Funambulista imposible

Penélope esbozaba una mueca vacía, carente de significado.

Estaba ensayando que sonreía.

Lo hacía porque ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había perfilado aquel gesto alegre. Estaba claro que era una expresión que mostraba a menudo, como complemento de su vida diaria: como comparsa de su agradecimiento verbal al recibir la hogaza que le extendía el panadero, o adherida al leve movimiento de cabeza que sustituía a un saludo explícito al cruzarse con algún vecino. No obstante, era incapaz de evocar una ocasión reciente en la que aquel visaje aflorase como una manifestación de felicidad.

Aquella era una verdad aciaga. Sin embargo, no la pillaba por sorpresa.

Era un pensamiento muy triste porque muy triste era como se sentía.

Y aunque en la realidad de aquel día nada había cambiado, algo dentro de ella insinuaba que sí.

Tal vez fuese tomar conciencia de dicha evidencia, la del tiempo transcurrido desde su postrera sonrisa sincera. Quizá fuera el descubrimiento de que no debería resultar así. Desconocía de dónde había partido aquella desdicha endógena, mas comprendía que, fuese o no justa, le pertenecía. De hecho, el punto de inflexión no estribaba en aquella aseveración, sino en la consecuente: como la desazón que desilachaba las costuras de su ánimo era suya, tendría que lidiar con ella. Por fin lo vislumbró: no tenía razones para sentirse así, pero, si existía algo peor que sentirse infeliz, era no tener motivos para ello.

Esa era la clave: si no existía motivo alguno para ser infeliz, tampoco debía existir ninguno para dejar de serlo.

Sin una causa justificada que la empujase a una percepción propia de eterna calamidad, era libre para tomar un camino distinto: quedaba en sus manos proyectar un nuevo itinerario. No tenía por qué ser un recorrido fácil, pero ¿cuál lo es? Si Ulises concluyó su odisea no lo hizo sin haber padecido antes mil infortunios, si Elcano retornó a su patria tras dar la primera vuelta al mundo no fue sin haber perdido antes a casi toda su tripulación, y quién sabe si incluso la esperanza… Si antes otros habían conseguido superar todos los límites, enfrentándose a colosales adversidades, ¿por qué no podría ella lograr la mayor de las gestas, derrotar a los irreales demonios que le impedían esbozar una sonrisa?

Y aunque en la realidad de aquel día nada había cambiado, algo dentro de ella aceptaba que sí.

Debía ser honesta consigo misma, y para ello había de confesar que podía haberse equivocado. Marrar no tenía por qué ser un drama, siempre que se viese capacitada para asumirlo y rectificar: entonces su desatino se convertiría en acierto. Y, sí, podía hacerlo. Podía admitir que quizá, arrastrada por las circunstancias, había encarado su devenir interpretando el guion erróneo, trazando una ruta absurda consistente en alcanzar la solución más fácil, que siempre significa abandonar. Y ninguna persona en el mundo, con independencia de que en su mente fluyesen o no abismos emocionales, conquistaba sus metas renunciando ante el primer obstáculo, o el segundo, o el tercero, o el enésimo. Para cualquier semejante la consecución de un objetivo suponía un esfuerzo, y aunque para ella el sacrificio se amplificase, dado que su ser le impelía a rendirse ante la más incipiente o mínima traba, ello conferiría mayor valor a su recompensa. Hasta entonces, una única certeza había quedado verificada: afrontar la vida como una suerte de funambulista imposible, dedicada en cuerpo y alma a prescindir del equilibrio para dejarse caer en vez de seguir hacia adelante, solo había servido para restar franqueza a su sonrisa. Pero creía haber dado con la tecla, y tal vez el problema no estribase en seguir hacia adelante, ni siquiera en querer seguir hacia adelante… quizá se trataba de darse cuenta de que era capaz de seguir hacia adelante. No había fallado en la expectativa, no había fallado en el anhelo: Penélope había fallado en la actitud. Y ya sabía que, si asumía su error y rectificaba, su desatino se convertiría en acierto.

Podía convertir su actitud en un acierto.

Podía cambiar.

Quizá lo había fiado todo a una saturación de pastillas rosas, a un hartazgo de píldoras de un color amable para combatir una emoción que no lo era en absoluto. Y aunque establecer cierto concierto en el devenir de su población de neurotransmisores pudiese ayudar, cabía la posibilidad de que no fuese suficiente con ingerir un fármaco y sentarse a esperar. Por muchas libaciones que ofrendase a sus dioses, Ulises no regresó a Ítaca aguardando a que sus súplicas fuesen escuchadas: hubo de soltar amarras y arriar las velas durante un sinfín de auroras de rosáceos dedos, hasta alcanzar el día en que logró atracar en la isla que él llamaba hogar.

Más de dos milenios después, Penélope podía superar su propia odisea. Mucho menos legendaria que la del rey heleno, pero una que resultaba más heroica, puesto que sus intangibles enemigos eran mucho más reales. Dejar de pensar que ya no era tan joven, sino que le quedaba toda una vida por delante, era una batalla mucho más ardua que debatirse entre Escila y Caribdis. Dejar de pensar que ella no podía conseguirlo, en lugar de intentar contrastar esa incapacidad irreal y establecida de antemano por nadie, se figuraba un ardid mucho más complicado que burlar a Polifemo.

Había llegado el momento de deshacerse del atuendo de acróbata negligente, de alejarse de la cuerda floja para pisar tierra firme, de dar pasos sobre un terreno sólido, sustentado por ella misma: su nueva actitud. De avanzar de una forma menos fugaz, pero siempre hacia adelante.

Como por azar, se fijó en la página que presidía el calendario. Se encontraba a principios de mayo, y comprendió que no podía tratarse de una casualidad: su vida, al igual que el hemisferio que habitaba, había logrado arribar a la primavera. Tras un duro invierno, abordaba el momento de superar por fin el frío que había marcado su pasado. Llegaba el turno de florecer, de reverdecer sus esperanzas, de entintar su presente con la misma explosión de colores que marcaba la nueva estación.

Penélope pensó en todo aquello. De repente, la expresión extraviada que había estado ensayando se colmó de significación. La antaño fingida sonrisa que sus labios dibujaban se había convertido en real.

Sin darse cuenta, había dado el primer paso.

Y aunque en la realidad de aquel día nada había cambiado, algo dentro de ella sabía que sí.

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Os dijimos que no nos esperaseis en agosto, pero como se nos ha agotado el mes nos toca retornar al ciberespacio, y hemos decidido regresar con la funambulista porque, al igual que septiembre, conlleva cierto punto de inflexión. La treintena que ahora inauguramos es el comienzo de año no oficial: empieza el nuevo curso para los estudiantes y recomienza el trabajo tras el punto y aparte por antonomasia de las vacaciones estivales para los currantes, se inauguran nuevas temporadas deportivas, televisivas, etc. Si decidiesemos cambiar nochevieja al 31 de agosto y que septiembre diese el pistoletazo de salida a los años entrantes, igual hasta lo percibíamos como algo lógico (aunque nos negaríamos con todas nuestras fuerzas por una simple y llana cuestión de tradición. Al fin y al cabo, somos animales de costumbres…).

Funambulista imposible también es el reflejo de un punto de inflexión: ejemplifica la resignación de un antiguo actor principal en el momento que acepta pasar a ser un mero figurante con frase de aquí en adelante. La historia de Penélope fue imaginada y redactada para participar en un certamen cuyo tema versaba sobre la depresión, poniendo en valor los trabajos con tufillo positivo. El autor de marras ya había fracasado en anteriores ediciones de dicho concurso con relatos mejores (bajo mi punto de vista, claro, que después vete tú a saber…), pero por alguna razón me había empecinado en sacar rédito en ese certamen concreto… y maldito, porque FI fracasó tan estrepitosamente como las anteriores intentonas. Lo malo es que este relato parecía tener aún menos recorrido que los anteriores, una temática poco atrayente para otras convocatorias más generalistas. En menos palabras, Penélope había sonreído para nada.

Como un par de meses después, el aviso de una convocatoria en proceso arribó a mi cuenta de correo. A priori resultaba extraño, porque ese tipo de mail habría llegado en el momento de abrir el plazo, pero este llegaba cuando faltaban pocas jornadas para la fecha límite. El tema: ‘relatos de primavera’. Después de observar las bases y cavilar unos instantes ya no resultaba tan extraño, dado que no existían méritos en metálico sino ejemplares de una antología con las obras seleccionadas para los premiados… Se intuía que no habría tantos relatos loando la más floral de las estaciones como para completar una antología rentable, y por ello se tocaba a la puerta de los que habían participado en otras convocatorias de temáticas distintas, para rellenar, lo cual significaba que la posibilidad de colar una narración era la más alta que me había echado a la cara nunca. ¿Me interesaba?

Bueno, a mí quizá la primavera ni fu ni fa, pero me acordé de Penélope. Funambulista imposible había nacido para morir sin que nadie jamás lo meritase, pero, al módico precio de incluirle un párrafo en el que se nombrase la estación de marras, Penélope podría sonreír plasmada en tinta con su ISBN y todo. Al mismo tiempo, también resultaba más que cierto que la chica no protagonizaba un relato digno de ganar nada. Ella, o sea, yo, tendría que conformarse con ser un mero figurante con frase en un ejemplar que celebrarían otros. Si nunca hubiese conseguido nada no habría ni que pensarlo, solo lanzarse y aguardar la publicación con una enorme sonrisa, pero quizá para alguien que en tiempos ya distantes tuvo la suerte y desdicha de ganar un par de cosas demasiado seguidas a las primeras de cambio, esa rendición podía conllevar sabor a ceniza.

Se ve que no me había leído mi propio relato…

Debía dejar de pensar en lo que no iba a alcanzar y permitir a Penélope vivir en aquellos que se dignasen a leerla, y así avanzar de una forma que, aunque pueda disfrutar menos, sigue siendo hacia delante. Este año varias antologías testifican que no paso de figurante con frase, pero ¿hay algo de malo en ello? Además, siempre estamos a tiempo de escalar peldaños. Si Penélope puede sonreír, nosotros también.

A estas alturas parece claro que el único colofón posible a este post de temática primaveral no podría ser otro que el corte del amigo Vivaldi, así que ahí queda eso, ciberamigos:

23 comentarios en “Funambulista imposible

  1. namelessneed

    FRIEND,Can I use your opening
    “He was rehearsing that he smiled.

    He did it because he no longer remembered when the last time he had outlined that cheerful gesture had been. It was clear that it was an expression that he often displayed, as a complement to his daily life: as a comparsa of his verbal gratitude when he received the loaf that the baker extended to him, or attached to the slight movement of the head that substituted for an explicit greeting when crossing paths with some neighbor. However, he was unable to recall a recent occasion when that visage emerged as a manifestation of happiness.”

    as an introductory literary excerpt to something I’m writing?

    I haven’t written it, but I will. You Spoke to me, again
    sincerely, gray melvin (“namelessneed@yahoo.com
    of course, I will full credit for inspiration and a bound back to you & yr blog/ thanx?

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  2. Me ha gustado mucho el viaje (interior) de nuestra Penélope.. quizás tenga razón y haya que pelear una y mil veces, tantas como nos caigamos en la lona, pero siempre me acuerdo de que pelear sólo sirve para morir más cansado…

    Y también me ha gustado la reflexión literaria que acompaña al texto. Es una pena dejar morir ciertas historias sin que hayan tenido la oportunidad de brillar, ¿verdad?

    Le gusta a 1 persona

    1. Penélope te agradece que hayas tenido a bien leer su historia, eso lo primero.
      Respecto a lo segundo, aun poniendo por delante que lo importante es que todos escribamos para nosotros mismos, simplemente porque nos gusta y nos ayuda, ¿no tendríamos quizá una responsabilidad para con nuestros personajes? Solo están en nuestras cabezas, e inmediatamente después de plasmar su historia en papel real o virtual siguen existiendo en el mismo lugar, porque nadie más les brinda la oportunidad de existir en otro sitio (esto es, las mentes de otros). Como autores, ¿no tendríamos la ‘obligación’ de intentar, solo intentar (porque tampoco es cuestión de dejarse la piel ni de obligar a nadie a leer lo que no le apetece), que los personajes que hemos parido tengan toda la vida que merezcan tener?
      Ahí queda abierto ese melón literario.
      ¡Gracias por pasarte y comentar, un saludo!

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    1. Más que a que el protagonista cumpla sus objetivos, con la supuesta ‘obligación’ del autor con su personaje quería referirme a la responsabilidad de hacer transmisible su historia, darle la oportunidad de ser leída para que el personaje viva en otros, ya que él no puede conseguirlo por sí mismo ya que per se no existe. Lo que pasa es que a veces no sé explicarme del todo (lo cual no es necesariamente malo, porque a veces obliga a seguir escribiendo y se nos ocurren nuevas cosas mientras uno intenta atinar).
      En este caso lo hemos conseguido con Penélope, porque hasta los calamares de fuera del planeta han leído su historia. ¡Estamos todos de enhorabuena!
      Gracias por pasarte y leer, ¡saludos de vuelta!

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  3. Pingback: Proposal (For A Faraway Night) | spilling some

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