El acróbata invisible

Es un ser extraño rodeado de otros seres extraños que, paradójicamente, no se sienten extraños entre sí. Él, ella, ese ser extraño, vive en un mundo ajeno al de ellos, un mundo más oscuro en el que se desdibuja como si su efigie se trasparentara. Mientras tanto, todos los demás seres extraños cohabitan en un mundo más luminoso, más radiante, tan resplandeciente que se pueden percibir con absoluta claridad sus plantas, alzados y perfiles. Resulta chocante que se trate de dos caras de una misma realidad, que todos habiten un mismo mundo, aunque unos usen contornos definidos y opacos que los identifican a la primera y ese ser extraño haga gala involuntariamente de su translucidez.

Pasa de puntillas por el mundo porque quiere, o porque no puede ni sabe ni intenta hacerlo de otra manera. Lo único que alcanza a intuir es que se siente perdido en un mundo que no entiende, porque está convencido de que son los demás los que realmente no perciben que se encuentran perpetuamente encadenados sin opción de liberarse dentro de la caverna de Platón. Son ellos los que no lo entienden. No entienden nada, nunca entienden nada. Pero esa no es la versión oficial; quién sabe, quizá no sea ni siquiera la versión real. Ese ser extraño se halla tan confuso que quizá sus pensamientos estén tan errados como el rumbo que le guía en su deambular por la vida.

Es una existencia solitaria, independientemente de lo extensa que sea su red de amistades. Nunca entran, nunca llegan a acceder a ese mundo. Todos esos otros seres extraños pueden compartir la misma mesa que otro antagónico ser extraño y al mismo tiempo habitar en mundos distintos. Es cierto: se puede compartir un plato de ensalada con un apátrida, con alguien que no vive en la misma realidad, con un alienígena con los papeles en regla y la doble nacionalidad terráquea. Después los caminos de todos estos seres se separaran hasta otro día, y unos comentarán lo extraño que es el ser extraño, y ese ser extraño condenará a sus pensamientos a rumiar sobre lo ajeno que se siente respecto al mundo que lo rodea y las personas que lo comparten.

Tú eres ese ser extraño. ¿No lo eres? ¿Estás seguro? Ok. Pues si no lo eres, no lo dudes: lo tienes sentado al lado. En el autobús, en el trabajo, en una foto con la familia. Está ahí. En algunas ocasiones no tanto, pero normalmente es muy fácil detectarlo: es el introvertido, taciturno, transparente, el que quizá no te importe que esté presente, pero ni siquiera notas su ausencia cuando no está. O quizá sea el tío raro, cuya comparecencia te incomoda porque no tienes nada que quieras añadir en ese entorno compartido con él. O el que parece gilipollas, el que se acopla a las conversaciones y tiene un comportamiento raro, probablemente fruto de la inseguridad y nerviosismo que le produce intentar encajar contigo y los demás concurrentes sabiendo que ninguno es capaz de discernir el espantoso esfuerzo que le supone realizarlo. ¿Y sabes quién puede ser también? Ese ser extraño que te da pena, porque siempre está solo y quiere estar solo, aunque no ves a simple vista rareza alguna que le impida ser como todos, o como tú. Todos esos seres extraños, con independencia de su característica definitoria, habitan entre dos mundos, como un acróbata que ejecuta saltos alternativamente entre dos realidades distintas unidas por una simple cuerda tan floja como invisible.

Ahí dentro hay una persona. De verdad. Y si esa persona es invisible, o bicho raro, o el aislado, o el que os incomoda que encaje pero él siempre lo intenta a pesar de que todos, incluso él, crean que no es una buena idea pero es la que hay, probablemente sufra más que tú. Generalizando, que siempre es un error hacerlo, pero también es un error sufrir y no es algo realmente evitable. El caso es que ahí dentro hay una persona, es de carne y hueso por fuera incluso aunque sea de los invisibles, y está compuesto por vísceras y asquerosidades varias en su interior. Su cerebro fluye, sus neuronas trabajan, su vida se pasa y le pesa, y generalizando de nuevo, tú no le sueles ayudar a incorporarse porque bastante atareado o atareada estás con tu vida como para “salvarle” de la suya, aunque casi nunca se quieran salvar de la misma en realidad. Pero por si acaso, tan solo por si acaso, intenta echarle una mano. Puede que encuentres a la persona que habita dentro de esa figura apenas visible, e incluso reveles al mundo una existencia que realmente te deslumbre. En nuestra individualidad olvidamos a los que no se sienten capaces de representarse como ellos mismos quieren, y sin darles la mano puede que no se presenten nunca. Pero sin acercarte nunca lo descubrirás.

Échale una mano. Quizá ese ser extraño no quiera, o ello le incomode, o ni siquiera lo sepa, pero está deseando que se la tiendas.

Blue Monday

Es un lunes gris, la ventana lo corrobora como testigo. Un día triste. A muchas personas les gustan los días grises, de las que muchos espectadores ajenos dirían que son personas melancólicas, mustias y probablemente deprimidas. A las que les gusta que el cielo esté tintado con el mismo color que su alma. A las que les gusta que el sol cause baja para que el resto de personas que sí disfrutan de la vida estén obligados a sentir lo mismo que ellos. En realidad nunca conocí a nadie taciturno, afligido o simplemente abrumado por la nostalgia que prefiriese que el astro rey le sometiera con sus rayos, pero eso no significa que esos observadores externos, presuntuosos en sus dictados, tuvieran razón. Un día gris puede ser muchas veces el favorito.

Pero el lunes es gris, independientemente de que la esfera aparente sea azul y diáfana, independientemente de la aparición del gran disco dorado… Independientemente de lo que certifique la ventana. El lunes es un día triste y jodido, infausto y pesaroso, trágico y denostado, del que todo el mundo reniega a pesar de saber que si no existiera cualquier otro día ocuparía su lugar. El lunes es un día funesto porque de nuevo estás obligado a despertarte a horas intempestivas y trabajar por unos designios ajenos, o lo es porque te recuerda que, en el renacer de una nueva semana, sigues sin encontrar un empleo que te pueda salvar de una vida que te ahoga. El lunes es un día aciago, que conmemora que tienes que hacer lo que tienes que hacer porque la mera existencia te dicta que lo tienes que hacer. El lunes es un recordatorio constante de que, hagas lo que hagas, es porque no puedes hacer otra cosa, por mucho que eso sea lo que tú mismo has escogido y eso te convierta en un auténtico privilegiado.

Muchos dicen que es azul, que un lunes gris no es otra cosa que un blue monday. Otros saben que se refieren a lo mismo, aunque no entiendan como el azul puede ser positivo para un cielo pero dañino para el portador de un número en el calendario. Pero da igual, solo es una demostración de que a un lunes le da igual su color sea cual sea la franja horaria en la que nace y muere, porque su idiosincrasia seguirá portando la tristeza como bandera. El lunes es desalmado, es un hijo de puta, y todo el planeta lo sabe. Insuficientes personas son las que han escuchado alguna vez a otro decir “me encantan los lunes”, porque el lunes es un leproso al que hay que reprobar su propia naturaleza.

Otros miran por la ventana. No ven nada, aunque tampoco esperaban hacerlo. Solo perciben un lunes gris, pero eso ya lo habían descifrado antes de tener la lectura objetiva que les iba a mostrar el cielo. Un cielo que, paradójicamente, no acaban de interpretar aunque lo tengan delante de sus ojos. No saben, no pueden. No quieren. No les apetece, como nada lo hace. Es un lunes gris, eso es lo único que parecen percibir. Se levantan, algunos, miran a su alrededor, y es un lunes gris. ¿Es desidia lo que despiden al moverse con tal parsimonia? ¿Es pereza como pecado entendida? Solo se aprecia desgana en sus movimientos y hastío en sus ojos.

Pero no es desgana, sino desesperanza, y no es hastío, sino ceniza. La ceniza de lo que una vez fueron, o lo que una vez creyeron ser, y murió tras ser quemado por la vida, o por una pérdida, o por muchos, o por uno. Son los restos visibles del naufragio de los que, tras el hundimiento y la rendición, jamás lograron arribar al alzamiento. Son los que inspiran a seres extraños a escribir “Si uno se fijaba lo suficiente, podía ver como el fulgor del fuego que antaño restallaba en sus ojos resplandecía por un mísero instante, para rápidamente convertirse de nuevo en la ceniza de cuyo color tintaba su vida”. Son los que capitularon. Los que se cansaron de mirar por la ventana para averiguar cómo se presentaba el día, porque aprendieron a saberlo de antemano. Es diciembre, es julio. Es otoño, es verano. Es bisiesto, es puente, es primavera, es viernes, o jueves, o domingo. Da igual. Es lunes. Es lunes gris. Como todos los días cuando se levantan. Como todas las horas que les toca vivir. Como todos los segundos en los que se arrastran por el mero hecho de existir. Es gris, es blue, los dos al mismo tiempo, pero es lunes. Es el viernes de un lunes gris. Son las doce y media de la mañana de un lunes gris. Es un martes 24 de enero de 2017 de un lunes gris. Da igual lo que marque la agenda, el reloj, la pantalla del móvil, porque todo es lo mismo: es un lunes gris de una vida gris.

Quizá algún día encontréis esa paleta de pintor que os permita zanjar ese daltonismo acromático, porque esa traza de ceniza en los ojos provoca ceguera irreversible con el tiempo. Todos los días no pueden ser lunes, porque no todos los días deben ser grises. Observad un color, y no un sentimiento. Ved un blue sky en vez de un blue Monday, y no con los ojos, sino con la cabeza, puesto que vuestra mirada os engañará. Intentadlo. Intentad sacudir esa combustión causada por la vida, o por algo, o por muchos, o por uno, pero intentadlo. Intentad renacer de vuestras cenizas, pintad un Ave Fénix con vuestra cara y firmadlo con vuestro nombre. Intentadlo, porque aunque quizá seáis objetivos con que todos los lunes son grises porque objetivamente para vosotros lo son, no sois justos con esa certeza, esa profecía autocumplida, de que no podéis hacer nada por evitarlo. Hoy no es lunes, es martes. Haced de este lunes gris un martes 24 de enero de 2017. ¿Queréis saber por qué?

Porque sí podéis. Y ahora tú: ánimo. Reinventa el lunes para que signifique coraje, engaña al gris para que forme parte del espectro del arcoíris, pregúntale a la ventana qué día te ofrece y exígele que te responda la verdad, y después oblígate a creerla. Invierte el continuo espaciotemporal y consigue que esa ceniza retorne al fuego, y nunca más dejes de echar leña. Convierte ese gris en gris y en el resto de colores, ese lunes en lunes y en el resto de días, y esa vida en tu vida, digna de ser vivida y digna de ser tuya. Cambia el número de la pregunta: ¿quieres saber por qué?

Porque sí puedes.

La enésima primera vez

Una “primera vez” es un momento único e irrepetible en el tiempo, en la existencia de cada uno. Es independiente del carácter de la misma: puede ser positiva, negativa, fascinante, desgarradora, deslumbrante, embarazosa, incluso neutra. Puede ser imborrable, inmortal, inolvidable, y puede no significar absolutamente nada. Puede ser hermosa, como un primer beso en los labios, o deleznable, como un primer beso en los labios. En verdad todo depende de cómo nos haya marcado esa primera vez, si es que ha llegado a significar algo para nosotros. Ese primer beso puede haber sido apresurado, espoleado por una sociedad que te ha dictado que a la edad que marca tu calendario ya te ha tocado vivirlo, y regalar esa única ocasión de tu vida a una persona que no significa nada, provocando que esa primera vez tampoco represente un momento íntimo, ni apreciado, ni reseñable, o ni siquiera digno de recordar. Y también puede ser que ese primer beso no sea otorgado por una o dos personas, sino planificado por el universo, por el destino, por una providencia que llevara a dos personas en cualquier instante de sus vidas a sentir que ese primer beso es el que llevaban esperando ambos durante toda su existencia. Que fuera tierno y atropellado, dulce y apresurado, delicado y torpe, y sentir de manera incomprensible que es todo eso a la vez: completamente imperfecto y completamente perfecto al mismo tiempo. Una ocasión que ni las nieves del tiempo, o ni siquiera una despiadada demencia, fueran capaces de borrar.

E incluso ese primer beso puede convertirse en dos primeras veces a la vez, memorable e indigna al mismo tiempo, al dividirse en dos instantes distintos del tiempo. La primera vez que ocurrió ese primer beso, y otra primera vez en la que sobrevino el primer beso de amor. Incluso el hecho de perder la virginidad, acto que por definición solo puede darse una vez en la vida, puede convertirse en una mitosis dentro de la memoria. Esa primera ocasión en la que dos cuerpos se entrelazan puede evocarse como todo lo contrario: que a pesar de compartir unas mismas coordenadas, se repelen entre sí. Puede resultar abominable, horrorosa, atrozmente dolorosa, ridículamente vergonzante, y ser tachada y renombrada como primera vez aquella en la que valió la pena fundirse con otra persona, enterrando en lo más profundo del cerebro aquel inicial y repugnante hurto de la inocencia carnal de un ser humano.

¿Y qué decir del primer amor? ¿De la primera vez en la que una persona encuentra la felicidad absoluta en los brazos de otra? ¿De ese torrente de neurotransmisores y reacciones químicas que amplifican de una manera realmente contraria y opuesta a la razón esa dicha, esa alegría, ese dar gracias por estar vivo, haber encontrado con quién compartir el resto de tu vida? Y esa primera vez puede rememorarse casi todos los días hasta el lecho de muerte, si esa misma persona ha sido finalmente la que ha recorrido el camino entero a tu lado. Y esa primera vez puede evocarse en algunas ocasiones, cuando aquel amor no acabó de cuajar tras unos cuantos años, pero volver a la mente como unos de los momentos preciosos y dignos de guardar como un tesoro secreto que incluso prefieres no compartir con un nuevo compañero, para evitar que este no acabe de entender que no forma parte de esa bonita parte de tu vida. Y esa primera vez puede ser sepultada en la memoria, cuando a la fase de enamoramiento siguió una relación tormentosa y sombría, llena de sombras, vejaciones y penas; y tachada para poder guardar como ese momento bonito una nueva primera vez junto a alguien que finalmente correspondió como debía. Una nueva mitosis; redundando, una segunda, o tercera, o enésima ocasión que se convierte en otra nueva primera vez.

Y estas ya mentadas deben ser las más íntimas ocasiones, pero no irremediablemente las más importantes. Cuan potente puede ser el recuerdo de la primera vez que viste por primera vez a tu primogénito, o, maldita vida hija de puta, la vez que perdiste a tu hijo. La primera vez que viviste un instante de felicidad demasiado intensa como para que tu organismo fuera capaz de soportarla, y también el momento en que te diste cuenta de que esta se había perdido. Ocasiones que pueden no suceder nunca. Ocasiones que podían suceder y no suceden. Ocasiones que queríamos que sucedieran y jamás lo hicieron. Primeras veces que consideramos “normales”, típicamente existenciales, y que nunca vemos aparecer en nuestra vida. Primeras veces que pueden conllevar múltiples ciclos a su vez: la primera vez que te hundes, te rindes, miras alrededor sin creerlo y te levantas por fin, todo en uno.

Y tras dar estas cuantas vueltas de tuerca recién exhibidas, a través de un vigoroso ejercicio de egocentrismo giramos de forma brusca el timón para poder plasmar así unas primeras veces que en principio solo existían en la mente de quienes esto suscribimos. Con sus ineludibles pasos previos, claro: escribir, como siempre a lo largo de nuestras vidas. Apreciar lo que escribimos, convencernos de que a pesar de ser una mera expresión de todo lo que nos urge y no sabemos exteriorizar de otra manera, no está nada mal. Ser capaces de intentar dar un paso más y crear una historia ajena a nuestra vida. Conseguirlo, y creer que esa narración puede tener sentido más allá. Conseguir una primera vez que no existía: terminar un libro. Dar el salto, atrevernos a intentar publicarlo. Es entonces y solo entonces cuando pueden darse una secuencia de nuevas primeras veces, y la fortuna quiso derivarnos hacia ellas. La primera vez que una editorial nos dijo que quería publicar nuestra primera obra, o la primera vez que presentamos un libro. Inéditas primeras veces, que al publicar se hacen reales.

Pero a pesar de todo, hay situaciones que dos autores bisoños con una novela desconocida no están condenados a disfrutar. Por mucho que la escriban o publiquen, nunca, jamás, parece posible que una tercera persona que de nada les conoce y que camina por la vida a cientos de kilómetros de distancia les cuestione por la posibilidad de conseguir un ejemplar dedicado de su obra. Algo que conlleva dificultades logísticas e incluso monetarias, pero que parecen pasar a un segundo plano porque el interés de conseguirlo es mayor y las confina a ello. ¿Qué podría sentir un escritor desconocido ante ello? ¿Orgullo, alegría, satisfacción, regocijo, un subidón de la hostia?

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Ahora sin signos de interrogación: orgullo, alegría, satisfacción, regocijo, un subidón de la hostia. Todo esto y más es lo que sentimos desde que esa persona, ese miembro de esta misma blogosfera, contactó con nosotros para conseguir un ejemplar firmado de “Las crónicas del Otro Mundo”. Y todavía seguimos sintiendo ese orgullo tras enviarle este paquete, después de haber podido solventar por el camino unas dificultades que no esperábamos. Y ese orgullo seguirá ahí siempre. Ese recuerdo seguirá ahí siempre. Esta nueva primera vez, que no existía ni había tenido por qué existir, permanecerá inalterable en nuestra memoria. Y al igual que ese ejemplar embalado, esta entrada también va dedicada.

Para Francisco “Torpeyvago”: gracias por darnos la oportunidad de poder vivir esta nueva primera vez.

LChDOM: los Christmas del Otro Mundo

Son las segundas fiestas navideñas que el Otro Mundo pasa con todos nosotros, y 2016 tiene pinta de haber sido un buen año para LCDOM, al menos en este universo virtual. Desde que nos despedimos del extinto 2015 en este mismo espacio nuestra criatura ha hecho muchos amigos y muy interesantes en la blogosfera (a vosotros os lo vamos a contar, como si no lo supierais…). Queríamos que nuestra novela creciera, y aunque más que ella misma ha sido el blog el que lo ha hecho, la historia también se alegra por él.

Lo gracioso del fin de año ha sido que nuestros amigos más cercanos han decidido ejemplar en ristre dedicarnos unas cuantas postales navideñas, y la verdad es que ha sido muy bonito, entrañable y cosa maja en general ver nuestro libro celebrando estas fechas navideñas en varios hogares como uno más. Además, como no le hace falta cenar sale bastante más barato invitarlo al evento que a un cuñado o a una tía abuela lejana, aunque esta solo coma peladillas. ¿Queréis ver estas obras de arte? ¿Queréis ver estos LChDOM, los Christmas del Otro Mundo?

(Tenéis que responder “sí”, porque vamos a colgar dichas postales navideñas de todos modos)

Damos las gracias encarecidamente y con una lagrimita derrapando por nuestras mejillas a Eva, Mari Loli, Mt, Miriam, Sergio y Fani por la nueva modalidad de misivas de felicitación que han creado tanto en este como en el Otro Mundo: las postales navideñas LCDOM. No todos los autores pueden crear tanta tendencia, ¿eh? ¡Admitidlo! (O no lo hagáis, lo vamos a seguir pensando igual). Por nuestra parte os vamos a felicitar con nuestra propia postal navideña, fiel reflejo de la exclusiva cesta de Navidad LCDOM de edición limitada (concretamente limitada a una sola, dicho sea de paso). No se sortea ni nada, pero se ha quedado chula y nos vale para presumir de novela.

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Limited Edition 1/1, of course

Finalmente, y parafraseando los imperecederos deseos en 2015 de dos excelsos autores, lo dicho: feliz año nuevo a los habitantes de este universo de parte de los moradores del Otro Mundo. Brindamos por vosotros; ¡salud!

Pd. Os dejamos un villancico que perfectamente podría haber aparecido en las páginas de LCDOM, porque, al igual que él, tras vivirlo de primera mano no puede dejar indiferente a nadie.

Los ladrones de sonrisas

No es difícil comprender por qué los hombres grises de Momo hacían lo que hacían: era una simple cuestión de supervivencia. Absorbían el tiempo de los seres humanos para literalmente respirar, aunque su forma de inhalar vida fuera distinta a la que nosotros conocemos. En la adaptación al medio solo los más fuertes sobreviven, y la suya consistía en persuadir a todas las personas de que su tiempo era demasiado valioso para disfrutarlo en vez de invertirlo, también literalmente. Todos aquellos convencidos resultaron estar menos adaptados al medio que los envolvía, y Charles Darwin tendría una razón para condenarlos si no fueran un mero fruto de la imaginación de Michael Ende.

No obstante, Ende se convirtió en Darwin y, como las especies más fuertes que resisten el embate de la evolución, sus hombres grises se adaptaron al medio para lograr sobrevivir. Momo y Casiopea se extinguirían fuera del papel, dado que las causas justas están condenadas a la extinción en un mundo como el de hoy en día, pero sus antagonistas lo tenían todo para conseguir alcanzar la perpetuidad. Puede que ya fueran inmortales al plasmarse a través de la tinta en un relato que año tras año traspasa las nieves del tiempo y aparece imperecedero al otro lado, pero eso también les condenaba a la inmovilidad. Y no. A pesar de la paradoja, así son incapaces de sobrevivir: siguen necesitando más almas virtuosas, honestas o simplemente decentes de las cuales alimentarse.

Quizá su autor los creó de forma que nunca pudieran perpetuarse lejos de su manuscrito a través de una dieta imposible en otra dimensión, pero siguieron los pasos de Zeus y timaron a Cronos. Los hombres grises se evadieron de las páginas escritas y tomaron posiciones en el mundo real, convirtiéndose en personas para poder sobrevivir en esa recién estrenada vida. Al no encontrar ajenas hojas de flores horarias que fumar para subsistir, tuvieron que urdir una nueva forma de robar el tiempo de los seres humanos a su alrededor. Quizá les llevara cierto periodo de su existencia encontrar ese modo de hacerlo, o quizá no. ¿Quién iba a poder darse cuenta de que los hombres grises estaban a su lado en un bar, en un autobús,… en su propia cama? Lo único cierto es que finalmente dieron con la tecla: lo único que tenían que hacer era cambiar la moneda.

Al igual que en la tinta escrita en la que nacieron, tenían que mentir para conseguir sus objetivos, y eso se les dio igual de bien en la realidad como en el papel. Y también tenían que robar el tiempo de las personas, pero ya no como alimento, sino como intermediario. Al pasar de hombres grises a humanos grises se vieron obligados a estrechar los lazos como nunca lo habían hecho con los seres de los que iban a nutrirse, y en algunas ocasiones hasta el extremo. A veces ni siquiera resultó necesario buscar esa “comida”, sino que simplemente esta siempre se había encontrado en casa, durmiendo toda la vida en la habitación de al lado, aunque en otras ocasiones debieran salir al exterior para encontrar ese maná. Y así hasta hoy. Los humanos grises se sirven de muchos métodos para lograr sus objetivos: se muestran indefensos, exigen ayuda, demandan dinero, compañía, auxilio, comprensión… y luego, como primer paso, traicionan. Traicionan al mentir, traicionan al utilizar a esas personas para después dejarlas en la estacada, traicionan al hurtarles para siempre su dinero, traicionan porque así se sienten superiores, traicionan por el mero hecho de que se sienten bien con ello por cruel e inaudito que suene, e incluso traicionan utilizando todas estas maneras a la vez. Pero el segundo paso que siguen es aún más despiadado: traicionan al mostrarse al mundo como las víctimas de las otras personas que siempre han estado ahí para ellos, y lo hacen de manera que ese mundo expectante les da la razón. Ante esa comunión entre emisores y receptores leales a la mentira se llega a una conclusión inequívoca: los traidores, tras sus inhumanas acciones, acaban con una sonrisa en la cara. Se sienten orgullosos y satisfechos, y aunque en ningún modo deberían sentir lo primero, sí tienen que hallar la satisfacción dado que eso significa que han cumplido el objetivo que buscaban. Utilizan el tiempo invertido en ellos por sus víctimas para obtener su nueva moneda: roban la sonrisa de su cara, la injertan en la suya, se dan la vuelta y desaparecen.

Y son amigos que, tras una agresión a la moral de uno de ellos, se dan la vuelta haciéndose los locos y proclamando al agraviado que o no han hecho nada o nunca se enteraron de aquella iniquidad. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son familiares que, tras maltratar de cualquier manera a uno de sus parientes, a sangre de su sangre, se autoconvencen de que la culpa nadie la tiene excepto la víctima, y cualquier atisbo de objetividad es irrelevante. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son parejas que, tras mentir despiadadamente a la persona a la que están abandonando por otra relación con mentiras genéricas e infumables que lo niegan, se dan la vuelta y le cuentan al mundo que eso no es verdad, que se han separado por otro motivo y que ese semejante que ya tienen al lado no ha tenido nada que ver, narrándoselo a aquellos leales a la mentira que saben que le seguirán la corriente. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y son desconocidos que aún conservan su naturaleza de hombres grises y, con las mismas argucias y embustes, engañan a otras personas para invertir en ellos no su tiempo esta vez, sino directamente su dinero. Todo su dinero, todo el que les permite seguir viviendo en este planeta. Y se lo llevan, y este desaparece, y los ladrones se escudan en que las circunstancias o el mercado han sido los responsables; y todos los hombres y humanos grises del dinero a su alrededor le dan la razón. Y después, haciéndose valer de su mayoría, lo cual convierte “la realidad” en “la verdad” aunque ambas sean contrarias, roban su sonrisa y le dan la espalda.

Y aunque hay más, no hacen falta más ejemplos que te roben la sonrisa. Pueden ser una, dos, dieciocho o ciento veinticuatro personas, y puede ser uno, dos, once o mil tres casos, o todo a la vez, porque da igual. Esos humanos grises necesitan tu sonrisa para vivir, y les da igual las barbaridades que tengan que acometer para conseguirla. Y su extinta pero latente naturaleza de hombres grises hace que, cuando se les gaste, vuelvan a atentar contra la dignidad de una persona… y que por desfachatez y experiencia vuelvan a esa misma persona, a sabiendas de que tienen opciones de volvérsela a robar. Y hay veces en las que coherentemente no logran asomarse a su objetivo porque sus damnificados han aprendido o son presa del rencor, pero en otras ocasiones esas víctimas vuelven a picar, vuelven a sonreír… y vuelven a perder esa alegre mueca exhibida en sus bocas por el mismo motivo, una y otra vez, una y otra vez.

Pues, demostrada su eficacia, los ladrones de sonrisas nunca tienen una razón íntegra que pueda convencerles de que deberían asesinar el adjetivo que define su color, y volver a ser humanos de verdad.

El bueno, el tonto y el malo

El bueno. Ese que siempre estuvo ahí. Una persona rodeada de personas. Todo ser humano suele necesitar ayuda a diario, no nos engañemos, normalmente en acciones sin apenas relevancia en esta existencia que nos ha tocado llevar. En esas cosas tontas son varias las personas que se ofrecen a auxiliar. Algunas veces unas y otras veces otras; excepto una de ellas, que ofrece siempre su asistencia. Y ese “siempre” significa “siempre”. Considera que si alguien ha pedido ayuda es porque la necesita, y siempre se la ofrece simplemente porque le nace de dentro hacerlo así, porque ha creído que debía hacerlo así, e incluso porque le hace sentir bien tanto el hecho de ofrecerla como el de llevarla a cabo. Es su forma de ser y su forma de vivir, echar una mano independientemente de que el favor a realizar sea liviano e inane, o engorroso y agotador. Eso no importa, porque lo verdaderamente relevante para él es ayudar, y los beneficiarios se lo reconocen a base de sinceros agradecimientos y un más que merecido aprecio suplementario. El bueno no buscaba ninguna recompensa, pero eso que recibe es lo que más le empuja y reconforta.

El tonto. Ese que siempre tiene que estar ahí. Un vasallo rodeado de personas. No le hace falta ofrecer su ayuda, dado que los demás ya saben que él está más que dispuesto a brindarla, y no hacerlo iría en contra de toda su idiosincrasia. Y es cierto: el tonto siempre está dispuesto a echar un cable a quién lo necesita, y ese “siempre” vuelve a significar “siempre”. No obstante, un matiz ha cambiado. El bueno está dispuesto a ofrecer ayuda, pero el tonto está obligado a ofrecerla por el mero hecho de que las peticiones que recibe en el fondo no son tales, sino exigencias. Disfrazadas, veladas, no explícitas, pero exigencias al fin y al cabo. En teoría no estaría obligado a prestar la ayuda, pero la expectativa de la gente a su alrededor es distinta. El tonto siempre ha ofrecido su ayuda y la ha llevado a cabo, por lo que la única conclusión posible es que la próxima vez que se le pida, volverá a realizar lo demandado. Y él lo hace así porque “sabe” que debe hacerlo por sistema, y esta vez su recompensa será un “muchas gracias” más pronunciado por mera inercia que por agradecimiento real.

El malo. Ese que nunca debió estar ahí. Un ingrato rodeado de personas. El malo no es un ser humano incapaz de ofrecer su ayuda, ni mucho menos; de hecho, es posible que lo haga mucho más de lo que parece indicar el vocablo que lo define. Pero solicitarle ayuda ya es otro cantar muy distinto. Una persona puede pedirle ayuda, sin exigírsela en modo alguno, simplemente porque la necesita en un contexto en el que es conocedor de que el malo sabe manejarse, lo cual no deja de ser lógico. Y el bueno aceptaría otorgar esa ayuda con una sonrisa fuera cual fuera el coste, y el tonto también lo haría porque está acostumbrado a que ese tipo de peticiones vayan siempre dirigidas a él. Pero la actitud del malo no es tan simple. En el momento de recibir la petición evaluará si el contexto se lo permite, en su sentido más amplio. Se negará si requiere más tiempo y esfuerzo de los que puede emplear, cosa que ni el bueno ni el tonto se plantearían. Se negará si le supone un agravio físico, mental o moral, cosa que, aunque suene extraño, tampoco el bueno ni el tonto se plantearían. Y aunque todas estas condiciones no le impidieran efectuar la ayuda que le piden, si tiene claro que le están planteando una exigencia porque los demás creen que es su deber acatarla a pesar de que pueda importunarle, el malo se negará, cosa a pesar de la cual el bueno consentiría y el tonto acepta como modus vivendi. Y como es “normal”, todos aquellos que rodean al malo lo tildarán de desagradecido, de egoísta, de desleal,… de mala persona.

Qué bueno es el bueno, qué tonto es el tonto y qué malo es el malo, ¿verdad? Pero, ¿qué pasaría si en vez de solo hacer zoom en sus caras decidiéramos hacer una foto panorámica? ¿Veríamos a alguien más?

Nunca se abrió un telón y apareció una persona diciendo “Damas y caballeros, con todos ustedes, ¡el bueno!”, y este se presentó entre aplausos. Qué va. El bueno siempre estuvo ahí, pero para el resto del mundo solo lo fue a partir del momento en que ellos lo descubrieron. Ellos pidieron algún tipo de ayuda, y el bueno emergió como lo que es: la persona solícita y servicial que se alegraba de poder facilitarles la vida. Y ellos se encontraron con una persona excepcional, a la que profesar franco agradecimiento por ayudarles en sus momentos de necesidad sin pedir, o mejor dicho, sin querer, nada a cambio. Y como es evidente, cuando encuentras a una persona que vale la pena, te quedas a su lado: así es como el bueno se topa con nuevos allegados y personas más cercanas en su entorno, lo cual, más que recompensa, le resulta una satisfacción.

Ellos no son estúpidos: aprenden. Comprueban que el bueno siempre ofrece su ayuda cuando la necesitan, lo interiorizan y piden cada vez más amparo, en cada vez más tareas, en cada vez más variados contextos, sabiendo que el bueno siempre acudirá en su auxilio. Ellos vuelven a aprender, y aumentan su tasa de demandas. Conocen de primera mano que, sea lo que sea que quieran, el bueno lo hará. Tiene que hacerlo. Siempre lo ha hecho, así que, por puro sentido común, no va a dejar de hacerlo en ese justo momento en el que le piden ayuda. En ese instante la petición muta a exigencia, y el bueno se convierte en el tonto: en realidad, se ha ido metamorfoseando en él desde que ellos comenzaron a aprender, pero eso es algo de lo que nunca se había dado cuenta. Darwin tendría mucho que decir en esto, porque el bueno simplemente se ha adaptado al medio, aunque este se haya endurecido para él. Las exigencias se convierten en mandatos, los agradecimientos en falsos y, como no podía ser de otra manera dado que el favor se ha metamorfoseado en obligación, las formas ya no son las mismas. Si tienes que hacer algo, el no poder realizarlo no es omisión de ayuda desinteresada, sino deslealtad.

El bueno se convirtió en el tonto, y, tras demasiada ayuda vertida en personas desagradecidas que no solo no aprecian su esfuerzo, sino que se lo exigen incluso de forma grosera y arrogante, el tonto explota. ¿Por agotamiento? ¿Por impotencia? ¿Por rabia? ¿Por qué su fortaleza mental ya no da para más? ¿Por abrir los ojos a la realidad? ¿Por una o dos de estas razones, o por todas juntas? Quién sabe… pero el tonto grita lo más alto que puede “basta”, ya en voz alta, ya en silencio, y se niega a obedecer órdenes si le resulta imposible o insano realizarlas. Ellos han rebasado su límite. Ellos, los mismos que, al encontrarse una negativa a su exhorto, se tiran de los pelos. Ellos, que tras días, meses, años e incluso décadas han estado abusando del tonto, juzgan como inaceptable su conducta. Ellos, los que deberían amparar a esa persona, hacer su vida más fácil, protegerla de los egoístas que quisieran aprovecharse de ella, le recriminan, le censuran e incluso le insultan porque en lugar de ponerse de rodillas como siempre, el tonto ha decidido permanecer en pie. Aunque, como es evidente, el que permanece erguido ha dejado de ser para siempre el tonto: aunque ahora renieguen de forma visceral de la criatura que han creado tras tantas vejaciones, ellos han sido quienes lo han convertido en el malo.

Ellos, los que han sentenciado que el malo es el culpable. No se sienten responsables de ese ente que se han esforzado en inventar a base de indignidades, por el mero hecho de que ellos no han cambiado. Y ellos tienen toda la razón: no lo han hecho. Siguen siendo los mismos, con las mismas nefastas conductas sobre su vasallo, con sus mismas censurables formas, y con un nuevo argumento tan irrebatible como estúpido. Ellos no son responsables porque han actuado como siempre: es el malo el que ahora actúa de forma diferente, y, por tanto, es el único culpable de que la situación haya empeorado. Y eso también es cierto: la situación ha empeorado. Para ellos empeora porque, en el colmo del absurdo, son incapaces de atribuirse ni el menor atisbo de responsabilidad de lo que han hecho. Ni saben, ni quieren. Para el malo empeora aún más, porque ellos seguirán acosándole con su falsa justificación. El malo ha cambiado, y quieren hacerle entender que está equivocado, que ellos llevan razón, que ha perdido el camino recto; que, aunque no lo comprenda, es él quién está actuando mal. Ellos nunca estuvieron interesados en ampliar el campo de visión: lo que desean, lo que les viene bien, lo que no están dispuestos a aceptar de otra manera, es seguir enfocando el objetivo al selfie del bueno que se convirtió en malo sin motivo alguno. Mientras tanto, el malo, tras tanta devoción hacia ellos, se queda solo. Ellos se encontraron a un bueno que decidieron convertir en tonto, hasta conseguir de forma intolerable que de aquella tonta crisálida emergiera un malo. Y a ese malo más vale denunciarlo como el culpable de todas las desdichas antes de que un examen de conciencia involuntario pueda revelar otra realidad distinta.

Nunca te equivocaste al ampliar el horizonte de tu mirada si lo que buscabas era la realidad, pero la verdad es así de amarga: el bueno, el tonto y el malo siempre fueron y siempre serán la misma persona, y el momento de cada uno simplemente depende de cuánto ellos quieran apretar.

Y ellos nunca estarán dispuestos a dejar de apretar.

El bautizo

–A mí ponme una cerveza sin alcohol.

–Para mí un tinto de verano, gracias.

–Bueno, tío, ¿entonces te han dicho algo o qué?

–Sí. A ver, me mandó un correo la editorial diciéndome que, siendo de Elche, podían contactar con el responsable de Ali i Truc para presentar el libro, porque allí ya lo han hecho alguna vez con otros títulos de la misma editorial, que está asociada con ellos. También me daban la opción de hacerlo en otro lugar si teníamos en mente alguno, que eso también podíamos hacerlo, pero en ese caso tendríamos que llevar nosotros los libros allí y tener una persona que se encargara de venderlos y cobrarlos.

–¿Lo presentamos en Ali i Truc mejor, no? Menos lío.

–¿Sí, verdad? En Ali i Truc y de puta madre, yo creo que daría bastante caché al evento hacerlo allí, para mí que es la librería más conocida de la ciudad, así que bien.

–Pues de lujo, les dices que allí y tal. Lo que no sé es donde hacen las presentaciones, igual las hacen en la planta de abajo.

–Pues no sé pero debe ser así, yo arriba no creo que haya sitio. Aunque total, para cuatro gatos que van a ir, seguro que con el armario de las escobas nos vale para caber todos.

–¡Ya ves, tío, no va a venir ni el tato a vernos!

–Para mí casi mejor, yo no he conseguido hacer en mi puta vida una exposición decente, ni en el instituto, ni en la universidad… Creo que ni en la discoteca borracho, por eso no follo ni pagando.

–¡Jajaja! En fin, de todas formas vamos a tener que hacer un evento en Facebook e invitar a nuestros contactos a la presentación, por lo menos para hacer el paripé. Nos falta hacer el perfil de Twitter de LCDOM, porque el blog ya lo tenemos.

–Sí, cuando presentemos la novela ya iremos moviendo más el WordPress.

–Entonces eso, le mandas el correo a la editorial diciendo que lo presentamos allí, y ya a ver qué te dicen sobre la fecha. Igual tendríamos que pasarnos un día por Ali i Truc y preguntar por el jefe, para que nos comente como hacen las presentaciones y tal.

–Cuando tú digas, que vas más liado.

–Vale, pues cuando tengamos clara la fecha veo que día podemos quedar y te pego un toque. ¡Joder, Piatti!

–La que ha fallado, el cabrón… ¡Nuno, vete ya!

***

–Un tinto de verano.

–Yo una tónica, sin hielo.

–Joder, sí que vas fuerte tú, cuidado no te vayas a emborrachar…

–Es que estoy resfriado, tío. Bueno, ¿qué? ¿Qué te ha dicho el de la editorial?

–Me dijo que podíamos escoger el día que quisiéramos, preferiblemente a partir de la segunda quincena.

–Pues a ver: si es entre semana tiene que ser por lo menos a las siete o las ocho de la tarde, porque antes voy de puto culo.

–No, yo creo que tiene que ser un sábado. Ese día solo abren por la mañana hasta las dos, pero a la peña le pasa lo mismo que a ti, que entre semana lo llevan chungo para ir a una presentación. Que si salen de currar y van pegados de tiempo, y ponte a aparcar por el centro y tal… Como seguro que ya van a venir pocos, si encima ponemos la presentación entre semana nos vemos allí el de Ali i Truc, tú y yo.

–¡Estaría muy guapo, le presentaríamos el libro a él para que se lo comprara a sí mismo!

–¡Jajaja!

–Entonces les decimos que la presentación la hacemos un sábado, ok. ¿Qué día caen este mes?

–Pues después del viernes, fijo. Vale, menuda chorrada…

–Voy a mirarlo en la agenda.

–Ya me lo he estudiado, creo que lo suyo sería hacerla el día 24. En el correo la editorial me ha dicho que los sábados las presentaciones suelen hacerse sobre las doce y media, o como muy tarde a la una.

–Vale, entonces, ¿qué? ¿A las doce y media?

–Tío, yo estoy cagao, prefiero ponerla a la una porque como la librería cierra a las dos, así no nos da tiempo a extendernos demasiado. Macho, es que yo no creo que pueda hablar ni cinco minutos seguidos, si nunca he sabido exponer nada.

–¡Oye, espera un momento! ¡Tío, que el 31 es sábado, cae Halloween! Es el día perfecto para presentarlo, ¿te imaginas?

–No me había fijado que era Halloween, la verdad… Lo que sí había visto es que en ese finde cae el Día de Todos los Santos el domingo, que se pasa como festivo al lunes. O sea, que, por ejemplo, unos cuantos de mi peña igual se van de puente, y cómo no estamos precisamente sobrados de audiencia, había pensado que mejor la semana antes.

–Ya, es verdad… pues qué lástima, hubiera estado guapo presentar LCDOM en Halloween.

–Nos pondríamos un par de calabazas en la cabeza para hacerlo más comercial, y así de paso no se nos ve la jeta, que seguro que nos restaría ventas.

–¡Jajaja, ya ves, tío!

–Hostia, es que cada vez que pienso en la presentación se me meten todos los nervios en el estómago, vaya tela… Estoy cagao.

–Tío, a mí cuando me toque presentar me quedo callado, y así hasta que quieran echarme.

–Pues entonces creo que va a ser como una presentación en plan película de cine mudo, porque si tú eres el que sabe exponer de los dos y te callas, vamos apañados…

–Bueno, pues ya tenemos decidido que sea 24. Mándales un correo diciendo que elegimos ese día a la hora que tú veas, y ya nos pasamos un día por la librería para hablar con el de allí.

–Ok. Tío, solo de pensar que tengo que exponer aunque sea delante de cuatro gatos me pongo peor que el Valencia de Koeman.

–Tenían que volver a jugar los míticos, tío: Djukic, Fernando, Albelda, el Piojo, Anglomà…

–¡Qué grande era Jocelyn, joder!

***

–Oye, tío, al final no puedo ir a la presentación que hay en la librería para ver cómo hacen esas cosas. Me ha llamado una amiga que ha tenido un accidente de coche, y no sabía a quién llamar porque si se lo decía a sus padres se lo tomaban a la tremenda y era peor, así que me voy a tener que ir en cuanto me vuelva a avisar, que están allí con jaleos de atestados y la ambulancia y todo eso.

–Joder, tío, vaya mierda. ¿Está muy mal o qué?

–No, dice que no es para tanto, pero estaba bastante nerviosa, así que me voy a tener que ir en cuanto me diga. Así que de momento vamos a mirar esto de la presentación hasta que me pegue el toque, y en esas me largo.

–Oye, que si tienes que irte ya no pasa nada, eso es más importante.

–No, si de momento está ocupada con todo el barullo que se ha montado, por eso me ha dicho que ya me dirá cuando necesita que vaya. Vamos a mirar esto rápido, y cuando me diga ella ya me abro.

–Bueno, vale. Entonces, ¿qué? ¿Qué te dijo la editorial?

–Pues eso, le dije que preferíamos la presentación el sábado 24 a la una y me contestaron que de acuerdo, que se lo comunicarían al de la librería. También les propuse esa hora porque tengo gente que quiere ir, o por lo menos eso dicen, que curran por la mañana, que antes de la una tendrían muy jodido llegar, pero que igual a esa hora sí podrían acercarse.

–¿Tú cuantos crees que van a venir de los tuyos?

–Yo qué sé… A mí me ha dicho un capazo de gente que va a venir, pero yo no pongo la mano en el fuego por todos los que me lo han comentado. Creo que entre colegas, familia y alguno de Murcia que venga se pueden juntar treinta por lo menos.

–Hostia, pues ya son treinta más de los que yo creía que venían.

–Y yo, y yo.

–Bueno, si eso es así seguro que tú traes más gente que yo, así que esto es lo que he pensado. Yo creo que con hablar veinte minutos, como mucho treinta, es más que suficiente.

–Veinte, tío, veinte, no me jodas. No sé si soy capaz de hablar dos minutos, me vas a dejar un cuarto de hora ahí balbuceando palabras que no se me van a entender, como si hablara en klingon o en xml.

–Sí, mejor veinte, ¿verdad? Con que hablemos diez minutos cada uno es más que de sobra. Total, para lo que tenemos que decir…

–Casi mejor si no nos presentamos y lo hacemos por plasma, como Rajoy.

–Y si compra alguien la novela, que la firme el de la librería, ¿no?

–¡Jajaja! Pero es que para eso primero tendría que comprarnos un libro alguien.

–Yo creo que si nos escuchan en la presentación, lo compran aunque sea solo para tirárnoslo a la cabeza.

–Sí, pero eso después de que se lo firmemos, para que nos joda más.

–¡Jajaja, ya ves! Bueno, vamos a seguir con esto, no sea que te llamen y te tengas que largar. Mira, como tú vas a traer más peña, lo que creo que es mejor es que empieces tú dando la bienvenida a la gente, los agradecimientos y esas cosas. Después puedes comentar todo el proceso que hemos seguido desde que empezamos el libro, como se nos ocurrió la idea, lo del instituto en la clase de teatro también, que eso mola, y como nos putearon las editoriales hasta que conseguimos encontrar una de verdad. Para eso entre cinco y diez minutos te da, ¿no?

–Joder, macho, yo me he quedado en eso de que tengo que empezar yo… Vaya tela, si es que me muero solo de pensar que tengo que ponerme a hablar delante de gente.

–Ya, tío, es una mierda. Ya nos podían dar el Nobel directamente y ya está.

–Ya ves… Bueno, supongo que es lo lógico, que empiece dando la bienvenida yo y todo eso. Por lo menos eso me lo sé de cabo a rabo, no va a hacer falta que me estudie nada que no entienda. Algo es algo.

–Después sigo yo y ya expongo directamente de qué va el libro: basado en experimentos de los años setenta, de donde surgen esas teorías y el porqué de ese universo virtual, aunque en realidad no es exactamente virtual, eso tendré que explicarlo bien para que se entienda.

–Y de paso a ver si lo pillo yo también, porque yo sigo sin tener ni idea sobre de qué va LCDOM, y eso que soy coautor. Para mí que el libro solo lo entiendes tú…

–No, tío, si eso es lo que mola, que sean los lectores los que interpreten su propia historia a través de lo que lean, ¿no te parece?

–Yo es que me lo puedo esperar porque ya te conozco y sé lo loco que estás, pero no sé yo lo que dirá esa gente.

–Van a decir que estamos tarados, pero eso ya lo sabíamos…

–Cierto, cierto.

–Bueno, pues cuando yo acabe y si queda tiempo, tú podías explicar por qué es una novela distópica. Bueno, yo creo que es lo que toca; ya si no tenemos tiempo y no quieres, pues lo dejamos ahí. Nosotros nos hacemos un guión cada uno, si quieres ves lo de esa última parte aunque sea cortita, y si no, pues directamente que gracias por venir y que si tienen alguna pregunta.

–Nos callamos para siempre y que se vayan, y punto. Bueno, lo miraré, a ver qué sale de ahí.

–¿Eso es tu móvil?

–Sí, me está llamando mi colega. Me voy, tío.

–Bueno, espero que esté bien la chica. Ya hablamos de lo que nos sale para la presentación.

–Ok. Estoy cagao, tío…

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–Hola, tío. ¿Cómo lo llevas?

–Joder, estoy cagao, macho.

–Pues ya ves, yo no sabes cómo estoy. Ayer estuve ensayando delante del espejo y medio qué, pero viniendo para acá en el coche lo estaba recitando en voz alta y me he quedado en blanco nada más empezar. Tío, me da a mí que voy a pillar el folio y voy a estar leyendo y ya está.

–Tú tranquilo, verás que al final te sale que te cagas.

–“Que te cagas” ya me sale, porque cagao ya estoy.

–Pero oye, ¿de dónde ha salido toda esta peña? ¿Has visto la gente que hay fuera esperando a que empecemos?

–Yo qué sé, tío, al final han venido todos en tropel.

–Aquí treinta no hay ni de coña. ¡Tío, si son el doble por lo menos!

–¿Tantos? No creo, ¿no? Pero da lo mismo, a mí me sobran todos. Hostia puta, yo no puedo, eh. La madre que me parió…

–Va, tío, lo vamos a hacer que flipas, y después a celebrarlo.

–Mejor si nos largamos ya a celebrarlo y cuando estemos borrachos venimos a presentar el libro, mejor.

–Ya, tío… Joder, ya se ha puesto la gente a entrar. ¿De dónde salen tantos?

–¡Yo qué sé! Ojalá hubieran sido los cuatro gatos que esperábamos… Oye, dice Paco que ya es la una, que empecemos cuando queramos.

–Ufff.

–Ya ves… Como esta gente se quede seria mientras empiezo, yo no hablo. Si se ríen seguro que mejor y menos nervios, pero como los vea a todos callados y atentos, me pongo a leer y no levanto la mirada hasta que se me acaben los folios.

–Va, tío, tú confía. Lo vas a hacer de puta madre.

–Eso tú, que sabes hacer estas cosas. Bueno… pues nada. Llegó mi San Martín, como el cerdo que soy.

–Suerte, tío: ya verás cómo te sale genial.

–Vamos allá.

–¡Joder, tío, qué guapo!

–¡Ya ves, de puta madre, te lo he dicho!

–Mira, ya has visto que he empezado nervioso y más o menos he seguido así, pero te juro que es la mejor exposición que he hecho en mi vida.

–Te ha salido de puta madre, tío, genial, de verdad.

–Y a ti también, macho: no sé si alguien habrá entendido lo que has dicho, pero lo que has explicado lo has explicado de puta madre. Te ha salido de la hostia, yo hasta me he sentido más listo y todo al ir escuchándote.

–Ha ido de puta madre, ya ves. Tío, tengo la muñeca hecha polvo. Hacía tiempo que no escribía a mano, y de tanto firmar la tengo muerta.

–¡Pues ya ves! Yo creía que íbamos a vender cuatro libros de mierda, y vaya tela. Oye, mi colega ha contado la gente que ha venido: setenta y seis, tío, setenta y seis personas ahí metidas para ver nacer a LCDOM.

–Vaya tela, dos anónimos con su primera novela y vienen más de setenta. Si escribimos otra ya la presentamos directamente en la ceremonia del Nobel.

–¡Joder macho, vaya subidón! ¡Qué de puta madre ha salido todo! ¡Ahora a emborracharnos, hostia!

– & – ¡YO SOY ESCRITOR, ESCRITOR, ESCRITOR! ¡YO SOY ESCRITOR, ESCRITOR, ESCRITOR!

 

Y colorín colorado, la ristra de celebraciones de LCDOM hemos acabado.

Cumpleaños total

Al parecer siempre estamos de aniversario, pero esta vez no es culpa nuestra: wordpress nos ha invitado a otro cumpleaños del Otro Mundo. Casi mejor, porque él se acuerda mucho mejor de este tipo de fechas, vosotros lo sabéis bien. Parece que tenemos monopolizado el cupo de celebraciones: ya colgamos una entrada sobre el aniversario del día que recibimos el correo que nos confirmaba que iban a publicar “Las crónicas del Otro Mundo”, y hace mucho, mucho tiempo, una semana por lo menos, el cumpleaños de la puesta a la venta de LCDOM.

Pero al parecer, nunca es suficiente. El pasado día 30 wordpress nos avisó de que llevamos un añito a vuestro lado, de que ya habían transcurrido 365 días (en realidad 366, ya os lo chivamos la semana pasada) desde el momento en que empezamos a compartir con vosotros el universo cibernético, haciéndoos copartícipes de las idas y venidas de nuestra novela. El asunto es que siempre que hemos plasmado por escrito un aniversario nos hemos puesto trascendentes, metafísicos, serios, reflexivos, sensatos. No obstante, esta vez tenemos el cuerpo golfo. Por una vez queremos celebrar un cumpleaños virtual como una verdadera fiesta. ¡Música festiva, por favor!

Y ahora toca pavonearnos, sin modestia ni humildad, porque la fiesta se nos ha subido a la cabeza. Nos gustan nuestras cifras, nos gustan mucho, nos gustan mogollón. En este añito en wordpress, el blog de LCDOM ha recibido más de 18500 visitas por parte de más de 9000 visitantes (hemos pasado de esa cifra de chiripa en el último momento, pero para lucir palmito lo dejamos en números redondos, que tampoco pasa nada). Ahora es cuando decís vosotros “¡muy bien, chavales!” para que paremos de vanagloriarnos, porque tanto presumir queda feo, pero nosotros seguiremos jactándonos como si no hubiera un mañana porque estamos ebrios de celebración. Hemos alcanzado un total de 2660 followers (sí, vosotros, you, vous, voi, vosaltres, sie, אתה, que sois un capazo around the world), y nos habéis regalado más de 600 comentarios, que como ha sido por entero cosa vuestra no nos queda otra que convertiros en triunfadores adscritos. Así parece que estamos repartiendo el mérito, con lo cual parecemos menos engreídos… o quizá no, pero había que intentarlo.

Sí, vale, es cierto: hay bitácoras que tienen números mucho más estratosféricos (igual todos los que estáis aquí, quién sabe), pero nosotros hemos flipado con lo conseguido. Este blog nació para promocionar la primera novela de dos mozos desconocidos, así que en la vida podíamos habernos imaginado llegar a conseguir todo esto. A nosotros nos vale como triunfo, así que seguimos con la fiesta y nos colgamos la correspondiente medalla:

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Queremos compartir con vosotros un regalo. Lo llamamos así porque para nosotros lo fue: la primera aparición en “Las crónicas del Otro Mundo” de Lobo, para nosotros el personaje más carismático de la novela, y para varios lectores (si es que no nos han mentido, claro), su personaje favorito de todo el libro. Fue la presentación del que sería uno de los protagonistas más relevantes de la narración; fue la manifestación de uno de los intérpretes que haría progresar aquella historia. Es un placer para nosotros presentaros a Lobo tal como lo conocimos nosotros, al comienzo del capítulo 17 de LCDOM: “Réquiem por un brindis”.

“Prendido a una botella vacía y anclado en un bar. Cada vez que el vaso se derramaba garganta abajo, era imposible discernir si era él el que acababa con el licor o era la bebida la que dilapidaba a cada sorbo su vida. Si uno se fijaba lo suficiente, podía ver como el fulgor del fuego que antaño restallaba en sus ojos resplandecía por un mísero instante, para rápidamente convertirse de nuevo en la ceniza de cuyo color tintaba su vida. Cada centelleo formaba parte del pasado, y el triste polvo gris de su mirada era su presente, pero también su futuro. Pasaba las noches encadenado a una barra por intangibles eslabones que, por esa propia inexistencia, no podía romper, intentando perseguir la profecía de que ese camino le dirigía inexorablemente a la autodestrucción.

Esa autodestrucción que era su penitencia.

Él tan solo deseaba llegar al final de ese camino. Si se lo hubieran permitido, hubiera estado aferrado todos y cada uno de los días de lo que le restaba de vida a una botella que jamás estaría llena del todo si se encontraba a su alcance. Pero, por desgracia para él, aquel bar no tenía por costumbre dejar la botella en la barra para que pudiera vaciarla a su antojo, intentando diluir su pena en aquel licor de peyote que, sin embargo, pocas veces conseguía aplacar el remordimiento de su atormentada existencia.

Todas aquellas matanzas… todas ellas permanecían impasibles e inalterables en su cabeza, atenuadas en afortunadas pero irremediablemente escasas noches en las que el peyote encontraba la inspiración suficiente para aminorar aquella espiral de remordimiento y dolor. Pero el peyote no sabía de aquello, tan solo se introducía a empujones en su conciencia haciendo un butrón y distrayendo su consternada atención a base de masacres neuronales.

Las cenizas solo son los deshechos de una combustión, y la traza de color ceniza que presidía esa mirada que apenas se levantaba de aquel vaso vacío era el deshecho de la combustión de su alma. En aquel bar de los barrios bajos casi siempre vacío por las noches, donde solo el camarero le salvaba de la más absoluta soledad, levantó la mirada hacia el bull·dog que todas las noches esperaba a que llegara para ayudarle con su autodestrucción sirviéndole un peyote tras otro. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, no buscaba conversación y, desde el primer peyote que le sirvió, el camarero lo sabía. Y no le importaba lo más mínimo, tan solo le ayudaba en su autodestrucción porque sacaba tajada de la misma. Sin preguntas, sin zozobras, sin palabras siquiera. Tan solo tenía que rellenar el vaso.

Si no hubiera estado tan sumamente concentrado en autodestruirse, le hubiera dado las gracias. Pero eso no tenía cabida en su mortificación, y la única palabra que salió de su boca cuando el camarero le devolvió la mirada fue “Otro”. El bull·dog recogió la botella de peyote y llenó hasta arriba el vaso, apurando las últimas gotas que quedaban en ella. Sin esperar a que su cliente acabara con esa ronda, fue al almacén y recogió otra botella, y la colocó en el lugar que su antecesora ocupaba detrás de la barra. Todo el peyote de la botella vacía que ahora reposaba en el fondo del cubo de basura, al igual que el de tantas otras pioneras en su cometido, había sido consumido por un único cliente.

Pero el peyote no sabía de aquello.”

Podéis disimular si queréis, pero sabemos con certeza que os ha encantado nuestro regalo. Lobo mola, y lo sabes.

Bueno, y ahora ¿qué? Se nos acaba la fiesta y el post de cumpleaños bloguero. Pero LCDOM no termina, ni hablar. Por el blog no os preocupéis que seguirá plasmando pensamientos periódicamente, con lo cual no hace falta que organicéis suicidios colectivos ni nada por el estilo. Y la novela, ni te cuento: ella es inmortal, y, al igual que un virus, pretende perpetuarse en cada organismo que tenga a mano. Ya puestos, podéis contagiaros si así lo deseáis: 8 capítulos gratis en Amazon, el que no se asoma al Otro Mundo es porque no quiere, porque hemos dicho gra-tis. Quered, anda, quered, que a fecha de hoy todavía no se ha muerto nadie por echarle un ojo a “Las crónicas del Otro Mundo”. Y como os va a deslumbrar, id y difundid la palabra.

(Y esto, queridos niños, es un ejemplo de intento a la desesperada por conseguir que alguien decida hacer una mísera reseña de nuestra historia. ¡Por nuestro hijo, lo que haga falta!)

Venga, para despacharos a todos de la fiesta sin que nos pongáis mala cara, os ponemos la última canción para que lo deis todo y os vayáis contentos. ¡Gracias a todos por venir!

366 días

La unión se produjo un día, sin más, o quizá estuviera predeterminada desde muchos años antes, incluso lustros, sin que nosotros supiéramos a ciencia cierta que aquello terminaría por suceder. Tú me lo propusiste, y yo te di el sí. Fue así de sencillo. Tú tenías un plan para nosotros, y tuve claro desde el principio que merecía la pena intentarlo. Crearíamos nuestra propia sociedad, y, como poco, lo pasaríamos bien el tiempo que esta durara. Sí, por supuesto que sí: acepto. Sin ceremonias, sin contratos de por medio que nos obligaran a seguir incluso cuando no quisiésemos hacerlo: tan solo intentar convertir aquella unión en algo que disfrutáramos el tiempo que perdurara.

Fueron pasando los años, y, no sin altibajos, fuimos construyendo una relación que se iba fortaleciendo, hasta el punto que un día verbalizamos lo que ambos por separado llevábamos madurando en nuestras cabezas durante cierto tiempo atrás. Teníamos que ir más allá; podíamos llegar más allá. O al menos, podíamos permitirnos intentar llegar más allá, dar un paso más, estrechar el cerco para alcanzar un nuevo objetivo común. Pretendimos que nuestra mutua existencia fuera capaz de crear otra nueva e inédita más allá del perímetro de la adhesión que compartíamos. Queríamos crear vida, algo inherente a nosotros que los demás también pudieran percibir, pudieran tocar, pudieran incluso disfrutar. Algo que formara parte de nosotros, y que al mismo tiempo también formara parte del mundo de por sí.

No era una decisión que se pudiera tomar a la ligera. Tan seguros estábamos de nuestra empresa que decidimos resetearla hasta estar completamente convencidos de que, llegado el momento, estaríamos totalmente preparados para llevar a cabo aquella osadía. Y transcurrieron años, claro. Era esa determinación que te cambia la vida, para bien o para mal, aunque para otras personas pudiera no valer tanto dada la variopinta forma de pensar dependiente de la idiosincrasia de cada ser humano. Pero nosotros no lo tomamos sin más: el momento de atrevernos tenía que ser el perfecto. Y aunque la vida nunca te ofrece realmente ese instante exageradamente adecuado para tomar una determinada decisión, llegó el día en que nos dimos cuenta de que no debíamos demorarlo más. Ese momento, aquellas coordenadas temporales de la existencia unidas a que creíamos que, finalmente, estábamos en condiciones de crear algo bueno, acaeció. Y con total convencimiento de que aquel algo nuevo que pretendíamos crear sería realmente apreciable y apreciado, nos lanzamos a aquella aventura.

Empezamos a intentarlo. Con arrojo, con valentía, con insistencia, con cuidado de encontrar las mejores condiciones, con temor a no estar haciéndolo correctamente para que aquel proyecto llegara a ver la luz. Y posteriormente, también con dudas, con miedo a no ser capaces de conseguirlo, con una impaciencia que se transformó en pesimismo llegado el momento, sin darnos cuenta del todo de que era desmesuradamente pronto para obtener resultados. Pero no nos rendimos: aquel “algo nuevo” de los dos tenía que ver la luz, y aunque con algo menos de esperanza, seguimos adelante sin bajar los brazos.

El 19 de mayo de 2015, pasados tres minutos de las once y media de la mañana, tuvimos el aviso de que, casi con certeza, nuestro propósito parecía confirmar su existencia. Nos ilusionamos, nos ilusionamos de verdad: aquello no parecía una de las falsas esperanzas que hasta aquella fecha habíamos sufrido, que, por cierto, habían sido varias. Dos días después, a las 19:36, recibimos la anhelada confirmación de que los acontecimientos se iban a precipitar inusitadamente: lo que había sido engendrado gracias a nuestro empeño se convertiría en una realidad, ¡en 3 meses! Después de tantos sinsabores, y aunque a aquel trimestre se unieron treinta días más, aquello apenas resultó una demora: tan solo era una cuenta atrás para que se cumpliera nuestro humilde sueño.

El 25 de septiembre de 2015, Carlos López y Adrián E. Belmonte pudieron contemplar cómo, más allá de sus mentes, habían creado vida a través de las páginas de “Las crónicas del Otro Mundo”. Todo ese hervidero de ideas, planes y proyectos que habían rebotado dentro de sus cabezas había visto la luz. Se convirtieron al alimón en escritores, en orgullosos padres de una historia que hasta entonces nunca había existido, de un extenso relato que, por fin, estaba al alcance de todo aquel que quisiera disponer del mismo. Transmitiendo directamente desde las mentes de los autores a las letras impresas de sus hojas, “Las crónicas del Otro Mundo” salió a la venta.

5 años y 8 meses antes, uno de nosotros propuso al otro escribir una historia a medias simplemente para disfrutar de aquel viaje literario, y el otro dijo “sí”. Con el tiempo fuimos construyendo una historia que quizás, solo quizás, y si seguíamos aquel solazamiento mejorando tramas y personajes, podía tener visos de ser presentada ante algún editor sin que se nos cayera la cara de vergüenza por el resultado obtenido. Y lo perseguimos con tanto ahínco que llegó el momento en que supimos que aquello tenía vida propia, que los personajes tenían una vida propia dentro de un mundo que tenía vida propia, que las tramas tenían vida propia dentro de una historia que tenía vida propia. Que, como omnipotentes dioses creadores, habíamos creado vida partiendo de la nada, una existencia esculpida en páginas y páginas; una existencia no biológica, pero viva al fin y al cabo. Aquella obra tenía vida, y merecía tener la oportunidad de vivir. Y cuando llegaron aquellas coordenadas temporales que quizá no fueran el momento perfecto, pero que desde luego se le parecía bastante, nuestro manuscrito visitó decenas de bandejas de entrada de direcciones de correo electrónico de editoriales, siendo golpeado por la más sobresaliente de las indiferencias en la mayoría de los casos, y vituperado en manos de estafadores que se habían bautizado falazmente como “editores”. Pero, en fin, ya os hemos puesto al tanto de lo que ocurrió el 19 de mayo del pasado año. Lo conseguimos. Nos convertimos en orgullosos padres de una criatura que vería la luz del sol a través de los escaparates.

Y tras dar sus primeros pasos entre los lectores, ha llegado el día de entonar el Happy Birthday. Este pasado día 25 “Las crónicas del Otro Mundo” cumplió un año de edad, aunque eso tampoco sea cierto. Ni siquiera el 29 de febrero quiso perderse el primer año de vida de nuestra historia, y consideró que LCDOM debía celebrar su primer aniversario no como un libro más, sino con un año y un día a sus espaldas. 366 jornadas para conseguir su primera vela en la tarta.

Hace 366 días que se cumplió nuestro humilde sueño. Somos escritores, sí, podemos decirlo: hace un año nos convertimos en ello, por lo que también celebramos nuestro cumpleaños como tales. No ha cambiado nuestro mundo alrededor, pero sí la percepción de nosotros mismos, y eso es algo que no todos los logros de una vida pueden conseguir. Estamos orgullosos de haber sido capaces de crear vida más allá de los impulsos nerviosos que hacían mover nuestras manos sobre el papel, y os invitamos a que lo celebréis con nosotros, a que nos deis la enhorabuena, porque realmente nos sentimos merecedores de la misma.

El libro dio paso al blog, a estas letras que ahora estáis leyendo, y por esa única razón estamos aquí: compartiendo nuestro orgullo con vosotros, y nosotros vuestros singulares caminos. Si habéis llegado hasta aquí, compartid nuestra alegría: es una orden.

Muchas felicidades, “Las crónicas del Otro Mundo”, querido hijo: estamos y siempre estaremos orgullosos de ti.

Pd. Querido hijo, seguramente llegado este momento te hagas una pregunta crítica: “¿Y ahora qué?”. Sí, eres una historia prácticamente inédita para el gran público, pero ni mucho menos te puedes considerar una novedad. Puedes pensar que, finalmente, te has perdido por el camino, y tu Otro Mundo ha resultado abocado al anonimato.

Querido hijo, escúchanos bien: tú ya eres inmortal. Tú jamás podrás ser ignorado ya por aquellos que han absorbido tus páginas, al igual que otros muchos que no lo han hecho recordarán tu existencia. Pero no solo eso: la vida es una carrera, y te encuentras aún lejos de la meta. Te puede ocurrir de todo: puedes ser objeto de alguna reseña, puedes caer en manos de algún crítico aconsejado por cualquier conocido, puedes conseguir que cualquier cliente de Amazon decida leer tus capítulos gratis y concluya que vale la pena que hablar bien de ti. O puede que esto nunca ocurra, pero también puede que sí. Tus padres nunca van a dejar de luchar por tu supervivencia, y cada vez que alguien se asome a tus páginas, tú debes luchar por perdurar a través de esa persona. La vida es una carrera, y no debes perder el paso. La vida es una carrera, y debes sacrificarte por acabar en cabeza. La vida es una carrera, y no puedes arrojar la toalla sin luchar.

La vida es una carrera, y, con todas tus fuerzas, la debes intentar ganar.

Teclado bloqueado

Pocos son los afortunados que aún no han concluido sus vacaciones de verano. Ellos son los que disfrutan ahora de los días de sol, al menos en esta península cuya última movilización de la Pangea decidió colocar en el hemisferio norte.

Y otros retornaron a la imposibilidad de revivir ese reciente solaz. Volvieron los días de convulsión, de estrés, de ese fenómeno llamado síndrome postvacacional que siempre había existido, pero ningún profesional había bautizado hasta pocos años atrás. Es tristeza que, en continuo movimiento, decide mutar en depresión. Es apatía que decide travestirse en desidia. Días aún soleados pero grises, nublados para la percepción de un cerebro apesadumbrado, un cerebro en el que, en algunos casos, se puede presumir una dicotomía abrumada por el desconsuelo. Porque el cerebro puede estar funcionando para realizar las tareas de su empleo, pero sus neuronas pueden seguir de vacaciones sin haber obtenido permiso para ello.

El teclado está bloqueado. Posee un campo de fuerza que impide que de tus dedos consigan brotar palabras, que prohíbe que las teclas sean presionadas, que posibilita que las letras que lo forman permanezcan impolutas porque hay un cerebro incapaz de encontrar una mísera frase que dé lugar a otra que consiga continuarla. Y aunque alguna oración sea capaz de plasmarse en esa ficticia página en blanco, es borrada a los pocos (o muchos) instantes de nacer, porque parece carecer de un verdadero sentido o de un mínimo de talento. Es imposible. No es el teclado el que parece no funcionar. Son los neurotransmisores que saltaban de neurona en neurona los que parecen haberse suicidado, y por ese mismo acontecimiento serán incapaces de volver.

Finalmente, hay que asumir que has perdido. Deseas que solo haya sido esa batalla, pero inconscientemente te atemorizas, te aterras más bien, ante el hecho de que te hayan defenestrado por completo en dicha guerra. El teclado está bloqueado, y te horroriza. Es entonces, cuando eres incapaz de hacerlo, el momento de encontrar a alguien que te convenza.

Yo creo que el bloqueo de escritor existe. Un día te sientas ante la página o la pantalla en blanco para escribir y así siguen, en blanco. Tu cerebro se ha quedado mudo y se niega a comunicarse contigo.

Pero también creo que el 90% de las veces que los escritores decimos “estoy bloqueado”, en realidad deberíamos decir “tengo miedo a no ser suficientemente bueno”, “tengo miedo a tener una buena idea y desperdiciarla por mi falta de talento”, “tengo miedo a exponer mis pensamientos más íntimos al escrutinio del público”, “tengo miedo a no ser tan bueno como creo que soy”, “tengo miedo a que todos los que me dicen que me busque un trabajo serio tengan razón”, “tengo miedo a que en la primera entrevista que me hagan en televisión empiece a balbucear, y el mundo entero descubra que en realidad soy idiota”, “ahora mismo me apetece más ir a los billares con los colegas que romperme la cabeza buscando el adjetivo perfecto”, etc., etc.”

Quizá el fragmento escogido no sea alentador, pero ha sido aislado a conciencia. Tener miedo es normal; tener miedo es humano. Pero la propia experiencia nos tiene que haber enseñado en alguna ocasión que el miedo se puede superar. Ya fuiste capaz de plasmar todos tus pensamientos en un folio en blanco una, alguna, pocas, muchas e innumerables veces: eso demuestra que eres capaz de hacerlo de nuevo. ¿Por qué piensas que en el asunto que nos concierne tu mejor tú no está por llegar en esa página vacía que cree estar venciéndote?

¿Cuántas veces has conseguido someter ya a ese desafiante teclado bloqueado?

¿Todavía no te has dado cuenta de que ese espectáculo conseguirá continuar?