El recuerdo encadenado

Probablemente una de las situaciones más insondablemente tristes y dolorosas, inhumanamente dolorosa, sea el momento en el que alguno de tus abuelos, o padres, o cualquier ser querido dedicado a criarte en tu infancia, deja de acordarse de ti. La vida puede haberte golpeado con severidad, te puede haber machacado, puede haber conseguido que el resto del mundo te trate como a la más ignominiosa de las escorias, que aún así dichos momentos jamás lograrán resultar tan traumáticos como el instante en el que esa persona tan amada realiza la más amarga de las preguntas.

“¿Tú quién eres?”.

Es ley de vida, de una vida que más pronto que tarde se verá abocada a la muerte. Es ley de muerte, en realidad. Muerte del valioso recuerdo, muerte de la persona que siempre ha habitado ese organismo durante toda la existencia de aquellos que lo idolatran, y que son los que padecen realmente ese golpe letal, por mucho que los sujetos maldecidos por cualquier tipo de demencia sean los objetivamente damnificados. Sus conexiones neurales se transfiguran en cables pelados primero, incompletos y defectuosos, hasta que llega el fatídico momento en el que estos se desconectan por completo. Eso es el horror, la infamia, la más abyecta atrocidad, que impotentemente corresponde al propio cuerpo de la desdichada víctima, que no puede sostener más la cordura que ha logrado sustentar hasta ese momento. No queremos hablar más de eso, la verdad. Queremos volver atrás, a un tiempo pretérito en el que esas fracasadas neuronas seguían luchando a brazo partido por seguir adelante; cuando todavía, de alguna de las maneras, conseguían su objetivo.

Antes de todo aquello, una pregunta recurrente para todos alrededor de dicha persona consiste en la que alega ignorancia ante una contrastada evidencia: ¿como es posible que esa persona no tenga ni idea de donde ha dejado las llaves apenas dos minutos antes, pero sepa con claridad meridiana lo que le ocurrió en su juventud, en su adolescencia, en su infancia?. Su almacén de recuerdos permanece intacto, pero su capacidad para crear recuerdos ya ha quedado, paradójicamente, en el olvido. Mientras tanto, la primera mascota permanece ahí, el día que le regalaron su primera bicicleta sigue vigente, y conoce a la perfección el punto exacto en el que se ubica la cicatriz en la que se cosieron aquellos primeros puntos de sutura para cerrar la herida y que tanto le hicieron sufrir, aunque el médico le repitiera falsamente y más de lo necesario que no le dolerían. Y aunque todos esos recuerdos no son perfectos, o mejor dicho, no son exactos y en ocasiones ni siquiera objetivos, sino que están ciertamente distorsionados por la vida, son entrañables, son hermosos, son dignos de continuar en ese cerebro que comienza a perder su impulso. Rebuscando entre toda la crueldad que rezuma el aciago hecho de ir consumiendo la capacidad de evocar el pasado, y aunque no resulte demasiado alivio, a su manera es hermoso que sean los momentos más bonitos y entrañables los que acompañan a esa persona hasta el óbito de su memoria.

Por eso queremos aquí desandar ese camino, para no quedarnos en esa tragedia consistente en extraviar los momentos más hermosos de una existencia, sino para permanecer en la época en que los más preciados instantes de una vida acuden a una mente cada vez que se requieren, o se necesitan, o simplemente porque se decide paladearlos una vez más. El primer beso y el primer amor, ya se encuentren estos dos momentos abigarrados o sean distantes, o el primer minuto de felicidad intensa, e incluso la primera vez en la que supiste por ti mismo lo que debías hacer, sin que otro ser humano, independientemente de su edad, adulto o compañero, te proporcionase la pista necesaria para indicarte como debiste actuar.

Este es el momento que hemos escogido para presentaros a Axel, un personaje más que decisivo de LCDOM, un arquero que cargará con una responsabilidad mucho mayor que él mismo, y que se manifestará como trascendental en el destino del Otro Mundo. Es algo que él no pidió, algo que le resultaba completamente ajeno, algo a lo que no sabía que se vería abocado hasta darse de bruces con el momento más crítico de su vida. Pero ese instante nunca se habría dado de no ser por otro momento crucial, ese instante de su infancia en el que su inocencia se transfiguró en decisión, en el que el titubeo se transformó súbitamente en el cigoto de su capacidad de elección, de atrevimiento, en la consecución de una acción que cambiaría el rumbo de su escaso bagaje en el mundo y le empujaría al resto del mismo convertido en arquero. Un momento que cambiaría el devenir del Otro Mundo llegada la hora. La ocasión que, con los años, se vería forzado a recordar como el trance que a la postre cambió su camino, sin saber todavía que también afectaría al de todos a su alrededor. El instante que inexorablemente y para siempre tenía la obligación de acudir a su memoria por todo lo que iba a significar para él. A este respecto Axel es uno más, porque a todos nos ocurre exactamente igual: aquel momento inigualable siempre retorna a nuestra memoria cientos, miles de veces, a lo largo de nuestro caminar hacia el ocaso.

Os presentamos el inicio del decimocuarto capítulo de LCDOM, que da paso a un recuerdo de la infancia de Axel, un recuerdo tan encadenado a su alma que, aunque quisiera, nunca conseguiría olvidar.

Capítulo 14: La manzana de Alley

Apenas tendría cuatro meses cuando derribó aquella manzana. Era curioso como un objeto tan inane podía decidir el papel de alguien en la vida. Aquella manzana no tenía ni voz ni voto en ningún plano de la existencia, y, sin embargo, le convirtió en arquero. Al parecer, aquella fruta sí que tuvo algo importante que decir, a fin de cuentas.

Tras tantos años transcurridos desde entonces, Axel se regodeó en aquella imagen evocada por su recuerdo: una manzana con la capacidad de decidir significativamente sobre el destino de los animales. Sonrió para sí mismo, imaginándose aquel fruto vegetal como parte de un espectáculo de feria: “¡pasen y vean, damas y caballeros! ¡la manzana con voz y voto en sus vidas!”.

Pero aquella manzana a la que se refería, desconociendo el hecho de si era por ser un fruto normal o bien, a pesar de tener la capacidad no lo hiciera por timidez, no hablaba. Tan solo había permanecido allí, colgando de aquel árbol, a una altura lo suficientemente considerable para que ni él ni ningún otro de sus hermanos se hubiese percatado nunca de su existencia. Una manzana verde y grande, colgada de la última rama del manzano más alto que jamás existió, o al menos eso decía su abuelo.

Axel no había visto la manzana que a la postre decidiría su futuro, tan solo correteaba y jugueteaba con Alley, Emeelea y Yörch, como correspondía a su edad. Tsaro estaba un poquito más alejado de aquella infantil algarabía, husmeando entre rosales y geranios, guardando en su archivo olfativo los aromas que desprendían según qué flores, y aprendiendo que algunas plantas tienen espinas de la manera en que todos los cachorros lo hacían tarde o temprano. A Axel también le vino instantáneamente a la cabeza ese recuerdo. Tenía claro que ese primer pinchazo en el hocico no se olvidaba nunca.

Volvió a su remembranza original y evocó el momento en el que su hermana Alley miró hacia arriba y la distinguió. Vio aquella manzana a unos dieciséis metros de altura, tapada por el ramaje y la frondosidad del follaje… Ciertamente, visto desde la distancia que daba el tiempo y la edad, aquel no podía ser un manzano normal. Alguien tuvo que experimentar con semillas de manzano y algún otro árbol gigante y parir aquel monumento vegetal que les cobijaba en la infancia con su imponente sombra. De lo que sí estaba seguro es de que daba manzanas; eso sí, que nadie le preguntara por qué lo hacía. Y en la rama más alta del engendro arbóreo, apenas visible (y eso solo desde algunos ángulos), se encontraba suspendido aquel pomo verde, enigmático y arcano, oteándoles desde su elevada posición. Filtrando la disposición de esa manzana bajo el punto de vista del arquero en el que se había convertido el husky, su colocación era inmejorable: si ese fruto hubiera sabido manejar un arco y hubiese querido acabar con ellos, él y sus hermanos habrían ido cayendo uno tras otro… Menos mal que tan solo era una fruta.

Pero, evidentemente, cuando la pequeña y dulce Alley la vio, no pensó en una estupidez tal como “cuando uno de mis hermanos sea arquero, dirá que su posición es inmejorable”, sino que, como cachorrita que era, la deseó con todas sus fuerzas. La deseó tanto que le dolía pensar lo inalcanzable que le resultaba, y probablemente también calculó lo inaccesible que era para el resto de todos ellos. Sabía que no podría conseguirla, ni siquiera era capaz de imaginar forma alguna de hacerse con ella, y al mismo tiempo comprendía que ninguno de sus hermanos podía tampoco ayudarla. Axel, a sus cuatro meses de edad, pudo notar el dolor que emanaba de su hermana en sus propios huesos, pero eso no fue nada comparado con lo que sintió al escucharla aullar de desolación, de pura y descarnada desolación. Un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo al recordarlo tan vívidamente. Parecía que hubiese ocurrido ayer.

Emeelea y Yörch también se habían quedado parados, y es que, a pesar de ser de la misma camada, todos sentían que Alley era el ojito derecho de todos y cada uno de ellos. No es que fuese la favorita de sus padres, sino que era la favorita de todos sus hermanos. Clavados sus ojos en Alley, Axel no había visto llegar a Tsaro, que había acudido a intentar consolar a su hermana, y es que en realidad poco más se podía hacer. Era algo absolutamente descorazonador.

Aquella fue la primera vez que Axel dejó que sus sentidos se aliaran con el entorno para encontrar una solución a un dilema, a los cuatro meses. Se concentró en el problema, y el problema no era que Alley estuviera abatida, sino la manzana que originaba su consternación, aunque seguía sin saber qué podía hacer.

Su mente inexperta se dispersó durante unos instantes, pero volvió a intentarlo: la manzana. Había que conseguir la manzana. ¿Cómo podía alcanzar la manzana? Intentó concentrarse en sus sentidos, y surgió… Aspiró el aire, y en esa misma bocanada le preguntó sin palabras “¿Qué me estás diciendo?”. Levantó el hocico, y con cada aspiración le cuestionó sin mover los labios “¿Qué es lo que realmente tengo que preguntarme?”. Clavó sus ojos en la manzana y le preguntó “¿Cómo llego hasta ti?”.

El aire le dijo que no podía alcanzarla. Algo en el ambiente le indicó que no buscaba alcanzarla, sino conseguirla. Sus ojos le dijeron que no tenía que llegar a ella.

Que era ella la que tenía que llegar a él.

No tenía que alcanzarla. Tenía que derribarla.

Una y mil veces

Honestidad brutal

 

La honestidad no es una virtud, es una obligación.

Andrés Calamaro

Creemos entender aún hoy que la sinceridad no es tanto una virtud, sino un quehacer más en la vida de cualquier persona, uno de los puntos de partida en los que se basa nuestra socialización en general y nuestra moralidad en particular. Es crucial, primigenia, tácita y explícita a la vez. Eso es lo que se exige a un ser humano, y como tal debemos aprenderla y aprehenderla. Y hasta aquí la versión oficial. Hace ya eones ,no literales, que se dio la vuelta a la tortilla. Como se dice por los rincones, “a todo el mundo le encanta la sinceridad hasta que conoce a alguien que la práctica”. Posiblemente es la frase más certera que nadie escuchará nunca.

Otrora, las personas condenaban la falsedad y la indecencia que esta implicaba, se trataba de un precepto que se aprendía desde la cuna, y muchos defendían ese concepto de franqueza hasta su lecho de muerte. No obstante, hoy en día mamamos desde nuestra más tierna infancia la mentira como recurso básico. Nuestros contactos, nuestros amigos, nuestros familiares, incluso nosotros mismos: todos y cada uno de los implicados emplean embustes cada día no solo no sintiéndose culpables, sino como técnica adaptativa, aceptada, cotidiana, normal. Pero nadie se siente falaz al valerse de la mentira: simplemente es el medio más sencillo para evitar desde la más ridícula situación comprometida hasta para enriquecerse condenando a otras personas a la muerte. Así de crudo: extraoficialmente, la mentira se ha despojado de todos sus estigmas y se ha convertido en un mero procedimiento ordinario. No embrutece, sino simplemente ayuda. Adaptación al medio. Si en ocasiones no se recurre a la mentira, todo se te vendrá encima: obligaciones, encomiendas, personas, y esa no es la forma de vivir que se persigue, siempre tragando, nunca disfrutando. Además, la gente no quiere escuchar la verdad. Les hace sentir incómodos, les hace molestarse, zahiere sus emociones. Prefieren escuchar una falacia social que les agrade a una verdad que les pueda disgustar o, llanamente, no hacerles sentir como pretendían. La mentira no solo está integrada en el cerebro, sino que de ruin ha pasado a metamorfosearse en buena. Está a disposición de todos en cualquier momento y lugar para beneficiar al que antaño sería infractor, pero ahora es un mero usuario de sus benevolencias. La honestidad mantiene ciertos escasos bastiones; no obstante, la falsedad ha ganado la batalla. Está feo decirlo, pero el engaño ha triunfado por su infinitamente mayor utilidad, y todos lo sabemos. Sin embargo, hay una verdad que aquí no nos vamos a atrever a omitir.

La mentira está sobrevalorada. No sirve realmente para lo que aquellos que la utilizan creen.

Los que se sirven de ella para defender su postura anulan de manera automática e inmediata su argumento, y extienden la sospecha sobre todos los anteriores y posteriores que decidan utilizar. Pero hay algo de irónico en este modo de emplear la mentira, pues se juzga inexorablemente reprobable cuando se presenta a pequeña escala, pero esas mismas personas pueden justificarla en ámbitos más relevantes, o al menos que afecten a una gran mayoría. Incluso deciden creérselas o defenderlas a capa y espada, aunque en el fondo sepan que es un embuste. “Imposible”, podemos pensar, pues carece total y absolutamente de sentido. Mas solo hemos de echarle un vistazo a la prensa para conocer con qué engaño nos deleitan los políticos, tanto los que nos gobiernan alrededor del mundo como sus opositores. Aposentados en sus tronos y sin pretender un mínimo contacto con el pueblo, defienden mentiras una y otra vez simplemente esperando a que sus compañeros, meros figurantes palmeros, las aplaudan al concluir, y que sus medios afines se esmeren en transfigurarlas en verdad. Y un elenco exagerado de electores, por alguna inexplicable razón, deciden no ser votantes, sino forofos. Da igual cual sea la verdad, simplemente deciden que esta se corresponde con la enunciada por la persona a quien han votado, aunque tengan absoluta conciencia de que se trata de la más abyecta y vil falacia nunca antes escuchada y, lo que resulta aún más absurdo, les perjudique clara y meridianamente. Existe algo insensato en el ser humano en lo concerniente a la política, algo que funciona mal en nuestras mentes, pero que no se está dispuesto a admitir y, ni mucho menos, a pretender reparar.

Hay quien se defiende con una mentira al sentirse incómodo diciendo la verdad. Es más sencillo. Causa un bienestar inmediato. Se deshace de una verdad inconveniente a través de un engaño más confortable y que resulta menos lesivo, aunque ese perjuicio sea mínimo o irrelevante y mereciese el diminuto instante de molestia. Ese puede ser el comienzo de una gran amistad, un gran amor a desembarazarse de cualquier situación comprometida por irrisoria que sea a través de un pequeño infundio. Pero más pronto que tarde se convierte en un hábito, y los embustes encubren cada vez más confesiones que no son tan desdeñables, sino significativas para los receptores de las mismas. A esas alturas, ya ha ocurrido: los demás ya saben como se maneja esa persona, a base de farsas y patrañas, y puede que su honestidad ya no esté puesta en entredicho, sino directamente destruida. La comodidad instalada en ese emisor se convierte en sospecha automática cada vez que una frase escapa de sus labios. ¿Está la desconfianza generalizada hacia una persona compensada por la salvaguarda de un momento incómodo?

Es posible crear un mundo alrededor cimentado y apuntalado con mentiras. Una existencia que surge a través de un suceso vital en el que esa persona ha actuado mal, o incorrectamente, o de forma errónea sin más, pero que nunca estará dispuesta a asumir. De manera perturbada, pretende salvaguardar su decencia a base de un castillo de naipes al que le otorga la robustez de un muro indestructible, y con esa baraja empieza a repartir sus cartas, que no llevan impresas en ellas ni picas, ni tréboles, ni diamantes y, ni mucho menos, corazones. Mentir las hace sentir decentes, porque su decencia no depende de su responsabilidad en aquello que hayan hecho y que en el fondo les pesa aunque decidan no aceptarlo, sino que se somete únicamente a la consideración que le otorguen los demás. Pero por muy sólida que sea su argucia, su verdad no cambiará jamás. Por muy tenaz que se mantenga en su farsa, lo único que conseguirá es que nadie confíe nunca más, porque aunque esa persona se monte su propio universo de integridad, se le escapa que la gente a su alrededor, que en su presencia pueda darle la razón, suele conocer la verdad. De hecho, ni aunque ese otro receptor crea dicha mentira sirve realmente al emisor para su propósito; más bien al contrario, le convierte en un ser más indecente si cabe, al engañar indiscriminadamente en su propio beneficio a todo el que se le acerca.

La mentira está sobrevalorada, y también la omisión de la verdad. ¿No parece descabellado pensar que traicionar la confianza de una persona predispuesta a creer a ese alguien no constituye un engaño, una falsedad, una mentira? Pero es más fácil interiorizar que no lo es, y así resulta irrelevante encubrir a un embustero que está perjudicando a una o varias personas que confían en la palabra de ese cómplice. Sabe que la persona que engaña y defrauda a esa gente está actuando de forma cruel e indecente, pero decide escudarse en que no decir nada a esos inocentes damnificados no es mentir. Hay ciertos límites en la franqueza humana, que estas personas traspasan intentando defender que no los han visto o no creían estar traspasando. Muchas veces son vergonzantes, sobre todo cuando las personas estafadas han considerado como alguien apreciable a este supresor de la verdad y la han tratado como tal. Pero estos cómplices suelen rizar el rizo cuando se descubre el pastel, y se defienden con uñas y dientes culpando a los damnificados de acusarles de embuste, pues “nunca han mentido a nadie”. Es otro engaño más cómodo, un 2×1. Hay límites, hay barreras en la ocultación, y cuando un encubrimiento se convierte en traición, clama al cielo el hecho de que han actuado en contra de la decente verdad.

Ha generalizado su uso y gana con mucho al empleo de la sinceridad, pero ello no cambia en absoluto su esencia: la mentira está sobrevalorada. No te salva el culo, solo te lo ensucia más con cada engaño provocado, y por eso cuando se descubra esa montaña de mentiras todos se encontrarán con una persona que está de mierda hasta el cuello. Puede ser que la honestidad conduzca a una vida más solitaria, menos social, pero quizá eso no justifique la defensa de lo indecente. La felicidad no puede estar basada en la mentira, al igual que rodear una existencia con gente a la que mentir para que la misma sea más cómoda no parece la mejor forma de convivencia.

¿Qué nos pasa? ¿Desde cuando hemos decidido que zambullirnos en el fango de la mentira para con el prójimo es mejor que ser honestos con él? ¿Por qué hemos hecho de la mentira un comportamiento adaptativo? ¿Por qué la hemos aceptado como parte de nuestra vida? ¿Por qué incluso nos hemos hecho cómplices de ella? ¿Cuando se nos ocurrió dictaminar que la honestidad no es una obligación, sino una escasa virtud de los pocos que la practican?

La mentira está sobrevalorada. No importa lo sencilla que pueda hacer nuestras vidas si ello implica desdeñar la confianza de los demás. La resolución fácil de un momento incómodo no compensa la indecencia de nuestras conciencias al solventarlos de esa manera. Indecente, indecente, indecente, una y mil veces indecente: ese adjetivo repetido a conciencia hasta la cacofonía en este escrito, porque no se halla manera más precisa de expresar lo que origina la lacra de la deshonestidad. Es la mentira la que inició la podredumbre del alma humana, y, al igual que los supervivientes de las grandes plagas, los que consiguen obviarla en sus vidas se quedan absolutamente solos, rodeados de un cruel y bochornoso espectáculo. Y toda esa condena por sustentar un ápice de moralidad, y por mantener una simple creencia: que no vale todo en esta vida. Que no se puede compaginar deshonestidad y conciencia. Que no se puede convivir con integridad e inmoralidad al mismo tiempo. Que la lealtad y la confianza no son una tontería, y por eso hay que ganárselas a pulso cada día, cada minuto, cada instante. Que medrar no lo es todo, si para ello es necesario enterrar a cada paso toda palabra honesta. Que la mentira tiene un coste, que no se ve, que no se aprecia, pero que al utilizarla supone un impuesto demasiado caro, y cuyas costas paga nuestra credibilidad a corto, medio y largo plazo. Y, sobre todo, que ese precio no lo merece, porque su rentabilidad es menor que su perjuicio. Se puede expresar de una manera mucho más simple.

La mentira está sobrevalorada.

No me dejes caer

No me dejes caer. No importa como haya llegado a encontrarme en esa situación, en ese borde del abismo, en ese punto de no retorno del cual no pueda volver, tanto si decido despeñarme voluntariamente como si imprevisiblemente se desprende el suelo bajo mis pies. No importa si me he arrastrado allí por mi propio pie, si me ha remolcado la deriva o si han sido otros inicuos protagonistas los que me han empujado hasta ese maldito lugar. Solo debes saber que, si me ves implicado en esa triste realidad, solo existe una única opción por la que debes optar.

No me dejes caer. Aunque me deje llevar, aunque me encuentre tan sumamente cegado por la inconsciencia o la estupidez y quiera asomarme a ese abismo para, tras juguetear con un frágil equilibrio en el borde, dar un paso hacia adelante, ni se te ocurra permitírmelo. Puede que no sea culpa mía. Puede que los acontecimientos hayan decidido condenarme sin que yo lo mereciera, o que sean las personas alrededor las que, sean bienintencionadas o abyectamente viles, me hayan arrojado al saliente del oscuro precipicio. Puede que a ninguno de esos traidores les importe siquiera, o puede que se permitan quedarse en primera fila para ser testigos de excepción de la forma en que se despeña mi vida por una tenebrosa sima. Pero, por mucha gente que exista alrededor, esto no trata de ellos. Trata de que me estoy enfrentando al vacío más absoluto, y de que tú tienes que permanecer cerca para asegurarte de que no tropiezo antes de que hagas lo que tienes que hacer.

No me dejes caer. Vale, es cierto: puede que incluso en ese justo momento de la vida lo merezca. Puede que haya hecho méritos para sentir como me precipito hacia las profundas tinieblas sin que pueda ser considerado un castigo improcedente. Puede que me haya ganado con creces que nadie me salve de esa penitencia, que me haya granjeado inexorablemente el hecho de estrellarme contra una dolorosa realidad por culpa de no haber sabido gestionar con honradez la anterior. Puede que, aunque no lo haya hecho mal a propósito, merezca algún tipo de represalia. Pero no hallaré expiación alguna si no encuentro la opción de reparar lo que sea que haya estropeado. Si me doy de bruces contra el fondo del pozo, donde solo hay sombras, donde nada podré ver, no podré arreglar lo que he roto. Para conseguir redimirme, necesito que hagas una cosa por mí.

No me dejes caer. Puede que haya estado bramando que necesito ayuda día y noche, y tú hayas hecho caso omiso de mis alaridos porque no lo has entendido, o porque no me has creído, o porque te ha dado igual. Quizá te hayas acostumbrado a que me queje por todo y lo más adaptativo para ti haya sido convertir mis lamentos en una frívola parodia de Pedro y el lobo. Quizá me hayas escuchado decir tantas veces que estoy al borde del abismo y, al acudir a socorrerme, comprobases con indignación que simplemente necesitaba ser el centro de atención durante un rato. Y puede que sea al revés, puede que hayas obviado mis voces de socorro porque también tienes tu vida, tus problemas, y te dediques a ellos antes que a los míos, porque es lo que debes hacer para asegurar tu propia fortaleza y evitar ser tú la persona que sea vea amenazada con caer al abismo. Pero sea cual sea el motivo, da igual. Todo ese bagaje resulta irrelevante si, llegado el momento, intervienes como urgentemente necesito.

No me dejes caer. Puedo no haberte avisado nunca, puede que haya permanecido en silencio todo el tiempo, o toda la vida. Puede que, aunque sepas que me estoy acercando al abismo, no te pida ayuda, o la rechace cuando me la ofrezcas, o me ofenda y te eche en cara que no necesito ni tu auxilio ni el de nadie. Pero, por favor, a pesar de todo, no me abandones. Puede que reniegue porque en realidad quiera que me agarres aunque no te lo diga o te diga lo contrario, porque quizá en ese momento te esté implorando que me salves. Quizá creas que no te lo estoy pidiendo, quizá no me lo escuches decir, quizá esas palabras nunca broten de mi boca. Pero puede ser que esté suplicándote en silencio que me socorras simplemente porque no sepa gritar más fuerte, porque no sea capaz de bramar que necesito ayuda, porque me sea imposible rogarte desesperado que me cojas e impidas que mis pies traspasen el borde que me separa de la caída. Puede que el hecho de que mis labios permanezcan sellados mientras me estoy derrumbando se corresponda con el más descomunal y primario grito de ayuda. Te será más difícil darte cuenta así, pero si finalmente me descubres en mi desdicha, ayúdame aunque mi reacción sea negarme a que lo hagas, porque sabes que necesito que actúes y logres un único objetivo.

No me dejes caer. No me lo permitas porque probablemente si caigo, si me desmorono y me precipito a través de la más oscura de las simas eternas después de un doloroso y lacerante descenso, experimentando a continuación el más espantoso y tremendo de los impactos contra la desgarradora realidad que me envuelve, puede que nunca más sea capaz de levantarme e incorporarme de nuevo al mundo real. Puede que permanezca allí, en mi dolor, en mi vergüenza, en mi castigo, durante el resto de mi vida. Y eso es algo que no me puedes consentir. Ayúdame, ofréceme tu mano, excava un hueco en tu vida y empújame dentro para que no pueda escaparme y volver de nuevo al pie del precipicio. Escúchame si es lo que te pido, sácame de aquí si ves que me estoy consumiendo, lee lo que escribo si no sé contártelo de otra manera. Hazme compañía si es lo que necesito, o simplemente reside ahí para cuando lo haga. Pero ayúdame, ayúdame aunque lo que me ofrezcas ni siquiera parezca ayuda. Insúltame, échame en cara las cosas, consigue que reaccione aunque sea de manera brusca. Haz lo que sea.

Pero no me dejes caer.

¡Kindle sorpresa!

Salvo por el hecho de tener una costilla rota y, por ende, ver las estrellas de vez en cuando cada vez que tosía o simplemente porque así lo decidía el cuerpo ya que él es muy de hacer esas cosas (es un rebelde sin causa orgánica, qué le vamos a hacer), estaba siendo una mañana de sábado tremendamente anodina. Me dedicaba al cien por cien a darlo todo con el tratamiento indicado para dicha dolencia, lo que significa que estaba reposando como si no existiera un mañana, con lo cual darlo todo con el tratamiento consistía básicamente en no hacer nada más que permanecer estático. Es decir, toda mi entrega se basaba en hacer el vago (y eso se me da de lujo). No obstante, la mano derecha permanecía activa manejando el ratón del ordenador, porque uno no es de piedra y también lo da todo en lo que se refiere a rentabilizar la factura de la conexión a Internet, que gratis no es que sea. Y como también uno está obligado a vigilar el blog de vez en cuando, no sea que nos despistemos un momento y este se largue a vivir su vida allende los mares, encontramos en las estadísticas dos redirecciones a Amazon, con lo que decidí seguir la pista por aburrimiento más que otra cosa (porque aburrirme también se me da de lujo, tengo un doctorado en ello y todo). No obstante, al abrir dicha página, creí detectar un error en Matrix. Aquello no me cuadraba. Me quedé mirando la pantalla sin comprender; entonces ella me miró a mí. Entonces, aunque lo de que te mire una pantalla es en sí mismo otro error en Matrix, o más concretamente error en tu sesera, le mantuve la mirada abriendo más los ojos, para ver si ella la apartaba. Pero no. Yo la miré, ella me miró, y nos miramos los dos. Entonces iniciamos un diálogo mudo.

Oiga, disculpe, señora pantalla…

¡Oye, oye, que no soy señora, que aún soy moza y de muy buen ver! Puedes tutearme si quieres, ¿vale?

Muy bien, pantalla a la que tuteo aunque no entienda muy bien por qué le estoy hablando a un monitor. Verás, quería avisarte de que exhibes sin pudor un error.

¡No, qué va! ‒me afirmó con desenvoltura.

Bueno, no te habrás dado cuenta, pero sí.

¿Donde, chato?

¿No se estaba tomando demasiadas confianzas para ser la primera vez que hablábamos? Sin embargo, decidí abrirle los ojos, aunque como buena pantalla no tuviera.

Sí, mira: ahí donde pone el precio del kindle de ese maravilloso libro que lleva una tipa azul en la portada. Donde pone 1 debería poner 9. Te habrás equivocado al marcar.

¡No, qué va!

Que sí, mujer.

¿Quién te ha dicho que sea mujer?

Vale, perdón, rectifico: que sí, hombre.

¿Acaso me ves pinta de tío?

¿Hermafrodita?

¡No, qué va!

Entonces me he perdido…

A ver, espabilado, que soy una pantalla. ¿Cómo iba a tener sexo?

Bueno, yo tampoco tengo apenas sexo y sé que soy varón.

Pero eso no es porque seas pantalla, sino por ser simplemente feo.

Vale ‒dije intentando cambiar de tema, porque si seguíamos por ese camino la pantalla de confusa sexualidad me iba a deprimir‒. Pero te has equivocado en el precio. El ebook cuesta 9,99 y ahí pone 1,99.

¡Pues claro que es así, zoquete! ¿A que es genial? ¡Corre, llama al otro autor y se lo cuentas, y rapidito!

Tras ese exhorto sencillamente asentí sin decir nada más, porque ya me daba miedo que una pantalla que me había llamado feo empezase seguidamente a darme órdenes: todo eso me recordaba demasiado a cualquiera de mis anteriores relaciones. ¿Quién era esa pantalla para creerse con autoridad sobre mí?

Y a continuación, acaté su imposición y contacté con mi colega… Así me va, tanto con las mujeres como con las pantallas.

Nene, acabo de mirar en Amazon y por alguna razón que no entiendo, el Kindle de LCDOM está a dos euros.

¿Entonces no soy solo yo el que lo ha visto? Menos mal, creía que alguien me había echado algo en el café y había empezado a tener alucinaciones.

No, tío, nadie te ha metido droga en el ColaCao ‒respondí, aunque evaluando al mismo tiempo si cabía la posibilidad de que alguien nos hubiera embutido alucinógenos a los dos‒. El caso es que el ebook está a 1,99.

De puta madre. Igual hasta vendemos un par y todo.

Pues no se cuantos se habrán vendido, pero por lo que dice mi pantalla, que no manda en mí por mucho que puedas oír rumores, ya hemos subido 2100 puestos en el ranking de ventas.

¡Copón bendito! ‒reaccionó él, que por suerte hizo caso omiso a lo referido sobre la pantalla marimandona‒. ¡Vamos a contratar una avioneta y que escriba en el cielo que hoy hay oferta especial, para que todo el mundo se entere!

No es mala idea… o también podríamos anunciarlo por Internet.

‒¡Eso, eso, que es más barato! Venga, vamos a decírselo a todo quisque antes de que a Amazon se le pase el arrebato. ¡Manos a la obra!

Casi mejor manos al teclado, ¿no?.

¡A lo que sea, como si quiere ser a un cable pelado con las manos húmedas, pero que la peña se entere de lo del libro! ¡Que tiemble Harry Potter, que LCDOM ha llegado a la ciudad!

Claro, claro, que vamos a desbancar a Harry Potter… ¡Lo que tú digas!

A continuación nuestros teclados echaron humo y whatsapp no dio abasto, porque dos ilicitanos pesados se creyeron apóstoles y se dedicaron a difundir la palabra del señor: del señor Amazon, para ser más exactos. Movimos todas las fichas que nos fue posible, intentando conseguir algunos resultadillos positivos, aunque fueran discretos y todo eso. ¿Queréis saber lo que ocurrió?

Nos da lo mismo si no queréis, os lo vamos a mostrar igual…

Pues lo que ocurrió fue que flipamos en colores de tonos veraniegos, incluso las costillas parecían doler menos (aunque en realidad dolían más, porque la inquietud en el cuerpo es lo que tiene). El pasado sábado será recordado como el día más glorioso de la novela, con lo cual el 6 de mayo pasa a denominarse Día Mundial de LCDOM, porque si hay días mundiales del huevo (9 de octubre, que no es coña), del ninja (5 de diciembre) o de hablar como un pirata (sí, en serio, el 19 de septiembre), ¿por qué no iba a tener uno LCDOM?

El sábado en el entorno de Amazon (que es una tiendecita de aldea prácticamente desconocida para toda civilización, ¿verdad?) LCDOM se erigió como el ebook más vendido en dos categorías, la de Libros de Fantasía y la de ebooks de Fantasía (nos suena rara la diferenciación teniendo en cuenta que todo circundaba alrededor del ebook, pero eso dice el señor Amazon y nos favorece, así que va a misa). Y no solo eso, sino que además llegamos a meter la cabecita en el Top 15 del ranking general de ventas de la plataforma. Por cierto, ¿os habéis fijado en las fotos donde está Harry Potter y la posición que ocupa LCDOM, mirando al cuatro ojos por el retrovisor? ¿Estáis queriendo decir que somos unos profetas?

¡No, qué va! ‒acaba de decir la pantalla del ordenador.

En fin, está claro que por ahí hay otros tantos autores que habrán llegado o superado estos guarismos cuando la oferta les ha tocado a sus obras, pero… ¿a que nuestra entrada para celebrarlo es mucho más chula que las suyas?

En fin, lo suyo ahora es agradecer a todo el mundo su apoyo incondicional o condicional o gratuito o interesado o el que quiera que sea que habéis brindado a “Las crónicas del Otro Mundo”, porque gracias a todos vosotros estamos que hacemos palmas con las orejas (y damos fe de que es complicado de narices, no lo intentéis hacer en vuestra casa sin supervisión y una ambulancia, por favor).

Además, hemos logrado colgar unas cuantas banderitas más en el mapa de LCDOM. Con las ventas logradas seguro que la novela ha llegado a muchas latitudes que desconocemos (porque si no, a saber de donde habríamos sacado esos number one de los que vamos a presumir hasta que nos azote el alzheimer), pero en los lugares que sabemos con certeza que hay al menos un hogar que alberga un ejemplar de LCDOM le clavamos una virtual chincheta (y no se queja ni nada, este mapa está hecho un macho man). Y hasta donde sabemos, así queda el muy majo:

Mapa LCDOM
Parece que hay algunas chinchetas que parecen haberse han exiliado de España y se han ido a vivir su vida, pero qué va: LCDOM es internacional, y lo sabes.

Sí, ya lo sabemos: los ejemplares más exóticos son los de Toronto, Montevideo y Bucarest, pero estimamos que nos queda alrededor de un centenar de chinchetas por marcar también repartidas por Europa y América. ¡Por favor, ayudadnos a saber donde clavar esas banderitas en el mapa LCDOM!

Resumiendo el tocho de entrada: que hay una costilla que aún duele (la muy jodida ya podía tener menos afán de protagonismo), que la pantalla mandona no tiene ningún criterio sobre la belleza física, y que nosotros no podemos estar más contentos y agradecidos. ¡Uníos a nosotros, y a celebrarlo! 

¡Última hora fugaz!

Al loro, queridos followers, que esto nos ha cogido por sorpresa a todos. Por mero azar nos acabamos de dar cuenta de que la versión electrónica de “Las crónicas del Otro Mundo” se encuentra hoy disponible en Amazon a un precio de 1,99€, una rebaja del 80% respecto al importe de la novela en formato digital marcado por la editorial. Nosotros estamos flipando en colores de tono pastel porque nadie nos ha llegado a avisar del tema, pero desde luego, si alguna vez habéis deseado poder asomaros al Otro Mundo, qué duda cabe:

¡HOY ES EL DÍA!

Oferta LCDOM

Como no tenemos ni la más remota idea de cuanto puede durar esto (nosotros hacemos una estimación entre unas horas y toda la eternidad), si tenéis interés en conocer la novela no lo dudéis un instante. 2€ por 950 páginas es como para no pensárselo demasiado.

¡Todos a visitar el Otro Mundo en su totalidad ya AQUÍ!

 

(NOTA DESDE EL OTRO MUNDO: se confirmaron todas nuestras sospechas, y esta oferta solo resultó válida durante el día de ayer, sábado 6 de mayo. Es una auténtica lástima, pero al menos esperamos que aquellos de vosotros que estabais interesados en adquirir el libro pero os echara para atrás el precio aprovecharais el día de ayer. Oye, y si es así comentadnos en qué nuevas ciudades se halla LCDOM, que estamos elaborando un mapa marcando los lugares en los que existe un ejemplar en un hogar, ¡que nos va a quedar muy chulo!)

 

#LMEPL

lennon

Everything will be ok in the end. If it’s not ok, it’s not the end
John Lennon

 

Podemos hundirnos. Las circunstancias pueden someternos y nosotros quedar sepultados bajo su avalancha. Pueden ser simplemente nuestras cabezas, los neurotransmisores de nuestro organismo que no tengan claro cuál era la ruta correcta a seguir, o que decidan que su grupo de colegas sea demasiado reducido para que nuestro cerebro juzgue que todo va bien. Pueden hundirnos. A nuestro alrededor parece que hay personas especializadas en hacernos sentir mal; algunas que parece que lo toman como una profesión, otras como un hobby, e incluso extraños humanos a los que les hace sentir en paz consigo mismos causar desánimo y dolor a los seres a su alrededor, siguiendo una máxima inquebrantable: si yo estoy mal soy el tuerto, por lo que dejaré ciego al resto y en su país seré el rey.

Podemos levantarnos. Podemos encajar las piezas de lo que ya no funcionaba bien y conseguir que vuelva a hacerlo correctamente. Lograr integrarlo a nivel consciente, dándole cabida en nuestro cerebro y siguiendo adelante sin dejar de tenerlo en cuenta. O puede ser sin incorporarlo: decidir olvidarlo para ser capaces de dar de nuevo pasitos, y guardar la comprensión de aquello que nos tumbó para cuando estemos preparados, sin permitir que nuestra vida se detenga mientras tanto. Podemos perdonar a los que nos hunden si merecen la pena, o podemos dar una segunda oportunidad a aquellos que quizá sean dignos de ser premiados por la misma para que demuestren que su gesto ha sido una sola equivocación. Y, sobre todo, podemos no darle el gustazo a esos extraños humanos que viven de nuestro dolor de permanecer viéndonos derrotados en tierra tras su deleznable comportamiento. Ni nosotros merecemos ese castigo ni ellos esa satisfacción. Lo dicho: podemos hundirnos, pero después podemos levantarnos.

Podemos volar. Sí, en serio. Os lo repetimos “más alto”, para que no alberguéis ninguna duda: ¡Podemos volar; sí, en serio! Podemos retomar nuestra vida desde el momento en el que nos la robaron los ladrones de sonrisas, apartar la mugre que se cernió sobre aquella bifurcación para poder volver a descubrirla, desbloquear ese camino que merecíamos seguir pero nos habían cercado y, sin la menor compasión, condenar al olvido aquella dirección que la vida nos ha demostrado como errónea. Comenzar a caminar tomando ese rumbo, sin mirar ni a izquierda, ni a derecha y, ni mucho menos, hacia atrás: siempre hacia adelante y solo hacia adelante. Podemos descubrir quién está de nuestra parte e invitarle a volar con nosotros, y también dejar sin embarcar en el viaje a aquellos que quieren dinamitarnos las alas para que nos quedemos en tierra con ellos, en esa pista de aterrizaje de la que no quieren que escapemos por el mero hecho de que ellos solo permanecen allí al no ser capaces de levantar el vuelo hacia algo mejor.

Desde el justo momento en el que nos hemos hundido, lo único que podemos hacer es invertir en nosotros, apostar por nuestro bienestar, arriesgar todo nuestro capital a que ese no es el final, porque ya te lo ha dicho John: if it’s not okay, it’s not the end. Apréndete bien estas cinco letras: LMEPL. Lo Mejor Está Por Llegar. Cuando no lo veas, recítalo como un mantra. Cuando no lo pienses, conviértelo en tu hashtag hasta que vuelvas a estar en pie, y ni se te ocurra dejarlo a un lado hasta que no creas que puedes seguir adelante y volar.

¿A qué viene este arrebato de positividad? ¿Será la primavera que ha atacado con saña LCDOM y se ha pasado de sonrisas y florecillas en su ofensiva? Pues la verdad es que no, pero tampoco viene mal de vez en cuando que las flores se abran y nos paremos a olerlas. Pero no. Es cuestión de que LMEPL. Es cuestión de que no es justo que permanezcamos hundidos cuando no nos lo merecemos. Es cuestión de que las circunstancias, por muy aciagas que resulten, no tienen derecho a enterrarnos de antemano y prejubilar nuestra felicidad. Es cuestión de que esas personas, sean malas por naturaleza o simples humanos que han errado con nosotros, no tienen la potestad de hacernos naufragar para que vivamos postrados porque ellos así lo han decidido. No pueden hacerlo: nuestro rumbo solo lo decidimos nosotros, y lo tomamos hacia un único sentido posible, arriba, porque nuestro vigía nos lo grita desde lo alto. Hemos de seguir adelante porque lo mejor está por llegar, y él lo vislumbra a la perfección porque, evidentemente, lo divisa desde las alturas. LMEPL está allí, más cerca o más lejos, pero está allí, y solo hay un único camino hacia allí: hacia adelante. Siempre hacia adelante, y solo hacia adelante.

Si en este cruel momento de la vida eres el hundido, este abril puede ser el mes en el que te levantes. Si después de estar por los suelos eres el que ya se ha conseguido levantar, este abril puede ser el mes en el que consigas volar. Si ya has aprendido a alzar el vuelo, este abril puede ser el mes en el que sigas cumpliendo más y más objetivos. Y si no es abril, pues mayo. Y si no, pues otro mes, otro día, otro año, otra hora. Pero seas la persona que seas de esa terna, siempre adelante. ¿Por qué? Ya lo sabes. Por LMEPL.

Porque lo mejor está por llegar.

El cisne negro

A través de este blog hemos pretendido en muchas ocasiones que fueran “Las crónicas del Otro Mundo” las que se comunicaran con los visitantes, las que hablaran por ellas mismas, las que convencieran a todo el que se asomara a este ventanal de que su vista puede merecer la pena. A fin de cuentas, fue al forjarse como manuscrito lo que dio comienzo y sentido a este blog.

Hoy volvemos a intentarlo. La historia se presenta a sí misma en una nueva enésima primera vez, pero ahora desde el principio, desde el justo comienzo. Así se origina el viaje a través de las páginas del Otro Mundo: he aquí los párrafos iniciales, los primeros pasos, que dieron pie a sus crónicas. Damas y caballeros, con todos ustedes el nacimiento del Capítulo 1: “El cisne negro”.

Era una mañana de brumas. Las frías aguas del estanque se mostraban grises y opacas, revelando de vez en cuando y entre breves transparencias la oscura fangosidad que ocultaban bajo la calmada superficie. A la orilla de este estanque, la visión de varios ojos adormecidos aparecía fantasmagóricamente entre los suaves jirones que la niebla trazaba sobre las vaporosas aguas.

Eran esas caras el pálido reflejo de una vida entristecida por la enfermedad. Sus escuálidos rostros, enjutos por la hambruna y el cansancio, se descolgaban sobre la apatía de quien no espera nada. Llevaban sus cabezas rapadas, y se contaban en el mismo número hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, y entre ellos se podía encontrar, escondido entre la indiferencia de sus grises batines, el rostro inocente de un niño.

Su mayor entretenimiento constaba en el suave ascenso que alguna diminuta burbuja se atrevía a realizar emergiendo temblorosa desde el fondo, rompiendo levemente la tensión superficial entre los estáticos nenúfares. El sonido de algunos sapos, croando en un lugar incierto, era lo único que sus oídos podían escuchar. Junto a ellos, varios rostros lozanos y serios destacaban con su blanca indumentaria, sosteniendo con sus manos varias tablillas de apoyo para la toma de notas.

De vez en cuando, algún gesto espasmódico de sus cuerpos, un movimiento incontrolado de sus brazos, rompía la tranquilidad general, alterando a los demás enfermos y haciendo necesaria la intervención de los “batas blancas” para reestablecer el orden, colocándolos nuevamente en fila de cara al estanque.

A veces pasaban así horas, mañanas enteras, siempre aprovechando la condensación de la niebla sobre las aguas, esperando firmes en su orilla la materialización de un hecho infinitamente improbable. Cuando los rayos del sol calentaban el aire, y las brumas se disipaban en el ambiente, eran llevados de nuevo al interior del edificio. Tal y como sucedía casi siempre.

Las doradas orlas con las que el sol iluminaba la persistente bruma indicaban que el experimento ya había concluido. En una larga fila, separados por la extensión de un brazo, eran conducidos a sus habitaciones, para permanecer de ese modo encerrados durante el resto de la jornada en un régimen de aislamiento severo: no podían comunicarse entre ellos bajo ningún concepto.

Aquella mañana, sin embargo, ocurrió lo que tanto tiempo habían estado esperando. Entre la fría bruma, uno de los enfermos, un niño huérfano con apenas doce años al que llamaban Frank Hopper, comenzó a ver algo extraño deambulando por encima de las aguas del estanque. La niebla difuminaba aquella presencia, siendo necesaria la agudización de sus sentidos para tratar de captar con mayor nitidez de qué se trataba. El gesto de Hopper adelantando el rostro, contrayendo sus pupilas para visualizar un punto lejano entre la niebla, fue la señal que los “batas blancas” habían estado esperando durante tanto tiempo. Rápidamente comenzaron a escribir sobre sus hojas, apuntando la hora y el individuo que parecía estar teniendo la visión.

Frank Hopper era un niño delgado, no muy alto, de hombros estrechos y caídos. Su largo cuello sostenía una cabeza pequeña y algo ovalada, sobre la que dos pequeños ojos marrones se abrían a duras penas, alargados por la tristeza de quien nunca ha tenido padres. La expresión de su rostro sugería una dosis urgente de ternura y comprensión, pero, en la soledad de su habitación, tan solo podía encontrar algo de alivio en su silenciosa conversación con las sombras. No tenía más recuerdos que aquellas cuatro paredes y el estanque. El blanco con el que estaban pintadas y el gris mortecino de la niebla transcurriendo lentamente era todo el universo cromático con el que podía teñir sus pensamientos, pintando con aquella uniforme y estática dualidad el pequeño y breve lienzo de su vida.

En más de una ocasión, el pequeño Hopper había creído encontrar algo de cariño maternal en alguna de las enfermeras encargadas de su cuidado. No eran necesarias grandes muestras de afecto para que el niño se encariñara de su cuidadora, una sola palabra de consuelo o de ternura, una sonrisa, le bastaba para sentir que aquel rostro femenino y amable pudiera ser la representación de algo tremendamente hermoso que desconocía: su ansiado deseo de tener una madre. Pero pronto, el pobre Hopper comprobaba cómo aquella sonrisa que era devuelta tras el cristal de la puerta de su habitación era sustituida por un nuevo rostro, unos nuevos ojos, que miraban con asombro la frágil silueta del pequeño.

Nunca había salido más allá de los altos muros que rodeaban al edificio principal, no conocía nada más que aquel mundo lento y sostenido en el que vivía. Era clave para la correcta ejecución del experimento que no recibiera ninguna clase de estímulo, que no pudiera ser condicionado por las improntas que cualquier tipo de experiencia ajena al proceso pudiera dejar sobre sus recuerdos. El individuo debía poseer una mente virgen y libre de acondicionamientos, por lo que Frank Hopper y otros niños de su edad se convertían de este modo en los individuos principales sobre los que giraba la investigación. Debía tratarse de niños, principalmente, que hubieran sido abandonados poco después de su concepción, que nunca hubieran recibido el afecto y cariño de una familia. Era de vital importancia para sus pretensiones que no hubieran conocido otra cosa que el estático universo del centro de investigación, sin entretenimientos, sin distracciones. Las habitaciones, que eran de un blanco inmaculado, no poseían ventanas al exterior; solamente un pequeño y cuadrado cristal, colocado en la parte superior de la puerta de entrada, les permitía ver el techo del pasillo. Dentro, no tenían más libros que los de instrucción comunicativa, en donde se les enseñaba el lenguaje de una manera mecánica y fría, sin adornos, solamente de carácter funcional. Se les tenía prohibido cualquier tipo de representación gráfica o artística, por lo que no conocían dibujos, ni conocían la música.

El resto de individuos que participaba en el experimento eran enfermos mentales cuyos familiares habían abandonado hace tiempo en algún manicomio, personas desafortunadas que no tenían a nadie en el mundo que se preocupara por ellos. No importaba su condición ni si sus recuerdos se apilaban de manera caótica sobre una mente que ya no era capaz de manejarlos. Sin embargo, al igual que sucedía con los niños, eran mantenidos bajo las mismas condiciones de aislamiento. tanto personal como sensorial.

Con los pies desnudos, sus dedos se hundían en el gélido fango de la orilla. Erguido frente a la niebla, la mano de Hopper señalaba, inequívocamente, un punto fijo en mitad del estanque. Nadie podía ver lo que él trataba de señalarles. Los demás enfermos movían la cabeza tratando de vislumbrar lo que el niño quería indicarles. Los “batas blancas” sabían que allí no había nada que pudiera ser digno de llamar la atención, por eso sus ojos escurridizos se deslizaban por los desencajados rostros de aquellos sujetos, anotando los detalles más pormenorizados de sus observaciones. Todos miraban incrédulos hacia aquel lugar que les indicaba el pequeño Hopper. “¡Allí!”, gritó señalando con su dedo índice extendido hacia la bruma.

Y entonces ocurrió: otro de los sujetos, una mujer mayor que rondaba casi los cincuenta años, se encogió de hombros al descubrir la oscura silueta de aquel objeto que flotaba sobre las tranquilas aguas, y, uniéndose al grito del niño, comenzó a señalar en la misma dirección movida por el entusiasmo de aquel descubrimiento. A continuación otro enfermo también consiguió divisarlo, y un poco más tarde otro, y otro, hasta que al final aquella famélica fila que se extendía en la prolongación de la orilla del estanque comenzó a jadear ante aquella aparición, que se manifestaba de manera sorpresiva frente a los ojos de los enfermos.

Flotando lentamente, un cisne negro se deslizaba reflejándose en las aguas, que, como un gran espejo, devolvían la visión invertida de aquel cisne, temblando por el movimiento acompasado de las ondas que se desprendían de su oscuro cuerpo. Esta visión sólo era advertida por aquellos alterados individuos; el resto, los que portaban inmaculadas batas de color blanco, anotaban sin descanso los hechos con matemática precisión, obviando la más que imposible presencia de aquel cisne.

La majestuosa ave encorvaba su largo cuello flexionándolo, dejando que el anaranjado pico quedara suspendido delante del pecho. Como una silenciosa sombra, sus plumas negras se confundían con los furtivos reflejos que las ondas destapaban del aciago fondo, envolviéndose solemnemente con los finos paños que la niebla iba tejiendo a su alrededor.

Perteneciendo al efímero reino de los imposibles, aquella visión no pudo durar mucho más tiempo, y tal como vino, aquel cisne negro desapareció entre la intangible confusión que lo rodeaba, dejando lentamente una fina estela, que mostraba la sutil marca de su desvanecimiento.

Frank Hopper fue el primero en ver cómo la estática quietud de siempre retornaba al estanque. Lentamente bajó su mano hasta dejarla quieta a la altura de su cadera. Los demás enfermos pronto cesaron en su sonora algarabía, al comprobar que también para ellos aquel cisne se había esfumado incomprensiblemente ante sus ojos.

Zombi

Hoy en día ya no es necesaria la intervención de ningún estado para “deshacer el yo”. Ya no se necesita de ninguna Revolución Cultural, ni de ningún ideario político para alinear una marcada corriente de pensamiento popular globalizado. Con la democratización del acceso a la red, la pirámide del conocimiento también se ha invertido, y ya no son necesarios los grandes maestros o eruditos para educar al vulgo.  Ahora, ese conocimiento, surge de las masas y es consumido por las masas, en un sistema con retroalimentación continua, que no obstante, corre el riesgo de contaminarse a sí mismo.

Las redes nos permiten un acceso instantáneo y directo a la información, siendo esta mucho más abierta y plural que nunca, permitiendo que fluya entre los usuarios de manera libre y torrencial, viéndose continuamente enriquecida por la contribución que todos y cada uno de nosotros podemos realizar en un momento determinado. Sin embargo, y aunque esto ha arrojado luz sobre muchos de esos espacios oscuros que solían ser ocultados o manipulados por las estructuras de poder, que hasta ahora habían subyugado los medios de comunicación social, también es cierto que el exceso de información que circula por la red es tan alto, que ya no tenemos capacidad para poder discernir entre lo que es falso y no lo es, lo que es oportuno o simplemente desacertado. Esta corriente de informaciones contradictorias, a menudo promovidas por determinados grupos, lleva en muchas ocasiones a la anulación de las mismas, produciéndose algo parecido al fenómeno físico conocido como la cancelación de fases, donde una onda y su inversa se anulan entre sí, creando una especie de escandaloso silencio, en el que ya nadie es capaz de escuchar nada entre el griterío: la información masiva es una forma mucho más agresiva de desinformación, y parece… que esto es algo con lo que ya contaban.

Nunca antes habían existido semejantes armas para la manipulación de masas. Nunca antes, un bulo, una “falsa bandera”, había tenido la capacidad para propagarse de forma “viral”, de manera casi instantánea, alcanzando a millones de personas en menos de una pequeña fracción de segundo. Nunca antes, los miembros y simpatizantes de las diferentes formaciones políticas, habían tenido tal herramienta para ejercer presión sobre la opinión del resto de electorados, creándose en muchas ocasiones, una especie de Policía del Pensamiento —al estilo de la novela 1984 de George Orwell—, que persiguen y dan caza a todos aquellos que se atreven a hacer un comentario que les pueda resultar incómodo para sus intereses. Pero ¿quién de nosotros tiene realmente razón? Nunca antes, teniendo tanta libertad… se habían tenido tantos reparos a la hora de expresar nuestras ideas como en la era de los social media, temerosos de que esos piquetes de la moral acudan como un ejército de zombis, hechizados por algún ritual propio del vudú o la santería, dispuestos al escarnio público.

zombis

Es muy difícil saber si este cardumen de “ciegos pensadores”, que nadan de manera sincronizada en los océanos de la mentira mediática, responde a simples y espontáneas manifestaciones de odio, o si por el contrario, es controlado y dirigido por un grupo determinado que ansía cotas más altas de poder… o simplemente permanecer en él.  Con total seguridad, la mayoría de ellos no sean más que autómatas, bots programados para generar determinadas tendencias sobre los más variados asuntos, siempre con un mismo denominador común: influir en la opinión pública en favor de aquellos que pagaron por sus servicios. Cada vez costará más trabajo encontrar la mano que mueve los hilos, dispersa en un ejército de lacayos inconscientes, que vociferan y dan gritos en el nombre de una causa que ni ellos mimos conocen.

Ninguna multitud, ningún número, estará jamás en posesión de la verdad: una sola persona puede contradecir a más de siete mil millones y no por ello dejaría de tener razón. El Ministerio de la Verdad, en la novela de Orwell, no era otra cosa que una fábrica de mentiras.

Make LCDOM Great Again

De repente se ha cernido sobre toda la blogosfera un vendaval que lo ha arrollado todo a su paso, pero en vez de mandarnos a todos al quinto pino nos ha dejado sentaditos delante de él para que nos despleguemos por cada rincón del ciberespacio y difundamos su palabra: nuestro dios los Premios 20Blogs. ¡Pero no! En el Otro Mundo aguantaremos los embates del vigoroso ciclón con estoicismo, imperturbabilidad y resolución. Y una cosa más os vamos a decir acerca de esta entereza y esta negación incorruptible ante la posibilidad de un meritorio reconocimiento público:

Que es mentira. ¿Cómo no vamos nosotros también a participar e intentar mendigar algún voto? Quita, quita: es triste de pedir, pero más triste es de robar. Ya lo intentamos el año pasado, aunque no se puede decir que tuviéramos demasiado éxito con nuestra anterior campaña publicitaria. No obstante, hoy de nuevo volvemos a entonar el “Sí nosotros lata” (“Yes we can” para los que sepan inglés) y hemos preparado una tremebunda y agresiva propaganda electoral. Y otra cosa os vamos a decir sobre la misma:

Que también es mentira. ¿Cómo íbamos a saber planificar una, si ni siquiera nos presentamos nunca ni para ser delegados de clase? Finalmente hemos decidido entre el extenso abanico de posibilidades existentes, que son una o ninguna, que el blog tiene que hablar por sí solo para que alguien decida darle alguna estrellita en la votación. Y dado que el leit motiv de este blog era publicitar la novela homónima, es esa misma “Las crónicas del Otro Mundo” la que tiene que convenceros. Vamos a presentaros un fragmento de la misma de la mano de uno de nuestros protagonistas favoritos, Lobo, del cual ya pudisteis leer su primera aparición en la historia en una de nuestras anteriores entradas. Ahora vais a poder descubrir uno de sus momentos más trágicos.

Y si os gusta, no dudéis en votarnos en este enlace. Vamos, si queréis (y si no también, no os hagáis de rogar).

“El día que Lobo cumplió un año, Mawi cayó muy enferma.

Tras el día en que Luneta desapareció aquella casa ya no fue la misma de antes, aunque los tres perros se esforzaban por apoyarse unos a otros. Gill seguía yendo a la ciudad a por comida, y en esos 6 meses consiguió llevar a Lobo dos flechas más. No obstante, aquel setter ya no era tan bromista como antes de aquella noche, y aunque se esforzaba por ocultarlo, la sombra color ceniza de la tristeza acampaba en su mirada. A pesar de ser una mentira piadosa, cargaba en su conciencia el haber engañado al cachorro. ¿Realmente era mejor hacerle creer que su madre seguía viva en alguna parte?

Por su parte, Lobo se convirtió en un experimentado tirador. Había ido a la ciudad varias veces con Gill a aprender el modo de vida mediante el cual habían conseguido sobrevivir como vagabundos, pero en la mayoría de ocasiones se quedaba en la casa practicando con su arco. Aprendió a acertar blancos que se hallaban en otra habitación a través de boquetes en los muros cada vez más pequeños, mientras Mawi le aplaudía aquellos trucos preguntándose cómo era posible que aquel perro al que había visto nacer medio muerto pudiera tener aquel talento con el arco sin haber tenido una instrucción previa… y un maestro como Gill. En otras ocasiones, Gill encontraba en la basura cáscaras de plátano, bolas antiestrés partidas por el uso o balones pinchados, y los lanzaba al aire lo más fuerte que podía para que el cachorro acertara en ellos. A Lobo ese ejercicio le resultaba insultantemente fácil, pero era bonito compartir esos momentos de felicidad con sus padres adoptivos, que le miraban orgullosos y extasiados cada vez que veían a Lobo conseguir una diana imposible.

Un día, Gill se fijó en un moscardón que acababa de posarse en un mueble desvencijado que había llevado a casa.

—Lobo, ¿a que no eres capaz de acertar a aquel moscardón? —gritó.

Gill ni siquiera sabía en qué parte de la casa estaba Lobo, pero sabía que, estuviese donde estuviese, acertaría. Lobo no lo tenía tan claro. Había oído al setter retarle, fue a por el arco y desde el lugar donde lo recogió se encontraba aproximadamente a unos trece metros de distancia del objetivo… Apenas veía aquel insecto. Colocó la flecha, apuntó y disparó. Y falló. Gill no daba crédito. Puesto que no se había dado la vuelta, no había sabido desde donde pensaba disparar Lobo, tan solo tenía la vista fija en el moscardón y esperaba ver de repente una flecha surcando la estancia y despachurrando aquel insecto. La flecha atravesó la habitación y se clavó en el mueble, pero Gill pudo ver como el moscardón salió volando. Perplejo como estaba, giró la cabeza hasta que pudo ver a Lobo con el arco todavía en la mano.

—Lobo… ¿has fallado?

—Sí… eso parece —admitió Lobo, más sorprendido que decepcionado por el fallo.

—En fin… Mira, me he informado acerca del cuerpo de arqueros.

—¿El qué?

—El cuerpo de arqueros. Por lo visto, el ejército tiene un cuerpo de arqueros, y resulta que…

—¿El ejército tiene arqueros? —interrumpió el pequeño.

—Sí… Aparte de tanques, metralletas y bombas, tiene arqueros, y…

—Estás de coña. —Lobo estaba estupefacto.

—¡Deja de interrumpirme chico, que esto te interesa!

—Ok.

—El ejército tiene un cuerpo de arqueros. He estado escuchando y, por lo visto, aunque es muy prestigioso, cualquiera puede entrar en él si supera una prueba de aptitud con el arco. Cualquiera. Bueno, cualquiera que sea un perro, claro.

—Me estás vacilando, Gill — contestó con incredulidad el mestizo.

—Cualquiera —aseveró con rotundidad el setter— . El día que cumplas la edad mínima, te vas allí de cabeza. Saldrás de este fango y te convertirás en soldado del prestigioso cuerpo de arqueros, eso te lo dice Gill. Y espero que cuando seas un soldado con pasta te acuerdes de estos setters…

—Gill, ¿es eso cierto? —Interrumpió Mawi, cuya alocución sorprendió a ambos, pues no se habían dado cuenta de que estaba detrás de ellos. Gill le contestó con aplomo.

—Mawi, Lobo va a ser un soldado de élite.

—¡Cariño mío, ven aquí! —Mawi corrió a abrazar a Lobo, que aún no acababa de asimilar el hecho de que el arco que Gill le había robado podía convertirlo en soldado— . ¡Vas a ser soldado! ¡Vas a salir de aquí! ¡Vas a salir de aquí! —Repitió, como si se tratase de huir de una cárcel en la que los tres estaban confinados pero solo él pudiera lograr abandonar.

—Sí, chaval —volvió a afirmar Gill—, vas a escapar de esta miserable vida —adoptando un tono más severo, añadió—. Tu madre estará muy orgullosa, Lobo.

—Sí… —comenzó a contestar él. No había asumido aun del todo que pudiera ganarse la vida siendo arquero de verdad—. Gracias a ella los tres saldremos de aquí. Cuando sea arquero, lo primero que haré con el dinero será comprar una casa de verdad, y los tres viviremos allí.

Mawi no pudo reprimir lágrimas de felicidad. Al otro lado de la estancia, Gill miró a Lobo con un orgullo como nunca había sentido en su vida por nadie.

Dos semanas después, Mawi cayó muy enferma: necesitaba un médico y fármacos con urgencia, era una cuestión de vida o muerte. Gill fue a la ciudad para robar todo aquello que estuviera a su alcance para revenderlo y conseguir el dinero suficiente para costear aquello, pero no lo consiguió. Entonces, desesperado, dejó a un lado los pequeños hurtos sin peligro que habían mantenido con vida a su pareja y a él mismo y asaltó una farmacia para conseguir medicamentos. No tenía claro cuales necesitaba, así que cogió todos los que pudo cargar y salió de allí. Y fue esa vez, esa y no otra, la vez en que Gill no pudo escapar tras un robo, la vez en que la policía consiguió detenerle y le colocó bajo arresto. Le acusaron con cargos de asalto, robo y posesión de drogas: precisamente unos cuantos de los fármacos que había cogido Gill eran los que solían robar los drogadictos para pasar el mono. Ese fue el día en el que apresaron a Gill: el mismo en el que Lobo cumplía un año.

Mientras tanto, Mawi se moría. Lobo intentó convencer por activa y por pasiva a Mawi de que tenía que ir a la ciudad a buscar a Gill, y en caso de no encontrarlo conseguirle medicinas, pero Mawi le respondía cada vez más débil que Gill volvería, que no la dejara sola. Con el paso del tiempo ambos comprendieron que algo horrible le había pasado a Gill, porque no habría abandonado nunca a su pareja, y que no iba a volver… Lobo, acurrucado junto a Mawi dándole calor, se levantó al fin dispuesto a ir a la ciudad, preparado para todo lo que hiciera falta para salvarla. Pero ella, con un hilo de voz, dijo una frase para la cual Lobo no encontró réplica.

—No… no quiero morir sola…

Lobo se quedó mirándola. Comprendió que tenía razón. Volvió a acurrucarse junto a Mawi, y permaneció a su lado hasta el último momento. Horas después, pudo escuchar con claridad su último hálito.

Esa noche en la que cohabitó con la muerte se dio cuenta de la existencia de la misma. La muerte estaba ahí. La muerte era un suceso real. Existía. Y aquello le hizo entender que aquella historia sobre su madre que Gill le había contado seis meses antes no tenía mucho sentido, ahora que había aprendido que no se podía escapar de la muerte.

Aquella noche, el día que cumplía un año, Lobo perdió a sus tres padres.”

La vergüenza de nuestro tiempo

Un repentino corro de sombras beligerantes, un chispazo trémulo que se ensancha rápidamente en la oscuridad, la tierra temblando desde sus más hondos cimientos, mientras las manos tratan de ahogar el grito obtuso, desesperado, de quien es demasiado joven para entender lo que ocurre. El leve polvo que se desprende de los techos semiderruidos y el horror tomando las más disparatadas formas, aunque ninguna tan aberrante y mezquina, tan llena de iniquidad, como la que puede dibujar la sombra de la guerra en los ojos de un niño.

Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero en Siria no ganará nadie, solamente habrán pérdidas, los jirones de una humanidad raída, desgarrada por el cinismo de la mentira mediática, que crece auspiciada por esa piara que se acomoda en la porqueriza del poder, tratando de ocultar los verdaderos intereses de la tragedia, los intereses particulares de los lobbies que financian los partidos, usurpando el poder de manera ilegítima, sin deparar lo más mínimo en todo el sufrimiento que son capaces de generar.

Ahora todos los medios de comunicación copan sus noticieros con las excéntricas barbaridades, propias de otros tiempos, del nuevo presidente de los Estados Unidos, pero callan o tratan someramente lo que ocurre en Europa. Silencian la tragedia de los refugiados porque ya no les interesa hablar de sus propias miserias, aprovechando este hecho coyuntural para desviar la atención de la opinión pública: los malos son otros. Y mientras las redes sociales bullen en contra del nuevo y polémico presidente, el mar que baña mi tierra sigue tiñéndose de amargura, del llanto de aquellos que tienen que abandonar sus casas, su familia y su pasado, en busca de la hospitalidad de un continente que parece darles la espalda.

Pero a pesar de todo, a pesar de que los partidos ultranacionalistas están ganando fuerza en el corazón de la vieja Europa, apoyados por el voto secreto de una mayoría silenciosa que no suelen prodigarse con asiduidad en los medios, o que cuando lo hacen mienten o dicen medias verdades, simplemente porque les avergüenza sentir lo que sienten, hay otros muchos que están dispuestos a ayudar, a no dejarse engañar por la mentira del sistema, y que se hacinan en las playas a la espera de poder arropar a todos los que vienen huyendo del horror, toda una suerte de héroes anónimos que la historia… seguramente obviará.

Los primeros minutos del vídeo pertenecen a una campaña promovida por Save The Children, aquí  y aquí puedes ver los vídeos originales. Quizás también te interese visitar su página para apoyar su labor.