Presente perfecto simple

Expuesta, tan expuesta como solo alguien desvestido de pies a cabeza puede estarlo: así de expuesta se encontraba. No obstante, no se sentía como tal. Aunque su instinto debería clamar que se cubriese, que cobijase su pálida piel, que replegase su desnuda apariencia, que se defendiese de todo lo que suponía exhibirse sin pudor, no era así. Por primera ocasión en su vida, se sorprendía cómoda mostrándose tal como era. De forma incongruente, al mismo tiempo, ya era costumbre.

La primera vez delante de otra persona.

La enésima vez delante de él.

No cabía duda ni conflicto emocional. El miedo a desguarnecer su cuerpo delante de cualquier otro ser desaparecía en cuanto aquel hombre entraba en escena. Hombre, no chico, porque ninguno de ambos podía ya presumir de juventud. Al menos, no de esa clase de juventud idealizada. Un limbo entre la mocedad tardía y una edad adulta precoz. Un señor y una señora, ¿por qué no? Nadie podría culparse por no saber identificar dicha estación, tan indicativa de madurez como del ocaso de la vitalidad. Sin embargo, le hacía experimentar todo lo contrario: una chica, una joven principiante, una tonta adolescente que apenas comenzaba a aprender lo que era amar. Y quizá su edad desaconsejaba dichos sentimientos, pero su ejercicio efectivo los rubricaba sin que ningún maldito polígrafo pudiese desacreditarla. Se acercaba a los cuarenta, pero él había sido el primero.

Lo que a otras personas les parecería ficción por defecto, a ella se le antojaba una quimera por exceso. Solo ella estaba en su piel, así que solo ella podía apreciar lo inconcebible que se manifestaba haber encontrado a esa persona con la que podía querer estar desnuda. Solo ella era capaz de distinguir lo increíble que resultaba haber topado en el mismo planeta con otro ser por el que anhelara dejarse acariciar. Nadie, nunca, podría acercarse a estimar lo difícil, lo utópico, de tan natural acontecimiento.

Cómo había ocurrido, era incapaz de saberlo. Aún así, no se engañaba, no podía ser otro. Se habían conocido en el trabajo, y ninguno de los dos se había interesado por su recién estrenado compañero de aquella manera. Era obvio: de haber sido así, su reflejo condicionado habría sido el rechazo automático, como durante el resto de su vida con el resto de la humanidad. Con los meses, obligados, hubieron de compartir tareas en momentos duros de producción, con los mismos problemas e idéntico estrés. Con los años, la compenetración que los había convertido en el caballo ganador de la entidad se fue convirtiendo en intimidad.

Era evidente desde el principio que no podía suceder nada entre ellos dos.

Pero sucedió. Tan irremediable como improvisado, sucedió. Tan inesperado como sencillo, tan repentino como espontáneo, tan descabellado como sensato.

Nunca antes se habían percatado de que era lo lógico.

Transcurridas las épocas y hasta afloradas las canas, la existencia había dado lugar al instante exacto en que sus dos almas debían converger. Por eso le resultó tan fácil, por eso no había riesgo ni perjuicio, por eso no existía daño en entregarse a otra persona, siempre que esa persona fuese él.

A pesar de todo, habían de compartir su dicha, su maravillosa confluencia a través del tiempo, en secreto: ninguno podía permitirse el escándalo que supondría en la empresa aquella verdad. Y aunque era un golpe terrible, no le restaba más que asumirlo y aguardar; arribado el día, todo el mundo se vería forzado a entender que el presente higienizaba todo lo embrutecido por eras pretéritas. Quizá nadie pudiese interpretar lo difícil que había resultado encontrar a alguien cuyo roce no la hiciese retroceder con pavor, pero sí deberían poder descifrar que, si existía, si alguien había logrado traspasar aquella barrera infranqueable, significaba que solo había un lugar para esa persona: a su lado. Era él a quien había estado esperando, y sus cuerpos entrelazados bramaban que cualquier promesa anterior formaba parte del pasado: él era su presente y a su vez ella el suyo, y no había nada de malo en ello. Era simple. Era perfecto.

Llegado el momento, su esposa tendría que entenderlo.

Presente perfecto simple

I Antología Relatos Románticos

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Que este ha sido un año extraño no hay contestatario que pueda refutarlo (bueno, sí se puede, pero nos referimos a rebatirlo con argumentos que se sostengan durante más de un segundo tras su emisión), pero quizá no nos pongamos todos de acuerdo en cuál ha sido el fenómeno más anómalo de este 2020 que, por fin, avanza a pasos agigantados hacia su extinción. Muchos coincidiréis en que lo más bizarro (en su acepción más empleada pero no reconocida por nuestra Academia) de este periplo de doce meses ha sido la pandemia global sobrevenida (igual habéis oído algo sobre el tema, no sabemos), otros tantos opinaréis que no, que ha sido la fiebre mundial por agotar el papel higiénico porque nos amenazaba un virus no estomacal, ya que las pruebas demuestran que los dinosaurios desaparecieron ante el cataclismo y no utilizaban papel higiénico, por lo que la deducción lógica era que algo tendría que ver. Pero no, señores, no: lo más raro de este año, sin lugar a dudas, sin temor a equivocarnos, y sin fuste ni muste (otra expresión oída en Murcia, para los fans del también extinto Diario de cuarentena) es que uno de los miembros del Otro Mundo apareciese en una antología de relatos románticos. Vale, cierto que el amor no es un tema exento en LCDOM, pero de ahí a competir en las lides de Cupido, sabiendo lo que pensamos de él por aquí… Pero no os preocupéis, que tiene una explicación.

La culpa de todo la tiene, evidentemente, la murciana.

Nuestra historia se remonta a aquella época ominosa en la que nos encontrábamos todos confinados en nuestros hogares con nuestras parejas, nuestros familiares o, algunos otros, con seres queridos. Por aquel entonces la práctica de escritura se escurría por entre mis dedos, desperdiciando taaaaaaaanto talento al no escribir más en la vida más que un par de tonterías por semana para el Diario de cuarentena. Claro, menudo derroche literario, ¿verdad? Como un gran poder conlleva una gran responsabilidad, para obligarme a redactar un poquito le pedí a la murciana (incuestionable protagonista de este blog en 2020) que emplease una técnica revolucionaria para exhortarme a relatar algo: que me apuntase en un papelito un tema y tres palabras, para que yo escribiese algo sobre el mismo empleando dicho material. Vamos, ni a la NASA se le hubiese ocurrido dicho proyecto, y no tiene nada que ver con que sea lo que se le propone en el colegio a los chiquillos (aunque como la ejecutora era murciana, tendremos que decir zagalicos). Pues bien, la susodicha no me propuso un tema, sino tres… y a cada cual más chungo, y cuando digo chungo no me refiero a difícil, sino a que generaban muy mal rollo, y cada uno peor rollo que el anterior. Sin ir más lejos, Presente perfecto simple es el relato originado para el descriptor Infidelidad, que cuando leí el papelito primero me pregunté si no me estaba queriendo decir algo con eso, y, a continuación, que si alguno había sido deshonesto con el otro, igual decirlo en un momento en el que ninguno de los dos podía irse del hogar mutuo ni siquiera un ratito podía crear un ambiente, digamos, poco distendido para jugar al Trivial, por ejemplo.

Pero bueno, dejándonos de chorradas de cuarentena, Presente perfecto simple es lo que germinó de aquel papelito, lo que se unió poco después al hallazgo de un certamen de relatos románticos. Le pregunté a la murciana si PPS colaba como relato romántico si le quitaba los cuernos del final, y me respondió “sí; y si no se los quitas, mejor”. Así que nada, siguiendo dichas instrucciones, allí que mandé yo el relato sin ninguna esperanza de ganar, y, ¡oh, sorpresa!, no ganó. Ahora bien, dado que este año no he ganado nada, la aparición de este relato en una antología se ha convertido en mi mayor hito literario obtenido en la presente anualidad, lo que convierte 2020 en año romántico por antonomasia en esta orilla del Otro Mundo. Así pues, damas y caballeros, desde LCDOM despedimos este incomprensible compendio de 12 meses con el deseo de recordaros que lo mejor está por llegar y que, en el nuevo almanaque que está próximo a estrenarse, apuntéis numerosos triunfos vitales tanto propios como de vuestros seres queridos.

Y que 2021 esté, al igual que la presente entrada que por fin se extingue, repleto de amor.

10 comentarios en “Presente perfecto simple

  1. ¡Feliz año nuevo! Interesante relato, pero más divertido ha sido leer tus dudas de porqué te pedían escribir sobre ese tema. Espero este año no tengas que escribir un diario de cuarentena sino un diario de… (inserte cualquier palabra que le plazca, me da pereza inventarme una)
    Saludos 🙂

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