Una y mil veces

Honestidad brutal

 

La honestidad no es una virtud, es una obligación.

Andrés Calamaro

Creemos entender aún hoy que la sinceridad no es tanto una virtud, sino un quehacer más en la vida de cualquier persona, uno de los puntos de partida en los que se basa nuestra socialización en general y nuestra moralidad en particular. Es crucial, primigenia, tácita y explícita a la vez. Eso es lo que se exige a un ser humano, y como tal debemos aprenderla y aprehenderla. Y hasta aquí la versión oficial. Hace ya eones ,no literales, que se dio la vuelta a la tortilla. Como se dice por los rincones, “a todo el mundo le encanta la sinceridad hasta que conoce a alguien que la práctica”. Posiblemente es la frase más certera que nadie escuchará nunca.

Otrora, las personas condenaban la falsedad y la indecencia que esta implicaba, se trataba de un precepto que se aprendía desde la cuna, y muchos defendían ese concepto de franqueza hasta su lecho de muerte. No obstante, hoy en día mamamos desde nuestra más tierna infancia la mentira como recurso básico. Nuestros contactos, nuestros amigos, nuestros familiares, incluso nosotros mismos: todos y cada uno de los implicados emplean embustes cada día no solo no sintiéndose culpables, sino como técnica adaptativa, aceptada, cotidiana, normal. Pero nadie se siente falaz al valerse de la mentira: simplemente es el medio más sencillo para evitar desde la más ridícula situación comprometida hasta para enriquecerse condenando a otras personas a la muerte. Así de crudo: extraoficialmente, la mentira se ha despojado de todos sus estigmas y se ha convertido en un mero procedimiento ordinario. No embrutece, sino simplemente ayuda. Adaptación al medio. Si en ocasiones no se recurre a la mentira, todo se te vendrá encima: obligaciones, encomiendas, personas, y esa no es la forma de vivir que se persigue, siempre tragando, nunca disfrutando. Además, la gente no quiere escuchar la verdad. Les hace sentir incómodos, les hace molestarse, zahiere sus emociones. Prefieren escuchar una falacia social que les agrade a una verdad que les pueda disgustar o, llanamente, no hacerles sentir como pretendían. La mentira no solo está integrada en el cerebro, sino que de ruin ha pasado a metamorfosearse en buena. Está a disposición de todos en cualquier momento y lugar para beneficiar al que antaño sería infractor, pero ahora es un mero usuario de sus benevolencias. La honestidad mantiene ciertos escasos bastiones; no obstante, la falsedad ha ganado la batalla. Está feo decirlo, pero el engaño ha triunfado por su infinitamente mayor utilidad, y todos lo sabemos. Sin embargo, hay una verdad que aquí no nos vamos a atrever a omitir.

La mentira está sobrevalorada. No sirve realmente para lo que aquellos que la utilizan creen.

Los que se sirven de ella para defender su postura anulan de manera automática e inmediata su argumento, y extienden la sospecha sobre todos los anteriores y posteriores que decidan utilizar. Pero hay algo de irónico en este modo de emplear la mentira, pues se juzga inexorablemente reprobable cuando se presenta a pequeña escala, pero esas mismas personas pueden justificarla en ámbitos más relevantes, o al menos que afecten a una gran mayoría. Incluso deciden creérselas o defenderlas a capa y espada, aunque en el fondo sepan que es un embuste. “Imposible”, podemos pensar, pues carece total y absolutamente de sentido. Mas solo hemos de echarle un vistazo a la prensa para conocer con qué engaño nos deleitan los políticos, tanto los que nos gobiernan alrededor del mundo como sus opositores. Aposentados en sus tronos y sin pretender un mínimo contacto con el pueblo, defienden mentiras una y otra vez simplemente esperando a que sus compañeros, meros figurantes palmeros, las aplaudan al concluir, y que sus medios afines se esmeren en transfigurarlas en verdad. Y un elenco exagerado de electores, por alguna inexplicable razón, deciden no ser votantes, sino forofos. Da igual cual sea la verdad, simplemente deciden que esta se corresponde con la enunciada por la persona a quien han votado, aunque tengan absoluta conciencia de que se trata de la más abyecta y vil falacia nunca antes escuchada y, lo que resulta aún más absurdo, les perjudique clara y meridianamente. Existe algo insensato en el ser humano en lo concerniente a la política, algo que funciona mal en nuestras mentes, pero que no se está dispuesto a admitir y, ni mucho menos, a pretender reparar.

Hay quien se defiende con una mentira al sentirse incómodo diciendo la verdad. Es más sencillo. Causa un bienestar inmediato. Se deshace de una verdad inconveniente a través de un engaño más confortable y que resulta menos lesivo, aunque ese perjuicio sea mínimo o irrelevante y mereciese el diminuto instante de molestia. Ese puede ser el comienzo de una gran amistad, un gran amor a desembarazarse de cualquier situación comprometida por irrisoria que sea a través de un pequeño infundio. Pero más pronto que tarde se convierte en un hábito, y los embustes encubren cada vez más confesiones que no son tan desdeñables, sino significativas para los receptores de las mismas. A esas alturas, ya ha ocurrido: los demás ya saben como se maneja esa persona, a base de farsas y patrañas, y puede que su honestidad ya no esté puesta en entredicho, sino directamente destruida. La comodidad instalada en ese emisor se convierte en sospecha automática cada vez que una frase escapa de sus labios. ¿Está la desconfianza generalizada hacia una persona compensada por la salvaguarda de un momento incómodo?

Es posible crear un mundo alrededor cimentado y apuntalado con mentiras. Una existencia que surge a través de un suceso vital en el que esa persona ha actuado mal, o incorrectamente, o de forma errónea sin más, pero que nunca estará dispuesta a asumir. De manera perturbada, pretende salvaguardar su decencia a base de un castillo de naipes al que le otorga la robustez de un muro indestructible, y con esa baraja empieza a repartir sus cartas, que no llevan impresas en ellas ni picas, ni tréboles, ni diamantes y, ni mucho menos, corazones. Mentir las hace sentir decentes, porque su decencia no depende de su responsabilidad en aquello que hayan hecho y que en el fondo les pesa aunque decidan no aceptarlo, sino que se somete únicamente a la consideración que le otorguen los demás. Pero por muy sólida que sea su argucia, su verdad no cambiará jamás. Por muy tenaz que se mantenga en su farsa, lo único que conseguirá es que nadie confíe nunca más, porque aunque esa persona se monte su propio universo de integridad, se le escapa que la gente a su alrededor, que en su presencia pueda darle la razón, suele conocer la verdad. De hecho, ni aunque ese otro receptor crea dicha mentira sirve realmente al emisor para su propósito; más bien al contrario, le convierte en un ser más indecente si cabe, al engañar indiscriminadamente en su propio beneficio a todo el que se le acerca.

La mentira está sobrevalorada, y también la omisión de la verdad. ¿No parece descabellado pensar que traicionar la confianza de una persona predispuesta a creer a ese alguien no constituye un engaño, una falsedad, una mentira? Pero es más fácil interiorizar que no lo es, y así resulta irrelevante encubrir a un embustero que está perjudicando a una o varias personas que confían en la palabra de ese cómplice. Sabe que la persona que engaña y defrauda a esa gente está actuando de forma cruel e indecente, pero decide escudarse en que no decir nada a esos inocentes damnificados no es mentir. Hay ciertos límites en la franqueza humana, que estas personas traspasan intentando defender que no los han visto o no creían estar traspasando. Muchas veces son vergonzantes, sobre todo cuando las personas estafadas han considerado como alguien apreciable a este supresor de la verdad y la han tratado como tal. Pero estos cómplices suelen rizar el rizo cuando se descubre el pastel, y se defienden con uñas y dientes culpando a los damnificados de acusarles de embuste, pues “nunca han mentido a nadie”. Es otro engaño más cómodo, un 2×1. Hay límites, hay barreras en la ocultación, y cuando un encubrimiento se convierte en traición, clama al cielo el hecho de que han actuado en contra de la decente verdad.

Ha generalizado su uso y gana con mucho al empleo de la sinceridad, pero ello no cambia en absoluto su esencia: la mentira está sobrevalorada. No te salva el culo, solo te lo ensucia más con cada engaño provocado, y por eso cuando se descubra esa montaña de mentiras todos se encontrarán con una persona que está de mierda hasta el cuello. Puede ser que la honestidad conduzca a una vida más solitaria, menos social, pero quizá eso no justifique la defensa de lo indecente. La felicidad no puede estar basada en la mentira, al igual que rodear una existencia con gente a la que mentir para que la misma sea más cómoda no parece la mejor forma de convivencia.

¿Qué nos pasa? ¿Desde cuando hemos decidido que zambullirnos en el fango de la mentira para con el prójimo es mejor que ser honestos con él? ¿Por qué hemos hecho de la mentira un comportamiento adaptativo? ¿Por qué la hemos aceptado como parte de nuestra vida? ¿Por qué incluso nos hemos hecho cómplices de ella? ¿Cuando se nos ocurrió dictaminar que la honestidad no es una obligación, sino una escasa virtud de los pocos que la practican?

La mentira está sobrevalorada. No importa lo sencilla que pueda hacer nuestras vidas si ello implica desdeñar la confianza de los demás. La resolución fácil de un momento incómodo no compensa la indecencia de nuestras conciencias al solventarlos de esa manera. Indecente, indecente, indecente, una y mil veces indecente: ese adjetivo repetido a conciencia hasta la cacofonía en este escrito, porque no se halla manera más precisa de expresar lo que origina la lacra de la deshonestidad. Es la mentira la que inició la podredumbre del alma humana, y, al igual que los supervivientes de las grandes plagas, los que consiguen obviarla en sus vidas se quedan absolutamente solos, rodeados de un cruel y bochornoso espectáculo. Y toda esa condena por sustentar un ápice de moralidad, y por mantener una simple creencia: que no vale todo en esta vida. Que no se puede compaginar deshonestidad y conciencia. Que no se puede convivir con integridad e inmoralidad al mismo tiempo. Que la lealtad y la confianza no son una tontería, y por eso hay que ganárselas a pulso cada día, cada minuto, cada instante. Que medrar no lo es todo, si para ello es necesario enterrar a cada paso toda palabra honesta. Que la mentira tiene un coste, que no se ve, que no se aprecia, pero que al utilizarla supone un impuesto demasiado caro, y cuyas costas paga nuestra credibilidad a corto, medio y largo plazo. Y, sobre todo, que ese precio no lo merece, porque su rentabilidad es menor que su perjuicio. Se puede expresar de una manera mucho más simple.

La mentira está sobrevalorada.

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38 comentarios en “Una y mil veces

  1. La mentira no llega muy lejos y es más, nunca llegara a ser feliz la persona. Yo digo quien miente aya esa persona, porque tienes mucha razón, la pagara muy cara. Me gusta mucho tu reflexión. Gracias por compartir este tema. Saludos.

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    1. El uso de la mentira en la sociedad actual es demasiado extenso para tratarlo de forma tan efímera como una entrada de blog, pero queríamos subrayar la indecencia de quienes utilizan el embuste como ‘modus operandi’ y que normalmente ascienden al nivel superior: emplear la mentira como ‘modus vivendi’.
      Muchas gracias por el comentario, Junior, un saludo!

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    1. Más solos que la una. Honestos, honrados, decentes,… pero sí, más solos que la una. Por suerte para ti, si te quedas solita tras ir escupiendo verdades a diestro y siniestro, tienes un buen libraco a mano para entretenerte un rato largo durante esa soledad, y lo sabemos porque somos adivinos.
      (¿Eso último cuenta como mentira indecente?)
      Besos para ti!

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      1. Ya, pero ten en cuenta que más de un mundo no podría caber en un folleto del supermercado, lo suyo era explayarse porque si no… ¿donde íbamos a meter a un husky con concubinas en el panfleto? ¿entre los desodorantes Deliplus y los salteados congelados?
        De todas formas nos alegramos por tu fortuna, desde LCDOM siempre hemos mantenido una política de tolerancia cero hacia las luxaciones.

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  2. Permítaseme una nota de pesimismo. O dos. O incluso alguna más.
    Dice el refrán que «antes se coge a un mentiroso que a un cojo». Debe ser que hay cojos que corren mucho.
    Además, históricamente lo de la mentira ha sido algo muy socorrido. Eso sí, acompañada de hipocresía —los ingleses y estadounidenses han sido siempre maestros de promesas no cumplidas, a pesar de estar hechas por aunténticos «caballeros»—. Basta con establecer categorías humanas a las que se puede mentir o no.
    Y hoy en día nuestra cultura de la mentira comienza por lo cotidiano: casi todo el mundo se esconde tras una imagen —avatar— y un seudónimo —nick—, empezando por mí mismo.
    Así es que no, no estoy de acuerdo. Yo le pronostico una larga vida a la mentira, tanto si nos acabando civilizando como si seguimos degenerando hacia la barbarie.
    Y por último, una famosa frase con una apostilla mía, más centrada en el conocimiento que en la verdad, pero muy cerca del concepto de hoy:
    «El conocimiento te hace libre. Pero la libertad no es cómoda.»

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    1. No, si ya nos conocemos tu “optimismo” natural… Seguro que al leer LCDOM, cuando descubrías a un personaje que te caía bien, lo primero que pensabas era “este palma fijo, le doy 50 páginas como mucho”.
      Tenemos intención de rebatirte, pero igual no exactamente como se esperaría: no estamos de acuerdo con que no estemos de acuerdo. Que se coja al mentiroso no implica que este no siga mintiendo como forma de vida, incluso seguirá mintiendo para defender la mentira inicial. Es decir, que ni mucho menos se defiende aquí que la mentira no tenga una larga vida, más bien al contrario. No es un escrito optimista ni mucho menos, sino que más bien está orientado a propugnar que el uso indiscriminado y permitido hoy en día de la mentira no significa que esté justificado, y que tampoco deja al embustero como él pretende o cree quedar ante los demás al sostener sus engaños. Además queríamos reflejar lo triste, indecente e irracional que resulta el hecho de que portar la verdad por bandera lleva a esa persona decente a una vida más solitaria, como bien ha comentado ya Sadire. Parafraseando al tipo o tipa parafraseado o parafraseada en el escrito, “a todo el mundo le encanta la sinceridad hasta que conoce a alguien que la práctica”.
      Y es que la gente también prefiere una mentira cómoda que una verdad desagradable, y claro… otro punto más que fomenta el uso del engaño.

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      1. Totalmente de acuerdo en el desacuerdo. Yo también. Y no, no es una mentira para poder seguir echado a la siesta. Es que de verdad estoy en total desacuerdo en el acuerdo, como bien has explicado. Sólo quería añadir un pequeño matiz. O dos. O alguno más.

        [Comienza el reventón de la novela —espóiler que gritan los de la pérfida Albión—
        En cuanto a adivinar los resultados de la novela, acerté con todos, sólo que teniendo en cuenta la extensión, les di de 75 a cien páginas.
        Fin del reventón.]

        Y ya en serio, sí que creo que la mentira, como forma de vida nos ha invadido. Desde hace 10.000 años, cuarta arriba o abajo.

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  3. “Puede ser que la honestidad conduzca a una vida más solitaria, menos social” los cito y digo que sí pero se duerme tranquilo de noche porque estás siendo fiel a tus principios. Saludos de alguien que no solo no sabe mentir sino que la cara la vende XDD.

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    1. Cierto es que uno puede dormir con la conciencia tranquila cuando enarbola la honestidad por bandera. No obstante, existe otra injusta cara de la moneda: muchos de los que utilizan la mentira como forma de vida también duermen a pierna suelta, ya que han interiorizado en su existencia la falsedad de tal manera que sus engaños ya forman parte de su verdad. Así de triste resulta, aunque eso no deba inquietar el sueño de los justos.
      Muchas gracias por el comentario, Coremi, saludos para ti!

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  4. Pingback: Una y mil veces – Site Title

  5. Holaaa… ¡¡Excelente reflexión sobre la mentira!! Totalmente de acuerdo con lo que dicen en el texto. La mentira es semilla de la podredumbre de este mundo en el que desafortunadamente vale más la apariencia, lo superfluo, las falsas verdades o promesas que nunca se cumplen, lo fácil. La honestidad, la sinceridad, están en vía de extinción. Y como lo expresan ustedes, la mentira mata la confianza, y si no la destruye, sí la lastima para siempre. ¡¡Qué triste!! Pero aún quedamos algunos que tenemos la verdad por principio, por precepto. Que nos cuesta y nos duele profundamente la mentira. Que aunque ésa sea supuestamente el camino fácil, en verdad no lo es. Y el cuento de las “mentiras piadosas”, que parecen ser inofensivas… ¡¡Patrañas!! Mentira es mentira, sea grande o pequeña, es un engaño… Bueno, LCDOM, ¡¡gracias por esta útil reflexión!! Un abrazo bien grande (y sincero), jejej… ¡¡Hasta pronto!! Me encanta leerlos, y que sean parte de este mundo paralelo en el que aún prima la honestidad… 🙂 😉 :*

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    1. “Mentira es mentira, sea grande o pequeña, es un engaño”, nunca mejor dicho. Si llegamos a saber que nos podías resumir todo el texto en diez palabras no nos habríamos esforzado tanto! Colgamos la entrada con esa decena de vocablos y así ni nos hubiésemos despeinado, que además no hacen falta acentos ni nada.
      Nos encanta tenerte de vuelta en nuestros comentarios, es el regreso de la hija pródiga, así que gracias por tus palabras, Luz, un abrazo!

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  6. ¡¡Muy buena también la canción!! Que lo quieran y valoren a uno por lo que es, no por ser lo que quieren que uno sea… Y que uno igualmente quiera y valore al otro por lo que es, no por lo que uno quiere que sea, y que el otro se esfuerza en ser, para agradarnos… ¡¡Basta de esas mentiras!! Abrazooo…

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    1. Mira qué bien, si nos has escrito dos comentarios seguidos! Así vas a recuperar pronto el liderato como comentarista en el Otro Mundo que te arrebataron hace un par de meses, aunque lo vas a tener difícil…
      Pues sí, la canción está muy bien, expresa cosas que queríamos expresar y por eso ahí está. Nos alegramos de que te guste!

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