ser en este instante una pálida nebulosa, a la larga, de nada importaría: avanzaríamos otra vez, sin duda, para llegar donde ahora nos hallamos, y luego seguiríamos progresando, sin duda, más lejos y más lejos.
Unos pocos cuatrillones de eras, algunos octillones de volumen no ponen en peligro el proceso ni lo alteran, pues no son sino partes, y cada cosa no es sino una parte.

Por más lejos que mires, siempre habrá más allá un espacio sin límites, un antes y un después.

Sé que lo mejor del tiempo y el espacio es mío; nunca he sido medido ni lo seré jamás.”

Walt Whitman (1819-1892)