Desconexión

Vemos en tantas ocasiones violencia, barbarie y crueldad tan sumamente innecesaria e injustificada que a veces duele, duele más allá de los límites de nuestra conciencia. No solo nos compunge el alma, sino que incluso podemos llegar a sentir físicamente como nos da un vuelco el corazón al ser testigos de alguna atrocidad, como nos tiemblan las extremidades de pura zozobra ante la inhumanidad descarnada que hechos o personas nos exponen impunemente, o como alguna escena de lo que debería ser puro horror reservado a la ficción se nos aparece en la vida real, causándonos nausea, ansiedad o incluso desfallecimiento. No llegamos a comprender como es posible que un ser humano se pueda comportar con un semejante de modos tan ultrajantes, y, en nuestra impotencia, intentamos que alguien pueda entender que ese no es el camino, que no somos animales.

Pero es que somos animales. Como especie, se nos olvidó en algún momento de la existencia, y tan solo lo recordamos de cuando en cuando y con un carácter marcadamente anecdótico. Caminamos por la vida diferenciándonos de los demás seres vivos: unos son meros vegetales, lo que virtualmente los excluye como seres vivos a nuestro parecer, y lo demás son animales. Pero animales, cuya significación se contrapone a la humana. Da igual como se los trate, en realidad. Algunas personas se emplean con ellos con extrema impiedad, ya sea porque ese es el trabajo que les da de comer, ya sea porque algunos neurotransmisores desorientados en sus cerebros decidieron otorgar a ese individuo placer al torturarlos. Otros seres humanos los cuidan, otros los aman desproporcionadamente, otros directamente entregan completamente su vida a su protección, porque son seres vivos, argumentando que son como nosotros… pero sin ser como nosotros. Porque el ser humano es un animal desnaturalizado, que decidió unilateralmente dejar de serlo, pero cuya biología, en ocasiones, le traiciona y demuestra lo contrario.

Somos animales. Podemos decidir apellidarnos “racionales”, “sociales”, “simbólicos” o “culturales” si así lo deseamos, pero jamás lograremos cambiarnos el nombre. Animales. Y, en algunas ocasiones, en momentos a los que algunos llegan ya sea por misticismo, por inspiración, por preclara lucidez o por inducción ajena, nos vemos conectados con lo que parece ser una naturaleza primigenia del ser humano, una en la que, despojados de los usos que la sociedad y la cultura han imbuido en nosotros, nos percibimos de esa manera: animales “rasos”, al mismo nivel que el resto de los que pueblan el planeta, mientras nos damos cuenta de que, mucho antes, no éramos como somos ahora. Ser animales, sentirnos como tales, no nos convertía en seres inferiores.

Queremos ahora mostraros otro de los fragmentos de Las crónicas del Otro Mundo. En la novela abarcamos varias dimensiones, varios campos en los que una sociedad animal se podría identificar como humana, aunque también imbuida por reminiscencias de su naturaleza primigenia, remembranzas que guiaron en ocasiones su comportamiento hacia una cultura mucho más primaria. ¿Un ser desnaturalizado se puede, a su vez, desnaturalizar? ¿Puede evocar un primitivo locus amoenus que no ha visitado ni vivido jamás?

PARTE III: LOS ÚLTIMOS DÍAS. Capítulo 33: Día siete. 21:48 h.

Salió a la oscura calle caminando como un alma errante, trazando pasos inexactos entre las aceras y el pavimento de la carretera, subiendo y bajando de los bordillos sin más intención que distraer sus pensamientos. Las luces de los semáforos parpadeaban junto al lejano fulgor de las estrellas. De las ventanillas de algún que otro coche que a esas horas todavía se atreviera a aventurarse por aquellos suburbios le regalaban, por un pequeño instante, algo de música con la que acompañar su tristeza. Ni siquiera la Luna quiso asistirlo en su hundimiento y su pálido fulgor parecía no asomar por el lejano horizonte. Así deambuló durante varias horas hasta que al final, sumido por el cansancio y el dolor, decidió buscar cobijo en un sucio callejón que quedaba protegido del viento húmedo y frío de la noche. Apretó sus rodillas contra el pecho y dejó caer su enorme cabeza sobre ellas. Buscó el calor que escapaba de sus heridas y, dando un último suspiro, se quedó dormido.

En sus sueños volvió a divisar aquellos verdes pastizales, a sentir el aroma irracional de aquel sitio, en donde podía ver a otros bueyes almizcleros como él pastando plácidamente a su alrededor, pero de un modo tan distinto a lo cotidiano, tan alejado de lo que él conocía, que se le hizo del todo incomprensible. ¿Qué sería aquel sitio?¿Por qué parecían tan salvajes e ignorantes aquellos congéneres? ¿Por qué sentía su corazón latir con aquella fuerza desmedida? ¿Sería el origen mismo de las cosas? Un tiempo anterior a todo lo conocido, lejos de lo material y artificial, cuando la justicia de los fuertes regía el ciclo de la vida y se podía sentir la belleza de lo efímero, de la vida fugaz y violenta que nace y muere bajo las ancestrales leyes de la supervivencia, sin más convencionalismos ni costumbres, tan solo el eco de la vida persistiendo en lo creado, tan solo sus pasos recorriendo el ciclo interminable en el que divergen todas las partes.

Reconoció una mísera rata corriendo entre la maleza. Asustada huía hacia su madriguera a esconderse y entonces recordó la conversación que había mantenido en el vestuario con su mánager, y pudo verlo correr como aquella rata buscando un sucio agujero, desprovista como estaba de todas las leyes y normas de la sociedad: no era más que el más indefenso de los seres, un simple aperitivo en un mundo dominado por la fuerza.

Una débil luz comenzó a filtrarse por sus párpados. Podría haber sido la furtiva luz de un coche que anduviera por allí cerca o algún malnacido que quisiera molestarlo burlándose de la desgracia de un sin techo, pero no, esta luz era totalmente distinta, parecía venir desde arriba… Abrió los ojos lentamente y en el cielo nocturno pudo ver las fantasmales siluetas que trazaba una aurora. ¿Cómo era posible? Jamás había visto nada parecido. Había oído hablar de que se podían ver en las regiones boreales, pero nunca antes se habían visto en aquellas latitudes. Se levantó despacio, contemplando el maravilloso espectáculo, y en su rostro casi se pudo percibir el nervioso gesto de una sonrisa, pero el pesado marco de su cornamenta aplanaba cualquier resquicio de felicidad. Pudo sentirse en aquella lejana tundra que vislumbraba en sus sueños, rodeado del intenso frío junto a sus antepasados, contemplando esa misma aurora en el lejano tiempo, donde todo era sencillo y en donde el silencio de la noche era tan solo interrumpido por los resoplidos que escapaban de la manada y por el lejano canto de los lobos. No hacía falta pagar para contemplar como dos animales se mataban a golpes. Y aquella conexión mística entre el cielo y la tierra era todo y cuanto podían necesitar, sintiendo un asombro continuo en lo cotidiano.

Entonces… así como aquellas verdosas luces aparecieron en el cielo, se esfumaron en la oscuridad… El viejo buey miró a ambos lados de la calle, y resoplando volvió a su nido de miseria… pero esta vez, sentía que algo nuevo había nacido en su alma. Quizás fuera una señal de sus ancestros, que al verlo en el efímero mundo de los sueños, se habían manifestado aquella noche como antiguas y luminosas manadas pastando en la interminable tundra de las estrellas.

 

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Error humano

Yo soy el peregrino, yo soy el caminante, yo soy quien redunda el fatuo sendero en pos de un lugar mejor. Y, en realidad, debería decir que lo he encontrado.

Pero no doy crédito. A mi alrededor no cunde más que el desconcierto, propio y ajeno. El endógeno brota al no ser capaz de entender el beligerante alboroto que mana de todo ser viviente que me circunda. En cuanto a la turbación externa, me declaro ignorante a la hora de atribuirle una explicación, pero es un pecado menor al lado del cometido por el resto de la muchedumbre. Todos han sido sugestionados por ellos mismos, dispuestos a enarbolar argumentos tanto válidos como estúpidos de forma indiscriminada, porque todo vale ya en este mundo con tal de desacreditar al enemigo.

Enemigo. Palabra clave, descriptor, concepto inequívoco de aquel que disiente contigo. Un rival se convierte en enemigo, un adversario se convierte en enemigo, un contrincante se convierte en enemigo, porque enemigo es una palabra mucho más grandilocuente que las otras tres, a pesar de ser todas ellas perniciosas. Es lo contrario de amigo, y un amigo es el que está contigo, a tu favor. Es pues el enemigo el que por definición está en tu contra, el que busca lo opuesto a tu voluntad.

Ciertamente, rival, adversario y contrincante son palabras que representan nociones susceptibles de agruparse bajo el mismo manto, la consideración de enemistad. Sin embargo, el enemigo se ha extendido por doquier y ha llegado a convertirse en cualquier persona del mundo. Todo ser humano que no piense y actúe como a un determinado individuo le place. Tan solo deben coincidir unas coordenadas temporales precisas con un planteamiento oportuno, o inadecuado (ambos son válidos como caldo de cultivo para dicho objetivo), para que dos personas discrepen en un único tema que ataña de alguna manera a ambas, y hacer prender la chispa que provoque un incendio que reduzca a cenizas la tela que hasta ese momento les abigarraba. De repente, ese nuevo contexto erróneo, pues cualquier contexto que desliga a dos semejantes debería ser considerado como tal, separa a dos congéneres coincidentes en la mayoría de ámbitos y los empareja con extraños compañeros de cama: prójimos, sí, pero que nada tienen que ver con ellos, a excepción de ese ligero enlace que ha hecho arder la costura anterior. Y tal que así se unen sensatos con energúmenos, prudentes con fanáticos, juiciosos con descerebrados, todos enarbolando una misma bandera bajo una motivación distinta, ignorando qué es lo que mueve al compañero de al lado a actuar de manera análoga o casi análoga, pero unidos contra un enemigo común, que en ese caso resulta ser el resto de habitantes del planeta que no ondean ese mismo estandarte.

Hablando del planeta: es a ese sitio concreto al que me refería, cuando al inicio decía que había encontrado ese lugar mejor que había motivado mi búsqueda. Y no era una broma. Es el lugar ideal, este orbe de color azul. Tiene zonas mucho más arduas que otras en las que coexistir: tiene llanuras congeladas en las que jamás germinará el más mínimo atisbo de vida, tiene vastas extensiones desérticas en las cuales la supervivencia es más un desafío que una necesidad, tiene mil y un recovecos en el que sucumbir a la muerte de manera indefectible. La madre naturaleza, administradora de la esfera que nos alberga, en muchas ocasiones realiza su gestión de modo enérgico y eficiente, de forma que cualquier ser vivo que se encuentra en su ámbito de aplicación perezca sin que ni siquiera ella pueda hacer nada por evitarlo. Es este un globo letal, y lo es en casi todos sus emplazamientos y en casi todas sus épocas.

Pero os dije que en mi deambular lo he encontrado, y es una afirmación cabal tras todos los senderos recorridos e inspeccionados: este planeta es el lugar ideal para vivir.

No hay otro. Y esto lo entendimos hace mucho tiempo: en realidad, entonces nos debíamos sentir dichosos por habitar un lugar en el cual existir. Seguramente muchos se consideraron así en cuanto se dieron cuenta de que eran, de que se hallaban, de que se encontraban, de que vivían, pues solo había sido posible gracias a que este planeta les había dado la oportunidad y el permiso para ello. Y el ser humano no solo se vio obligado a entenderse con el planeta, sino que además dio las gracias por ello. Se vio obligado a entenderse con los animales, aprender de cuales resguardarse y con cuales establecer vínculos. Se vio obligado a entenderse con el reino vegetal, aplicarse en cuales de sus partes utilizar y de qué manera. El ser humano se vio obligado a entenderse con la vida en todas sus formas, y con el mundo que a todos cobijaba. Exactamente el mismo mundo que se embravece y puede borrar su existencia de un plumazo, el mismo mundo que se agita y arrasa todo a su paso, el mismo mundo que, en algunas ocasiones, arbitrariamente decide quien vive y quien no. Pero incluso con un planeta que, caóticamente, resulta tanto caritativo como cruel, el ser humano se esforzó por entenderse con un mundo que no poseía ni la más mínima capacidad de razonamiento. Y llegó a conseguirlo.

Pero la especie humana, la obra suprema de ingeniería genética del orbe azul (al menos en lo que a sistema nervioso se refiere), jamás ha aprendido a entenderse entre sí. Debería darnos vergüenza reconocerlo. A lo largo y ancho de todo el planeta nos desafiamos, nos peleamos, nos erradicamos librando batallas que en la mayoría de las ocasiones ni siquiera son nuestras, o no lo serían si realmente buscásemos en nuestro interior una razón lo suficientemente poderosa capaz de convertir a un semejante en nuestro rival, nuestro adversario, nuestro contrincante… nuestro enemigo.

No hace falta ser peregrino ni caminante, no hace falta redundar ningún fatuo sendero. Tanto el que vaga como el sedentario pueden verlo a su alrededor sin apenas esfuerzo, tanto si se asoman a los medios como si lo hacen a la ventana. Los individuos, sin que ello les haga cuestionarse que todos son personas, han decidido dejar de ser semejantes. Aprovechan cualquier resquicio de similitud con unos para desplegar todo tipo de aversión hacia otros, a los que cualquier nimia desigualdad, cualquier cariz distinto de opinión, irrisorio en comparación con todo lo que los une, los convierte en enemigos. Y lo que engendra mayor tristeza aún: que se produzca una escalada de rencor que acabe convergiendo en enfrentamiento, sea cual sea el continente, sea cual sea la chabola, sea cual sea la razón, independientemente de que se trate de una honda reflexión o de una mera excusa para cargar contra otra persona diferente.

¿Quien querría razonar, pudiendo tener un enemigo al que odiar?

 

 

 

El reverso de la utopía

 

 

¿Alguna vez alguien os ha dicho que no podíais hacer algo? ¿Es decir, que no erais capaces de conseguirlo, que no estabais cualificados para conquistar un objetivo planificado y anhelado? Porque, a lo largo y ancho del vasto mundo, hay gente que tiene la osadía de hacerlo. Hay individuos que, bajo el lema “yo no miento, y si te tengo que decir las verdades, te las digo a la cara”, pervierten el significado inicial de principio honesto para convertirlo sin ambages en declaración hiriente. Hay algunos que, erguidos en lo alto de su propio Olimpo desde el que nos observan, alzado este gracias a sus complejos de superioridad, sienten satisfacción al verbalizar que “tú” no puedes hacerlo, al tiempo que solemnizan en silencio, en su vanagloriado fuero interno, la “verdad absoluta” (sustentada por ninguna prueba) de que ellos, si quisieran, lo conseguirían. Otro puñado de individuos de semejante idiosincrasia se empeña en abatir la codiciada voluntad ajena por una simple y llana cuestión de cuñadismo (que es una mera identificación nueva para una realidad vieja), porque de nuevo su “verdad absoluta” se impone a la de los demás por decreto endógeno, y si ese “cuñado” opina que “tú” no puedes hacerlo (sea desde el respeto o sin esmerarse en el mismo, por un simple afán de ser el primero en manifestar su dictamen prevaleciente e irrebatible), entonces esa persona, automáticamente, no puede hacerlo.

También existen personas dispuestas a tumbar un sueño porque aprecian demasiado al soñador. Sí, por muy absurdo que parezca. Quieren al ser humano que ostenta esa pretensión elevada, y le desean lo mejor de corazón: le desean tanto bien, que deciden sentarse a su lado para explicarle que es absolutamente necesario que se olvide de esa aspiración idealizada. Que perseguir esa fantasía es un error. Que luchar por algo que ellos tienen claro que esos soñadores no van a conseguir solo logrará hacer daño a los mismos. Que deben ser realistas y centrarse en lo que ya tienen, porque en esa búsqueda de felicidad ficticia solo pueden perder, y estos consejeros no quieren verlos sufrir. Deciden intentar tumbar sus sueños: tumbarlos por amor hacia esa persona. En una teoría inmaculada ambos propósitos serían antagonistas; en la práctica, es una realidad recurrente de nuestra especie. Abrir los ojos a ese ser bienamado para que se dé cuenta de que es incapaz de llegar a conseguir lo que anhela, tan solo pensando en su bien, es el pan nuestro de cada día. Tienes que centrarte solamente en los estudios y dejarte ese deporte, nunca llegarás a profesional. Tienes que dejarte ya los bolos y emplear ese tiempo en algo más productivo, porque nunca lograrás ser cantante de verdad. Tienes que olvidarte de hacer filosofía y escoger una carrera que te sirva para llegar a ser algo en la vida. Tienes que dejar de perder el tiempo y emplearlo en algo realmente importante, porque nunca nadie comprará ninguno de tus dibujos. Te quiero, pero eso que deseas es solo un sueño, no vas a poder conseguirlo, no tienes capacidad para ello, y yo no podría perdonarme ver como fracasas sin haber intentado que lo dejases a tiempo. Tienes que darte cuenta de que es solo eso, un sueño, y cuanto antes lo descubras, mejor. Lo digo por tu bien.

Ahora nosotros, desde el Otro Mundo, vamos a colocar de nuevo el video que abre esta entrada, y vosotros vais a volver a verlo. No, no decidáis que el visionado ya está realizado y por ende podéis pasar por alto este exhorto para seguir leyendo sin más nuestras interesantísimas, gloriosas y humildes palabras (oxímoron al canto). Dadle al play y volved a escuchar esta arenga del Príncipe de Bel·Air entrado en años, con pelambrera (para él sí lo es, ¿no?) y mostacho, que son solo 47 segundos de vuestra vida.

 

 

 

 

Y ahora, pensad. Pensad que acabamos de ver ese alegato de Will Smith porque el susodicho primero cumplió su sueño de ser cantante para posteriormente lograr el de ser actor, leyendo unas frases escritas por un guionista que cumplió su sueño de escribir argumentos que llegaran a convertirse en las palabras interpretadas de una película, filmada por unos cámaras cuyo sueño de trabajar en Hollywood se cumplió tras ser gestado desde sus primeros pinitos con una inicial filmadora; y en esa escena debe existir un largo etcétera de casos idénticos. ¿A cuantos de ellos calculáis que alguien les dijo en algún momento de su vida que no podrían hacerlo?

Nunca dejéis que nadie os diga que no podéis hacer algo.

Porque nosotros nunca dejaremos que nadie nos diga que no podemos ser escritores.

 

 

El momento es Ahora

La espera es cruel. Como cuando una persona va a morir y lo sabe, pero ha decidido desasirse de tratamientos que le hacen sentir mal, de esas esperanzas que la animaban a seguir y que han terminado por desvanecerse, convirtiéndose en el peor de los desengaños. Como cuando la ilusión de la supervivencia se transforma en la certeza de una cuenta atrás imposible de detener y que significa, de la forma más literal que existe, el final. Como cuando se supone que un alma se desliga de la incertidumbre y acepta el ocaso en paz consigo misma, pero difícilmente puede ser así, sea o no un autoengaño. Cuando la vida se convierte en una contrarreloj con la compañía del dolor y la amargura, la espera hasta ese momento es cruel.

La espera es feliz. Como cuando alguien se compra un coche nuevo y cada día que pasa significa un día menos para tener entre sus manos un volante recién estrenado, mientras aspira el característico olor que despide un vehículo inédito: el suyo. Como cuando una persona espera a su pareja para darle una sorpresa que sabe a ciencia cierta que le va a encantar, y la aguarda con una sonrisa en los labios. Como cuando anticipa el entusiasmo que la otra mitad de su corazón va a emanar por todos sus poros, la espera hasta ese momento es feliz.

La espera es agridulce. Como cuando llega el aviso de que un ser querido ha sufrido un aparatoso accidente aunque milagrosamente ha salido ileso, pero aun se debe esperar para poder reunirse con él. La lógica alegría es incapaz de desbocarse, porque queda anulada para atreverse a brotar hasta comprobar en persona que dicho semejante se encuentra efectivamente indemne. El júbilo queda invalidado por el susto y la angustia no logra desvanecerse tras el ansiado encuentro, la espera hasta ese momento es agridulce.

La espera es vida. Como cuando a alguien le llega el estado de buena esperanza y solo cabe aguardar a que arribe dichoso el milagro de la vida. Como cuando un ser humano siente en su interior como, sin entender de qué manera lo consigue, está creando de la nada una persona en miniatura, y solo sabe aguantar con una impaciencia radiante el momento de conocerla sin que medie un monitor como sustituto del gozo por llegar. La espera hasta ese momento es, literalmente, vida.

La espera es eterna. Como cuando un escritor bisoño rezuma ilusión y éxtasis tras concluir su primera obra y, colmado de esperanzas, envía su manuscrito a varias editoriales. La expectación no va de la mano de la paciencia, y mientras una persigue un sempiterno crecimiento, la segunda se va agotando de la misma forma en que se escurre la arena entre los dedos. Unos días parecerán meses, unos meses parecerán años, y la ausencia de respuesta parecerá toda una vida y varias reencarnaciones. Todo ello sin contar que dicha demora en algún tipo de respuesta puede convertirse en perpetua… La espera hasta ese momento puede ser eterna.

La espera puede esperar. Los sueños de una persona siempre se disponen en cola por defecto, aguardando para cumplirse en el momento perfecto, en la situación adecuada, “en cuanto se pueda”: de manera inevitable, los sueños se postergan. Trágicamente sucede que, para la mayoría de personas, nunca llegará ese momento perfecto, dado que cada día de la vida presenta ventajas e inconvenientes, y esa circunstancia excelente que se aguarda para dar el paso y cumplir un sueño jamás acontecerá. Así que no esperes a ser demasiado mayor para disfrutar de esa ambición en plenitud, no esperes a que resulte tarde para culminarlo de la manera codiciada, no esperes a que se convierta en una obligación autoimpuesta a realizar antes de conocer la muerte, con tal de no quedarte con esa espina clavada.

No esperes. Jamás dejará de ser cierto que nunca es demasiado tarde para cumplir tus sueños, pero lo que no debes olvidar es que, al mismo tiempo, nunca es demasiado pronto para realizarlos y, porque no, crear otros nuevos para también conseguir alcanzarlos. La vida es demasiado larga para pasarla entera esperando, y demasiado corta para vivirla sin disfrutarla.

El recuerdo encadenado

Probablemente una de las situaciones más insondablemente tristes y dolorosas, inhumanamente dolorosa, sea el momento en el que alguno de tus abuelos, o padres, o cualquier ser querido dedicado a criarte en tu infancia, deja de acordarse de ti. La vida puede haberte golpeado con severidad, te puede haber machacado, puede haber conseguido que el resto del mundo te trate como a la más ignominiosa de las escorias, que aún así dichos momentos jamás lograrán resultar tan traumáticos como el instante en el que esa persona tan amada realiza la más amarga de las preguntas.

“¿Tú quién eres?”.

Es ley de vida, de una vida que más pronto que tarde se verá abocada a la muerte. Es ley de muerte, en realidad. Muerte del valioso recuerdo, muerte de la persona que siempre ha habitado ese organismo durante toda la existencia de aquellos que lo idolatran, y que son los que padecen realmente ese golpe letal, por mucho que los sujetos maldecidos por cualquier tipo de demencia sean los objetivamente damnificados. Sus conexiones neurales se transfiguran en cables pelados primero, incompletos y defectuosos, hasta que llega el fatídico momento en el que estos se desconectan por completo. Eso es el horror, la infamia, la más abyecta atrocidad, que impotentemente corresponde al propio cuerpo de la desdichada víctima, que no puede sostener más la cordura que ha logrado sustentar hasta ese momento. No queremos hablar más de eso, la verdad. Queremos volver atrás, a un tiempo pretérito en el que esas fracasadas neuronas seguían luchando a brazo partido por seguir adelante; cuando todavía, de alguna de las maneras, conseguían su objetivo.

Antes de todo aquello, una pregunta recurrente para todos alrededor de dicha persona consiste en la que alega ignorancia ante una contrastada evidencia: ¿como es posible que esa persona no tenga ni idea de donde ha dejado las llaves apenas dos minutos antes, pero sepa con claridad meridiana lo que le ocurrió en su juventud, en su adolescencia, en su infancia?. Su almacén de recuerdos permanece intacto, pero su capacidad para crear recuerdos ya ha quedado, paradójicamente, en el olvido. Mientras tanto, la primera mascota permanece ahí, el día que le regalaron su primera bicicleta sigue vigente, y conoce a la perfección el punto exacto en el que se ubica la cicatriz en la que se cosieron aquellos primeros puntos de sutura para cerrar la herida y que tanto le hicieron sufrir, aunque el médico le repitiera falsamente y más de lo necesario que no le dolerían. Y aunque todos esos recuerdos no son perfectos, o mejor dicho, no son exactos y en ocasiones ni siquiera objetivos, sino que están ciertamente distorsionados por la vida, son entrañables, son hermosos, son dignos de continuar en ese cerebro que comienza a perder su impulso. Rebuscando entre toda la crueldad que rezuma el aciago hecho de ir consumiendo la capacidad de evocar el pasado, y aunque no resulte demasiado alivio, a su manera es hermoso que sean los momentos más bonitos y entrañables los que acompañan a esa persona hasta el óbito de su memoria.

Por eso queremos aquí desandar ese camino, para no quedarnos en esa tragedia consistente en extraviar los momentos más hermosos de una existencia, sino para permanecer en la época en que los más preciados instantes de una vida acuden a una mente cada vez que se requieren, o se necesitan, o simplemente porque se decide paladearlos una vez más. El primer beso y el primer amor, ya se encuentren estos dos momentos abigarrados o sean distantes, o el primer minuto de felicidad intensa, e incluso la primera vez en la que supiste por ti mismo lo que debías hacer, sin que otro ser humano, independientemente de su edad, adulto o compañero, te proporcionase la pista necesaria para indicarte como debiste actuar.

Este es el momento que hemos escogido para presentaros a Axel, un personaje más que decisivo de LCDOM, un arquero que cargará con una responsabilidad mucho mayor que él mismo, y que se manifestará como trascendental en el destino del Otro Mundo. Es algo que él no pidió, algo que le resultaba completamente ajeno, algo a lo que no sabía que se vería abocado hasta darse de bruces con el momento más crítico de su vida. Pero ese instante nunca se habría dado de no ser por otro momento crucial, ese instante de su infancia en el que su inocencia se transfiguró en decisión, en el que el titubeo se transformó súbitamente en el cigoto de su capacidad de elección, de atrevimiento, en la consecución de una acción que cambiaría el rumbo de su escaso bagaje en el mundo y le empujaría al resto del mismo convertido en arquero. Un momento que cambiaría el devenir del Otro Mundo llegada la hora. La ocasión que, con los años, se vería forzado a recordar como el trance que a la postre cambió su camino, sin saber todavía que también afectaría al de todos a su alrededor. El instante que inexorablemente y para siempre tenía la obligación de acudir a su memoria por todo lo que iba a significar para él. A este respecto Axel es uno más, porque a todos nos ocurre exactamente igual: aquel momento inigualable siempre retorna a nuestra memoria cientos, miles de veces, a lo largo de nuestro caminar hacia el ocaso.

Os presentamos el inicio del decimocuarto capítulo de LCDOM, que da paso a un recuerdo de la infancia de Axel, un recuerdo tan encadenado a su alma que, aunque quisiera, nunca conseguiría olvidar.

Capítulo 14: La manzana de Alley

Apenas tendría cuatro meses cuando derribó aquella manzana. Era curioso como un objeto tan inane podía decidir el papel de alguien en la vida. Aquella manzana no tenía ni voz ni voto en ningún plano de la existencia, y, sin embargo, le convirtió en arquero. Al parecer, aquella fruta sí que tuvo algo importante que decir, a fin de cuentas.

Tras tantos años transcurridos desde entonces, Axel se regodeó en aquella imagen evocada por su recuerdo: una manzana con la capacidad de decidir significativamente sobre el destino de los animales. Sonrió para sí mismo, imaginándose aquel fruto vegetal como parte de un espectáculo de feria: “¡pasen y vean, damas y caballeros! ¡la manzana con voz y voto en sus vidas!”.

Pero aquella manzana a la que se refería, desconociendo el hecho de si era por ser un fruto normal o bien, a pesar de tener la capacidad no lo hiciera por timidez, no hablaba. Tan solo había permanecido allí, colgando de aquel árbol, a una altura lo suficientemente considerable para que ni él ni ningún otro de sus hermanos se hubiese percatado nunca de su existencia. Una manzana verde y grande, colgada de la última rama del manzano más alto que jamás existió, o al menos eso decía su abuelo.

Axel no había visto la manzana que a la postre decidiría su futuro, tan solo correteaba y jugueteaba con Alley, Emeelea y Yörch, como correspondía a su edad. Tsaro estaba un poquito más alejado de aquella infantil algarabía, husmeando entre rosales y geranios, guardando en su archivo olfativo los aromas que desprendían según qué flores, y aprendiendo que algunas plantas tienen espinas de la manera en que todos los cachorros lo hacían tarde o temprano. A Axel también le vino instantáneamente a la cabeza ese recuerdo. Tenía claro que ese primer pinchazo en el hocico no se olvidaba nunca.

Volvió a su remembranza original y evocó el momento en el que su hermana Alley miró hacia arriba y la distinguió. Vio aquella manzana a unos dieciséis metros de altura, tapada por el ramaje y la frondosidad del follaje… Ciertamente, visto desde la distancia que daba el tiempo y la edad, aquel no podía ser un manzano normal. Alguien tuvo que experimentar con semillas de manzano y algún otro árbol gigante y parir aquel monumento vegetal que les cobijaba en la infancia con su imponente sombra. De lo que sí estaba seguro es de que daba manzanas; eso sí, que nadie le preguntara por qué lo hacía. Y en la rama más alta del engendro arbóreo, apenas visible (y eso solo desde algunos ángulos), se encontraba suspendido aquel pomo verde, enigmático y arcano, oteándoles desde su elevada posición. Filtrando la disposición de esa manzana bajo el punto de vista del arquero en el que se había convertido el husky, su colocación era inmejorable: si ese fruto hubiera sabido manejar un arco y hubiese querido acabar con ellos, él y sus hermanos habrían ido cayendo uno tras otro… Menos mal que tan solo era una fruta.

Pero, evidentemente, cuando la pequeña y dulce Alley la vio, no pensó en una estupidez tal como “cuando uno de mis hermanos sea arquero, dirá que su posición es inmejorable”, sino que, como cachorrita que era, la deseó con todas sus fuerzas. La deseó tanto que le dolía pensar lo inalcanzable que le resultaba, y probablemente también calculó lo inaccesible que era para el resto de todos ellos. Sabía que no podría conseguirla, ni siquiera era capaz de imaginar forma alguna de hacerse con ella, y al mismo tiempo comprendía que ninguno de sus hermanos podía tampoco ayudarla. Axel, a sus cuatro meses de edad, pudo notar el dolor que emanaba de su hermana en sus propios huesos, pero eso no fue nada comparado con lo que sintió al escucharla aullar de desolación, de pura y descarnada desolación. Un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo al recordarlo tan vívidamente. Parecía que hubiese ocurrido ayer.

Emeelea y Yörch también se habían quedado parados, y es que, a pesar de ser de la misma camada, todos sentían que Alley era el ojito derecho de todos y cada uno de ellos. No es que fuese la favorita de sus padres, sino que era la favorita de todos sus hermanos. Clavados sus ojos en Alley, Axel no había visto llegar a Tsaro, que había acudido a intentar consolar a su hermana, y es que en realidad poco más se podía hacer. Era algo absolutamente descorazonador.

Aquella fue la primera vez que Axel dejó que sus sentidos se aliaran con el entorno para encontrar una solución a un dilema, a los cuatro meses. Se concentró en el problema, y el problema no era que Alley estuviera abatida, sino la manzana que originaba su consternación, aunque seguía sin saber qué podía hacer.

Su mente inexperta se dispersó durante unos instantes, pero volvió a intentarlo: la manzana. Había que conseguir la manzana. ¿Cómo podía alcanzar la manzana? Intentó concentrarse en sus sentidos, y surgió… Aspiró el aire, y en esa misma bocanada le preguntó sin palabras “¿Qué me estás diciendo?”. Levantó el hocico, y con cada aspiración le cuestionó sin mover los labios “¿Qué es lo que realmente tengo que preguntarme?”. Clavó sus ojos en la manzana y le preguntó “¿Cómo llego hasta ti?”.

El aire le dijo que no podía alcanzarla. Algo en el ambiente le indicó que no buscaba alcanzarla, sino conseguirla. Sus ojos le dijeron que no tenía que llegar a ella.

Que era ella la que tenía que llegar a él.

No tenía que alcanzarla. Tenía que derribarla.

Una y mil veces

Honestidad brutal

 

La honestidad no es una virtud, es una obligación.

Andrés Calamaro

Creemos entender aún hoy que la sinceridad no es tanto una virtud, sino un quehacer más en la vida de cualquier persona, uno de los puntos de partida en los que se basa nuestra socialización en general y nuestra moralidad en particular. Es crucial, primigenia, tácita y explícita a la vez. Eso es lo que se exige a un ser humano, y como tal debemos aprenderla y aprehenderla. Y hasta aquí la versión oficial. Hace ya eones ,no literales, que se dio la vuelta a la tortilla. Como se dice por los rincones, “a todo el mundo le encanta la sinceridad hasta que conoce a alguien que la práctica”. Posiblemente es la frase más certera que nadie escuchará nunca.

Otrora, las personas condenaban la falsedad y la indecencia que esta implicaba, se trataba de un precepto que se aprendía desde la cuna, y muchos defendían ese concepto de franqueza hasta su lecho de muerte. No obstante, hoy en día mamamos desde nuestra más tierna infancia la mentira como recurso básico. Nuestros contactos, nuestros amigos, nuestros familiares, incluso nosotros mismos: todos y cada uno de los implicados emplean embustes cada día no solo no sintiéndose culpables, sino como técnica adaptativa, aceptada, cotidiana, normal. Pero nadie se siente falaz al valerse de la mentira: simplemente es el medio más sencillo para evitar desde la más ridícula situación comprometida hasta para enriquecerse condenando a otras personas a la muerte. Así de crudo: extraoficialmente, la mentira se ha despojado de todos sus estigmas y se ha convertido en un mero procedimiento ordinario. No embrutece, sino simplemente ayuda. Adaptación al medio. Si en ocasiones no se recurre a la mentira, todo se te vendrá encima: obligaciones, encomiendas, personas, y esa no es la forma de vivir que se persigue, siempre tragando, nunca disfrutando. Además, la gente no quiere escuchar la verdad. Les hace sentir incómodos, les hace molestarse, zahiere sus emociones. Prefieren escuchar una falacia social que les agrade a una verdad que les pueda disgustar o, llanamente, no hacerles sentir como pretendían. La mentira no solo está integrada en el cerebro, sino que de ruin ha pasado a metamorfosearse en buena. Está a disposición de todos en cualquier momento y lugar para beneficiar al que antaño sería infractor, pero ahora es un mero usuario de sus benevolencias. La honestidad mantiene ciertos escasos bastiones; no obstante, la falsedad ha ganado la batalla. Está feo decirlo, pero el engaño ha triunfado por su infinitamente mayor utilidad, y todos lo sabemos. Sin embargo, hay una verdad que aquí no nos vamos a atrever a omitir.

La mentira está sobrevalorada. No sirve realmente para lo que aquellos que la utilizan creen.

Los que se sirven de ella para defender su postura anulan de manera automática e inmediata su argumento, y extienden la sospecha sobre todos los anteriores y posteriores que decidan utilizar. Pero hay algo de irónico en este modo de emplear la mentira, pues se juzga inexorablemente reprobable cuando se presenta a pequeña escala, pero esas mismas personas pueden justificarla en ámbitos más relevantes, o al menos que afecten a una gran mayoría. Incluso deciden creérselas o defenderlas a capa y espada, aunque en el fondo sepan que es un embuste. “Imposible”, podemos pensar, pues carece total y absolutamente de sentido. Mas solo hemos de echarle un vistazo a la prensa para conocer con qué engaño nos deleitan los políticos, tanto los que nos gobiernan alrededor del mundo como sus opositores. Aposentados en sus tronos y sin pretender un mínimo contacto con el pueblo, defienden mentiras una y otra vez simplemente esperando a que sus compañeros, meros figurantes palmeros, las aplaudan al concluir, y que sus medios afines se esmeren en transfigurarlas en verdad. Y un elenco exagerado de electores, por alguna inexplicable razón, deciden no ser votantes, sino forofos. Da igual cual sea la verdad, simplemente deciden que esta se corresponde con la enunciada por la persona a quien han votado, aunque tengan absoluta conciencia de que se trata de la más abyecta y vil falacia nunca antes escuchada y, lo que resulta aún más absurdo, les perjudique clara y meridianamente. Existe algo insensato en el ser humano en lo concerniente a la política, algo que funciona mal en nuestras mentes, pero que no se está dispuesto a admitir y, ni mucho menos, a pretender reparar.

Hay quien se defiende con una mentira al sentirse incómodo diciendo la verdad. Es más sencillo. Causa un bienestar inmediato. Se deshace de una verdad inconveniente a través de un engaño más confortable y que resulta menos lesivo, aunque ese perjuicio sea mínimo o irrelevante y mereciese el diminuto instante de molestia. Ese puede ser el comienzo de una gran amistad, un gran amor a desembarazarse de cualquier situación comprometida por irrisoria que sea a través de un pequeño infundio. Pero más pronto que tarde se convierte en un hábito, y los embustes encubren cada vez más confesiones que no son tan desdeñables, sino significativas para los receptores de las mismas. A esas alturas, ya ha ocurrido: los demás ya saben como se maneja esa persona, a base de farsas y patrañas, y puede que su honestidad ya no esté puesta en entredicho, sino directamente destruida. La comodidad instalada en ese emisor se convierte en sospecha automática cada vez que una frase escapa de sus labios. ¿Está la desconfianza generalizada hacia una persona compensada por la salvaguarda de un momento incómodo?

Es posible crear un mundo alrededor cimentado y apuntalado con mentiras. Una existencia que surge a través de un suceso vital en el que esa persona ha actuado mal, o incorrectamente, o de forma errónea sin más, pero que nunca estará dispuesta a asumir. De manera perturbada, pretende salvaguardar su decencia a base de un castillo de naipes al que le otorga la robustez de un muro indestructible, y con esa baraja empieza a repartir sus cartas, que no llevan impresas en ellas ni picas, ni tréboles, ni diamantes y, ni mucho menos, corazones. Mentir las hace sentir decentes, porque su decencia no depende de su responsabilidad en aquello que hayan hecho y que en el fondo les pesa aunque decidan no aceptarlo, sino que se somete únicamente a la consideración que le otorguen los demás. Pero por muy sólida que sea su argucia, su verdad no cambiará jamás. Por muy tenaz que se mantenga en su farsa, lo único que conseguirá es que nadie confíe nunca más, porque aunque esa persona se monte su propio universo de integridad, se le escapa que la gente a su alrededor, que en su presencia pueda darle la razón, suele conocer la verdad. De hecho, ni aunque ese otro receptor crea dicha mentira sirve realmente al emisor para su propósito; más bien al contrario, le convierte en un ser más indecente si cabe, al engañar indiscriminadamente en su propio beneficio a todo el que se le acerca.

La mentira está sobrevalorada, y también la omisión de la verdad. ¿No parece descabellado pensar que traicionar la confianza de una persona predispuesta a creer a ese alguien no constituye un engaño, una falsedad, una mentira? Pero es más fácil interiorizar que no lo es, y así resulta irrelevante encubrir a un embustero que está perjudicando a una o varias personas que confían en la palabra de ese cómplice. Sabe que la persona que engaña y defrauda a esa gente está actuando de forma cruel e indecente, pero decide escudarse en que no decir nada a esos inocentes damnificados no es mentir. Hay ciertos límites en la franqueza humana, que estas personas traspasan intentando defender que no los han visto o no creían estar traspasando. Muchas veces son vergonzantes, sobre todo cuando las personas estafadas han considerado como alguien apreciable a este supresor de la verdad y la han tratado como tal. Pero estos cómplices suelen rizar el rizo cuando se descubre el pastel, y se defienden con uñas y dientes culpando a los damnificados de acusarles de embuste, pues “nunca han mentido a nadie”. Es otro engaño más cómodo, un 2×1. Hay límites, hay barreras en la ocultación, y cuando un encubrimiento se convierte en traición, clama al cielo el hecho de que han actuado en contra de la decente verdad.

Ha generalizado su uso y gana con mucho al empleo de la sinceridad, pero ello no cambia en absoluto su esencia: la mentira está sobrevalorada. No te salva el culo, solo te lo ensucia más con cada engaño provocado, y por eso cuando se descubra esa montaña de mentiras todos se encontrarán con una persona que está de mierda hasta el cuello. Puede ser que la honestidad conduzca a una vida más solitaria, menos social, pero quizá eso no justifique la defensa de lo indecente. La felicidad no puede estar basada en la mentira, al igual que rodear una existencia con gente a la que mentir para que la misma sea más cómoda no parece la mejor forma de convivencia.

¿Qué nos pasa? ¿Desde cuando hemos decidido que zambullirnos en el fango de la mentira para con el prójimo es mejor que ser honestos con él? ¿Por qué hemos hecho de la mentira un comportamiento adaptativo? ¿Por qué la hemos aceptado como parte de nuestra vida? ¿Por qué incluso nos hemos hecho cómplices de ella? ¿Cuando se nos ocurrió dictaminar que la honestidad no es una obligación, sino una escasa virtud de los pocos que la practican?

La mentira está sobrevalorada. No importa lo sencilla que pueda hacer nuestras vidas si ello implica desdeñar la confianza de los demás. La resolución fácil de un momento incómodo no compensa la indecencia de nuestras conciencias al solventarlos de esa manera. Indecente, indecente, indecente, una y mil veces indecente: ese adjetivo repetido a conciencia hasta la cacofonía en este escrito, porque no se halla manera más precisa de expresar lo que origina la lacra de la deshonestidad. Es la mentira la que inició la podredumbre del alma humana, y, al igual que los supervivientes de las grandes plagas, los que consiguen obviarla en sus vidas se quedan absolutamente solos, rodeados de un cruel y bochornoso espectáculo. Y toda esa condena por sustentar un ápice de moralidad, y por mantener una simple creencia: que no vale todo en esta vida. Que no se puede compaginar deshonestidad y conciencia. Que no se puede convivir con integridad e inmoralidad al mismo tiempo. Que la lealtad y la confianza no son una tontería, y por eso hay que ganárselas a pulso cada día, cada minuto, cada instante. Que medrar no lo es todo, si para ello es necesario enterrar a cada paso toda palabra honesta. Que la mentira tiene un coste, que no se ve, que no se aprecia, pero que al utilizarla supone un impuesto demasiado caro, y cuyas costas paga nuestra credibilidad a corto, medio y largo plazo. Y, sobre todo, que ese precio no lo merece, porque su rentabilidad es menor que su perjuicio. Se puede expresar de una manera mucho más simple.

La mentira está sobrevalorada.

No me dejes caer

No me dejes caer. No importa como haya llegado a encontrarme en esa situación, en ese borde del abismo, en ese punto de no retorno del cual no pueda volver, tanto si decido despeñarme voluntariamente como si imprevisiblemente se desprende el suelo bajo mis pies. No importa si me he arrastrado allí por mi propio pie, si me ha remolcado la deriva o si han sido otros inicuos protagonistas los que me han empujado hasta ese maldito lugar. Solo debes saber que, si me ves implicado en esa triste realidad, solo existe una única opción por la que debes optar.

No me dejes caer. Aunque me deje llevar, aunque me encuentre tan sumamente cegado por la inconsciencia o la estupidez y quiera asomarme a ese abismo para, tras juguetear con un frágil equilibrio en el borde, dar un paso hacia adelante, ni se te ocurra permitírmelo. Puede que no sea culpa mía. Puede que los acontecimientos hayan decidido condenarme sin que yo lo mereciera, o que sean las personas alrededor las que, sean bienintencionadas o abyectamente viles, me hayan arrojado al saliente del oscuro precipicio. Puede que a ninguno de esos traidores les importe siquiera, o puede que se permitan quedarse en primera fila para ser testigos de excepción de la forma en que se despeña mi vida por una tenebrosa sima. Pero, por mucha gente que exista alrededor, esto no trata de ellos. Trata de que me estoy enfrentando al vacío más absoluto, y de que tú tienes que permanecer cerca para asegurarte de que no tropiezo antes de que hagas lo que tienes que hacer.

No me dejes caer. Vale, es cierto: puede que incluso en ese justo momento de la vida lo merezca. Puede que haya hecho méritos para sentir como me precipito hacia las profundas tinieblas sin que pueda ser considerado un castigo improcedente. Puede que me haya ganado con creces que nadie me salve de esa penitencia, que me haya granjeado inexorablemente el hecho de estrellarme contra una dolorosa realidad por culpa de no haber sabido gestionar con honradez la anterior. Puede que, aunque no lo haya hecho mal a propósito, merezca algún tipo de represalia. Pero no hallaré expiación alguna si no encuentro la opción de reparar lo que sea que haya estropeado. Si me doy de bruces contra el fondo del pozo, donde solo hay sombras, donde nada podré ver, no podré arreglar lo que he roto. Para conseguir redimirme, necesito que hagas una cosa por mí.

No me dejes caer. Puede que haya estado bramando que necesito ayuda día y noche, y tú hayas hecho caso omiso de mis alaridos porque no lo has entendido, o porque no me has creído, o porque te ha dado igual. Quizá te hayas acostumbrado a que me queje por todo y lo más adaptativo para ti haya sido convertir mis lamentos en una frívola parodia de Pedro y el lobo. Quizá me hayas escuchado decir tantas veces que estoy al borde del abismo y, al acudir a socorrerme, comprobases con indignación que simplemente necesitaba ser el centro de atención durante un rato. Y puede que sea al revés, puede que hayas obviado mis voces de socorro porque también tienes tu vida, tus problemas, y te dediques a ellos antes que a los míos, porque es lo que debes hacer para asegurar tu propia fortaleza y evitar ser tú la persona que sea vea amenazada con caer al abismo. Pero sea cual sea el motivo, da igual. Todo ese bagaje resulta irrelevante si, llegado el momento, intervienes como urgentemente necesito.

No me dejes caer. Puedo no haberte avisado nunca, puede que haya permanecido en silencio todo el tiempo, o toda la vida. Puede que, aunque sepas que me estoy acercando al abismo, no te pida ayuda, o la rechace cuando me la ofrezcas, o me ofenda y te eche en cara que no necesito ni tu auxilio ni el de nadie. Pero, por favor, a pesar de todo, no me abandones. Puede que reniegue porque en realidad quiera que me agarres aunque no te lo diga o te diga lo contrario, porque quizá en ese momento te esté implorando que me salves. Quizá creas que no te lo estoy pidiendo, quizá no me lo escuches decir, quizá esas palabras nunca broten de mi boca. Pero puede ser que esté suplicándote en silencio que me socorras simplemente porque no sepa gritar más fuerte, porque no sea capaz de bramar que necesito ayuda, porque me sea imposible rogarte desesperado que me cojas e impidas que mis pies traspasen el borde que me separa de la caída. Puede que el hecho de que mis labios permanezcan sellados mientras me estoy derrumbando se corresponda con el más descomunal y primario grito de ayuda. Te será más difícil darte cuenta así, pero si finalmente me descubres en mi desdicha, ayúdame aunque mi reacción sea negarme a que lo hagas, porque sabes que necesito que actúes y logres un único objetivo.

No me dejes caer. No me lo permitas porque probablemente si caigo, si me desmorono y me precipito a través de la más oscura de las simas eternas después de un doloroso y lacerante descenso, experimentando a continuación el más espantoso y tremendo de los impactos contra la desgarradora realidad que me envuelve, puede que nunca más sea capaz de levantarme e incorporarme de nuevo al mundo real. Puede que permanezca allí, en mi dolor, en mi vergüenza, en mi castigo, durante el resto de mi vida. Y eso es algo que no me puedes consentir. Ayúdame, ofréceme tu mano, excava un hueco en tu vida y empújame dentro para que no pueda escaparme y volver de nuevo al pie del precipicio. Escúchame si es lo que te pido, sácame de aquí si ves que me estoy consumiendo, lee lo que escribo si no sé contártelo de otra manera. Hazme compañía si es lo que necesito, o simplemente reside ahí para cuando lo haga. Pero ayúdame, ayúdame aunque lo que me ofrezcas ni siquiera parezca ayuda. Insúltame, échame en cara las cosas, consigue que reaccione aunque sea de manera brusca. Haz lo que sea.

Pero no me dejes caer.

#LMEPL

lennon

Everything will be ok in the end. If it’s not ok, it’s not the end
John Lennon

 

Podemos hundirnos. Las circunstancias pueden someternos y nosotros quedar sepultados bajo su avalancha. Pueden ser simplemente nuestras cabezas, los neurotransmisores de nuestro organismo que no tengan claro cuál era la ruta correcta a seguir, o que decidan que su grupo de colegas sea demasiado reducido para que nuestro cerebro juzgue que todo va bien. Pueden hundirnos. A nuestro alrededor parece que hay personas especializadas en hacernos sentir mal; algunas que parece que lo toman como una profesión, otras como un hobby, e incluso extraños humanos a los que les hace sentir en paz consigo mismos causar desánimo y dolor a los seres a su alrededor, siguiendo una máxima inquebrantable: si yo estoy mal soy el tuerto, por lo que dejaré ciego al resto y en su país seré el rey.

Podemos levantarnos. Podemos encajar las piezas de lo que ya no funcionaba bien y conseguir que vuelva a hacerlo correctamente. Lograr integrarlo a nivel consciente, dándole cabida en nuestro cerebro y siguiendo adelante sin dejar de tenerlo en cuenta. O puede ser sin incorporarlo: decidir olvidarlo para ser capaces de dar de nuevo pasitos, y guardar la comprensión de aquello que nos tumbó para cuando estemos preparados, sin permitir que nuestra vida se detenga mientras tanto. Podemos perdonar a los que nos hunden si merecen la pena, o podemos dar una segunda oportunidad a aquellos que quizá sean dignos de ser premiados por la misma para que demuestren que su gesto ha sido una sola equivocación. Y, sobre todo, podemos no darle el gustazo a esos extraños humanos que viven de nuestro dolor de permanecer viéndonos derrotados en tierra tras su deleznable comportamiento. Ni nosotros merecemos ese castigo ni ellos esa satisfacción. Lo dicho: podemos hundirnos, pero después podemos levantarnos.

Podemos volar. Sí, en serio. Os lo repetimos “más alto”, para que no alberguéis ninguna duda: ¡Podemos volar; sí, en serio! Podemos retomar nuestra vida desde el momento en el que nos la robaron los ladrones de sonrisas, apartar la mugre que se cernió sobre aquella bifurcación para poder volver a descubrirla, desbloquear ese camino que merecíamos seguir pero nos habían cercado y, sin la menor compasión, condenar al olvido aquella dirección que la vida nos ha demostrado como errónea. Comenzar a caminar tomando ese rumbo, sin mirar ni a izquierda, ni a derecha y, ni mucho menos, hacia atrás: siempre hacia adelante y solo hacia adelante. Podemos descubrir quién está de nuestra parte e invitarle a volar con nosotros, y también dejar sin embarcar en el viaje a aquellos que quieren dinamitarnos las alas para que nos quedemos en tierra con ellos, en esa pista de aterrizaje de la que no quieren que escapemos por el mero hecho de que ellos solo permanecen allí al no ser capaces de levantar el vuelo hacia algo mejor.

Desde el justo momento en el que nos hemos hundido, lo único que podemos hacer es invertir en nosotros, apostar por nuestro bienestar, arriesgar todo nuestro capital a que ese no es el final, porque ya te lo ha dicho John: if it’s not okay, it’s not the end. Apréndete bien estas cinco letras: LMEPL. Lo Mejor Está Por Llegar. Cuando no lo veas, recítalo como un mantra. Cuando no lo pienses, conviértelo en tu hashtag hasta que vuelvas a estar en pie, y ni se te ocurra dejarlo a un lado hasta que no creas que puedes seguir adelante y volar.

¿A qué viene este arrebato de positividad? ¿Será la primavera que ha atacado con saña LCDOM y se ha pasado de sonrisas y florecillas en su ofensiva? Pues la verdad es que no, pero tampoco viene mal de vez en cuando que las flores se abran y nos paremos a olerlas. Pero no. Es cuestión de que LMEPL. Es cuestión de que no es justo que permanezcamos hundidos cuando no nos lo merecemos. Es cuestión de que las circunstancias, por muy aciagas que resulten, no tienen derecho a enterrarnos de antemano y prejubilar nuestra felicidad. Es cuestión de que esas personas, sean malas por naturaleza o simples humanos que han errado con nosotros, no tienen la potestad de hacernos naufragar para que vivamos postrados porque ellos así lo han decidido. No pueden hacerlo: nuestro rumbo solo lo decidimos nosotros, y lo tomamos hacia un único sentido posible, arriba, porque nuestro vigía nos lo grita desde lo alto. Hemos de seguir adelante porque lo mejor está por llegar, y él lo vislumbra a la perfección porque, evidentemente, lo divisa desde las alturas. LMEPL está allí, más cerca o más lejos, pero está allí, y solo hay un único camino hacia allí: hacia adelante. Siempre hacia adelante, y solo hacia adelante.

Si en este cruel momento de la vida eres el hundido, este abril puede ser el mes en el que te levantes. Si después de estar por los suelos eres el que ya se ha conseguido levantar, este abril puede ser el mes en el que consigas volar. Si ya has aprendido a alzar el vuelo, este abril puede ser el mes en el que sigas cumpliendo más y más objetivos. Y si no es abril, pues mayo. Y si no, pues otro mes, otro día, otro año, otra hora. Pero seas la persona que seas de esa terna, siempre adelante. ¿Por qué? Ya lo sabes. Por LMEPL.

Porque lo mejor está por llegar.

El acróbata invisible

Es un ser extraño rodeado de otros seres extraños que, paradójicamente, no se sienten extraños entre sí. Él, ella, ese ser extraño, vive en un mundo ajeno al de ellos, un mundo más oscuro en el que se desdibuja como si su efigie se trasparentara. Mientras tanto, todos los demás seres extraños cohabitan en un mundo más luminoso, más radiante, tan resplandeciente que se pueden percibir con absoluta claridad sus plantas, alzados y perfiles. Resulta chocante que se trate de dos caras de una misma realidad, que todos habiten un mismo mundo, aunque unos usen contornos definidos y opacos que los identifican a la primera y ese ser extraño haga gala involuntariamente de su translucidez.

Pasa de puntillas por el mundo porque quiere, o porque no puede ni sabe ni intenta hacerlo de otra manera. Lo único que alcanza a intuir es que se siente perdido en un mundo que no entiende, porque está convencido de que son los demás los que realmente no perciben que se encuentran perpetuamente encadenados sin opción de liberarse dentro de la caverna de Platón. Son ellos los que no lo entienden. No entienden nada, nunca entienden nada. Pero esa no es la versión oficial; quién sabe, quizá no sea ni siquiera la versión real. Ese ser extraño se halla tan confuso que quizá sus pensamientos estén tan errados como el rumbo que le guía en su deambular por la vida.

Es una existencia solitaria, independientemente de lo extensa que sea su red de amistades. Nunca entran, nunca llegan a acceder a ese mundo. Todos esos otros seres extraños pueden compartir la misma mesa que otro antagónico ser extraño y al mismo tiempo habitar en mundos distintos. Es cierto: se puede compartir un plato de ensalada con un apátrida, con alguien que no vive en la misma realidad, con un alienígena con los papeles en regla y la doble nacionalidad terráquea. Después los caminos de todos estos seres se separaran hasta otro día, y unos comentarán lo extraño que es el ser extraño, y ese ser extraño condenará a sus pensamientos a rumiar sobre lo ajeno que se siente respecto al mundo que lo rodea y las personas que lo comparten.

Tú eres ese ser extraño. ¿No lo eres? ¿Estás seguro? Ok. Pues si no lo eres, no lo dudes: lo tienes sentado al lado. En el autobús, en el trabajo, en una foto con la familia. Está ahí. En algunas ocasiones no tanto, pero normalmente es muy fácil detectarlo: es el introvertido, taciturno, transparente, el que quizá no te importe que esté presente, pero ni siquiera notas su ausencia cuando no está. O quizá sea el tío raro, cuya comparecencia te incomoda porque no tienes nada que quieras añadir en ese entorno compartido con él. O el que parece gilipollas, el que se acopla a las conversaciones y tiene un comportamiento raro, probablemente fruto de la inseguridad y nerviosismo que le produce intentar encajar contigo y los demás concurrentes sabiendo que ninguno es capaz de discernir el espantoso esfuerzo que le supone realizarlo. ¿Y sabes quién puede ser también? Ese ser extraño que te da pena, porque siempre está solo y quiere estar solo, aunque no ves a simple vista rareza alguna que le impida ser como todos, o como tú. Todos esos seres extraños, con independencia de su característica definitoria, habitan entre dos mundos, como un acróbata que ejecuta saltos alternativamente entre dos realidades distintas unidas por una simple cuerda tan floja como invisible.

Ahí dentro hay una persona. De verdad. Y si esa persona es invisible, o bicho raro, o el aislado, o el que os incomoda que encaje pero él siempre lo intenta a pesar de que todos, incluso él, crean que no es una buena idea pero es la que hay, probablemente sufra más que tú. Generalizando, que siempre es un error hacerlo, pero también es un error sufrir y no es algo realmente evitable. El caso es que ahí dentro hay una persona, es de carne y hueso por fuera incluso aunque sea de los invisibles, y está compuesto por vísceras y asquerosidades varias en su interior. Su cerebro fluye, sus neuronas trabajan, su vida se pasa y le pesa, y generalizando de nuevo, tú no le sueles ayudar a incorporarse porque bastante atareado o atareada estás con tu vida como para “salvarle” de la suya, aunque casi nunca se quieran salvar de la misma en realidad. Pero por si acaso, tan solo por si acaso, intenta echarle una mano. Puede que encuentres a la persona que habita dentro de esa figura apenas visible, e incluso reveles al mundo una existencia que realmente te deslumbre. En nuestra individualidad olvidamos a los que no se sienten capaces de representarse como ellos mismos quieren, y sin darles la mano puede que no se presenten nunca. Pero sin acercarte nunca lo descubrirás.

Échale una mano. Quizá ese ser extraño no quiera, o ello le incomode, o ni siquiera lo sepa, pero está deseando que se la tiendas.

Blue Monday

Es un lunes gris, la ventana lo corrobora como testigo. Un día triste. A muchas personas les gustan los días grises, de las que muchos espectadores ajenos dirían que son personas melancólicas, mustias y probablemente deprimidas. A las que les gusta que el cielo esté tintado con el mismo color que su alma. A las que les gusta que el sol cause baja para que el resto de personas que sí disfrutan de la vida estén obligados a sentir lo mismo que ellos. En realidad nunca conocí a nadie taciturno, afligido o simplemente abrumado por la nostalgia que prefiriese que el astro rey le sometiera con sus rayos, pero eso no significa que esos observadores externos, presuntuosos en sus dictados, tuvieran razón. Un día gris puede ser muchas veces el favorito.

Pero el lunes es gris, independientemente de que la esfera aparente sea azul y diáfana, independientemente de la aparición del gran disco dorado… Independientemente de lo que certifique la ventana. El lunes es un día triste y jodido, infausto y pesaroso, trágico y denostado, del que todo el mundo reniega a pesar de saber que si no existiera cualquier otro día ocuparía su lugar. El lunes es un día funesto porque de nuevo estás obligado a despertarte a horas intempestivas y trabajar por unos designios ajenos, o lo es porque te recuerda que, en el renacer de una nueva semana, sigues sin encontrar un empleo que te pueda salvar de una vida que te ahoga. El lunes es un día aciago, que conmemora que tienes que hacer lo que tienes que hacer porque la mera existencia te dicta que lo tienes que hacer. El lunes es un recordatorio constante de que, hagas lo que hagas, es porque no puedes hacer otra cosa, por mucho que eso sea lo que tú mismo has escogido y eso te convierta en un auténtico privilegiado.

Muchos dicen que es azul, que un lunes gris no es otra cosa que un blue monday. Otros saben que se refieren a lo mismo, aunque no entiendan como el azul puede ser positivo para un cielo pero dañino para el portador de un número en el calendario. Pero da igual, solo es una demostración de que a un lunes le da igual su color sea cual sea la franja horaria en la que nace y muere, porque su idiosincrasia seguirá portando la tristeza como bandera. El lunes es desalmado, es un hijo de puta, y todo el planeta lo sabe. Insuficientes personas son las que han escuchado alguna vez a otro decir “me encantan los lunes”, porque el lunes es un leproso al que hay que reprobar su propia naturaleza.

Otros miran por la ventana. No ven nada, aunque tampoco esperaban hacerlo. Solo perciben un lunes gris, pero eso ya lo habían descifrado antes de tener la lectura objetiva que les iba a mostrar el cielo. Un cielo que, paradójicamente, no acaban de interpretar aunque lo tengan delante de sus ojos. No saben, no pueden. No quieren. No les apetece, como nada lo hace. Es un lunes gris, eso es lo único que parecen percibir. Se levantan, algunos, miran a su alrededor, y es un lunes gris. ¿Es desidia lo que despiden al moverse con tal parsimonia? ¿Es pereza como pecado entendida? Solo se aprecia desgana en sus movimientos y hastío en sus ojos.

Pero no es desgana, sino desesperanza, y no es hastío, sino ceniza. La ceniza de lo que una vez fueron, o lo que una vez creyeron ser, y murió tras ser quemado por la vida, o por una pérdida, o por muchos, o por uno. Son los restos visibles del naufragio de los que, tras el hundimiento y la rendición, jamás lograron arribar al alzamiento. Son los que inspiran a seres extraños a escribir “Si uno se fijaba lo suficiente, podía ver como el fulgor del fuego que antaño restallaba en sus ojos resplandecía por un mísero instante, para rápidamente convertirse de nuevo en la ceniza de cuyo color tintaba su vida”. Son los que capitularon. Los que se cansaron de mirar por la ventana para averiguar cómo se presentaba el día, porque aprendieron a saberlo de antemano. Es diciembre, es julio. Es otoño, es verano. Es bisiesto, es puente, es primavera, es viernes, o jueves, o domingo. Da igual. Es lunes. Es lunes gris. Como todos los días cuando se levantan. Como todas las horas que les toca vivir. Como todos los segundos en los que se arrastran por el mero hecho de existir. Es gris, es blue, los dos al mismo tiempo, pero es lunes. Es el viernes de un lunes gris. Son las doce y media de la mañana de un lunes gris. Es un martes 24 de enero de 2017 de un lunes gris. Da igual lo que marque la agenda, el reloj, la pantalla del móvil, porque todo es lo mismo: es un lunes gris de una vida gris.

Quizá algún día encontréis esa paleta de pintor que os permita zanjar ese daltonismo acromático, porque esa traza de ceniza en los ojos provoca ceguera irreversible con el tiempo. Todos los días no pueden ser lunes, porque no todos los días deben ser grises. Observad un color, y no un sentimiento. Ved un blue sky en vez de un blue Monday, y no con los ojos, sino con la cabeza, puesto que vuestra mirada os engañará. Intentadlo. Intentad sacudir esa combustión causada por la vida, o por algo, o por muchos, o por uno, pero intentadlo. Intentad renacer de vuestras cenizas, pintad un Ave Fénix con vuestra cara y firmadlo con vuestro nombre. Intentadlo, porque aunque quizá seáis objetivos con que todos los lunes son grises porque objetivamente para vosotros lo son, no sois justos con esa certeza, esa profecía autocumplida, de que no podéis hacer nada por evitarlo. Hoy no es lunes, es martes. Haced de este lunes gris un martes 24 de enero de 2017. ¿Queréis saber por qué?

Porque sí podéis. Y ahora tú: ánimo. Reinventa el lunes para que signifique coraje, engaña al gris para que forme parte del espectro del arcoíris, pregúntale a la ventana qué día te ofrece y exígele que te responda la verdad, y después oblígate a creerla. Invierte el continuo espaciotemporal y consigue que esa ceniza retorne al fuego, y nunca más dejes de echar leña. Convierte ese gris en gris y en el resto de colores, ese lunes en lunes y en el resto de días, y esa vida en tu vida, digna de ser vivida y digna de ser tuya. Cambia el número de la pregunta: ¿quieres saber por qué?

Porque sí puedes.