La mejor mitad

goethe

Una piscina de diez metros de longitud, con un escueto anexo en una punta para permitir unas escaleras de obra y un tobogán azul de dos metros de altura en el otro extremo. Esa era mi musa.

Cuando ya todos se habían acostado, nunca antes, abandonaba la casa y llegaba a la piscina para quemar un cigarrillo. Uno y solo uno; a fin de cuentas, ese palito combustible y venenoso tan solo me daba la excusa para salir. No estaba permitido fumar en casa, aunque el resto de adictos lo hiciera sin que ocurriese nada por ello. De todas formas, era irrelevante: como he relatado, el pitillo era una mera excusa para presentarme en aquel emplazamiento. Una vez allí, en la quietud de la noche, en la solemne oscuridad tan solo interrumpida por los fanales de las entradas de los demás vecinos, comenzaba a rodear la piscina. Vueltas y más vueltas, a veces sorteando el tobogán y en otras ocasiones cruzándolo por debajo. El cigarro se había consumido hacía mucho tiempo, pero el periplo circular, con lógicas excepciones como, por ejemplo, inclemencias climatológicas, no se detenía hasta mucho (a veces desmesurado) tiempo después. Bajo un hotel de mil estrellas (lo primero, pero siempre, que hacía conforme llegaba a mi circuito particular era localizar Orión), a no ser que me encontrase demasiado ofuscado, porque la vida en ocasiones quiere la vivamos así, la musa emergía etérea en mi cabeza y me saludaba. Lo cierto es que, algunas noches, lo único que decía era eso. Supongo que una musa también puede tener días poco inspirados. Pero en otras veladas la tertulia a la que su magia nos abocaba era eterna. Yo me preguntaba cómo continuar, y ella hacía lo que le daba la gana, pero lo conseguía. A veces susurraba una miguita de pan para que mi historia la persiguiera, y, en cuanto la recogía, dejaba caer otra más allá. A través de su evidente ubicuidad, también me empujaba desde la retaguardia al mismo tiempo que arrojaba la miguita siguiente. En otras ocasiones me saludaba y, sin aguardar a que yo le devolviese la cortesía, me lanzaba una bomba de racimo con todas las ideas que debían marcar el itinerario literario. Seguro que, en tales circunstancias, se desternillaba al ser testigo de mi caótico devenir: dando vueltas a una piscina sin prisa pero sin pausa, intentando poner orden en el laberinto impuesto que ella sabía que podía ser desenmarañado, pero disfrutando de mi maremágnum mental antes de decidirse a darme las soluciones correctas. Y, al mismo tiempo y sin que tuviese nada que ver al respecto, ¡qué bonitas las estrellas! Qué lujo poder regocijarse con una visión tan perfecta de las mismas, distendiendo la excitación creativa a un nivel óptimo. Aunque supongo que ese efecto era tan subjetivo como cualquier otro. A saber cómo organizaría sus pensamientos en aquel lugar cualquier otra persona que se viese animada a plasmar algo sobre el papel. Seguramente se le antojase un disparate darle vueltas a esa piscina inmerso en la madrugada, a pesar de que, como mirador estelar, cualquiera pudiese admitir su aptitud. El caso es que, como musa, a mí me funcionaba. Todos los kilómetros recorridos en tan escueto circuito rectangular ponían en marcha las ruedas dentadas en mi cabeza, encendían el mecanismo, fuera lo que fuera lo que acabase siendo transportado al papel tras las mutaciones que, vuelta tras vuelta, se iban originando en la idea primigenia que la musa me había cuchicheado. Aquella fuente de inspiración fue copartícipe del cincuenta por ciento de LCDOM, y, tratándose de una novela de casi mil páginas, no se puede decir que las millas recorridas no sirvieran para algo. Qué fascinante depósito de agua, ornado por millones de astros que protegían a mi musa bajo su cúpula.

Una simple piscina. Nada más.

Empero, no lo era. Con el transcurso de los años me veo alejado de ese lugar, transportado al que alguien dice por ahí que es el barrio más pobre de España. Prometo abrir más los ojos cada vez que salga de casa, pues no atisbo los renglones de dicha afirmación. También tengo la opción de ir a la óptica: si me dicen que me faltan dieciocho dioptrías, probablemente ese artículo tenga razón y me halle incapacitado para captarlo debido a la invidencia. Sea como fuere, a mi musa le debe dar miedo este lugar, porque se quedó a vivir en aquella piscina. Y aquí no hay quietud, en la ciudad siempre hay ruido. Aquí no hay estrellas, o, al menos, no brillan ni te acompañan ni una ínfima parte de lo que lo hacían cuando mi musa las acompañaba. Aquí no hay lugares donde salgas a andar y la inspiración acuda para saludarte, tan solo asfalto, cemento, metal y zonas apellidadas verdes por mero hábito.

Es cierto: las musas habitan en cualquier rincón, y, si las descubres en la intimidad, te colman de inspiración. Puede habitar el recoveco más ignoto, puede transmutarse en la acción más futil. Puede tratarse de algo tan sumamente estúpido como cambiar un par de bombillas. Pero esas ninfas se encuentran desperdigadas y clandestinas, y el hecho es que esto sigue siendo algo relativamente nuevo para mí. Antes sabía dónde vivían y acudía todas las noches a visitarlas, por si tenían a bien iluminarme con alguno de los murmullos que yo juzgaba tan brillantes (otra cosa es que tuviese o no la capacidad suficiente para transcribir ese esplendor a través de mis manos, pues las musas susurran ideas, no palabras). Pero ahora, en pocas palabras, no sé dónde están. Si vosotros os inclinais a ello, podéis ayudarme. ¿En qué sitios sabéis que las podéis hallar? Quién sabe, quizá por estas latitudes coexistan en nidos análogos, se traten estos de parajes, actos, circunstancias o qué sé yo. Supongo que, si lo supiera, no os lo preguntaría. Si os apetece, hay un número infinito de cajetillas de comentarios que cumplimentar. Mientras tanto, examinaré cada recodo, cada intuición, cada origen de alucinación peregrina, buscando el nuevo hogar al que se ha mudado mi musa.

Apartad, estrellas: tengo una nueva piscina que encontrar.

 

 

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54 comentarios en “La mejor mitad

  1. A lo de pavaroti ni lo esperaba . Aunque el texto de algún modo lo anticipaba .

    Entre éste y Pavaroti hay una cosa llamada ósmosis.

    Como esperaba , por lo menos , la aparición de una supernova , el ¡ o sole miooo! fue la clave para pensar nada como la mahavishnu orchestra via aquel segmento de ” you know you know .

    Joder

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    1. A ver, con lo del barrio lo que pasa es… es como si toda la vida creyeses que eres Sagitario, pero de repente te dijesen que no, que eres es una grapadora que ganó el Goya al mejor relato hiperbreve por tu escultura ‘Titanic: una odisea del espacio’. Claro, te quedas tan descolocado que te ves obligado a gritarle a todo el mundo que ¡has ganado un Óscar de la Academia!
      Academia militar, claro…

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    1. Gracias por el halago, Isabel, me alegro de que te guste. No obstante, el mejor indicador de la ausencia de mi musa es que este escrito ha sido parido porque no se me ha ocurrido (y mira que he intentado que germinase cualquier otro) ningún asunto más sobre el que escribir, el que fuese. Mas la fecha dictaba que el blog estaba famélico y no podía esperar más su rancho. En realidad, no quería escribir esto, o sobre esto. Al menos, todavía no. Pero el website demandaba su sacrificio… Al menos, me alegro de que haya salido algo digno.
      Los barrios, al menos su apariencia, ya no hace falta imaginarlos desde que existe Google Maps. De hecho, desde aquí todo el mundo queda invitado a visitar el barrio más pobre de España desde su pantalla más próxima: inserten Carrús en la cajetilla de búsqueda y dense una vuelta mediante Google View. Prometo saludar a la cámara si me topo con el coche que graba esto cada tantos años.
      En fin, desconozco si el barrio posee su propio rincón de musas público, pero va a ser complicado encontrarlo mientras el recuerdo de la inspiración se encuentre abigarrado a una piscina, un paseo eterno y unas estrellas visibles de verdad.
      ¡Un abrazo, Isabel!

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  2. Bastante sibarita se ha revelado Mme. la Musa. Si acaso bajara de ese tobogán que otea tan espléndida piscina y accediera a trocar ese paraíso por una vulgar balsa de riego colmada de insectos, hierbajos y algunas aves sedientas que se avienen a levantar un discreto oleaje… dale el mensaje. Que la espero -y sin cigarrillo-.

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    1. Aunque por lo visto el número de musas en la mitología es variable, lo que es impepinable es que no alcanzaban en ningún caso la decena, y esa escasa tropa tenía que servir la inspiración a toda la humanidad. Que no salen las cuentas, vamos, por lo que cabe la posibilidad de que la musa de la piscina también quede circunscrita a todos los alrededores de depósitos de agua. Quién sabe, igual la has tenido allí todo el tiempo y no lo sabes por no haberte puesto a darle vueltas a la balsa.
      Por si acaso te funciona la táctica, compra bidones de repelente antimosquitos.

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    1. ¡Pues ese es el problema! Antes no tenía que correr persiguiendo a la musa sin saber si en algún momento la alcanzaría, sino que ambos quedábamos en su guarida y paseábamos juntos. Siempre nos acostumbramos rápidamente a lo bueno, y cuando nos lo quitan… Ay.
      Habrá que acostumbrarse a perseguir musas, supongo. Espero que alguna se deje agarrar sin oponer demasiada resistencia, porque las historias no se escriben solas. Bueno, a veces sí, pero eso es otro rollo.
      ¡Saludos, Mocca!

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  3. Pingback: La mejor mitad | luisfliguer

    1. E incluso se puede vaticinar desde aquí (porque, total, si me equivoco tampoco me enchironan) que cada martes y jueves son musas distintas. Está muy bien eso del poliamor, aunque en la piscina llevábamos una relación estable de vernos todos los días.
      Bueno… excepto los fines de semana, en los cuales mis musas se llamaban Justerini y Brooks.

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  4. Vayamos por partes, como dijo el bueno de Jackie.
    En primer lugar una confesión. Sopesé sacar tajada de vuestra desgracia y exigiros un rescate por la susodicha musa. Sé que suena fatal, pero la vida se ha puesto muy dura y pensé pediros unos cuantos volúmenes de LCDOM para regalar a mis compinches y familiares. Finalmente, desestimé la idea, porque no sé cómo escribir con recortes de periódico en la internete, y sobretodo porque si me pedíais una prueba de vida, o de musa, o de cómo diablos se llame, iba a quedar en ridículo. A ver cómo iba a hacer pasar alguno de mis tristes escritos por algo inspirado por vuestra musa.
    Y ahora, al grano. Tras mi retiro semanal de meditación con el Gran Rozner, he visto la luz. Vuestra musa ha sido abducida por alguna entidad del Otro Mundo, así de sencillo. No sé como no lo habíais descubierto antes. No os queda otra que sumergiros de nuevo en el Otro Mundo para buscarla. Ala, ya tardáis, a escribir una continuación se ha dicho.
    En cuanto asoméis la nariz por esas realidades psicomagnéticas, seguro que la musa corre a vuestro encuentro.

    PS: en serio, ¿me habríais dado los ejemplares de LCDOM sin una prueba de que tenía a vuestra musa en mi poder? La duda me corroe.

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    1. ¡Ay, amigo! Si nosotros dispusiésemos de ejemplares del Otro Mundo, el vuestro conocería mucho más la existencia de LCDOM. Más presencia en algunas páginas de reseña + sorteo del ejemplar, por poner un ejemplo. Peeeeero publicar con editoriales tiene esas cosas, así que el chantaje respecto a los ejemplares que querrías por el rescate tendrías que gestionarlo con el negociador de la editorial, así que… ¡apañado ibas!
      De todas formas, no habría colado. Conocemos perfectamente las coordenadas en las que se encuentra la musa, en su piscina, y te pilla un poco lejos. Además sabemos de buena tinta (como corresponde a un libro) que no está por la labor de continuar la historia del Otro Mundo. La última vez que tratamos cara a cara con ella se metía de lleno en otra distopía, pero muy alejada del alcance de Vistinu. Veremos cuándo llega a buen puerto la susodicha, esperamos que más pronto que tarde.

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  5. A lo mejor Lothrandir de verdad secuestró a su musa y deberían pagar el rescate. Si no fue así o se niegan a pagar pues pongan un aviso clasificado: Se busca musa, buena presencia, excelente remuneración, etc etc. Y como última opción ¿han pensado que quizá un señorita azul con mal carácter asesinó a las musas porque quiere ser ella la única que los guíe en su cruzada? ¡Las posibilidades son infinitas! Saludos a los dos, disfruté mucho el relato 🙂

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    1. Pues repasemos las opciones.
      – La musa fue secuestrada y piden un rescate por ella: pues allí se queda, no tenemos dinero para pagarlo.
      – Anuncio en el periódico buscando musa: querría un sueldo, no tenemos dinero para pagarlo.
      – Vistinu se ha cargado a la musa: pues qué tonta, sin inspiración no podemos seguir escribiendo su historia.
      – Las posibilidades son infinitas: pues esperemos que sean gratis, porque si requieren un desembolso… no tenemos dinero para pagarlo.
      ¡Siempre es un placer, Coremi!

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  6. F e r m i n Romero de Torres

    ¿Y qué pasa se la musa habla a quien no puede dedicarle su tiempo?
    ………………………………………. ¿Dónde van esos recados tan queridos?
    ……………………….. ¿Dónde la ilusión de poder quizá dar vida al papel?

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    1. Entonces, si la inspiración llega a quien no debe o no puede, quizá se trate de una tragedia literaria que, evidentemente, ha pasado infinitas veces a lo largo de la historia. ¿Qué grandes historias nos habremos perdido, cuántos excelsos autores se habrán extraviado por el camino?
      No nos queda otra que disfrutar de lo que tenemos a nuestro alcance.
      Muchas gracias por el comentario, Fermín. ¡Un saludo!

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    1. También se puede llamar ‘Método de la piscina’ si es estrictamente necesario no aludir a las musas. El de Rimbaud no parece mal método, pero tampoco se encuentra exento de mérito saber escribir sin tanto ‘esfuerzo’.
      Y si después se le regala algo de mérito a las musas por amor al arte, pues oye, la caridad tampoco está mal practicarla. ¡Todo vale!

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    1. Lo mejor sería no depender de una musa concreta y buscar la inspiración tras cada cara y cada esquina, pero el sedentarismo nos vuelve vagos y exigentes. Mas las musas son libres, con lo cual permitamos que viaje por otros lares y visite a otros autores, pues, si decide volver, será bien recibida.
      Gracias por el comentario, Julio César. ¡Un saludo!

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  7. Las musas también tienen vacaciones, desde que se han sindicado no pasan ni una, vacaciones, días de libre disposición, por cambio de domicilio, bajas de maternidad, permisos por matrimonio y defunción… El día menos pensado vuelven, ya verás, en cuanto se cansen de estar todo el día en la piscina. Las mías suelen tomarse once meses de vacaciones y uno de trabajo, no te digo más, cuando vienen ya nos las reconozco.
    Un abrazo y ánimo, volverán las traviesas musas…

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    1. Bueno, está genial que las musas hayan luchado a brazo partido por sus derechos y así hayan conseguido sus días moscosos y demás (deberíamos aplicarnos todos el cuento, pero eso ya es otra historia). Ahora bien, nosotros de ti pondríamos una reclamación a la autoridad pertinente, porque once meses de vacaciones ya es pasarse de la raya, ni abuso patronal ni leches.

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  8. Pingback: Stephen King – Las crónicas del Otro Mundo

    1. La verdad es que desconocemos si las musas de otros gustan de reunirse en remansos acuáticos, pero, como ya has comprobado, sí estamos seguros que a la musa de la que hablamos le gusta mucho (demasiado) estar en la piscina.
      Muchas gracias por lo que nos toca, Merlina. ¡Un saludo!

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