El vigésimo pecado capital

“— Lobo… Creo que debes quedarte y luchar.
El perro que se consideraba su hijo se le quedó mirando con una mezcla de estupefacción e incredulidad, algo que no tardó en convertirse en vehemencia.
— ¿Qué cojones has bebido esta mañana para desayunar, Gill? ¿Tú también quieres matarme? ¡Te has vuelto loco, es una epidemia y os estáis volviendo todos locos! ¿Qué cojones estás diciendo, Gill?
«Ojalá estuviera loco de verdad», pensó su padre adoptivo. Se tomó un momento para seguir con lo que tenía que decir, esperando a que Lobo se calmara un poco.
— Lobo, escúchame. Quizá sea culpa mía en el fondo, porque a fin de cuentas fui yo el que llevó a casa aquel arco cuando no eras más que un cachorro. Pero desde la primera vez que lo tuviste entre las zarpas te convertiste en arquero —sopesó qué decir a continuación, y tras un momento de reflexión continuó —. Dime una cosa… aparte de aquel moscardón, ¿has fallado alguna vez un disparo en tu vida?
Lobo no contestó. Ambos conocían la respuesta. Gill, aunque no quería tener razón y esperaba ser rebatido por argumentos opuestos a los suyos, prosiguió con su razonamiento.
— Ahí lo tienes. No eres un arquero. Eres el arquero. El mejor arquero que existe. Y tú lo sabes.
Lobo volvió a guardar silencio. Sabía perfectamente que tenía razón. No se trataba de un ejercicio de arrogancia ni de prepotencia. Simplemente era el mejor arquero que existía, y ambos lo sabían.”

Un día ambos comenzamos a escribir por turnos. Sin más, por aburrimiento. No es que no lleváramos un bagaje detrás, aunque no supiéramos demasiado bien cual era. ¿Quién sería capaz de recordar cuales fueron aquellos primeros párrafos, esos que tras ser releídos por el tierno infante que les dio forma le hicieron comprender que unir palabras según su propio criterio le gustaba? Pero ese bagaje ya estaba ahí, y esa colección de pensamientos plasmados en papel e ideas potencialmente enorgullecedoras, siempre entorpecidas por un tiempo que las dejaba suspendidas sine die y una vida que las abandonaba sin desarrollar, llevan al que los tiene a definir una relación tan profunda con un mero “yo escribo” o un simple “me gusta escribir”.
Y eso era más que suficiente.

Un día ambos comenzamos a creer. Empujado uno por el otro, vimos una historia mucho más amplia que cualquier otra cosa que hubiésemos escrito ninguno nunca, y la deserción ya no era tan factible como antaño. La vida no te obligaría a abandonar una historia a medias, sino a abandonar una amistad completa, con lo cual la única huida posible era hacia delante. Y también hacia el enfrentamiento, una vez no puedes mirar atrás ya.
Todo escritor combate con su obra. Escribes una frase, la lees, y ella te responde “no soy tan buena como debería ser, y tú lo sabes”. A veces con tono burlón, picándote, intentando exprimir todo tu potencial; en otras ocasiones con talante demasiado serio, demasiado grave, como queriendo explicarte que no eres digno de estar delante de ella: que no vales para esto. Párrafo tras párrafo tu propia creación te reta, y si la inexistente voz de esa frase te convence puedes decidir entre perseverar o retroceder para tomar impulso: obcecarte con el mismo párrafo y darle todas las vueltas posibles hasta que al fin te conteste “ahora sí; puedes continuar”, o borrarlo de un plumazo y construir uno nuevo tras apuntalarlo con otros cimientos, respectivamente. En el Otro Mundo somos uno de cada, dicho sea de paso, y nuestras formas de escribir también han sido nuestras armas para batirnos en duelo: la extenuante obstinación en el perfeccionamiento de algo ya escrito por el simple hecho de que ese algo está efectivamente escrito, contra la ininterrumpida y constante erupción de nuevas ideas, planteamientos y argumentos, cuyo resultado consistía inevitablemente en ir sumando tramas incompletas. Dos formas irreconciliables de acometer un relato, que por alguna extraña razón funcionaron juntas mejor que por separado. El escritor inmovilista, el que no era capaz de crear una historia por verse detenido a cada paso por esas malditas frases parlanchinas, se vio empujado a continuar la historia para no quedarse atrás, para no verse relegado a un segundo plano por otro autor incapaz de detener su desbocada imaginación, que a su vez tuvo que refrenar aquella alocada creación de nuevas tramas para que los párrafos de ambos pudieran cohabitar con criterio en una misma obra. Y terminamos nuestra historia, y la leímos una y otra vez, y nos sentimos satisfechos del trabajo hecho.
Y eso era más que suficiente.

Mentira.
Eso nunca había sido suficiente. La satisfacción es la antesala de la vanidad. De definirnos tímidamente con un escueto “yo escribo” o “me gusta escribir” pasamos a decir “yo soy escritor” tantas veces como era posible, independientemente de que dicha afirmación tuviera cabida en el contexto que se produjera. Nos dimos cuenta de algo que era obvio desde el momento en que escribimos por placer el primer párrafo de nuestra vida: somos escritores, queremos ese reconocimiento. No somos como Lobo, no somos los mejores ni nunca lo seremos, pero como él, sin arrogancia ni prepotencia, sabemos lo que somos. Somos escritores, y aunque quizá siempre lo hayamos sido, queremos que nos lo reconozcan. Vanidad, simple y llana vanidad.
Pero sois vosotros, nuestra/vuestra Legión, los que nos habéis llevado a confesar dicha debilidad, o lo que se supone que es una debilidad en oposición a la autorrealización, esa que tanto vendemos que es nuestra meta mientras seguimos buscando con ahínco el reconocimiento ajeno. ¿Qué habéis hecho para ello?
Desear el reconocimiento ajeno tanto como nosotros lo hemos hecho desde hace un tiempo. ¿Cómo? Con descaro, dado que se (n)os ha brindado a todos, habitantes de este universo concreto, una oportunidad perfecta para ello.

X Premios 20blogs – Blogosfera – Las crónicas del Otro Mundo

20minutos ha abierto el compartimento de la caja de Pandora dedicado a la soberbia, desatando la vanidad a lo largo y ancho de la blogosfera. Y nosotros no somos santos ni nos sometemos a ningún voto que nos castigue al sentir este pecado capital: somos escritores, y queremos ese reconocimiento. En un principio este blog estaba destinado únicamente a promocionar una novela, pero no cabe duda de que poco tardó en mutar hacia un espacio que pretendía mostrar algo más, algo de nosotros mismos a través de personajes o fragmentos que originariamente no lo reflejaban. Es decir: del mismo modo que ‘Las crónicas del Otro Mundo’ nos convirtió en escritores, discretamente ha trascendido para convertirnos también en blogueros, y ello nos lleva a otra confesión: somos blogueros, y queremos ese reconocimiento.

Como Lobo, no se trata de un ejercicio de prepotencia ni de arrogancia. Es vanidad, simple, llana y pura, y deseamos lograr ese reconocimiento. Si consideráis que vale la pena votar en ese enlace, nuestro ego estará encantado, y si no creéis que lo merezca, haced como haríamos nosotros mismos: ignorarlo. Pero aunque creamos que puede incluso resultar deshonesto, nuestra vanidad os invita a meditar si vale la pena o no. Somos escritores y blogueros, y disfrazando con humildes ropajes en cordiales entradas dicha necesidad, exigimos ese reconocimiento. En mayor o menor medida, siendo más o menos explícitos, susurrándolo o gritándolo a voces, todos buscamos ese reconocimiento.

Y es válido negar este hecho… aunque probablemente quién lo haga esté mintiendo.

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45 comentarios en “El vigésimo pecado capital

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