Una fábula embustera

Completamente desorientado, perdido sin remisión. Confuso. No comprendes lo que ha ocurrido, porque en teoría es algo que nunca podía tener lugar, pero sin llegar a entender por qué, te topas de bruces con que ha sucedido realmente. Ese primer amor plasmado en metAMORfosis, ese amor que había sacudido tu existencia, ese amor que te había cambiado para siempre, ese amor que había hecho tu mundo mucho más pequeño y conseguía que tu cerebro girara en torno a una sola persona tras la cual no había nada más, como si un enorme abismo tenebroso se expandiera más allá de sus límites, ha desaparecido. Ese amor que habías perjurado que jamás acabaría, porque en ninguna cabeza humana, animal, extraterrestre incluso, podía caber que aquel sentimiento tan potente pudiera llegar a silenciarse jamás, ese amor, se ha esfumado, contraviniendo todas las leyes del universo cuya existencia podías concebir, y solo queda vacío donde se encontraba.

Y todavía aturdido, llegas a la única conclusión posible: si esa fuerza tan poderosa que te ha arrastrado con el mismo ímpetu que un huracán desbocado ha acabado disolviéndose como un azucarillo en el café, desgranándose molécula a molécula hasta desaparecer de la faz de la tierra, entonces el amor no existe. Nunca existió, no es posible que lo hiciera. Fue un estado alterado de conciencia perpetuo que acabó convirtiéndose en cariñosa intimidad, la cual dio paso a un compañerismo rutinario para terminar no se sabe cómo transformándose en hastío. Es inmoral que algo tan bello pueda concluir su metamorfosis mudando a algo tan repulsivo, y no entiendes cómo ha ocurrido si nunca hiciste nada tan mal como para obtener tan caótico y desconcertante resultado.

Es entonces cuando los Pepitos Grillo a tu alrededor te aconsejan con vehemencia e incluso saña que es el justo momento en el que te toca vivir la vida, disfrutar de los vicios carnales permitidos ante la ausencia de compromiso y desmelenarte hasta llegar al punto de avergonzarte de ello, pero eliminando el factor de la culpa. Y sonríes y les das la razón, pero lo único que ansías desesperadamente es volver a tropezar con aquello que encontraste, esa fuerza irrevocable que hace poco negabas que existiera, sin darte cuenta de que esa matemática y exhaustiva relación de hormonas, feromonas, dopamina, norepinefrina y serotonina ya no es tan patente en tu organismo más maduro. El arrebato químico que antaño te despeñó hacia el más loco enamoramiento tampoco existe ya. Aún así, no concibes lo que entiendes, siendo un absurdo en sí mismo, pero real. Solo quieres lo que tenías, pero ni tan siquiera te atreves a buscarlo porque las personas que encuentras a tu alrededor no desencadenan la misma reacción que recuerdas, sin comprender tampoco que la memoria ha amplificado exageradamente ese primer sentimiento que apareció en tu corazón.

Completamente desorientado, perdido sin remisión. Y de repente, aparece una persona. No es la misma, pero te gusta, te apetece conocerla. Y sucede, sin los mismos fuegos de artificio a tu alrededor que la primera vez que quieres recuperar, pero sucede. Tus labios rozan los suyos, y esa confusión que te consume, sin llegar a desaparecer, comienza a desvanecerse paulatinamente. Un hálito de esperanza, una incipiente luz al final del túnel, un ligero aumento de pulsaciones cada vez que piensas en ese ser. Comienzas a creer que puedes conseguirlo, o, simplemente, vuelves a creer. Es capaz de sacarte de ese agujero. Es capaz de arrancar esa espina envenenada de tu corazón.

Y tan rápidamente como había llegado, desaparece. Fugazmente, como un dulce sueño que acaba en pesadilla en cuestión de segundos. Parecía que volvía a brotar la magia, y solo era un mal truco de manos. El peor arquero de la historia, en su famosa y terrible incompetencia, aunque lo quiso ni siquiera pudo acertarte en el corazón, simplemente te rozó en el brazo del lado izquierdo, pero la herida de Cupido era infecciosa y aunque no te haya matado, duele. En ese momento, en el que notas que no te ha matado, que tu portaviones está tocado pero no hundido, es en el que empiezas a despertar por fin. Nadie te va a levantar. Nadie te va a ayudar a seguir adelante. Solo puedes conseguirlo tú, y para convencerte y dado que es lo único que crees que se te da bien en la vida, lo plasmas por escrito. Aunque estás dolido y todo te parece malo, incluso lo que escribes, no escudriñas en las palabras una y otra vez la perfección que tu estado alterado te permitiría, sino que quieres sacar de ti tu propia enseñanza. Algo simple, algo sencillo que pueda convencerte de que estás listo para seguir adelante. Algo que crees que has aprendido de tu desengaño.

LA FÁBULA DE LA HORMIGUITA INFELIZ

Érase una vez una hormiguita que vivía al sur del bosque. Como buena hormiguita, su vida era triste y vacía, un cúmulo de días de hastío, de tedio, de insufrible monotonía que, invariablemente, le empujaban a soñar con una vida provechosa, porque soñar es gratis y los sueños, sueños son. De bruces despertaba a la realidad y miraba frontalmente la vida hosca que le había tocado como hormiguita.

Interminablemente se sucedían los días, e infaliblemente el siguiente era peor que el anterior, marcadamente más horrible y sucio. Esta es la vida que le tocó llevar, aunque en los recovecos del bosque nadie llevara dicha monotonía en su devenir por entre los días y las noches. Diríase que la cruz que portaba la cargaba por iniciativa propia.

Eternamente se sucedían días insulsos e insustanciales, anodinos, huecos, completamente fatuos. La hormiguita se limitaba a mirar la vida pasar imitando como buenamente podía al resto, mientras una laguna de fatuo dolor recorría a sus anchas cada una de sus vísceras.

Un buen día la hormiguita se plantó, dejó fluir fuera de su ser todo el sinsentido que portaba en su interior y se frenó en el mismo lugar en el que se encontraba. Decidió no moverse más, para qué hacerlo, cuando nada tiene demasiado sentido. El mundo siguió caminando pero la hormiguita ya no seguía su ritmo, desfallecida por el terrible cansancio de vivir, de seguir, de tener que despertar cada mañana para descubrir una vez más que aquello tan hermoso que había sucedido tan solo era un mísero sueño de una mente podrida. La palabra esperanza perdió todo su significado. El sinsabor cotidiano se convirtió en su aroma, el desaliento en su proceder vital, el desengaño ocupó el lugar de sus sentidos y la desazón fue nombrada su bandera. No era un panorama demasiado halagüeño para una existencia.

Pero era el que había.

Algunas de las demás hormigas, sin dejar su camino, se fijaban en la amargada hormiguita, e incluso le tendían la mano para que se incorporase a ese mundo que no comprendía. Iban y venían, y en innumerables ocasiones trataban una y otra vez de alzar a su derrotada compañera. Fútiles intentos, pues la atormentada hormiguita tan solo alzaba la vista para contemplar a quién la mano le tendía, preguntándose porque ninguna otra de sus compañeras comprendía que todo era baldío. Un “no, gracias” daba por zanjado el envite.

En alguna ocasión había oteado a otras hormiguitas que caían desfallecidas, pero misteriosamente volvían a levantarse, como guiadas por un impulso vital que nuestra hormiguita no conseguía hallar en el agujero que era su alma. Alguna vez pensó que podía alzarse, pero tan solo el esfuerzo de especular con que podía levantarse de nuevo era sobrenatural, terrible, tremendamente doloroso, atroz, y desistía casi en el acto, con lo que trepanaba una vez más su inexistente valía.

El desaliento eterno que revoloteaba le enseñó a crear un mundo a su medida, un universo definido con pelos y señales dentro de su cabeza, y así consiguió parchear aquellos interminables y tediosos días con delirios de confianza.

Un buen día, algo le tendió la mano, y la hormiguita alzó la vista. Aquello que le tendía la mano no tenía rostro visible, pues el sol se erguía orgulloso por encima de la cabeza de ese ser que le ofrecía ese aferrar, con lo que la hormiguita no podía más que otear una silueta revestida de cálida luz, que al tenderle la mano le solicitaba su presencia en el mundo de los demás. La hormiguita tragó. Cautivada por la belleza encriptada de ese radiante contorno, creyó ver un sueño, una de sus fantasías a la cual la naturaleza, por caprichoso designio, había dado forma fuera de su cabeza.

La hormiguita recogió la mano.

Ese terrible esfuerzo fue vano. La hormiguita pretendió asirse con fuerza y aguantar el horroroso dolor que le producía el atrevimiento, y aunque sabía que aquello no podía ser buena idea, debido al apabullante padecer que el intento de levantarse le producía, emprendió su maniobra de incorporación. Pero, cuando apenas levantaba un palmo del suelo, la silueta le soltó.

La hormiguita cayó al suelo de nuevo. La hermosa silueta desapareció.

Otra vez sumida en la desesperanza, la hormiguita volvió a reaccionar. Aprendió de la silueta lo que esta tuvo a bien enseñarle. La hormiguita supo desde ese momento que no podía esperar que le levantaran, y que sin embargo había de hacerlo, porque no había más remedio. Ese mundo de los demás era el mismo al que ella pertenecía, y no a ninguna ensoñación onírica que ella pudiera perfeccionar. Y más allá están el resto de hormigas, y siluetas traicioneras, y muchas más cosas de las que nunca se atrevería a soñar, y una posibilidad es que una de esas cosas, fueran entes iluminados, piedrecitas del camino u hojas caídas pudiera convertirse en aquello que, por fin, diérale significado a su triste existencia.

La hormiguita aprendió mucho de la silueta revestida de sol, mas no sabía si había de estarle agradecido por ello. De todas formas, tendría tiempo de comprobar si debía estar agradecido o no a los seres que encontrara en su devenir por el mundo de los demás. Cuando se levantara. Porque lo haría.

Cuenta la leyenda que la hormiguita no tardó demasiado en levantarse y alzar la cabeza de nuevo por el mundo que una vez ya había pisado. Pero, de todas formas, eso es algo que habremos de comprobar.

Tiempo al tiempo.”

Y tras plasmarlo, crees haber conseguido algo. Pero es mentira. Ni siquiera es una fábula, ni siquiera tiene una verdadera moraleja. Quizá a largo plazo se convirtiera en realidad, pero lo único cierto es que esa silueta revestida de sol, esa persona que te levantó apenas un palmo para dejarte caer, te ha hecho daño. Te había hecho creer que podías levantarte y volver a creer, pero tan solo te ha dejado un rasguño en el corazón y una sensación para la cual existen mil canciones en mil idiomas que aspiran a expresarla de mil maneras distintas.

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32 comentarios en “Una fábula embustera

  1. ¡Hermoso desahogo! Sí, no sabemos por qué pasan ciertas cosas, o por qué se terminan, en ocasiones apenas al comenzar, jajaj… A veces no podemos explicárnoslo, pero sucede… Y creo que a todos nos pasa alguna vez (como a la hormiguita, jejje), pero afortunadamente, pasa, se va diluyendo con el tiempo, aunque se quede vivo en nuestro recuerdo e hiriéndonos el alma, más aún porque no entendemos qué pasó; nada es eterno, ni alegría ni dolor, y hay que pasar la página…

    Excelente tema de Coti… ¡Un abrazo! 🙂 😉

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    1. Cierto, todo cierto, para que vamos a añadir más… Bueno, quizá que aunque sea uno de los tópicos más utilizados en el mundo, aquello de ‘El tiempo todo lo cura’, aunque cuando nos lo dicen creamos que eso es una cochina mentira, es una de las pocas verdades en las que podemos creer. Siempre hay excepciones, claro, pero si algo necesitamos para superar lo de la hermosa silueta revestida de sol y pensar en levantarnos como la hormiguita, quizá necesitemos otras cosas… pero tiempo sobre todo.
      ¡Otro abrazo para ti!

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    1. Pues sí, al margen de otros factores colaterales (la aparición de un nuevo amor o de una ricura de gato que se deje coger y suelte poco pelo) la única receta (prácticamente) infalible es tiempo, tiempo y tiempo, y si aún falta un poquito, pues más tiempo.
      Gracias por tu comentario, Paloma, y otro beso para ti.

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  2. Pingback: Una fábula embustera | By the Mighty Mumford

  3. Hermosamente cierto, sonreía al leerte… Creo en el aprendizaje, y en que cada persona que cruzamos en nuestra vida es un gran maestro. A ver cómo y qué aprendemos 😉
    Un placer haberte encontrado (gracias por pasar por mi blog también).
    Abrazo infinito.

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    1. Y como todos los maestros, nos encontraremos con buenos y con malos, aunque como siempre la instrucción dependerá de nosotros mismos: podemos absorber los contenidos hasta la fecha tope para vomitarlos de golpe y olvidarlos después, o aprender de lo que vivimos para saber aplicarlo durante el resto de la vida.
      El placer es nuestro, estamos encantados de haber encontrado tu blog, Poli. Otro abrazo infinito para ti.

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  4. Me recuerda dolores de adolescencia, traumas de juventud, desengaños de la madurez. Más allá no sé; sólo dame tiempo.
    Me gustan las historias dentro de la historia. Y cómo se esfuerza el autor para justificarlo. En este caso, está engranado y engrasado y girando a la perfección.

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  5. Pingback: Una fábula embustera – Espacio de Arpon Files

  6. Pingback: El alzamiento – Las crónicas del Otro Mundo

    1. Muchas gracias por tus palabras, Elías. Somos dos autores los que posteamos entradas en el blog, y ambos preferimos no publicar nada antes que colgar una entrada que no consideremos lo suficientemente cuidada y digna de ser leída por cualquier persona que deposite en nosotros la confianza de asomarse a este lugar para hacernos el favor de leer nuestras palabras.
      Gracias de nuevo por tu comentario, un saludo!

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  7. Pingback: Blue Monday – Las crónicas del Otro Mundo

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