Silencio en la biblioteca

Todavía no hay que pedir silencio en la biblioteca. Es una sensación rara, inédita, pues el hecho de demandar discreción en una sala infantil resulta más que cotidiano. Quizá sea exagerado catalogarlo de acto reflejo, pero hagamos un ejercicio de abstracción y denominémoslo así, tan solo por recordar viejos tiempos.

Viejos tiempos… Referirse de esa manera a hace tan solo siete meses, con tan vetusta etiqueta, no nos parece descabellado por mucho que debiera serlo. Admitimos que tendría que ser así, una descripción disparatada, al mismo tiempo que reconocemos que se trata de una época pretérita a la que hoy vivimos. Sí: por mucho que nos pese, nuestra forma de existir hoy es distinta a aquella.

No obstante, una institución como la biblioteca está curtida en este tipo de cambios. Ya ha sobrevivido a etapas complicadas y a otras tantas vejaciones a lo largo del transcurso de la historia: demasiada experiencia ante la adversidad como para detenerse ahora. Ni puede ni debe hacerlo. El acceso a la cultura y el deber de difundir la información cabal, y no esos bulos ni realidades a la carta que son nuestro menú del día porque gustan tanto a quienes se los tragan como a los que se los sirven, es un bien innegociable e insustituible. Así debe entenderse, así se entiende en la biblioteca y así lo entienden todos los que trabajan en ella.

Quienes quizá no lo entiendan, puede que porque no tendrían por qué hacerlo, sean nuestros niños, aquellos en cuya socialización se ha colado un confinamiento y demás medidas extraordinarias. Acostumbrados en los tan recientes viejos tiempos a campar a sus anchas por ese conocido recinto, acostumbrados a desarmar el orden establecido por la CDU cambiando los volúmenes de lugar a su antojo, acostumbrados a sobar con fruición cuanto material se pusiera a tiro, para ellos ha desaparecido hasta la acostumbrada reprimenda de los responsables de la sala que estaban asaltando. Ahora, en cuanto acceden con sus mayores, unas tristes instrucciones (y no tristes por su insignificancia, sino tristes por su devastación) les indican que no pueden moverse, que no pueden tocar, que no existe otra manera de anhelar un libro más que adivinarlo por inspiración divina, cuando antes aquel deseo aparecía al abrir sus páginas y encontrar lo inesperado. No, la planificación sustituye a la improvisación, la madurez a la tierna infancia en realidad, a la hora de escoger un libro, y entonces el auxiliar de sala podrá acceder a la zona cero y sacarlo para que, inevitablemente, una vez ya prestado, exista contacto entre persona e historia. Los padres asienten, tan descolocados como los niños, y los bibliotecarios lo lamentan, tanto como los padres y los niños, aunque no a todos los usuarios, contrariados, se lo parezca. Son las reglas que nos está tocando vivir, y la prohibitiva cinta que alterna franjas rojas y blancas ata de manos tanto a los que entran por la puerta como a los que se sientan detrás del mostrador (y, ahora, además, tras una mampara de plástico transparente). Frustrados profesionales, frustrados padres y, para angustia de ambas categorías, frustrados niños.

Como el vendaval infantil ya no fluye por entre las estanterías, cada libro está en su correspondiente lugar. Como los niños desbocados ya no vociferan sin causa aparente, ya no hay necesidad de demandar silencio a la concurrencia.

Como los tiernos infantes ya no saben cómo se utiliza su biblioteca, cada día se nos hace más cuesta arriba.

Quizá la tarea resulte menos estresante ahora, pero, joder, ¡no así! Nadie desea esto, ni nadie lo desea nunca. Los niños deben seguir actuando como niños, incluso como niños en una biblioteca, y eso es lo que se pretende alcanzar con el tiempo. Ojalá las cosas mejoren a corto plazo. Ojalá podamos relajar los protocolos, ojalá podamos permitir paulatinamente un acceso más ameno sin incurrir en riesgo alguno, ojalá tengamos la oportunidad de crear un nuevo entorno sin peligro en el que los niños puedan volver a serlo dentro de las salas infantiles.

Ojalá pronto nos veamos obligados a pedirles silencio en la biblioteca.

22 comentarios en “Silencio en la biblioteca

    1. El tema de la escolarización resulta harto complicado, desde luego. Todos los países probando por ensayo y error unas soluciones con más detractores que apoyos… Solo nos resta esperar que de esta amenaza, como en toda crisis, surja la oportunidad de mejorar los anteriores sistemas educativos, como puede ser en la disminución de ratios, por poner un ejemplo que suele ser de acuerdo mayoritario.
      Sea como fuere, esperemos que, al menos, los niños guarden en su ADN la resiliencia que están mostrando durante estos últimos meses para saber afrontar la vida mejor que muchos de los que les antecedemos.
      Gracias por pasarte y aportar, ¡un saludo!

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  1. Viejos tiempos, sí… Y cuánto de lo que entonces, hace siete meses, nos incomodaba se echa de menos. Ha tenido que sucedernos esta debacle para descubrirnos que hasta en los recintos del orden y el silencio las risas, las voces y los libros abandonados al tuntún formaban parte de una jovial rutina que se hizo pedacitos.

    Salud.

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    1. Cierto. Probablemente uno de los escasos acuerdos a los que podemos llegar los semejantes de cualquier raza o condición es que la pandemia, el confinamiento y los cambios de ellos derivados nos han hecho apreciar cosas que antes dábamos por hechas (o incluso cosas que entendíamos como negativas, como ese propio acto de exhortar al silencio). En fin, toca reorganizarnos y esforzarnos por arribar a una situación mejor de la que tenemos y, en las circunstancias que correspondan, mejor de la que teníamos.
      Gracias por no obviar la visita al Otro Mundo, ¡un saludo!

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  2. Qué razón tienes. Nosotros aún no hemos ido a la biblioteca porque lo que les gusta es trastear con los libros (y dejarlos en su sitio, todos y cada uno, por supuesto, ejem). Coger, ver, dejar, coger, ver, dejar… y ponerse nerviosos cuando tienen que elegir para llevarse, como si no pudieran volver a cambiarlos más adelante, je, je.
    Es una pena, también en muchos otros sitios, y los niños lo aceptan e interiorizan de una manera tan madura (más que muchos adultos) que da aún más pena.

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    1. Los libros están muy ordenaditos, y eso es bueno, pero siguen en la biblioteca, y eso es malo. La verdad es que no es una solución fácil para nadie, pero al final los damnificados reales son los más pequeños. Yo te diría que no renunciases a la biblioteca, aunque fuese para recoger tú sola libros para ellos, pero, claro, ¿qué te voy a decir yo? Después no soy yo el que tiene que planificarse el horario, evaluar los libros que quiero que lean, conciliar ese momento con mi actividad y mi vida, etc. La imposibilidad de facilitar el acceso a la información es un lastre que afecta a ambos lados del mostrador, mientras los libros, muy ordenaditos, siguen en una estantería municipal en lugar de estar de visita en las vuestras. Los miramos y sabemos que no es su función… pero no podemos hacer nada más al respecto.
      Ay, qué frustración… Ni en LCDOM había tanto sufrimiento, y ya es decir.

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    1. Me encantaría rebatir que no, que las historias siguen ahí, que la senda hacia ellas es distinta pero la recompensa final es la misma, pero… no puedo. Para cualquier usuario de biblioteca, como nosotros mismos nos sentimos, vagabundear entre las estanterías en busca de nuestra presa acaba formando parte de la experiencia literaria, y la extraordinaria situación actual nos cercena dichos preliminares.
      Lo dicho, llevas más razón que un santo. Solo resta seguir adelante para esos libros, aguardando que, tras pesquisas diferentes, alguien decida demandarlos.

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  3. Pingback: Silencio en la biblioteca | Ace Caring & Sharing NewsDesk

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