Crónica sin final feliz

Crónica sin final feliz era, es, el título provisional de un proyecto acometido hace ya bastantes años, una historia que creímos debía ser contada y que la propia vida no nos permite continuar. Crónica sin final feliz corre el peligro de convertirse en una crónica sin final, a secas, y eso es algo que, de cristalizarse, nos perseguiría a muchos implicados en forma de desazón y arrepentimiento hasta nuestro último aliento.

Hace más de una década tuve la suerte de conocer a una serie de personas en cuyo pasado una ajena mácula había oscurecido parte de sus existencias. La vida, como concibe con tantos y tantos semejantes, me hizo converger con una chica cuya abuela había engendrado una progenie que ascendía a catorce hijos; mas me dejaron claro que aquello, en el fondo, no se correspondía con la realidad. Sí: en verdad habían sido dieciséis retoños, pero dos de ellas, gemelas, habían sido… robadas. En el hospital, nada más nacer, en una época en la que, cruel y desgraciadamente, aquella práctica se encontraba a la orden del día. ¿Cuánto pesar no debe suponer eso en el día a día en la vida de una madre desposeída de dos seres que han salido de sus entrañas, tras darles la oportunidad de existir gracias a su vientre?

Resumiendo salvajemente la cronología que nos llevó a ello, una de las hijas de esta persona y su sobrina, esa chica a la que conocí en un entorno tan cotidiano como diario, esa nieta a fin de cuentas, emprendieron una cruzada en la que revolvieron tanto documentos del pasado como animadversiones de unos seres humanos, extraños, foráneos, que, inexplicablemente, querían prohibirles su labor de investigar si realmente aquel robo de bebés había sido tan real como les había sido relatado y, de ser así, dónde habrían acabado aquellas dos gemelas: para ellas, aquellas dos hermanas y aquellas dos tías. Y, por otra parte, deseaban que aquella historia no cayera en saco roto, deparase lo que deparase: anhelaban propalar dicha injusticia, dicha búsqueda, dicha vivencia y, sobre todo, el sufrimiento de alguien a quien han arrebatado a dos recién nacidas que apenas habían tenido tiempo de abandonar su útero.

Nunca estuve más seguro de querer recoger un guante, porque que alguien plasmase su historia era el deseo de todas ellas, y la vida me había colocado circunstancialmente en aquella posición.

Ha sido la existencia la que se ha interpuesto en nuestra recta campaña. Con la excepción de la utilización de nombres ficticios, la única manera justa de encarar la historia era la historia misma: no recrear los hechos, sino narrarlos sin inventarnos una sola palabra. Nos reunimos con testigos de todas las épocas, con todo el que había tenido algo que decir, y exprimimos la memoria de todos los actores para inmortalizar todos los hechos, todos los diálogos, todos los pasos, fechas, minutos, segundos. Y lo seguimos haciendo hasta que la vida de cada una de las protagonistas no nos lo ha permitido más. Horarios insalvables, ubicaciones remotas… encuentros imposibles. Hace ya un tiempo que la vida ha zancadilleado esta crónica, y ningún ser humano es eterno. Quizá, quién sabe, no podamos concluir la historia antes de que la principal actriz se apague. No es algo que queramos reconocer ninguno de los implicados, como si secretamente mantuviésemos una conspiración del silencio. Pero, con respecto a la materialización de la novela, la realidad objetiva es que cabe la posibilidad que la protagonista no la vea concluida. Aquí es cuando quiero recuperar la última frase del primer párrafo de esta entrada. Nos perseguiría a muchos implicados en forma de desazón y arrepentimiento hasta nuestro último aliento.

Por eso, queremos, necesitamos, que sepáis que esta historia existe. Que esa persona existe, que las dos hijas que le arrebataron existen, que la lucha para que alguien lo reconozca existe, que la pretensión de que todos lo sepan existe. Y quizá no conozcáis cómo concluye esta provisional Crónica sin final feliz, y puede que nosotros tampoco, pero queremos que, al menos, comprobéis a través de esta entrada que esta historia, el relato del fragmento de esa vida golpeada por gente sin alma, sí tiene un comienzo. Y también que, en cuanto esté en nuestra mano, por justicia poética, también llegará a tener su epílogo escrito y listo para que el mundo lo conozca.

A continuación os presentamos el arranque de esta crónica, para amarraros a todos vosotros como copartícipes de su vida.

PRÓLOGO: 3 DE FEBRERO DE 1961

¡Ay, qué dos nenicas más guapas has tenido, menuda mata de pelo tienen!

Era la tía Carmen la que daba la buena nueva a Marcial, que acababa de llegar al hospital tras ser informado de que, horas antes, su mujer había roto aguas sin previo aviso.

Dentro de lo que cabía, había tenido mucha suerte. Aquel día Dolores, su esposa, había cogido el autocar para visitar a un familiar, por lo que desde aquella perspectiva abstracta las contracciones podían haberla sorprendido en cualquier recóndito rincón que la línea de autobús recorriera. No obstante, la divina providencia quiso que fuera a visitar a su cuñado Nemesio, hermano de Marcial, que estaba ingresado en el hospital debido a una reciente operación de apendicitis, cuando Dolores se puso de parto. Además iba acompañada en el vehículo por Carmen, tía de su marido, que también acudía al centro sanitario a ver a su sobrino, por lo que no se encontró sola durante ningún momento del lance.

En realidad, todo había salido a pedir de boca, teniendo en cuenta que aquel alumbramiento debía llevarse a cabo necesariamente en el hospital. Marcial, a sus 27 años, ya era patriarca de familia numerosa, y Dolores, cuatro años y medio menor, era toda una veterana en dar a luz: había participado como actriz principal en cuatro alumbramientos, el último de ellos con doble recompensa. En las tres primeras ocasiones sus hijos mayores abrieron sus ojos al mundo por primera vez en su propia casa; no obstante, el siguiente, al ser gemelar, tuvo que realizarse obligatoriamente en el hospital para prevenir posibles complicaciones. Es decir, a pesar de tener ya cinco vástagos, ambos padres solo habían asistido al hospital una vez para ver nacer a sus retoños.

Pero un año después allí se encontraba Marcial de nuevo, visitando el hospital para ver a sus dos gemelas recién nacidas. Había acudido tan rápido como había podido, lo cual, al residir en una población cercana y no disponer de coche propio, se resumía en varias horas de retraso desde el nacimiento de sus hijas. Estaba en su casa, a cargo de sus cinco hijos, cuando recibió la noticia de boca de uno de sus numerosos familiares, que curiosamente se había topado en el hospital con su tía Carmen y había recibido el encargo de parte de esta de avisarle de que el estado de buena esperanza de su mujer había llegado a un feliz desenlace en la institución sanitaria. Lo primero que tuvo que hacer Marcial fue encontrar a alguien de confianza que se quedara con los niños, habida cuenta de que no podía dejarlos solos: el mayor de ellos contaba cuatro años nada más, y a los gemelos aún les faltaba un par de semanas para arribar a los doce meses de vida. Tras endosárselos a otro miembro de su parentela, tuvo que buscar a alguien del pueblo que dispusiera de coche propio y estuviera dispuesto a llevarle al hospital, labor que también ejecutó con cierta eficacia. Sin embargo, el retraso que todas estas acciones acumuló, sumado al que llevaba de antemano antes de conocer la alegre noticia, provocó que se personase en el centro fuera del estricto horario de visitas marcado que el personal de maternidad hacía cumplir a rajatabla. Marcial intentó en vano convencer a alguno de los trabajadores de aquella unidad de maternidad de que le dejaran pasar para conocer a sus chiquillas, pero no hubo forma humana de que ningún miembro del personal diera su brazo a torcer. Todos le repetían una y otra vez la misma frase en un tono monocorde: “vuelva mañana en horario de visitas”. Marcial tuvo que resignarse: aquel día no iba a conseguir ver a sus gemelas ni darle un beso a su mujer. Lo único que podía hacer era regresar a casa y soñar con la hermosa mata de pelo que su tía le había dicho que tenían sus hijas.

Además, solo tenía que aguardar un día. No le habían dejado atestiguar con sus propios ojos la divina belleza que irradia un hijo propio la primera vez que se le tiene presente, pero en menos de veinticuatro horas podría deleitarse con la misma. De hecho, tenía toda una vida por delante para abrazar a sus dos niñas siempre que quisiera. Podía esperar: merecería la pena.

Al día siguiente, un emocionado Marcial entraba en la unidad de maternidad siendo perfectamente consciente de que el reloj le daba permiso para ello, al encontrarse dentro del riguroso horario de visitas. Le pareció curioso que el portero de aquella zona del centro fuera manco, pero no se detuvo demasiado a pensar sobre ello: había llamado su atención, pero esta se había redirigido casi inmediatamente al reencuentro con Dolores y a la primera audiencia con las gemelas. Conforme traspasó la puerta de la habitación en la que se encontraba su esposa, sus ojos percibieron a una mujer de pie, al lado de la cama de su mujer, desconocida para él y, como supo después, también para su cónyuge, que solo acertaba a añadir sobre la misma que era “alguien del hospital pero no era una enfermera”, puesto que de estas se acordaba muy bien. No obstante, apenas le prestó mayor atención dado que, al encontrarse de nuevo frente a Dolores, reparó en que algo no marchaba como debía.

La madre de sus hijas parecía triste. Muy, muy triste.

La aflicción que efectivamente sentía ella se agigantó en cuanto tuvo delante a Marcial, y no pudo evitar romper a llorar. Víctima de un desconsuelo incomprensiblemente teñido de vergüenza, Dolores se tapó con la sabana para evitar que su marido pudiera verla de esa guisa, y este, presa del desconcierto, tan solo llegó a articular una cuestión.

¿Qué te pasa?

Esa pregunta jamás obtendría respuesta, puesto que poco después de proferirla, y permaneciendo su mujer cubierta por la sábana, sus oídos captaron una llamada de atención realizada desde el pasillo, un requerimiento ejecutado desde fuera de la habitación que parecía dedicado a él.

Un requerimiento que se convertiría en el más triste de su vida.

Marcial se giró para atender al mismo y descubrir quién lo había proferido, quién iba a demorar un poco más la primera reunión con sus hijas, sin saber que no retrasaría ese encuentro… sino que iba a conseguir impedirlo para siempre.

Había dos personas en el corredor mirándole directamente, siendo inequívocamente ellos la fuente de aquel llamamiento. Tanto el hombre como la mujer poseían características que no les dejarían pasar desapercibidos entre la multitud. El hombre tenía una apariencia imponente: mediría alrededor de metro ochenta, lo que para el estándar de la década resultaba una altura bastante considerable, a juego con su envergadura. Tendría alrededor de cuarenta y cinco años, y, pese a encontrarse a unos metros de distancia, pudo distinguir que en el agraciado rostro de aquel varón sobresalían unos ojos pardos, custodiados por pobladas cejas. Iba bien vestido, con un atuendo que Marcial identificó mentalmente en ese mismo momento como de “señorito” de la época. Por su aspecto, a primera vista no podría definir exactamente el papel de aquel hombre en el hospital.

Sin embargo, el rol de la mujer en el centro estaba más que claro, puesto que su indumentaria la delataba, y más aun en una institución sanitaria de aquellos años. Era una monja de mediana edad, cuyo hábito era de un color que Marcial nunca supo llegar a definir con claridad: marrón muy claro o amarillo oscuro, con lo que en su cabeza almacenó el vocablo “caqui” para describir su tonalidad sin saber demasiado bien si esa variedad cromática se correspondía con la realidad del vestido. Era ella la que le había llamado tras verlo dentro de la habitación, y una vez se hubo girado hacia ellos la hermana volvió a reclamar su atención, consiguiendo que Marcial desanduviera los pasos que le habían hecho introducirse en el cuarto y acudiendo a la llamada de la religiosa y su apuesto acompañante. Cuando se encontró cara a cara con ellos en el pasillo del hospital, apenas estaba a unos pocos metros de la cama de su mujer. No tardaría en salvar aquella distancia y reunirse finalmente con ella y también con sus hijas, después de todo un largo día de espera.

Las palabras que le dedicó a continuación aquella monja pronto destruyeron esa esperanza.

Señor Sarrión, lamento tener que comunicarle que sus hijas fallecieron la noche anterior. El hospital ya se ha encargado del entierro de las pobres criaturas. Los cuerpos de sus hijas ya se encuentran en el osario del cementerio.

Marcial se sintió confuso, no acababa de comprender demasiado bien lo que aquella religiosa le había contado. Aunque en principio debía entender todas y cada una de las palabras que le habían dedicado, aquello no tenía sentido. No podía ser verdad, puesto que apenas unas horas antes había visitado aquel edificio y sus hijas habían nacido sin problema alguno. Su tía Carmen le había dicho exultante lo guapas que eran, y había incidido en la frondosa cabellera que tenían ambas. “¡Menuda mata de pelo tienen!”, rememoró instantáneamente.

Marcial, desconcertado, concluyó que tenía haber entendido mal lo que le habían dicho. No era posible que le acabaran de dar la peor noticia que jamás había escuchado a sus 27 años de vida. Haciendo un esfuerzo por no parecer consternado, elaboró una cuestión cuya respuesta deshiciera el malentendido.

Pero, entonces, ¿dónde están mis hijas?

Con una irritación mal disimulada, aquella mujer tocada con un hábito de confusa tonalidad contestó que se lo acababa de decir, tras lo que volvió a relatar casi literalmente la frase que había proclamado pocos segundos antes.

Su interlocutor, padre de aquellas indefensas criaturas, quedó sumido en un estado de estupor del que tardaría bastante tiempo en salir. Tenía a pocos metros la habitación en la que debían estar su esposa y sus hijas recién nacidas, pero por alguna extraña razón que todavía no alcanzaba a comprender, si salvaba aquella distancia ellas no estarían allí. Estaba tan cerca de aquel cuarto y, por lo que le acababan de decir, al mismo tiempo tan sumamente lejos de encontrarse con todas ellas, que aquel hecho no hizo más que amplificar su aturdimiento.

Aquellas personas que tenía delante supieron aprovecharse del estado de confusión explícita del humilde hombre que tenían delante de forma inmediata, como si lo pudieran haber tenido planeado. Arguyendo algún tipo de excusa no del todo sensata que Marcial, dado su alienado estado, no supo o no pudo valorar, aquel hombre de cejas pobladas permaneció al lado de la sor portadora de funestas noticias mientras esta exponía que, dadas las circunstancias, ese día tampoco podría ver a su mujer ni podía permanecer allí, y le exhortó a abandonar el hospital. Sus miradas inquisitivas se clavaron en Marcial de manera imperturbable e incómoda hasta que este, a pesar de la estupefacción que gobernaba su intelecto, tuvo que darse cuenta de que le estaban echando y tenía que irse. Y finalmente lo hizo: se dio la vuelta y abandonó el centro, sin poder ver a Dolores y sin saber muy bien si lo que estaba ocurriendo a su alrededor era real. Debía haber exigido ver a sus hijas, estuvieran vivas o no, y si no lo estaban tenía que haber preguntado las causas de la muerte; debía haber podido abrazar a su mujer en ese momento tan cruel. Debía haber reaccionado.

Pero no podía hacer otra cosa: en 1961, siendo un humilde hombre de pueblo, si una monja y un doctor le decían que sus hijas habían muerto y que tenía que marcharse inmediatamente, no le quedaba ninguna otra opción en el mundo.

No fue hasta tiempo después que cayó en la cuenta de que aquel alto y apuesto médico en realidad no había llegado a abrir la boca. En verdad, el hombre de pobladas cejas que acompañaba a la religiosa ni llevaba bata, ni parecía médico, ni se había identificado en ningún momento como tal.

Tres días después, Dolores fue dada de alta. No era de extrañar, dado que, oficialmente, ella no pintaba nada allí. Nunca nadie les dio ninguna documentación médica sobre el alumbramiento, y mucho menos sobre ningún enterramiento, dado que al ser personas humildes desconocían los trámites legales, y la monja que anunció a Marcial el fallecimiento de sus hijas también le explicó que ya estaban enterradas: no hacía falta preguntar nada más. Solo restaba superar el golpe y seguir viviendo, pensaba él. Aunque no se le podía acusar de nada dada la turbación sufrida ante la noticia, le torturaba no haber podido reaccionar en aquel momento. No obstante, por muy frustrante que resultara, ahora ya se no podía hacer nada. Debía superarlo.

Pero Dolores las había sentido brotar de su vientre, las había oído llorar durante horas, y cuatro días después seguía sin poder creer que no estuvieran vivas. Al día siguiente de parir le dijeron que sus gemelas habían fallecido a las tres horas de nacer, y aquello era imposible. No era solo que a su marido le hubieran contado que habían muerto en otro momento distinto, sino que ella las había visto, las había oído ella y todo el personal de la unidad de maternidad, y de repente desaparecieron de la faz de la tierra. Estaban vivas, y al instante siguiente estaban enterradas.

Aquello era una vil mentira, Dolores estaba completamente convencida de ello.

Sus hijas le habían sido robadas.

Pero ya nadie podía hacer nada por evitarlo.

Crónica sin final feliz

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38 comentarios en “Crónica sin final feliz

  1. Pingback: Crónica sin final feliz – Manuel Aguilar

    1. Bueno, como avanzada SRT seguro que intuyes (guiño guiño) que existen unos cuantos capítulos redactados, pero quedan demasiados por delante para que el reflejo escrito de esta historia pueda llegar a buen puerto, con todas las dificultades que el trayecto actual conlleva.

      (La vida pone aún más zancadillas que las editoriales, y con algunas de ellas es complicado creerlo)

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  2. Los pelos como escarpias se me han puesto.
    Espero que podáis terminar el proyecto por dos motivos: el primero, egoísta, por tener el placer de leer una crónica que termine en un encuentro tardío, pero encuentro; el segundo, porque se haga justicia y no hay más justicia que la verdad al desnudo.

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    1. Pues ten cuidado con tus vellosas escarpias, porque te puedes hacer daño con algún movimiento involuntario y acabar en urgencias con múltiples agujeritos cabrones.
      Ojalá… Ojalá tengamos la oportunidad de conseguir que esta historia tenga algún día su versión escrita, cuyo final aún desconocemos porque la vida no se detiene, pero la justicia reglada sí.

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  3. Terrible el caso de los bebés desaparecidos, no solo en España sino en Marruecos para traerlos a familias ricas españolas.
    Me parece unas de las acciones más deleznables que de la historia de este país.

    El post es tremendo y me ha impactado mucho, gracias por visibilizar este horror.

    Abrazos primores.

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    1. En todas partes cuecen habas, pero es cierto que España fue durante décadas el caldo de cultivo ideal para el robo y venta de bebés, increíblemente hasta la década de los ochenta. ¿Qué impunidad no debían tener los culpables para poder seguir secuestrando bebés hasta tan tardía época?
      ¡Más abrazos para ti!

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  4. VIVIR EN TU SER

    Un hecho real que linda en lo grotesco. La impunidad como acicate para no claudicar en la búsqueda de la verdad. Felicito a los autores de esta crónica y a todo los testigos directos e indirectos de esta historia , por tener el valor, la perseverancia y la creatividad necesarias para despertar la consciencia colectiva sobre un tema tan doloroso . Solo así será posible un final que haga honor a la verdad.

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    1. Es verdad que esta es una historia que nos hace preguntarnos muchas veces por qué o cómo es posible que alguien pueda hacer algo así. No obstante, con la impunidad que la justicia opaca de la época les ofrecía, esos criminales podían actuar sin temor alguno.
      Ojalá podamos llevar a buen término esta historia y que los protagonistas sigan ahí para verlo.
      Muchas gracias por el comentario, Vicky. ¡Un saludo!

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    1. Existen muchos casos, es cierto, pero uno de los mayores problemas es que es un tema que ya no está de moda, así de triste… En 2011, con el foco mediático de toda España fijo en el tema de los bebés robados, sí hubo avances dada la atención multitudinaria con la que se seguía el asunto. Ahora, como tantos otros temas, está abandonado y por ello no hace falta que los que tienen que hacer algo se den prisa para aparentar que se preocupan. Mientras tanto, todos esos padres siguen sufriendo. Resulta descorazonador.
      Otro abrazo para ti, Esperanza.

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      1. Es verdad lo que mencionas. Lo he visto en casos en México.
        Donde los que deben hacer las investigaciones solo dicen a los interesados Su caso está abierto y estamos trabajando en el.
        Y solo para mantener a la gente callada y así pasan los años y jamás resuelven nada.
        Es una pena como bien dices. Y por eso hoy día muchas personas toman los casos y ellos mismos investigan por su cuenta.
        Es terrible lo que hacen y comprendo el dolor de esta familia.
        De verdad. Ojalá que esta historia tenga un final feliz.

        Un abrazo muy fuerte
        Mi amigo.

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  5. Varias veces empezada y otras tantas interrumpida, por fin pude leer tu crónica, que refieres con una prosa ligera, adictiva para el lector , donde el insulto navega dentro de una institución. En el tiempo ubicado, sólo se robaban los niños con un fin de lucro, padres sin hijos, que buscaban afanosamente ser padres. Ahora en nuestro presente las bandas de crimen organizado tienen propósitos oscuros o casi diabólicos. El puñal enterrado a la familia, nunca cicatriza. Tarde que temprano la verdad saldrá a flore… esperemos que así sea y tengamos la dicha de conocer por tus crónica lo que ha sucedido. abrazo y rosas

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    1. Cierto es que hablamos de una lacra terrible, sea cual sea la causa que origine dicho crimen. ¿Qué tienen dentro de la caja torácica todos los responsables de este horror en vez de un corazón? Solo cabe esperar que todas las personas que puedan aportar un granito de arena para parchear de algún modo la injusticia sean capaces de actuar… y les dejen, porque de la nada aparecen individuos poniendo zancadillas sin una razón plausible que explique su comportamiento.
      Gracias por el comentario, Rubén. ¡Un saludo!

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  6. Hola chicos,
    La historia que cuentan es muy triste e imagino que para la familia desgarradora. Un final feliz tal vez sea factible. Aquí en Argentina durante la dictadura militar del 73, se apropiaron bebes. Hoy gracias al trabajo de Madres de Plaza de Mayo, durante décadas, muchos han sido encontrados. Quizá flaqueen en la búsqueda, pero no hay que perder la ilusión.
    Si mal no recuerdo hay una película española que habla del tema, allá por la década del 70? Puede ser?
    Abrazo

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    1. Pues la verdad es que desconocemos si existe alguna película de aquella década sobre el tema, aunque si tuviésemos que apostar por ello, diríamos que no. En aquella época el robo de niños era una realidad, una realidad que debía ser ocultada por infame, y es improbable que la censura no impidiese un largometraje de dicha temática.
      No obstante, sí sabemos que el año pasado se estrenó un documental alemán titulado “La herencia de Franco: los bebés robados en España”. Te adjuntamos un enlace sobre dicha película y su intrahistoria, por si te interesa.
      ¡Un abrazo!

      https://www.eldiario.es/cultura/cine/bebes_robados-Alemania-documental_0_627488140.html

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  7. Es terrible que durante años fuera una práctica bastante habitual, con la pasividad de algunas gentes de los hospitales y la colaboración de miembros de la Iglesia, como todos sabemos… Y un drama enorme que no se investigue hasta el final para que caigan en manos de la justicia todos los participantes que siguen con vida, no sé, estarán esperando a que se mueran y así no hacer nada… Pasa lo mismo que con los enterrados en las cunetas. Mejor ocultar las cosas que coger el toro por los cuernos y esclarecer hechos.
    La historia como la contáis bien merece un libro, a ver si se despiertan las conciencias de quien tiene el poder de mover las cosas.
    Un abrazo.

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    1. Es como dices: las autoridades responsables de todos estos crímenes simplemente dejan pasar el tiempo hasta que todos los afectados vayan desapareciendo, para así poder lavarse las manos y después argumentar que no hace falta remover dolor de épocas pretéritas. Se convierten en cómplices, pero cómplices a los que nadie puede culpar de manera efectiva.
      Ojalá algún día podamos llevar a cabo esa novela y dar visibilidad a todas esas víctimas.
      ¡Abrazos, Estrella!

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