La falsa leyenda

Fue un curioso encargo por parte de un apreciado amigo. Embelesado como estaba por una chica algo mayor que él que para nada le convenía, quería sorprenderla con un detalle que sabía que le llegaría al corazón. Algo simple, algo sencillo, pero que probablemente tocaría la fibra sensible de aquella mujer, en cuya infancia se habían colado multitud de cuentos de hadas y leyendas místicas, recuerdos que guardaba con gran cariño en su interior. Él apelaría a esa memoria para conseguir su favor a partir de un triple presente: un disco de música gaélica destinado a rebrotar el ansia de ella por visitar tierra irlandesa, acompañada de una leyenda escrita a mano que rozara su corazón, para que la conjunción de ambos presentes la convenciera de aceptar acompañarle en un espiritual viaje a esa república.

La música era fácil de comprar, y una escapada a aquella mágica isla solo requería unos pocos clics y dinero… pero una narración que creyera poder conmoverla estaba fuera del alcance del enamorado. Nada encontraba por Internet que pudiera servir adecuadamente a sus planes, pero la providencia le otorgaba un posible as en la manga: un buen amigo… escritor. Acudió a él sin perder más tiempo del necesario, demandándole el favor que le pedía el corazón: necesitaba un relato de hadas, de príncipes, de princesas, de acantilados británicos, de muerte, de amor. Todos esos recuerdos de la infancia convencerían definitivamente a la chica de que él era esa persona que debía estar a su lado, estaba seguro.

Y antes de que cualquiera de esos regalos llegara a sus manos, ella acabó con sus esperanzas. Finalizada por su amigo escritor, que había tenido que hacer un totum revolutum con los personajes y contextos que debían tocar el corazón de aquella amante esquiva, aquella leyenda jamás llegó a ser leída por su destinataria y quedó relegada al olvido. Quizá era lo mejor: como presunta leyenda gaélica era una pesadilla conceptual, un maremágnum anacrónico de actores y lugares que apenas podían tener sentido alguno para Éire. No obstante, para un autor sus relatos siempre se niegan a morir olvidados. Si incluso una fotocopia arrugada hace dos décadas podía volver a existir, esta fallida leyenda celestina también lo hace ahora:

“Hace mucho, mucho tiempo ya, cuando los seres humanos compartían la tierra con elfos, duendes y sátiros, una antigua raza de hadas descendientes de la poderosa diosa celta Danu habitaba en armonía en los alrededores de Ailltean Mhothair, los acantilados de Moher, una vasta y hermosa extensión de rocas, abismos y desfiladeros que, a lo largo de sus ocho kilómetros de longitud, había visto romper las olas desde el principio de la creación. Las Tuatha de Danann, nombre de estas mágicas hadas, habían vivido en paz y concilio con la naturaleza, pero aquellos tiempos habían de acabar.

En cuanto arribaron a aquellas tierras los gaélicos, seres humanos procedentes de Iberia y comandados por su caudillo Míl Espaine, decidieron que ninguna otra criatura que no perteneciera a su especie habitaría aquel rincón del mundo. Las Tuatha de Dannan hubieron de renunciar a su pacífica naturaleza y combatieron con entereza aquella amenaza, pero no fueron rival para la crueldad humana y sucumbieron ante sus mortales armas. Tras capitular, todas las hadas se vieron obligadas a retirarse a un reino místico conocido como Faerie, paralelo al mundo del hombre, pero esto no resultó del todo así. Una de estas Tuatha de Dannan, Siomha, descendiente directa de la diosa Danu, logró evadir la vigilancia que los humanos guardaban para obligar al exilio al resto de su estirpe y huyó, permaneciendo en los alrededores de los acantilados sin que ninguno de aquellos bárbaros fuera consciente nunca.

Muchos siglos después, en aquellas tierras ocupadas enteramente por seres humanos, el monarca de aquel condado regía con mano firme los designios de su reino, y batallaba contra los ejércitos de los soberanos vecinos en pro de la defensa del que consideraba territorio de su entera propiedad. Tras una de estas ofensivas, los soldados llevaron arrastrando al pie de su trono a un prisionero de gallarda armadura, comunicándole que no solo era el capitán vencido de esa última reyerta, sino que se trataba nada menos que del Príncipe Eiden, heredero del vecino reino. Mas ambos no eran las únicas personas de sangre azul de la sala en aquel momento. A la derecha del Rey se erguía una dama etérea, de rizos rubios y brillantes, de mirada cálida y dulce a través de unos ojos de color verde esmeralda: la princesa Lanay. Cuando el Príncipe Eiden levantó la cabeza y la vio se sintió azorado: nunca había visto nada tan bello sobre la faz de la tierra, y al mismo tiempo le avergonzaba que aquel ser tan hermoso lo viera por primera vez como un prisionero de guerra, sucio y derrotado. No obstante, a pesar de que eso era lo que él pensaba, Lanay se encontró con sus ojos y vio bondad y ternura en ellos, y su cara reflejó una compasión que, al ser captada por su padre, no gustó nada al Rey. Este ordenó que lo recluyeran en los calabozos a régimen de pan y agua, encadenándolo por un pie al muro de su celda, para que su hija ni siquiera volviera a atisbar la presencia de Eiden. Sin embargo, para Lanay surtió el efecto contrario, y se sintió apenada por el destino del noble prisionero.

El Rey decidió entonces cambiar de táctica: si la princesa se sentía cariacontecida pensando en él como el noble prisionero que era, debía mostrarle que Eiden no era alguien digno de mención. Así fue como tuvo la idea de convertirlo en su paje personal, para así tenerlo presente con su hija como testigo mientras le ordenaba tareas vejatorias y humillantes, para que Lanay acabara por percibir a Eiden como un ser indigno de misericordia y de cualquier tipo de cariño. No obstante, cada vez que la princesa veía al nuevo lacayo de su padre, creía atisbar cada vez más en él a un ser puro, a alguien digno de confianza, a una persona que probablemente valiera la pena amar, aunque solo pudiera coincidir con Eiden en aquellos momentos en los que el Rey orquestaba tareas bochornosas para su paje. Mientras tanto, el joven, cada vez que veía aparecer el rostro de la princesa, más seguro estaba de que era cierto lo que le dictaba su corazón: se había enamorado perdidamente de la hija de su captor, y sentía inmensa vergüenza de que aquella hermosa dama de dorados rizos y ojos esmeralda solo pudiera contemplarlo como una miserable marioneta en manos de un déspota, creyendo erróneamente que Lanay nunca sentiría nada por él. Tanta era su desazón que apenas podía soportarla: lo insufrible no era su esclavitud, sino el desprecio que seguramente sentiría ella por un lacayo como él.

Meses después, en una noche de luna nueva, más oscura que el carbón de la menos iluminada de las minas del norte, con ese imperecedero dolor en su corazón, Eiden vio la oportunidad de escapar de aquel castillo tras un despiste de su carcelero. Habría permanecido como paje el resto de sus días si así pensara que algún día tendría la oportunidad de rozar los labios de la princesa, pero al creer que ella le despreciaba nada le ataba allí, con lo cual se abrió camino a través de los jardines y huyó en dirección a los acantilados de Moher. Tenía la intención de ascender a la Torre de O’Brien, construida en mitad de los mismos para observar desde su atalaya las Islas de Aran, la Bahía de Galway y las montañas Maumturk, para despeñarse desde las alturas y así poder descansar por fin del mal de amores que tanto le aquejaba. Pero al cruzar aquellos jardines no contaba con que una mágica presencia le estaba observando: Siomha, la última hada Tuatha de Danann que habitaba ese reino terrenal desde hacía siglos, percibió su huida y el dolor que emanaba de él, y le persiguió hasta conocer a donde se dirigía. Cuando observó que sus pasos se encaminaban hacia la edificación circular de piedra desde la que pretendía poner fin a su vida, e intuyendo gracias a su naturaleza encantada que en realidad ese amor era correspondido, retornó al castillo. Como sabía el hada debido a sus incontables noches de vigilia por aquellos lares, la princesa Lanay solía dar un paseo por sus jardines tanto las noches de luna llena como las de luna nueva, ensimismada en sus pensamientos, que desde hacía un tiempo no hacían más que girar y girar en torno a la persona del príncipe caído en desgracia. Cuando Siomha llegó a los jardines y detectó de lejos a la princesa, creó a su alrededor un luminiscente halo para provocar la curiosidad de la joven, que no tardó en perseguir ese fulgor, y así la fue dirigiendo hacia la torre en mitad de los acantilados en los que se encontraba su amado. Pero la fatalidad quiso que no fuera Lanay la única que percibiera aquel resplandor: el soldado encargado de vigilar la celda de Eiden, tras haberse dado cuenta de su huida pero no habiendo avisado a nadie de la misma por temor a represalias, se encontraba oteando los alrededores cuando vio aquella luz. Creyendo que podría ser una antorcha que llevara el príncipe fugado, comenzó a perseguirla también, aunque la princesa, ajena al hecho de que estaba siendo acechada en su huida, le llevaba cierta ventaja.

Siomha dirigió a la princesa al pie de la torre, y entonces apagó su destello, sabedora de que Lanay habría entendido que debía subir a la misma. Conforme la joven iba ganando peldaños, más comprendía que en lo alto de la misma se encontraba una persona, y cuanto más ascendía más cuenta se daba de que era un hombre, y cuantos más escalones superaba más entendía que era un joven que continuamente rompía en llanto. Cuando llegó a lo alto, se encontró con que esa persona era el príncipe por el que había estado suspirando en los últimos tiempos, mientras él, sorprendido por la presencia de aquel amor que había mantenido en silencio, comprendió que encontrarse con Lanay en el que pretendía ser el último lugar que verían sus ojos en el mundo no podía ser una casualidad, y que el destino quería que desistiera de su intento de suicidarse.

Los dos jóvenes permanecieron mirándose a los ojos durante unos instantes, en los cuales entendieron que ambos sentían lo mismo. Se acercaron el uno al otro y, sin dejar de mirarse, sus bocas se fueron acercando. Fue entonces cuando el guardia de la celda del príncipe, que había perseguido la luz de Siomha creyendo que era una tea que Eiden utilizaba para escapar, llegó a lo alto de la torre y sorprendió a ambos enamorados a punto de fundirse en un beso, los cuales, sobresaltados, se separaron ante aquella intromisión. Al ver a la princesa con el fugado, creyendo que esta había sido secuestrada por él, desenvainó su espada y lanzó una estocada mortal hacia Eiden. Lanay, en un acto reflejo para proteger al que sabía que sería el amor de su vida, se interpuso entre el soldado y el príncipe, pero esa espada acabó atravesándola y alcanzando a su vez al hombre que pretendía salvar, hiriéndoles de muerte a los dos. Tras retirar la espada y ver horrorizado como había acabado con la vida de la princesa, el soldado, sabedor de que la venganza del Rey contra el asesino de su hija sería cien veces peor que la muerte, decidió lanzarse al vacío desde lo alto de la torre para evitar inenarrables torturas por parte del monarca.

Siomha, que había sido ajena a la aparición del soldado en la torre y permanecía cerca de la edificación, de pronto se dio cuenta de que una figura se había despeñado contra los acantilados desde lo alto de la atalaya. Subió rápidamente a la cúspide del torreón y encontró a los dos jóvenes tirados en el suelo, uno al lado del otro mientras sus cuerpos no cesaban de expulsar sangre por sus heridas, mirándose mientras exhalaban el último hálito de sus vidas, añorando ese primer y último beso que nunca tuvo lugar. Siomha, conmovida por la escena y sintiendo que los labios de ambos debieron encontrarse no solo en aquel momento, sino una y mil veces durante las vidas de ambos, recogió antes de que desapareciera el último aliento de Eiden y Lanay y rogó a la luna nueva por medio de un conjuro que permitiera a los dos amantes alcanzar ese tan ansiado beso que les había costado la vida.

La luna, emocionada por aquella historia de romance y horror, accedió a la súplica de Siomha. Es por ello que, durante todas las tinieblas que reparte la luna nueva, sobre la faz del oscuro astro aparece la silueta de los dos amantes logrando por fin unir sus labios durante toda una noche. La negrura de estas veladas impide al ojo humano ver la sombra de los dos jóvenes; mas, al romper el alba, cuando la claridad batalla contra la oscuridad para hacerla jirones, durante unos segundos se hace posible ver dicha silueta mientras esta se va desgranando ante la luz, separando las figuras de ambos amantes hasta la próxima luna nueva.”

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31 comentarios en “La falsa leyenda

    1. Es curioso, el anterior comentario recibido en la entrada parece indicar que le han sobrado por lo menos mil palabras… para gustos, colores!
      Lo que ya no sabemos es como podría afrontarse una secuela, porque con Eiden y Lanay muertos, como no los resucitáramos gracias a un mosquito fosilizado en ámbar como en Jurassic Park, más cosas no se nos ocurren…
      Muchísimas gracias por tu comentario, estamos encantados de que te haya gustado. Un saludo!

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  1. Jajaja, ¡Jurassic Park! Uy que recuerdos… Hombre, no se, se podría inventar un poder mágico del ser que los ha unido en la torre que pueda devolverlos a la vida, o que tiene una cura para curarlos, o que los transporta a su mundo, a mi se me ocurren algunas posibilidades (bendita creatividad). Me encanta leeros chicos, hacéis un gran trabajo con este blog. ¡Un saludo!

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    1. Obviamente tienes toda la razón, en una historia de hadas nos podemos inventar lo que nos salga de las gónadas para conseguir que los principitos revivan, incluso que la luna se hartara de ellos y los devolviera a la tierra mientras aún estaban en garantía. Ara bien, el hecho de no redactar una secuela la baso en que esta leyenda se originó con un propósito muy concreto que nunca llegó a cumplir, entonces no veo claro que una continuación de algo que no alcanzó su cometido tenga derecho a nacer. Es una razón que quizá no tenga sentido fuera de mi cabeza, pero forma parte de mí y no la puedo obviar. Y la segunda razón está clara: como algún irlandés vea la leyenda escrita, todo el mezclijo contaminado de toda su herencia cultural se puede enfadar, pero ser benevolente y dejarlo pasar. Ara bien, quizá dos aberraciones a su mitología ya le hiciera buscarnos y partirnos las piernas…
      Muchas gracias por tus palabras hacia el blog, comentarios como el tuyo nos ayudan a seguir adelante. Un saludo!

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  2. Hola muchachos, les escribe Juan Carlos Quenguan, administrador del Sitio Bagatela.

    He visto que ustedes han dado muchos likes y me gustas a todas las noticias que he publicado.

    Sé que son seguidores del Sitio Bagatela, pero quiero pedirles un inmenso y grandioso favor:

    La próxima vez no den más likes, porque sus me gustas o sus likes lo interpreto como si me estuvieran molestando o quieren que yo les atiende en algo, del cual nunca me han dicho nada.

    Además, como ustedes no tienen una sección de blogs aliados o de blogs amigos, entonces, no sería necesario que insisten con tanto me gusta y con tanto like a las noticias e informaciones que publico.

    Espero que me entiendan mi mensaje, por favor, como administrador del Sitio Bagatela: https://blogbagatela.wordpress.com

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      1. Discrepamos con su opinión de nuevo, parece muy extraño que un bloguero le pida a otro que no le otorgue consideración en forma de likes. Ahora bien, aceptamos su decisión, la respetamos y nos comprometemos a no volver a interactuar con su blog, esperando no ocasionarle ninguna molestia más, lo cual nunca fue nuestra intención, más bien todo lo contrario.
        Le deseamos más suerte con otros blogueros, y reciba otro cordial saludo!

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  3. Bonjour

    Entre nous , nous avons scellé un pacte celui de l’amitié

    Cette amitié une fleur qui s’épanouies au fis des jours des mois des années

    Ces pétales ont eu du mal de s’ouvrir au départ mais ensemble

    On en a pris soin et ses pétales ce sont grandes ouvertes

    Comme la naissance d’un enfant

    Alors empêchons cette fleur de se faner

    Je t’embrasse passe une agréable journée

    Bernard

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    1. No deja de ser una lástima que esta falsa leyenda nunca llegara donde debía, con lo que nunca sabremos si habría conseguido su objetivo primigenio. Pero comentarios como el tuyo le dan coherencia a la existencia del relato, ya que gracias a su lectura esta fábula puede vivir aunque sea fuera de su objetivo original.
      Muchas gracias por tus palabras, Estrella, otro abrazo para ti!

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    1. ¡Muchas gracias por tus palabras! Como hemos introducido al principio, el relato se compone de muchos datos que aunque se ciñan al territorio gaélico son totalmente anacrónicos unos de otros, pero suponemos que en las leyendas, siempre repletas de irrealidad, pueden ser complementarios. La verdad es que no pensamos en secuela alguna, pero siendo lo que es, un totum revolotum de mitos y lugares, cualquiera puede animarse a escribir una continuación.
      ¡Un saludo!

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