Elijo cara

¿Interpretarían toda esta función si fuese yo el protagonista?

Cariacontecidas, casi mil almas comparecemos en el infausto evento. En mitad del patio, un parco ramo de flores situado al pie de un atril que ha vivido tiempos mejores. Sobre este, una terna de fotos de alumnos del instituto.

En cada una de ellas, un rostro adolescente.

Los estamos velando. Murieron anoche, en un funesto accidente de tráfico. No sabemos mucho más. En las noticias han relatado que el conductor perdió el control del vehículo a una velocidad inadecuada. Dos de los ocupantes perecieron en el acto, y el último ha postergado su último aliento hasta que ha despuntado el alba. Ahora, a las doce del mediodía, profesores y estudiantes nos congregamos para llorar la pérdida de nuestros compañeros. Afectados, compungidos, cuestionándonos la evanescencia de la vida.

Aunque no fui testigo del suceso, me puedo imaginar la escena. Eladio, al volante de su incoherente automóvil: una incomprensible fusión entre aceleración e inestabilidad. Carlos y Tomás, tan ebrios de solemnidad como el primero, azuzándole para que se ensañase a fondo con el pedal derecho. Un triunvirato de repetidores perpetuos tan inseparable que incluso ha decidido encaminarse en comuna hacia la tumba.

En torno a mí no veo más que caras tristes, pero me pregunto si de veras alguien echará en falta a alguno de ellos. ¿Serían meros cautivos del cóctel hormonal de la juventud, o en realidad eran seres humanos tan inmisericordes? Fustigadores de jóvenes frágiles, entregados a jornada completa a atormentar a sus víctimas propiciatorias.

Pero eran tres, y supongo que, en este caso, prima la cantidad sobre la calidad.

La respuesta es no: nadie escenificaría este funeral si fuese yo el mártir.

El mártir. Sigo estimando que lo soy, a pesar de que mi efigie no se encuentre enmarcada encima del improvisado altar. Siempre he sentido que soy incapaz de soportarlo, al menos desde que recuerdo. Estoy gordo, soy introvertido, y no se precisa nada más: es una de las combinaciones favoritas de la naturaleza para hacer naufragar a una persona en la etapa más química de su existencia.

He tenido demasiado tiempo, toda mi pubertad, para reflexionar acerca del tema: la timidez constituye la condena. Los abusones del colegio la detectan, te marcan, y los hostigadores del instituto recogen el testigo. Tu otra mácula, con la que te atacarán, resultaría irrelevante si no te encerrases en ti mismo para redundar en ese lastre una y otra vez. Pero los infames confunden tu retraimiento con cobardía, y dictaminan que tú serás el blanco de sus burlas.

Y yo estoy gordo. Y ellos lo braman, y en un alarde de inspiración elevan una oda a la obesidad, enumerando un campo semántico de zoología sin par, inventariando tantos animales con los que, presuntamente, comparto diámetro. Foca, cachalote, vaca y todos los paquidermos conocidos. Hasta que un mal día osé replicar sus insultos con vehemencia: desde entonces, también me golpean. De forma esporádica, como por azar. Un capón, un empellón contra la pared, una bofetada; cualquier agresión sutil destinada de modo unívoco a lacerar mi autoestima, sin que mi físico alcance a evidenciar ningún tipo de tacha. Desde aquel inicial impacto intuí que no lo resistiría.

Todos en el instituto lo saben, pero es, a fin de cuentas, un instituto: una colmena atestada, pero huérfana de gregarios. Nadie moverá un dedo por mí, jamás. El claustro se preocupa por impedir que el acoso escolar tenga cabida en su centro con una táctica de practicidad irrebatible: considerando como inconcebible la posibilidad de que lo haya. Lo que no se ve no existe, por lo que tan solo resta negarse a mirar. Por su parte, mis coetáneos son niños alterados, efervescencia pura, ebullición juvenil. Bastante tienen ya con descifrar su propio rumbo. Los que no viven ensimismados en sus inherentes traumas, no juzgan oportuno arriesgarse a que mi sentencia se incorpore asimismo a su pena. Creo que, si fuese uno de ellos, procedería de análoga manera. Pero no lo soy. Soy el gordo, la foca, el paquidermo que una vez censuró a sus agresores. Día tras día, año tras año, mientras el mundo sigue girando alrededor indiferente a mi dolor, ajeno a mi tormento por real decreto. Hace mucho ya que comprendí que no lograría aguantarlo. Y también hace mucho que resolví que no lo haría.

Me hallo en este patio honrando a los fallecidos, mas no debería encontrarme hoy aquí. Papá ya se había marchado hace una hora de casa cuando a mamá no le arrancó el coche. Tenía previsto visitar a la abuela Terele, a la que empiezan a flaquear las fuerzas, aunque ella rechace la opción de reconocerlo. En cien ocasiones le insistió mamá para que se mudase a la capital con nosotros, y en todas y cada una la octogenaria se opuso a abandonar su pequeña villa, aun figurándose más sencillo lo que le queda todavía si viniese a vivir aquí. Las cuestas del pueblo se exhiben ahora demasiado orgullosas para unas ajadas piernas que, antaño, las escalaban con desmedido desdén hacia sus majestuosas pendientes. De hecho, en sus tiempos, el alma inquieta de la nana no había dejado un resquicio de la comarca sin recorrer, desmoralizando sin darse cuenta a sus pretendientes más perezosos. Sin embargo, según siempre me narraron, a Terele nunca dejaron de tirarle los tejos desde bien púber, por lo que su entusiasmo arrastró a los cuantiosos cortejadores que intentaron asir su mano mientras examinaba las pinturas rupestres del yacimiento vecino, albinos trazos en pétreas praderas que la humanidad proyectó en su mocedad para que mi abuela los disfrutase en la suya. Otros tantos compararon la belleza de sus ojos con la que les deslumbraba desde el más elevado mirador, mas solo uno de todos esos galanes supo conquistar su corazón por medio del único modo: maravillándose de idéntica forma al admirar la naturaleza que ella tanto amaba, ganándose aquel primer beso durante su enésimo paseo por silvestres parajes. Y aunque ese imponente prometido y desposado, el abuelo, faltó hace ya algunos años, Terele persiste contumaz, aferrada a sus raíces.

Como dos caras de la misma moneda, creo que puedo entender a la anciana. Así como aquel paisaje ha contemplado su devenir y forma parte de ella, de igual manera intuye que su biografía pertenece a la sierra, conciliando un todo indivisible que no se imagina dispuesta a romper. Yo también me siento así, pese a mis siete décadas menos. El instituto es mi sierra, y representar al obeso vejado mi papel en su ecosistema. En esa mentada moneda, la abuela ha escogido dar la cara y a mí me ha tocado portar la cruz. Y si bien ella en su anverso prefiere sacrificar la comodidad para continuar con su vida, el reverso promulgaba que mi bienestar consistía en una renuncia muy distinta.

No obstante, esta mañana, mamá no llegó a presentarse en el pueblo, imperecedero hogar de la provecta, porque no le arrancó el coche. Volvió a subir a casa, sin darme tiempo a asaltar las dos cajas de barbitúricos que residen en su mesita de noche. No me ha concedido otra alternativa que posponer mi plan, mi despedida. Pese a que ya había despejado mi agenda para siempre, si no quería que ella sospechase de mis definitivas intenciones, debía partir tras otro amanecer hacia el instituto. Un lectivo más de eterno castigo, una entrevista más con el campo de batalla en el que se había fraguado mi derrota con la vida. Desconocía la historia del siniestro hasta que he llegado a clase.

Descollando en lo alto del atril que preside el patio, los rostros impávidos de mis tres acosadores. En derredor, un millar de semejantes guarda solemne silencio, dedicados en cuerpo y alma a simular una congoja que apenas experimentan. ¿Interpretarían toda esta función si fuese yo el protagonista, como se anticipaba esculpido en mi lápida hasta esta mañana? No, creo que no. De todas formas, ya no me importa. El futuro se ha reescrito. Esas tres esquelas se me antojan demasiadas.

Quizá alguien haya vuelto a lanzar la moneda. Si es así, no desaprovecharé esta nueva oportunidad.

Elijo cara.

1º Premio XII Certamen Internacional de Relatos Breves “Biblioteca de Alovera”

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He aquí una certeza que os tengo que dejar bien clara: el que no llora, no mama. Si en la anterior entrada del blog me pasaba toda la argumentación post·relato gimoteando, exponiendo que aunque Una vida inmarcesible no fuera una narración galardonada debía colgarla como tal porque hacía años que no me alzaba con un premio de relato corto, que eso no iba a volver a ocurrir nunca porque los hados me tienen manía, que pobrecito de mí porque debo resignarme y algún puchero miserable que otro más, un mes después nos encontramos con que ha vuelto a caer la breva. Eso sí, en esta ocasión se trata de un pequeño milagro, dado que envié Elijo cara a este certamen el día, anotad bien la fecha, 29 de noviembre de 2019. ¡2019! Escasos meses después de esa fecha, un famoso patógeno entró en nuestras vidas y del mentado concurso de relatos nunca más se supo, pues no comunicaron ninguna suspensión, cancelación, postergación o extremaunción del mismo nunca jamás.

Hasta hace unas semanas, claro. De hecho, yo creo que el milagro no concluye ahí, porque la historieta se las trae: empieza matando a tres adolescentes, que ya hay que tener mala baba, para a continuación poner a parir a los «pobres» mártires, que eso de hablar mal de los recientes difuntos pues como que no. Al final la historia toca el suicidio juvenil, y todo este maremágnum de temas y tramas hay jurados que no creo yo que lo vean muy claro… Además, como en todo buen jurado de este tipo, había un miembro que era maestro/profesor de centro educativo y no tenía yo muy claro ese lance inserto en el relato de «al claustro le da igual el acoso escolar mientras no lo vean» (aunque se lo pregunté a ese mismo jurado y tuvo a bien aclararme que tampoco le iba a pillar manía a un relato de ficción, más que nada por ese detallito de ser ficción).

En fin, concluimos que «el que no llora, no mama», que los milagros literarios existen, que estoy haciendo palmas con las orejas de alegría porque no es para menos y que se demuestra que está permitido fallar, pero también hay que seguir creyendo en lo que haces, porque igual la recompensa no llega a corto plazo, pero acaba por llegar. ¿Lo habéis anotado bien? Os lo apunto más clarito, para ver si nos sirve a todos en nuestros correspondientes quehaceres:

Hay que seguir creyendo.

31 comentarios en “Elijo cara

    1. A ver, cierto que como el consejo no es malo está bien anotárselo, pero a una relatora multigalardonada como tú tampoco le hace tantísima falta apuntárselo… Recuerdo en concreto la primera ocasión en que uno de mis micros, el primero que escribí, salió en la antología de un certamen, así que con la ilu del primerizo ni me fijé en nada más respecto a vencedores y finalistas. Cuando el librito me arribó a casa y lo abrí por el relato ganador, me dije «ah, ¿pero que este certamen también lo ha ganado ella?». Sí, la anécdota es 100% real, te doy mi palabra (el I concurso de Camp de Túria, por si tienes curiosidad).
      Muchas gracias por pasarte, ¡un saludo!

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      1. Pues ya es casualidad porque es más la fama que la lana (ya sabes el refrán), pero es un orgullo compartir páginas contigo, me encantan tus entradas, las disfruto como una enana. Supongo que no firmas con “las crónicas del otro mundo» y por eso se me escapan tus éxitos. No obstante, no tengo que decirte que no siempre el que gana es el mejor. El día que yo escriba un relato como este tuyo empezaré a creérmelo un poquito.

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      2. Echarnos flores los unos a los otros también forma parte de la idiosincrasia de los autores (en principio) no profesionales, así que bienhalladas sean las alabanzas mutuas y merecidas, porque competir sin recompensa puede llegar a resultar muy frustrante y los ánimos siempre nos vienen bien a todos.
        ¡Saludos!

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  1. Enhorabuena. Los milagros existen aunque la mayoría de las veces, como la justicia, llegan tarde para remediar los daños. Si en lugar de los barbitúricos de mama hubieras elegido la pistola de papá, ¿El autor premiado sería otro? Felicidades reiteradas. Un abrazo.

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    1. Lo cierto es que nunca me paré a pensar en el padre, fíjate… ¿Qué aspecto tendría? ¿Sería un buen hombre? ¿A qué se dedicaría? ¿Por qué tendría un arma? Abres un melón del que había pasado de largo en el mercado… Afortunadamente, la cosa para el relato acabó bien (si obviamos las suertes de Eladio, Carlos y Tomás, claro).
      Muchas gracias por pasarte como siempre y los halagos, que también vienen bien. ¡Un abrazo!

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  2. Más que llorar creo que toca hablar de trabajo duro, ¿no? que luego ese trabajo hay que moverlo y llorar un poco, bueno, vale, pero el trabajo es el primer paso, si inviertes el orden no consigues nada 😉

    Sobre el texto, en el fondo los muertos siempre se olvidan, según la cercanía antes o después… de mi, en el instituto, nadie me habría llorado, ¿ahora?, mejor no saber
    lo.

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    1. Pues parece claro que el trabajo es inexcusable para conseguir resultados, pero dado que tampoco te los asegura, quizá me dedique a llorar bastante más a partir de ahora, que los últimos resultados están ahí y no es una táctica incompatible, como bien dices.
      Confesamos que en el instituto no te habríamos llorado, eso es verdad. Tampoco te conocíamos ni íbamos al mismo, lo que también tiene peso en la afirmación… De todas formas, disfrutemos que estamos vivos, que no es malo como conclusión.
      Gracias por pasarte, ¡un saludo!

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    1. Bueno, nosotros entendemos (o al menos queremos creer) que puede haber claustros que ignoren cualquier afrenta y otros que se preocupen por el tema, o al menos que estamos en el camino del cambio. Sea como fuere, no cabe duda de que resulta un grave problema y la solución no resulta tan sencilla como desearíamos.
      Gracias por lo que me toca como halagos y por pasarte y comentar. ¡Un saludo!

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  3. «Lo que no se ve no existe, por lo que tan sólo resta negarse a mirar.» Es la justificación más estúpida y repetida en la mente de autoridades, profesores, celadores, cómplices todos de que el «acoso escolar» sea sólo una etiqueta a la que mencionar en los logros del curso, sólo mencionar, no vaya a ser que nos involucremos más de la cuenta.
    ¡Excelente relato Alejandro! Premio bien merecido. Un saludo.

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    1. Parece bastante claro que el relato trata un tema sensible y controvertido, solo nos resta desear que, si existen claustros que de forma real se niegan a mirar, haya también voluntad de cambio en ellos.
      También estamos seguros de que existirá algún Alejandro que merezca ser felicitado, pero podemos asegurar que ninguno ha escrito el mentado relato, así que he decidido apropiarme de la enhorabuena sin pasar por el registro para cambiarme el nombre. Así pues, gracias por la felicitación además de por pasarte y comentar.
      ¡Un saludo!

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