El legado de los vencidos

Y así para todos llegó el día final del gran hombre. No fueron pocos los cobardes ausentes, pero sus fieles discípulos, los reales, le acompañaron tan fatídica jornada. En vano perseveraron en su intento de convencerle de la más que cierta realidad de una huida aún posible, pero Sócrates resolvió ser más tajante que nunca en su negativa. Sabía que para la consecución de su objetivo servía menos como predicador infatigable, aunque poseedor de la verdad, que como hombre muerto. Un solo mártir era mucho más valioso para obtener su propósito que cien hombres buenos vivos, y estaba dispuesto a convertirse él en dicha víctima: habría sido un infinito hipócrita si no admitiese que era su persona la más idónea para asumir aquel papel.

Fedón, Hermógenes, Euclides, Critóbulo y su acaudalado progenitor Critón acompañaban al más aventajado discípulo Platón en aquella cámara. Allí permanecían, derrotados por la condena y abatidos por la negativa de su maestro a salvarse, sin que ninguno alcanzase a entender el porqué. Y arribó el trance: los adeptos se sintieron golpeados en el justo instante en el que Sócrates decidió que había llegado la hora de que abandonasen aquella habitación, destinada a ser su cadalso. El preclaro pensador había resuelto dedicar unas palabras a cada uno de ellos de forma individual llegado dicho momento. Fue al más próspero de todos al que se dirigió en primer lugar.

Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides.

Así se hará –respondió el discípulo–. Mira si quieres algo más.

Ahora parte, apreciado alumno, y que la razón sea la que te guíe.

Critón se quedó mirando al más virtuoso de los filósofos, sin alcanzar a comprender su empecinamiento en abandonar el mundo de los vivos, hasta que varios segundos después asintió y salió de la estancia. Sócrates se despidió a continuación del vástago del primer exiliado, y fue despachando a cada uno de los acólitos que le habían velado en vida con una final consigna que siempre les acompañaría. Tras el mutis de Fedón, penúltimo de todos, quedó a solas con Platón en su confinamiento. No esperaba este que las siguientes palabras del reo no se tratasen de una escueta despedida.

Esmerado pupilo, has de retrasar tu partida de esta celda. Voy a pedirte un último favor, y debes llevarlo a cabo. Habrás de reservarme todavía unos preciosos minutos de tu vida, antes de que yo dé por concluida la mía.

Maestro, cualquier acción que me encomiende verá la luz sin demora –respondió el discípulo, sorprendido, pero con decisión.

No será sin demora –respondió Sócrates, mostrando una tímida sonrisa en los labios–, Platón: curiosamente, no debe ser así.

El visitante procuró atajar su progresivo desconcierto tras dichas frases, dado que ninguna de ellas parecía adquirir sentido alguno para él. Simplemente permaneció en silencio hasta que su mentor decidió retomar la plática.

Escucharás atento y diligente el alegato que voy a narrarte y, tras ausentarte de esta estadía, tu inmediata labor será escribir punto por punto y letra por letra dicha disertación, sin desviarte de la misma ni una sola voz.

Platón no daba crédito a lo indicado. Su maestro se había caracterizado por no plasmar por escrito jamás ninguna de sus enseñanzas, lo cual convertía aquella petición, que en realidad era un exhorto, en la más inesperada empresa que cabía imaginar. ¿Resultaba aventurado hipotetizar que su inminente defunción había alterado los esquemas mentales del sabio?

Dicho soliloquio –prosiguió Sócrates, sorprendiendo a su desorientado discípulo– versará sobre cómo la religión ha sido construida con un único fin: erigirse en el instrumento definitivo de sometimiento del ser humano. Comprobarás tras escucharlo que es un razonamiento sin fisura alguna, una demostración irrebatible, blindada ante cualquier argumento opuesto, aunque te sorprenda lo tajante de dicha afirmación. He de reconocer que este es y será mi mejor discurso, sin lugar a dudas, además de mi último y definitivo.

Sócrates acalló a Platón alzando la mano, sabedor de que su discípulo urdía la lógica pregunta: ¿por qué entonces no había utilizado dicha tesis como defensa en su juicio? Se trataba de una cuestión obvia que el mentor sabía que debía ser formulada; de hecho, habría sido una decepción que su pupilo la hubiese podido obviar. Por ello truncó la intervención de este, dado que iba a resolver con prontitud aquel interrogante. Se aclaró la garganta y continuó:

Una vez hayas plasmado mi diatriba sobre un soporte duradero, no debe ver la luz. No en este momento. Ese manuscrito se volvería contra cualquiera de nuestros semejantes que posase sus ojos sobre él y se rindiera a su lógica aplastante, y de análogo modo ocurrirá con todo aquel que estuviese de acuerdo con él tras analizarlo. Y, como es evidente, estimado Platón, también te destruiría a ti. Tu legado y el mío serían ridiculizados primero, para posteriormente desaparecer.

No lo entiendo, maestro –se atrevió a interrumpir Platón–. Si tan incontestable es el alegato que debo hacer perdurar, ¿por qué no debe ver la luz, si nadie que se enfrente al mismo será capaz de rebatir su contenido?

Porque la historia la escriben los vencedores, mi distinguido alumno, y en el presente trecho de la existencia humana la religión siempre derrotará a la razón. Aquí me hallo, levantado al lado del lecho que acogerá mi óbito. ¿Necesitas más evidencias, aparte de esta que testifican tus ojos?

Cierto: Platón no requería ninguna prueba más. Empero, siguió protestando.

Maestro, es conocedor, al igual que todo habitante de Atenas, que habiendo templado su talante habría sido absuelto. Si así lo hubiese deseado, habría escapado de la funesta suerte que le aguarda. Reconozco el papel preponderante de la religión en nuestra sociedad, de necios sería no hacerlo. Pero, si tan poderosa es, ¿por qué podía usted haber permanecido con vida?

Créeme al decirte que mi sentencia estaba escrita desde que planteé una existencia sin deidad alguna que la admitiera. Podía ser de esta guisa, o asesinado y exiliado en el olvido. La condena a muerte pública es, sin duda, la única opción plausible. La humanidad debe poder atestiguar que la afrenta a los dioses debe ser temida, que la religión puede condenar a ser ejecutado legal o ilícitamente: la religión mató a Sócrates, y así debe saberlo el mundo.

Venerado maestro, ¿realmente deben ser tan censurados los dioses, aunque nuestra existencia no dependiese de los mismos, para despotricar de tal manera contra su creencia?

Con honestidad he de confesar que desconozco de todo punto si en lo alto del monte Olimpo habitan o no deidades. Es difícil de creer tras escuchar mis alocuciones, pero así es. Su presencia o, en el caso contrario, su irrealidad, es un hecho que no es en esencia relevante para mí.

Pero –replicó Platón, atónito ante dicha revelación– no lo entiendo, maestro. Si en realidad no tildáis de patraña la existencia de los dioses, ¿por qué atacar de ese modo a la religión?

Aplicado alumno, o más bien, apreciado amigo: escúchame atentamente, y comprobarás que los dioses jamás tuvieron nada que ver con la religión.

Platón asistió perplejo a la postrera e inesperada declaración que había escuchado. Sin otorgar pausa a su seguidor para interpretar sus palabras, Sócrates levantó su índice y, dispuesto a pasear por la cámara que le vería morir horas después, comenzó sin más preámbulo el alegato al que había estado haciendo referencia todo el tiempo. Platón agudizó el oído y su retentiva como nunca antes lo había hecho, siendo consciente de que, a tenor de todo lo explicado por su maestro, aquella misión era y siempre sería la más importante de su vida. El ejercicio de memoria al que se vio abocado resultó mayúsculo, pues el discurso que debía conservar en la misma palabra por palabra duró casi una hora. Cuando su preceptor terminó de dictar el mismo, se acercó a él y le dedicó sus últimas palabras, expresadas con una intimidad que jamás había mostrado con ningún otro ser.

Recuerda: transcribe lo recién escuchado de forma literal y hazlo permanecer a buen recaudo. Hoy la religión es demasiado poderosa para que estos argumentos la consigan debilitar, y, por más que me pese reconocerlo, seguirá fortaleciéndose sin duda con el transcurrir de los años, las décadas, quizá de los siglos. Pero arribará un momento de la historia en que tu texto se convierta en trascendental, y al ser por fin presentado pueda derrocar de algún modo a quien pretende. Es hartamente probable que tú tampoco asistas a esa ocasión; si así acontece, ha de ser conservado por alguien de tu plena confianza, como lo eres tú para mí. Y así debe suceder siempre, propagándose en silencio de mano en mano hasta que comparezca la hora de su advenimiento, y sea entonces y solo entonces cuando vea la luz. Cuida de que sea así, apreciado Platón. Ahora ve, parte raudo y cumple tu cometido, antes de que tu memoria pueda deteriorar mi exacta dialéctica.

Platón se retiró de la habitación sin mediar palabra, repitiendo en su cabeza el discurso letra por letra. El custodio, tras alejarse este, entró en la cámara con la copa de cicuta en la mano y la ofreció al condenado, abandonando el lugar en cuanto este la hubo asido. Sócrates apuró la copa de un trago sin demorarse un solo segundo, y se tumbó en la cama a aguardar su último aliento. Sumido en la más completa soledad, el gran hombre, tendido, caviló en torno a la misión que había encomendado a su más distinguido alumno.

Lo hizo hasta que, finalmente, dejó de existir.

La historia la escriben los vencedores”, había vaticinado Sócrates, y en absoluto anduvo errado: tal y como él esperaba, su muerte fue reescrita de modo impecable para no perjudicar a sus artífices. No fue óbice que Platón plasmase esos últimos instantes en la obra Sócrates, narrando con prolijidad dicha jornada sin cruzar el linde que comprometía el quehacer que lastraba, pues los destinados a cambiar la crónica de la humanidad no carecieron de astucia para diferir su labor hasta el momento oportuno. Tras la muerte del aventajado alumno, la realidad que conocieron las ulteriores generaciones fue que Platón, el excelso filósofo, ni siquiera mostró la decencia de asistir a la muerte de su ayo, urdiendo la excusa de una enfermedad que acaso podía haber fingido. Entretanto, el resto de fieles discípulos de Sócrates había permanecido a su vera hasta el postrer hálito de vida. Y no era la única nueva verdad que el porvenir atesoraría acerca de aquel pensador: para la historia jamás existió una obra de Platón llamada Sócrates: rebautizada como Fedón, fue relatada como si su autor jamás se hubiese hallado allí.

Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Así que págaselo y no lo descuides”, las últimas palabras de Sócrates al mismo, se convirtieron para la posteridad en la última alocución que el sabio había pronunciado en vida: constituía la evidencia de que Platón nunca pudo ser el último hombre al que Sócrates se dirigió. Siendo una instancia que prestigiaba al condenado en su yacija, nadie osaría atreverse a ponerla en duda.

Platón, merced al cúmulo de sabiduría atesorada a lo largo de toda su existencia, entendió en su lecho de muerte el sabor que Sócrates atribuyó a la cicuta llegada su hora, y cuán irrelevante resultaba la sapidez que captaron sus papilas gustativas.

Moría sin poder dar a conocer el último alegato de su maestro, pues, como este había vaticinado decenios atrás, fue testigo de cómo la religión se robustecía con el paso de los años. Hasta que no acaeciesen nuevas épocas en la cultura humana, la divulgación del preciado discurso solo acarrearía desgracia a todo aquel que se arriesgase a defender sus argumentos. Dando paso a una nueva generación de garantes de la última voluntad de su erudito instructor, Platón cedió la carga a su alumno Aristóteles, entregándole el escrito y la obligación que el mismo comportaba. Y en ese preciso instante, al entregar aquel complejo testigo, comprendió el sabor de la última copa de Sócrates. Poseía un tenue dejo a esperanza, a la promesa de que esa disertación final liberaría a la futura humanidad del imperativo sometimiento a un dogma falaz.

Y, en el último sorbo, agazapado en el fondo de la copa, un regusto final tan amargo como la hiel: la certeza del que sabe que se engaña, consciente en su interior de que su último legado se perderá en la noche de los tiempos.

El legado de los vencidos

2º Premio X Certamen Internacional de Relato Breve “La Fénix Troyana”


Aunque hace ya (demasiado) tiempo que no retornábamos a la blogosfera, lo prometido es deuda. Hace ya unos meses que os contamos en la entrada Nada en el tintero cómo se fraguó el relato que, a la postre, recibió un más que digno segundo lugar en el certamen literario de la pequeña pero carismática localidad de Chelva (Valencia), hogar de la revista centenaria “La Fénix Troyana”. Emplazamos la difusión del relato para más adelante, y, ya a punto de finiquitar la década estrenada en 2010, os invitamos a descubrir dicha narración. Lo más probable es que, si estáis leyendo esta justa frase, el relato debe estar más que leído a estas alturas… Pero, como se enuncia tantas y tantas veces el día del sorteo del Gordo de Navidad, lo importante es que tenemos salud.

Más que Sócrates, al menos.

28 comentarios en “El legado de los vencidos

      1. Subí en su momento una foto a solas con el ramo, pero en realidad me refiero a otra que sale en la revista (que recibí esta semana) en el momento que me están entregando las flores, así que para todos vosotros es inédita. Si con photoshop me pongo una tiara y una banda doy el pego como Miss Universo, no digo más…

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  1. Muy buen criterio al seleccionar este episodio para la gesta de vuestra narrativa. Instructivo además de intrigante. Mejor aún si lograsteis ser reconocidos… de lo cual hay que alegrarse… (incluso asumiendo hasta qué punto el sarcástico Sócrates acertara tan fatídicamente en sus proclamas) 😦

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  2. Una mirada...

    Una suposición muy bien argumentada con esa tintura orwelliana que, lejos de descontextualizar la recreación del momento, le confiere pátina de (deseada) veracidad.

    Me ha gustado. Un relato bien escrito y estructurado -no podía ser menos, con vuestro bagaje literario-.

    Enhorabuena por el premio y gracias por compartir el texto.

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    1. Te agradezco mucho tus palabras, sobre todo eso de “tintura orwelliana”, ya que toda mención a Orwell siempre suena a grandísimo halago. Lo cierto es que a ver quién es el guapo que demuestra con certeza que los últimos momentos de Sócrates no fueron tal y como se narran en este relato. ¿Cuántas veces no se habrá reescrito la historia que damos por cierta?
      Muchas gracias de nuevo por el comentario, ¡un saludo!

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      1. Una mirada...

        La referencia orwelliana es por “La historia la escriben los vencedores“, que bien pudo decir Sócrates pero que, desde luego, pronunció Orwell, circunstancia que los relaciona y encaja, además, en vuestro relato.

        La historia, ciertamente, se reescribe una y otra vez, pero siempre quedan, en todas las épocas, supervivientes de los perdedores para hacer las enmiendas pertinentes que terminan saliendo a la luz.

        Un placer.

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  3. Maravilloso relato. Un placer su lectura. Ya echaba de menos paladear vuestra prosa. Y enhorabuena de nuevo. Me parece increíble cómo conseguís revestir de nueva vida un episodio clásico, con su toque innovador y conspiranoico que me ha encantado. Bueno, ya dejo de daros coba que parecemos familia, de esas que se llevan bien, claro 😀. Una última cosa: no tengáis abandonados tanto tiempo a vuestros acólitos o seremos nosotros los que os echemos cicuta en el whisky, por puro despecho 😜. En serio, magnifico relato y merecido premio. Un saludo.

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    1. Si por nosotros fuese no os dejaríamos solos tanto tiempo aunque fuera únicamente para disfrutar de tu peloteo, palabra (la vanidad es nuestro pecado favorito). La vida, que se empeña en ponernos tareas aparte de bloguear y escribir… ¡Maldita seas, existencia!
      Muchas gracias por la coba, nos sabe mejor que la cicuta al sabio.

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    1. Pues dado el consabido espíritu contestatario de dicho filósofo y su manía con la mayéutica, hoy en día se encargarían de quitárselo de en medio más pronto que tarde. Eso sí, mientras durase, iba a dejar en evidencia a medio planeta.
      Gracias por lo que nos toca, Carmen. ¡Un saludo!

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  4. Creo que ese soliloquio de Sócrates sigue sin ver la luz. Porque a lo largo de los siglos hemos visto como, en nombre de diferentes dioses, se ha sometido a la humanidad y se han dometido todo tipo de desmanes…
    El relato es muy bueno y no están aquí ni Sócrates ni Platón para decirnos que los hechos no ocurrieron así, por lo que me parece una buena manera de escribir la historia, ¿acaso sabe alguien exactamente cómo fue?
    Felicidades por el premio, siempre merecido.
    Abrazos.

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    1. ¡Ni una queda para llevarnos la contraria! Podemos decidir que ocurrió tal cual se cuenta aquí y forrarnos con los derechos de autor cuando pasen por caja todas las enciclopedias y monografías especializadas hayan de cambiar la narración de dicho acontecimiento.
      Bueno, pensándolo bien, la idea no tiene mucho fuste, pero nada nos impedía soñar con riqueza fácil, qué le vamos a hacer…
      Muchas gracias por la felicitación, Estrella. ¡Un abrazo!

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    1. Muchísimas gracias por tus palabras, Yvonne. Voy a aprovechar tu comentario, ya que todas las flores me están cayendo a mí, para recordar que aunque la ejecución es mía, la idea original que sostiene este relato pertenece a un amigo que no vive en el Otro Mundo, como ya narramos en la entrada del blog “Nada en el tintero”. Sirva pues para extender mi agradecimiento al bueno de Alfredo, y a ti de paso, por permitirme colarlo en tu comentario.
      Gracias de nuevo, ¡un saludo!

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