El cisne negro

A través de este blog hemos pretendido en muchas ocasiones que fueran “Las crónicas del Otro Mundo” las que se comunicaran con los visitantes, las que hablaran por ellas mismas, las que convencieran a todo el que se asomara a este ventanal de que su vista puede merecer la pena. A fin de cuentas, fue al forjarse como manuscrito lo que dio comienzo y sentido a este blog.

Hoy volvemos a intentarlo. La historia se presenta a sí misma en una nueva enésima primera vez, pero ahora desde el principio, desde el justo comienzo. Así se origina el viaje a través de las páginas del Otro Mundo: he aquí los párrafos iniciales, los primeros pasos, que dieron pie a sus crónicas. Damas y caballeros, con todos ustedes el nacimiento del Capítulo 1: “El cisne negro”.

Era una mañana de brumas. Las frías aguas del estanque se mostraban grises y opacas, revelando de vez en cuando y entre breves transparencias la oscura fangosidad que ocultaban bajo la calmada superficie. A la orilla de este estanque, la visión de varios ojos adormecidos aparecía fantasmagóricamente entre los suaves jirones que la niebla trazaba sobre las vaporosas aguas.

Eran esas caras el pálido reflejo de una vida entristecida por la enfermedad. Sus escuálidos rostros, enjutos por la hambruna y el cansancio, se descolgaban sobre la apatía de quien no espera nada. Llevaban sus cabezas rapadas, y se contaban en el mismo número hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, y entre ellos se podía encontrar, escondido entre la indiferencia de sus grises batines, el rostro inocente de un niño.

Su mayor entretenimiento constaba en el suave ascenso que alguna diminuta burbuja se atrevía a realizar emergiendo temblorosa desde el fondo, rompiendo levemente la tensión superficial entre los estáticos nenúfares. El sonido de algunos sapos, croando en un lugar incierto, era lo único que sus oídos podían escuchar. Junto a ellos, varios rostros lozanos y serios destacaban con su blanca indumentaria, sosteniendo con sus manos varias tablillas de apoyo para la toma de notas.

De vez en cuando, algún gesto espasmódico de sus cuerpos, un movimiento incontrolado de sus brazos, rompía la tranquilidad general, alterando a los demás enfermos y haciendo necesaria la intervención de los “batas blancas” para reestablecer el orden, colocándolos nuevamente en fila de cara al estanque.

A veces pasaban así horas, mañanas enteras, siempre aprovechando la condensación de la niebla sobre las aguas, esperando firmes en su orilla la materialización de un hecho infinitamente improbable. Cuando los rayos del sol calentaban el aire, y las brumas se disipaban en el ambiente, eran llevados de nuevo al interior del edificio. Tal y como sucedía casi siempre.

Las doradas orlas con las que el sol iluminaba la persistente bruma indicaban que el experimento ya había concluido. En una larga fila, separados por la extensión de un brazo, eran conducidos a sus habitaciones, para permanecer de ese modo encerrados durante el resto de la jornada en un régimen de aislamiento severo: no podían comunicarse entre ellos bajo ningún concepto.

Aquella mañana, sin embargo, ocurrió lo que tanto tiempo habían estado esperando. Entre la fría bruma, uno de los enfermos, un niño huérfano con apenas doce años al que llamaban Frank Hopper, comenzó a ver algo extraño deambulando por encima de las aguas del estanque. La niebla difuminaba aquella presencia, siendo necesaria la agudización de sus sentidos para tratar de captar con mayor nitidez de qué se trataba. El gesto de Hopper adelantando el rostro, contrayendo sus pupilas para visualizar un punto lejano entre la niebla, fue la señal que los “batas blancas” habían estado esperando durante tanto tiempo. Rápidamente comenzaron a escribir sobre sus hojas, apuntando la hora y el individuo que parecía estar teniendo la visión.

Frank Hopper era un niño delgado, no muy alto, de hombros estrechos y caídos. Su largo cuello sostenía una cabeza pequeña y algo ovalada, sobre la que dos pequeños ojos marrones se abrían a duras penas, alargados por la tristeza de quien nunca ha tenido padres. La expresión de su rostro sugería una dosis urgente de ternura y comprensión, pero, en la soledad de su habitación, tan solo podía encontrar algo de alivio en su silenciosa conversación con las sombras. No tenía más recuerdos que aquellas cuatro paredes y el estanque. El blanco con el que estaban pintadas y el gris mortecino de la niebla transcurriendo lentamente era todo el universo cromático con el que podía teñir sus pensamientos, pintando con aquella uniforme y estática dualidad el pequeño y breve lienzo de su vida.

En más de una ocasión, el pequeño Hopper había creído encontrar algo de cariño maternal en alguna de las enfermeras encargadas de su cuidado. No eran necesarias grandes muestras de afecto para que el niño se encariñara de su cuidadora, una sola palabra de consuelo o de ternura, una sonrisa, le bastaba para sentir que aquel rostro femenino y amable pudiera ser la representación de algo tremendamente hermoso que desconocía: su ansiado deseo de tener una madre. Pero pronto, el pobre Hopper comprobaba cómo aquella sonrisa que era devuelta tras el cristal de la puerta de su habitación era sustituida por un nuevo rostro, unos nuevos ojos, que miraban con asombro la frágil silueta del pequeño.

Nunca había salido más allá de los altos muros que rodeaban al edificio principal, no conocía nada más que aquel mundo lento y sostenido en el que vivía. Era clave para la correcta ejecución del experimento que no recibiera ninguna clase de estímulo, que no pudiera ser condicionado por las improntas que cualquier tipo de experiencia ajena al proceso pudiera dejar sobre sus recuerdos. El individuo debía poseer una mente virgen y libre de acondicionamientos, por lo que Frank Hopper y otros niños de su edad se convertían de este modo en los individuos principales sobre los que giraba la investigación. Debía tratarse de niños, principalmente, que hubieran sido abandonados poco después de su concepción, que nunca hubieran recibido el afecto y cariño de una familia. Era de vital importancia para sus pretensiones que no hubieran conocido otra cosa que el estático universo del centro de investigación, sin entretenimientos, sin distracciones. Las habitaciones, que eran de un blanco inmaculado, no poseían ventanas al exterior; solamente un pequeño y cuadrado cristal, colocado en la parte superior de la puerta de entrada, les permitía ver el techo del pasillo. Dentro, no tenían más libros que los de instrucción comunicativa, en donde se les enseñaba el lenguaje de una manera mecánica y fría, sin adornos, solamente de carácter funcional. Se les tenía prohibido cualquier tipo de representación gráfica o artística, por lo que no conocían dibujos, ni conocían la música.

El resto de individuos que participaba en el experimento eran enfermos mentales cuyos familiares habían abandonado hace tiempo en algún manicomio, personas desafortunadas que no tenían a nadie en el mundo que se preocupara por ellos. No importaba su condición ni si sus recuerdos se apilaban de manera caótica sobre una mente que ya no era capaz de manejarlos. Sin embargo, al igual que sucedía con los niños, eran mantenidos bajo las mismas condiciones de aislamiento. tanto personal como sensorial.

Con los pies desnudos, sus dedos se hundían en el gélido fango de la orilla. Erguido frente a la niebla, la mano de Hopper señalaba, inequívocamente, un punto fijo en mitad del estanque. Nadie podía ver lo que él trataba de señalarles. Los demás enfermos movían la cabeza tratando de vislumbrar lo que el niño quería indicarles. Los “batas blancas” sabían que allí no había nada que pudiera ser digno de llamar la atención, por eso sus ojos escurridizos se deslizaban por los desencajados rostros de aquellos sujetos, anotando los detalles más pormenorizados de sus observaciones. Todos miraban incrédulos hacia aquel lugar que les indicaba el pequeño Hopper. “¡Allí!”, gritó señalando con su dedo índice extendido hacia la bruma.

Y entonces ocurrió: otro de los sujetos, una mujer mayor que rondaba casi los cincuenta años, se encogió de hombros al descubrir la oscura silueta de aquel objeto que flotaba sobre las tranquilas aguas, y, uniéndose al grito del niño, comenzó a señalar en la misma dirección movida por el entusiasmo de aquel descubrimiento. A continuación otro enfermo también consiguió divisarlo, y un poco más tarde otro, y otro, hasta que al final aquella famélica fila que se extendía en la prolongación de la orilla del estanque comenzó a jadear ante aquella aparición, que se manifestaba de manera sorpresiva frente a los ojos de los enfermos.

Flotando lentamente, un cisne negro se deslizaba reflejándose en las aguas, que, como un gran espejo, devolvían la visión invertida de aquel cisne, temblando por el movimiento acompasado de las ondas que se desprendían de su oscuro cuerpo. Esta visión sólo era advertida por aquellos alterados individuos; el resto, los que portaban inmaculadas batas de color blanco, anotaban sin descanso los hechos con matemática precisión, obviando la más que imposible presencia de aquel cisne.

La majestuosa ave encorvaba su largo cuello flexionándolo, dejando que el anaranjado pico quedara suspendido delante del pecho. Como una silenciosa sombra, sus plumas negras se confundían con los furtivos reflejos que las ondas destapaban del aciago fondo, envolviéndose solemnemente con los finos paños que la niebla iba tejiendo a su alrededor.

Perteneciendo al efímero reino de los imposibles, aquella visión no pudo durar mucho más tiempo, y tal como vino, aquel cisne negro desapareció entre la intangible confusión que lo rodeaba, dejando lentamente una fina estela, que mostraba la sutil marca de su desvanecimiento.

Frank Hopper fue el primero en ver cómo la estática quietud de siempre retornaba al estanque. Lentamente bajó su mano hasta dejarla quieta a la altura de su cadera. Los demás enfermos pronto cesaron en su sonora algarabía, al comprobar que también para ellos aquel cisne se había esfumado incomprensiblemente ante sus ojos.

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29 comentarios en “El cisne negro

  1. Pingback: El cisne negro – Manuel Aguilar

      1. Nuestro mayor valedor contra viento y marea, el caballero del pajarraco perdido en sinople puro y duro. ¿Qué sería de LCDOM como libro en la blogosfera sin ese apoyo aviar? Porque hay que tener en cuenta que ningún otro pájaro ha leído jamás el libro en este universo.
        Muchas gracias como siempre, Mr. Torpeyvago!

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    1. Más que de esperanza (al menos en el libro), la capacidad de Hopper se sostiene más en la creación de realidades colectivas que sin él no existirían.
      Fuera ya de las páginas del libro, te damos totalmente la razón: la esperanza nos mueve cuando es en ocasiones lo único que puede lograrlo.
      Gracias por el comentario, Amparo. Un saludo!

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      1. Llegan a tomar vida propia, ya el comienzo me asusta un poco. Yo espero que se queden allí quietitos dentro de las páginas y vuestra historia, así somos muchos los que podemos llegar a ellos/a. 😉
        Gracias por los abrazos, ya han cruzado el gran charco. 🙂

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    1. Muchas gracias por tus palabras! Si te interesa seguir el hilo que Hopper ha iniciado, pinchando en el enlace que te dejamos vas a encontrar ocho capítulos de la historia. Como ya hemos dicho en algún otro comentario, unas cuantas palabras gratis no hacen daño a nadie y además son como las lentejas: si las quieres las comes y si no las dejas.
      Un saludo!

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